lunes, 16 de noviembre de 2015

VIAJE A LA LUNA (LE VOYAGE DANS LA LUNE; FRANCIA, 1902)

*Crítica de 'Viaje a la Luna' ( 'Voyage dans la Lune'; Francia, 1902), de Georges Meliès.-


No es fácil llevar a cabo ejercicios críticos sobre el cine de los orígenes, aquel que manufacturaron los pioneros allá por los finales del siglo XIX y los albores del XX, y en el que primaba más la búsqueda de soluciones técnicas a problemas todavía no resueltos que una voluntad ficcional narrativa que aún carecía de códigos, mecanismos y fórmulas para un feliz desarrollo. Pero no por ello deja de resultar un gozoso ejercicio el acercamiento a esas piezas que, a día de hoy, constituyen una suerte de ‘Altamira cinematográfica’, por su condición de hitos en la evolución de un lenguaje balbuciente; y uno de los más estimulantes sin duda alguna, es el del visionado de ‘Viaje a la luna’, de Georges Mèlies; una cinta que, en poco más de quince minutos, nos cuenta una historia tan simple como divertida —la que su título tan explícitamente indica— a base de descaro, imaginación y talento visual.



En un momento en que elementos como el montaje o los movimientos de cámara son aún procesos no imaginados, ni tecnólogicamente viables, Mèlies conjura el peligro del estatismo a que la sucesión de planos fijos suele condenar a este cine seminal (emparentándolo básicamente con el teatro), a base de una tremenda movilidad de los intérpretes y objetos en plano, a los que somete a coreografías precisas y, no por aceleradas, menos armoniosas —con especial atención a la uniformidad en las caracterizaciones—, de manera que la acumulación de referencias en pantalla no da origen al abigarramiento que sería esperable en situaciones en las que, además, los movimientos suelen ser rápidos y continuos. De esa manera, ‘Viaje a la luna’, haciendo honor a su propuesta temática, resulta una experiencia visual de un dinamismo admirable, que convierte su metraje en un puro suspiro incluso para el espectador de un presente acostumbrado a ritmos narrativos vivos.

Pero, más allá de una destreza formal inusitada, si hay algo que brilla en la propuesta del prestidigitador Mélies es su sentido del humor, de un punto ingenuo, quizá naif, pero desbordante, presente en prácticamente todos sus planos, y articulado tanto a través de soluciones compositivas (esa imagen del cohete incrustado en uno de los ojos de la Luna es la que ha alcanzado una condición icónica más acusada, y ostenta, como tal, una condición altamente representativa al respecto), como de efectos visuales que, si a día de hoy pueden presentar un carácter muy rudimentario, tuvieron que constituir en su momento aldabonazos con un nivel de impacto inmenso (las desapariciones de los alienígenas, que se esfuman bajo los golpes de los astronautas; las sustituciones de objetos, tan caras a Mèlies, que aquí también hacen aparición; o esos fondos con dibujos a caballo entre lo pueril y lo fantasioso); todo ello al servicio del más puro divertimento, de un cine concebido como ejercicio de imaginería fantasiosa en el que no hay más objetivo ni pretensión que la de fascinar a un espectador virginal, carente de prejuicios o referentes.

Resulta, pues, tentador hablar de ‘Viaje a la luna’ en términos de comedia, por su tono, o de propuesta ‘fantacientífica’, en base a su temática, pero, haciendo abstracción de una objeción básica, como sería la de que los códigos de género aún no estaban articulados en el momento de su creación, esa adscripción genérica terminaría resultando un ejercicio de reduccionismo poco acorde con la naturaleza tan esencial y, a la vez, tan rica en sugerencias, de la propuesta. Y que, además, haría un flaco favor a la humilde grandeza de un experimento artístico al que si hay una etiqueta que, lejos de venirle grande, se le ajusta cual guante de seda, es el de magia. Pura magia.

CALIFICACIÓN: 8 / 10.-

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