lunes, 23 de noviembre de 2015

A PROPÓSITO DE LLEWYN DAVIS (INSIDE LLEWYN DAVIS; U.S.A., 2013)

* Crítica de 'A propósito de Llewyn Davis' ('Inside Llewyn Davis'; U.S.A., 2013), de Joel y Ethan Coen, con Oscar Isaac.-

 

A buen seguro que la fiel legión de seguidores de los hermanos Coen —esa pareja traviesa y socarrona que, a la chita callando, ya exhibe una filmografía más que consistente, erigida a lo largo de un par de décadas—, podría poner sobre el tapete un buen puñado de argumentos cinéfilos para justificar su devoción por el cine de esta fraternal pareja; a mí, como integrante de dicha legión, el que me parece más convicente radica en el hecho de que estén confeccionando una de las galerías de perdedores más variada, estrambótica y atractiva que quepa encontrar en el cine de todos los tiempos. Una galería a la que viene a sumarse, como último de sus integrantes, Llewyn Davis, ese músico aspirante al éxito en la efervescente escena folk del Nueva York de los primeros 60 que, después de unos inicios prometedores, ve como su carrera se estanca en el marasmo de la irrelevancia, engullida por el frenesí de nuevos intérpretes que surgen sin parar, haciendo del triunfo algo tan efímero como volátil, pese a lo cual él insiste en intentarlo, inasequible a todo contratiempo.

Llewyn Davis podría ser cualquiera de esos innumerables artistas anónimos que, en ese tiempo y lugar, desarrollaron un periplo similar al suyo; y, en tal sentido, representa el arquetipo de manera fiel y convincente. Pero los Coen dotan a este iluso y pertinaz muchacho, incapaz de desprenderse de un punto de arrogancia adolescente, de empaque y personalidad propios, y consiguen convertirlo en algo más que ese arquetipo, gracias a una acertada combinación de elementos: una peripecia personal comprimida, coherente y bien trazada, en la que prima la contumacia de Davis en no ceder a su empeño (un tanto suicida) como músico; una encarnación a través de un actor (Oscar Isaac), que resulta creíble en su gesto y su expresión, teñidos siempre de la melancolía del luchador que se sabe de antemano derrotado por un entorno hostil; y, sobre todo, una luz, pálida, gris y mortecina (tanto en exteriores como en interiores) que no solo da tono ambiental a la historia, sino que dibuja a su personaje protagonista con más hondura que cualquier otro elemento específico, incluida esa música, que, a través de piezas de encanto folk indiscutible, va trufando el metraje.

No por ello la cinta llega a convertirse en una propuesta de alto nivel: pesan en su debe aspectos como la escasa consistencia de su trama, más urdida a base de pequeños apuntes que hubieran podido dar más juego bajo una estructura narrativa más ‘impresonista’, pero no lo hacen tanto en un relato de desarrollo lineal, o la poca enjundia de sus personajes secundarios, que orbitan alrededor del protagonista sin añadirle poco más que pinceladas definitorias a través de un juego de relaciones en las que jamás se profundiza (ni siquiera la presencia de un habitual como John Goodman, histriónico y atrabiliario según acostumbra en sus trabajos con los Coen, resulta especialmente destacable). Termina, pues, resultando evidente que es ‘A propósito de Llewyn Davis’ una película más de personaje que de historia, lo cual no tendría por qué resultar ningún hándicap a priori, pero se echa en falta un cierto cuidado en los detalles accesorios que otras películas de esta dupla sí que muestran sobradamente: ésas que integran lo más granado de su filmografia, y entre las cuales, me temo, no alcanzará un hueco este retrato de glorioso perdedor. Pero eso es algo que sólo el tiempo dirá. Toca esperar...

