jueves, 14 de noviembre de 2013

Agenda oculta (Hidden agenda; Gran Bretaña, 1990) vs. Salvador (Salvador; U.S.A., 1986)

* Apuntes sobre las películas Agenda oculta (Hidden agenda; Gran Bretaña, 1990), de Ken Loach, con Frances McDormand y Brian Cox; y Salvador (Salvador; U.S.A., 1986), de Oliver Stone, con James Woods y James Belushi

Si hay una ventaja de la que el cinéfago goza en relación con el cinéfilo, es la de contar con muchas más posibilidades —es lo que tiene ser poco selectivo…— de poder apreciar la diversidad y riqueza del hecho cinematográfico; cuán enormemente diferentes pueden ser los acercamientos fílmicos a un tema o una historia concretas en función del estilo y querencias visuales de aquellos que los acometen, aun cuando éstos partan de planteamientos ideológicos bastante cercanos.

Es éste el supuesto, y de ahí el comentario precedente, con el que me encontraba en días pasados, en una de esas (poco frecuentes, para mi desgracia…) sesiones dobles de cine doméstico con que, de vez en cuando, me regalo. ¿Las piezas en cuestión? ‘Agenda oculta’, del británico Ken Loach, y ‘Salvador’, del estadounidense Oliver Stone. Sus directores pasan por ser, no sin fundamento, dos de los máximos adalidades (junto a Costa Gavras integrarían una trilogía de manual) de un cine de corte político y/o social de sesgo ideológicamente inequívoco —rojo que te quiero, rojo…—, sin concesiones (sobre todo, en el caso de Loach). Pues bien, amigos lectores, pese a tal coincidencia ideológica y política, les puedo asegurar que no debe ser fácil encontrar dos propuestas en celuloide tan lejanas en forma y tono como las que conforman los dos títulos apuntados.

Lejos de la tosquedad con que la mayor parte de sus críticos tacha el grueso de su producción, Loach se entrega en ‘Agenda oculta’ a un ejercicio de cine de intriga política preciso y contundente, servido por un cuadro de intérpretes de la máxima solvencia (con especial mención a un Brian Cox soberbio en su contención interpretativa…) y bien arropado por un ambiente visual opresivo (predominio de los tonos marrones, claroscuros marcados) que pone al espectador en perfecta sintonía con la tesis que esgrime el relato —tan cara a la izquierda más conspicua—, la de la connivencia de los grandes poderes oligárquicos económicos, bien respaldados por servicios secretos de toda laya, con el poder político, al servicio del mantenimiento de ese estado de cosas que tan pingüemente les beneficia (a los unos y a los otros). Más allá de la exactitud y/o vigencia de la tesis del autor (basta con abrir los periódicos de hoy mismo para constatarlo…), con la que, faltaría más, se puede discrepar en mayor o menor profundidad, a su relato no le falta ni intensidad ni verosimilitud, de manera que, más allá de algún exceso ‘marca de la casa’, aún sigue siendo, a día de hoy, una de las mejores propuestas del director británico.

Por el contrario, lo de Stone con ‘Salvador’ es eso que podríamos calificar de un absoluto disparate; sin el más mínimo sentido del comedimiento o la contención, Oliver Stone nos ‘deleita’ con una extraña mescolanza de drama, intriga, comedia y romance con connotaciones políticas fuertemente señaladas, y en la que todo resulta excesivo, exagerado, y, manejándose siempre al borde del ridículo, termina pasando más parte del metraje dentro que fuera de él. Un dibujo de personajes atrabiliario y grotesco y un retrato de la realidad social y política centroamericana que, más allá de su pretensión caricaturesca (evidente, y, en algunos momentos, incluso graciosa…), rebasa continuamente el esperpento y el caos, terminan haciendo del film de Stone, además de un rotundo alegato de denuncia contra la política exterior de la superpotencia yanqui (en la que no falta alguna escena de combate guerrillero brillantemente coreografiada…), un pastiche absolutamente imposible. Cabe pensar que el director se viera permanentemente sometido, durante el proceso creativo de la cinta, a estados de alteración de conciencia cercanos a los que su pareja protagonista (interpretada por James Woods y John Belushi) exhibe generosa y profusamente a lo largo de la historia, dado que, de lo contrario, cuesta trabajo asimilarlo, por más dado al exceso que, a lo largo de su carrera, haya demostrado ser el amigo Oliver.


