viernes, 8 de enero de 2016

CHARLIE NEWTON (LA SOMBRA DE UNA DUDA —THE SHADOW OF A DOUBT—; U.S.A., 1943)


 De la fascinación adolescente al desengaño adulto: ése es el tránsito al que asistiremos, y es el que vivirá la muy joven y muy hermosa Charlotte Newton por mor de otro tránsito, el que va de la duda razonada —generada a través de un proceso progresivo de asimilación de pequeños detalles reveladores, con los que Charlie va armando un puzzle trágicamente preciso— a la certeza incontrovertible sobre la catadura, condición (y responsabilidad sobre hechos concretos) de su otrora admirado tío homónimo, ese hombre en quien ella había depositado (posiblemente con algo indefinible, pero que iba más allá del mero afecto familiar) sus esperanzas de salir del marasmo placentero en que su vida se veía envuelta, en un entorno de Arcadia urbana como el que constituye esa Santa Rosa californiana donde todo fluye con un (mortalmente aburrido) ritmo suave y tranquilo.

Charlotte Newton, hija mayor de una modélica familia de clase media usamericana, aparece en escena con una declaración de principios e intenciones que define a la perfección qué es de su vida: la rutina, la desilusión, el vacío. Nada que le divierta, nada que le estimule. Su entorno es inane y no le ofrece motivación alguna. Y solo parece haber un referente que despierta en ella la ilusión de un posible cambio: la hipotética llegada de su tío Charlie, ese tipo de persona que ilumina los días y rompe con lo previsible, a base de combinar provocación e insolencia con elegancia, buen porte y mejores modos. El perfecto canalla encantador, capaz de seducir y deslumbrar sin descomponer tono ni figura y de manera asombrosamente natural. Y que, curiosa y casualmente, aparece en ese preciso momento, como invocado por un supuesto llamado telepático que no es tal, sino el fruto de su necesidad perentoria de huida y refugio.

Charlie, al igual que el resto de la familia, acoge a su tío con enorme ilusión, arrebatada por el entusiasmo y la perspectiva de días mágicos y repletos de encanto. Pero las cosas empiezan a torcerse tan pronto como el tío Charles comienza a mostrar un humor cambiante y huidizo, sometido a arranques repentinos de acritud, rayana en la violencia, que siempre van asociados a episodios nimios y sin aparente importancia, pero que la perspicaz inteligencia de su sobrina (auxiliada, eso sí, por las sugerencias que le aporta un joven detective, Jack Graham, que va persiguiendo a tío Charlie —y que se enamora perdidamente de ella—, y luchando contra el sentimiento amoroso que le empuja a negar la evidencia) irá desentrañando hasta llegar a una terrible conclusión: su tío no es ese gentleman sobrado y desenvuelto que aparenta ser, sino un ser mucho más abyecto y abominable de lo que cualquiera en su cercanía pudiera imaginar.

Y de ahí, al abismo: Charlie Newton no sólo será víctima de un total desencanto, confrontadas sus expectativas vitales al dominio de lo peor de la condición humana, sino que se verá expuesta a un peligro cierto y letal. A las andanzas de tío Charlie no les resulta garantía suficiente  un silencio cómplice y permanente, sino que requieren de la desaparición de cualquier posibilidad de revelación futura, y esa exigencia solo es cumplible con la eliminación de la única depositaria del ominoso secreto. Una pirueta afortunada terminará salvando a Charlie de un final terrible. Pero lo que se ha quebrado en su interior ya es absolutamente irrecuperable: no se puede dejar de haber sabido lo que ya se ha sabido. Y esta joven tierna y dispuesta a amar la vida ya ha visto su lado más oscuro. Solo queda la incógnita de saber si hay, para ella, camino de retorno desde allí...