CALIFICACIÓN: 6 / 10.-

* En la imagen: Oscar Isaac, protagonista de la película.- Imagen proveniente del fondo de Wikimedia Commons (autora: Katrin Neuhaus).-

lunes, 16 de noviembre de 2015

VIAJE A LA LUNA (LE VOYAGE DANS LA LUNE; FRANCIA, 1902)

*Crítica de 'Viaje a la Luna' ( 'Voyage dans la Lune'; Francia, 1902), de Georges Meliès.-


No es fácil llevar a cabo ejercicios críticos sobre el cine de los orígenes, aquel que manufacturaron los pioneros allá por los finales del siglo XIX y los albores del XX, y en el que primaba más la búsqueda de soluciones técnicas a problemas todavía no resueltos que una voluntad ficcional narrativa que aún carecía de códigos, mecanismos y fórmulas para un feliz desarrollo. Pero no por ello deja de resultar un gozoso ejercicio el acercamiento a esas piezas que, a día de hoy, constituyen una suerte de ‘Altamira cinematográfica’, por su condición de hitos en la evolución de un lenguaje balbuciente; y uno de los más estimulantes sin duda alguna, es el del visionado de ‘Viaje a la luna’, de Georges Mèlies; una cinta que, en poco más de quince minutos, nos cuenta una historia tan simple como divertida —la que su título tan explícitamente indica— a base de descaro, imaginación y talento visual.



En un momento en que elementos como el montaje o los movimientos de cámara son aún procesos no imaginados, ni tecnólogicamente viables, Mèlies conjura el peligro del estatismo a que la sucesión de planos fijos suele condenar a este cine seminal (emparentándolo básicamente con el teatro), a base de una tremenda movilidad de los intérpretes y objetos en plano, a los que somete a coreografías precisas y, no por aceleradas, menos armoniosas —con especial atención a la uniformidad en las caracterizaciones—, de manera que la acumulación de referencias en pantalla no da origen al abigarramiento que sería esperable en situaciones en las que, además, los movimientos suelen ser rápidos y continuos. De esa manera, ‘Viaje a la luna’, haciendo honor a su propuesta temática, resulta una experiencia visual de un dinamismo admirable, que convierte su metraje en un puro suspiro incluso para el espectador de un presente acostumbrado a ritmos narrativos vivos.

Pero, más allá de una destreza formal inusitada, si hay algo que brilla en la propuesta del prestidigitador Mélies es su sentido del humor, de un punto ingenuo, quizá naif, pero desbordante, presente en prácticamente todos sus planos, y articulado tanto a través de soluciones compositivas (esa imagen del cohete incrustado en uno de los ojos de la Luna es la que ha alcanzado una condición icónica más acusada, y ostenta, como tal, una condición altamente representativa al respecto), como de efectos visuales que, si a día de hoy pueden presentar un carácter muy rudimentario, tuvieron que constituir en su momento aldabonazos con un nivel de impacto inmenso (las desapariciones de los alienígenas, que se esfuman bajo los golpes de los astronautas; las sustituciones de objetos, tan caras a Mèlies, que aquí también hacen aparición; o esos fondos con dibujos a caballo entre lo pueril y lo fantasioso); todo ello al servicio del más puro divertimento, de un cine concebido como ejercicio de imaginería fantasiosa en el que no hay más objetivo ni pretensión que la de fascinar a un espectador virginal, carente de prejuicios o referentes.

Resulta, pues, tentador hablar de ‘Viaje a la luna’ en términos de comedia, por su tono, o de propuesta ‘fantacientífica’, en base a su temática, pero, haciendo abstracción de una objeción básica, como sería la de que los códigos de género aún no estaban articulados en el momento de su creación, esa adscripción genérica terminaría resultando un ejercicio de reduccionismo poco acorde con la naturaleza tan esencial y, a la vez, tan rica en sugerencias, de la propuesta. Y que, además, haría un flaco favor a la humilde grandeza de un experimento artístico al que si hay una etiqueta que, lejos de venirle grande, se le ajusta cual guante de seda, es el de magia. Pura magia.

CALIFICACIÓN: 8 / 10.-
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