No debe ser fácil, no, encontrarse con propuestas en celuloide tan diametralmente dispares: la seriedad, rayana en lo solemne, de Loach versus la comicidad estrambótica de Stone; la linealidad dramática y narrativa del británico frente al tobogán estilístico del estadounidense. Eso sí, cine el uno, cine el otro. Por eso, créanme, es tan grande este invento…  

domingo, 10 de noviembre de 2013

Tres mujeres (3 women; U.S.A., 1977)

· Crítica de Tres mujeres (3 women; U.S.A., 1977), de Robert Altman, con Shelley Duvall, Sissy Spacek y Janice Rule.-


DE QUÉ VA (SINOPSIS ARGUMENTAL).- La joven Pinky Rose (Sissy Spaceck) ingresa como monitora en una clínica talasoterápica para ancianos, y es colocada por la responsable de servicio bajo la tutela de la más rodada Millie Lamoureaux (Shelley Duvall). Lo que comienza siendo una relación estrictamente laboral va tornándose en algo más profundo en el plano personal, cuando Pinky, aprovechando la marcha de la compañera de apartamento de Millie, e impulsada por la fascinación que siente por ella, se instala en su vivienda para compartirla. Es Millie —fantasiosa, petulante, habladora incansable y generalmente ignorada por todas las personas de su entorno— la que empieza marcando las pautas de la convivencia, basándose en su ascendiente sobre una sumisa, pacata y un tanto ingenua, casi infantiloide, Pinky, que también se muestra abducida por la extraña personalidad —plasmada en una obra artística críptica e hipnotizante— de Willie (Janice Rule), una mujer callada y misteriosa, dueña, junto a su compañero sentimental, Edgard, del apartamento que ocupan Millie y Pinky. Un episodio de impacto viene a romper el marco de una convivencia no siempre fácil entre estas mujeres, y subvierte las pautas de una relación en la que, a partir de ese momento, se invierten los roles de dominio y sumisión para dar pie a una nueva situación, en la que solo hay margen para lo atrabiliario y lo imprevisible.

EN UN PÁRRAFO (O DOS...).- Director de larga e irregular carrera, Robert Altman escribió y dirigió en los inicios de la misma, allá por los setenta del pasado siglo, varios títulos que le otorgaron un prestigio cinéfilo tan merecido como intenso; y, entre ellos, sobresale este relato morboso y extraño, 'Tres mujeres', una cinta en la que la premisa argumental y el desarrollo de la trama, aun moviéndose en márgenes relativamente convencionales, ceden su prevalencia a la captación de una atmósfera de incertidumbre insana y un tanto lunática, la que marca la personalidad de sus protagonistas, esas tres mujeres que exhiben un comportamiento que, bajo la máscara de la cotidianidad, esconde una carga profunda de desequilibrio, un continuo moverse en el borde que separa lo racional de lo desquiciado, hasta generar en el espectador una sensación continua de desazón y desconcierto, que ni siquiera un final que cuesta calificar como previsible (aunque quizá sea el único que puede otorgar coherencia al desarrollo previo) apacigua. Cine para salir después a la calle y no pararte a darle fuego a la primera chica que se te acerque con un cigarrillo apagado...

EN SU HABER.- 1, el sabio uso de los elementos formales con que Altman realza los matices más desasogantes de su propuesta: encuadres que juegan con imágenes especulares que rompen el plano-contraplano en diálogos directos, ubicación de una cámara que juega al ojo-espía siguiendo a las protagonistas a distancia, o una banda sonora, a cargo de Gerald Busby, que oscila entre lo inquietante y lo irritante; todo un catálogo de 'componentes' al servicio del 'malestar' del espectador; 2, la naturalidad con que el guión de Altman despliega la 'inversión' de roles entre los dos personajes principales, en una vuelta de tuerca que impulsa a la cinta a un sostenimiento permanente de la tensión dramática; y 3, la interpretación de una Sissy Spaceck que, si bien no acaparó los premios y reconocimientos que sí se llevó una también inspiradísima (y amarillísima) Shelley Duvall, dota a su personaje (más complicado, dado su arco de desarrollo) de un punto de desquiciamiento e imprevisibilidad admirables.

EN SU DEBE.- El punto de indefinición, esa 'tierra de nadie' narrativa, en que se mueve el personaje de la 'tercera en discordia', Willie, una mujer que, a falta de palabras, se expresa con sus pinturas, pero que no llega a conseguir un peso dramático suficiente como para poder considerarse un componente de influencia decidida en la trama principal. Es una opción arriesgada, y su resultado no llega a alcanzar el punto de tensión que el clima de la historia reclama.

UN PLANO (O VARIOS...).- Cualquiera de aquellos generales en que vemos el coche de Millie y, atrapado por la parte inferior de la puerta del lado de la conductora, un trozo del bajo de su falda. Imposible definir mejor el carácter de un personaje con un detalle más aparentemente irrelevante.


CALIFICACIÓN: 7 / 10.-  
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