Hablar de obras cumbres, o maestras, en el contexto de una filmografia, como la de Hitchcock, cuajada de ellas, puede resultar un ejercicio complicado; pero caben pocas dudas cuando se trata de aplicar el epíteto a una cinta como ‘La sombra de una duda’, en la que, curiosamente, abandona su exploración, recurrente, de la figura del falso culpable, para centrarse en la del ‘falso inocente’, personificada en la mefistofélica encarnación del mal que representa (en un ejercicio majestuoso de interpretación a cargo de Joseph Cotten) Charles Oakley, confrontado a la bondad ilusionada, pero no ilusa (será su lucidez la que quiebre la máscara tras la que se oculta la maldad radical del tío Charlie), de su sobrina Charlotte (una arrebatadora Theresa Wright). Una disección ambivalente de la condición humana desarrollada bajo el envoltorio de una trama tan absorbente como desasosegante, y en la que, una vez más, el juego de contrastes y el detallismo delicioso del mago Hitch sitúan al espectador en el asombro permanente (y angustioso). Para degustar una y otra vez...

* En la imagen: Captura de fotograma del trailer de 'La sombra de una duda' (imagen extraida de Wikipedia; libre de derechos de autor).-

* Las buenas buenosas XIX

4 comentarios:

Anónimo dijo...

¡Adoro al tío Charlie como personaje! Su presentación en esa habitación que abandona al principio de la película es memorable. Ya habitamos en su mundo oscuro... pero cuando se presenta ante su sobrina y hermana, con ese encanto especial que le sirve de máscara, casi hace que como espectadores olvidemos su cara oscura...
Es una película de Hitchcock que me apasiona y que como todas sus obras tiene miradas y lecturas apasionantes, como la que muestra tu texto, por ejemplo.

Beso
Hildy

Josep dijo...

¡Plas!¡Plas!¡Plas!

Me levanto y me quito el sombrero, Manuel, ante una reseña fantástica, de lo mejor que te he leído.

La película lo merece, claro, y tú le haces justicia. Fantástica.

Un abrazo.

Manuel Márquez Chapresto dijo...

Muchas gracias, Hildy y Josep, por vuestros comentarios, tan interesantes y cariñosos como de costumbre. La verdad es que me gustaría dar ocasión para esto con más regularidad, pero es lo que hay, no doy más de mí, me temo... Un fuerte abrazo y buen fin de semana.

Melmoth el errabundo dijo...

Es una de mis películas favoritas del viejo Hitch. Joseph Cotten está fantástico, bueno, ¿y cuándo no lo está? Esta gran película está llena de detalles (ay, mis queridos detalles que diría Nabokov), como por ejemplo, cuando nos presenta al asesino de viejas millonarias. Lo vemos en la cama totalmente asqueado de la vida, pero vemos un fajo de billetes tirado en el suelo, eso ya nos dice que al viejo Cotten no le interesa el dinero; él cree que mata por venganza, por dignidad. No soporta ver a esas viejas cacatúas gastándose un dinero adquirido por sus difuntos maridos a base de extorsión y esclavitud por parte de los currantes. Luego viene la entrada en la estación. Sale a través del humo, como de una niebla amenazadora en contraste con los sentimientos (más bien soñados) de su sobrina. Luego está esa conversación entre su padre y el vecino (el siempre maravilloso Hume Cronyn), adictos a las novelas de misterio. En Sospecha vemos a una Agatha Christie hablando siempre de asesinatos, cosas de Hitch. Ah, se me olvidaba, es maravillosa esa escena donde vemos a Teresa Wright tumbada en la cama llena de aburrimiento (como su tío) y pasa su padre (también maravilloso Henry Travers), y ella se queja de la rutina, de los valores tradicionales, etc. Siempre he visto en esta escena un modernismo atroz. ¿Y qué más? Que me ha gustado mucho este post y que ya va siendo hora de que le enlace, amigo mío. Quisiera decirlo con palabras, pero como todo esto va de cine, quiero que imagine esa escena final de Casablanca donde Bogart le dice a Claude Rains aquellas palabras inmortales borradas después por la niebla.

Un cordial saludo.

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