miércoles, 2 de noviembre de 2016

PLÁCIDO (ESPAÑA, 1961)

* Crítica de 'Plácido' (España, 1961), de Luis García Berlanga, con Cassen y José Luis López Vázquez.-


Como formulación conceptual, el mcguffin es un invento de Hitchcock; fue él quien lo definió, quien explicó en qué consistía y cuáles era las pautas en función de las cuales lo podía convertir en  un elemento esencial en la creación de suspense en sus tramas. Pero no ha sido Hitchcock el único cineasta que lo ha utilizado profusa y sabiamente: el mcguffin se ha convertido en un elemento omnipresente en mil y un relatos fílmicos, y su materialización se ha llegado a efectuar en los objetos más insospechados. Hasta en una letra de cambio. Ese simple y común documento financiero es el hilo conductor a través del cual un director cuyas dotes mágicas nada tenían que envidiar a las de su correligionario británico, como era el caso de Luis García Berlanga, urde la trama de una de sus piezas más celebradas, Plácido.

Comedia amarga, de tremendismo esperpéntico (pero no por ello menos lúcido y realista), Plácido condensa, en las menos de veinticuatro horas (navideñas, para más inri) en que se desarrolla el arco temporal de su trama —armada alrededor de las peripecias que el protagonista cuyo nombre da título a la película ha de arrostrar para conseguir hacer frente a esa letra de cambio cuyo impago pende sobre él y su familia como espada de Damocles—, las señas de identidad, formales y temáticas, que definen el cine de su autor, y ofrece, además, un retrato demoledor de esa España pacata y provinciana que queda dibujada en el catálogo de mezquindades y ruindades que adornan, sin excepción, a todos y cada uno de los numerosos personajes que, entre situaciones que siempre se mueven en los límites de lo grotesco, van poblando la pantalla y conformando la historia. 

Una historia que Berlanga, aun en el marco de un metraje muy contenido, articula en dos mitades bien definidas: día exterior/noche interior. En la primera, el grueso de la acción —con la excepción de contadas secuencias, ubicadas en lugares cerrados— transcurre en las calles de esa inespecífica pequeña ciudad de provincias que da acogida a la historia, y Berlanga despliega sus 'talentos de cámara' para organizar auténticas coreografías de 'desfilantes' (ya sean militares, ancianos o cortejos funebres) en espacios muy abiertos. Una vez 'distribuidos los efectivos', ya tendremos ocasión de pasar a una segunda parte en la que el relato se fragmenta en una suerte de catálogo de episodios (los que se desarrollan en cada una de las casas de los probos ricos del villorrio), a cual más delirante y deprimente, que dan pie a que Berlanga luzca sus habilidades a la hora de mover grupos abigarrados (los que suelen ir asociados a sus repartos corales) en espacios físicos muy reducidos.

En cualquier caso, el contraste entre una parte y otra, lejos de resultar inarmónico o desaliñado, no hace más que ilustrar la dicotomía (in)moral de un pueblo carcomido por las hipocresías que impone una religión cuyas convicciones son tan de pacotilla como el cartón piedra que inunda el escenario de las celebraciones navideñas que la cinta retrata: comportamientos amables y respetuosos en esa esfera pública en la que todo queda a la vista;  y rienda suelta para las malevolencias más variadas en ese ámbito doméstico en el que cada cual es el dueño de su parcela privada, esa en la que descargar todo el rijo, falsedad e hipocresía que un entorno asfixiante genera en quienes lo pueblan. Berlanga tiene vitriolo para repartir entre ricos y pobres, a los que (como sucede en ese otro tremendo retrato demoniaco que Buñuel ofrece en Viridiana) sus bajezas morales terminan por dotar de esa igualdad que el estatus económico no puede proporcionar.

No cabe cuestionar la atribución a Plácido de la condición genérica de comedia: el desarrollo de su trama está cuajado de situaciones hilarantes, igual que el dibujo de sus personajes y el tono de su relato. Pero no es el frío, ése que llega a hacerse casi evidencia física en muchos pasajes de la cinta (no lo olvidemos, estamos en Navidad...), el que te puede trocar, en cualquiera de sus secuencias,  la sonrisa en un rictus macabro y esquinado: es la mala baba, que también deja mal cuerpo, e incluso peores secuelas. Y Berlanga riega generosamente su comedia con tan indigesta salsa: son los inconvenientes de la cocina de la tierra, cuando pretende que su 'producto' sea auténtico y genuino (los sucedáneos y engañifas ya se 'cocinaron' en otros 'fogones cinematográficos'). Bicarbonato y a disfrutar...

CALIFICACIÓN: 9 / 10.-

* En la imagen; Luis García Berlanga, director de la pelicula; fotografía de Casa America, publicada en Flickr, bajo una licencia Creative Commons 2.0.-

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