martes, 21 de julio de 2015

EN TIERRA DE HOMBRES (NORTH COUNTRY; U.S.A., 2005)

* Crítica de 'En tierra de hombres' ('North Country'; U.S.A., 2005), de Niki Caro, con Charlize Theron.-


La querencia del cine hollywoodiense por las historias ambientadas en eso que se ha dado en llamar la 'America profunda' (posiblemente, una de esas construcciones conceptuales sobre las que tenemos una idea más clara fuera de allí que allí mismo), es una constante que jamás ha abandonado esa industria: historias que se desarrollan en entornos impregnados de valores tradicionales (Dios, patria y una idea de la moralidad bastante retrógrada), y en los cuales la resistencia al cambio hace que el 'elemento extraño' (ese personaje que se aparta de las pautas convencionales y, con su conducta, sacude las conciencias de la colectividad entre la que habita) dé un juego dramático de primer orden. 'En tierra de hombres' es una de esas historias, un relato ubicado en un pequeño pueblo minero, en el que las reglas del juego las marca una tradición que atribuye roles muy claros a hombres y mujeres: los primeros, esclavos y señores de esa 'madre benefactora' que ofrece una fuente de bienestar áspera, pero segura; las segundas, apéndices hogareños al servicio de los primeros. Un esquema bien definido, y un mundo lo suficientemente cerrado como para impedir que alguien ose ponerlo en cuestión.

¿Y ella? ¿Quién es ella? Es Josey Aimes (Charlize Theron), una chica joven y atractiva, que, con dos hijos sin padre conocido, y una determinación digna de todo encomio, vuelve a vivir a casa de sus padres (tras recibir la enésima paliza de su compañero sentimental) y decide que quiere asaltar ese reducto inexpugnable, trabajar en la mina. Ése es el punto de arranque de una trama que, basada  según propia declaración en hechos reales, nos ofrecerá los avatares de Josey en su experiencia laboral, una experiencia marcada por las continuas vejaciones a que las (pocas) mujeres que se desenvuelven en tal entorno se ven sometidas continuamente por parte del (mayoritario) colectivo masculino, un entorno en el que la testosterona impone su ley, hasta que Josey decide, en un arranque de osadía rayana en lo temerario, enfrentarse judicialmente a ese estado de cosas. Ese enfrentamiento no solo sacudirá los cimientos de un estatus profundamente injusto en el ámbito laboral, sino que también removerá sus relaciones familiares (con sus padres, con sus hijos) y destapará las ambigüedades, las cobardías y los silencios cómplices sobre los que toda situación de injusticia se asienta siempre.

La cinta —que, en cuanto a estructura, arranca con un montaje en paralelo que va alternando breves apuntes del (futuro) interrogatorio de Josey en el juicio (que se desarrollará en su integridad en el último tramo de la película) con el inicio de la historia, para pasar después a un desarrollo líneal, salpicado puntualmente por flashbacks ilustrativos de episodios pasados que ilustran o explican acontecimientos presentes— exhibe solidez narrativa, en la mejor tradición del cine de denuncia estadounidense (ese capaz de poner sobre el tapete, sin despeinarse, los más agrios y turbios elementos de un sistema económico y social en el que se asienta y al que apuntala), y muestra buenas hechuras formales, con una ambientación cuidada y un trabajo muy solvente de recreación del mundo rural y cerrado de ese pueblo minero de Minnessota en el que despliega su trama; tampoco son desdeñables las interpretaciones de sus actores y actrices principales, desde una Charlize Theron que soporta su protagónico con nota, hasta unos/as secundarios/as (Frances McDormand, Sean Bean. Sissy Spaceck o Woody Harrelson, entre otros/as) no menos solventes. Estamos, en resumen, ante un producto que, aun cuando no brille especialmente en ningún apartado, ofrece dos horas de cine formalmente bien elaborado.

¿Y por qué una propuesta con tales avales no llega a trascender esa condición de cinta interesante para cobrar más vuelo? Un elemento es el que lastra fundamentalmente la impresión general que se obtiene de su visionado, y ése no es otro que el de su previsibilidad en el dibujo de personajes, excesivamente apegados a ciertos clichés en sus actitudes y comportamientos, de los que el guión parece incapaz de despegarlos en ningún momento, hasta el punto de que podemos adivinar, en todo momento y sin margen alguno de error (salvo en un caso puntual, que sí ofrece un cierto 'punto de fuga' a ese respecto), que es lo que harán y dirán y qué actitud asumirán ante una determinada situación. No sé si se trata de un elemento intencionado, y que se activa con el ánimo de incidir en un mensaje de denuncia con el que comulgo y que respaldo, pero no creo que comporte beneficio alguno para tal causa el soportarla sobre un retrato más basado en trazos arquetípicamente gruesos y excesivamente rectilíneos que en un muestrario más sutil y sinuoso (más acorde, en suma, con la realidad de lo que somos los humanos) de nuestra condición, ésa que tiende a abrigar unas contradicciones e incoherencias en las que raramente vemos inmersos a los personajes que pueblan este relato.

'En tierra de hombres' se trata, pues, y en suma, de una cinta que no carece de un valor cierto y apreciable, y que, en su condición de alegato por la dignidad femenina y la igualdad de género, afronta con arrojo y sin medias tintas un posicionamiento claro y rotundo, pero a la que, de alguna manera, condena su apuesta narrativa por el subrayado, por su voluntad de ofrecer un cuadro de personajes lineales y monolíticos —incluso en sus cambios de posición— que los acerca más a modelos predeterminados que a seres de carne y hueso, con sus grandezas y miserias, aciertos y errores. Una lástima, porque lo que podría haber terminado siendo una propuesta redonda, termina quedando en algo bastante cercano al producto televisivo de sobremesa. Otra vez será...


CALIFICACIÓN: 6.-

* En la imagen; Charlize Theron, protagonista de la cinta.- Fotografía proveniente del fondo de Wikimedia Commons.- 

4 comentarios:

Sol Elarien dijo...

Me alegra tu regreso.

Manuel Márquez Chapresto dijo...

Muchas gracias, Sol. Con lectoras como tú merece la pena el empeño. Y a ver si tengo un poco de continuidad, que ya me vale. Un abrazo.

David dijo...

No la he visto y después de leer la entrada tampoco es que me hayas dado muchas ganas.
Lo de la "continuidad" con los blogs nos pasa a todos.
Un abrazo.

Manuel Márquez Chapresto dijo...

Hola, David, buenos días; como tú bien sabes, yo siempre recomiendo que, más allá de lo que pueda opinar cada cual, que cada cual pruebe. Pero sí, lo cierto es que, en este caso, probablemente no te pierdes ninguna obra maestra. En cuanto a lo de la continuidad, ya me consta; creo que en el mundo este del bloguerío, la predominancia de las redes sociales ha hecho auténticos estragos (y, ojo, que yo soy el primer culpable), de manera que escribimos menos, leemos menos, comentamos menos. En fin...

Un fuerte abrazo, gracias por pasarte y comentar y buen fin de semana.

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