lunes, 23 de septiembre de 2013

La gran familia española (España, 2013)

Vemos conforme a lo que miramos. Y construimos un mundo de acuerdo a lo que vemos. Partiendo de tales consideraciones, parece claro que Daniel Sánchez-Arévalo viene construyendo, al menos cinematográficamente, un mundo tejido alrededor de la familia y la pareja, dos microcosmos tan reducidos como universales. Su última propuesta, 'La gran familia española', más allá de la explicitud de su título, viene a apuntalar aún más, si cabe, ese mundo en construcción, y coloca otra piedra más en un edificio que va mostrando una línea 'arquitectónica' perfectamente reconocible.

El 'edificio', francamente, es acogedor, no tanto por un diseño en el que quizá hay un exceso de escaleras y toboganes, que suben y bajan permanentemente (de la comedia al drama, del drama a la comedia, sin solución de continuidad), sino, sobre todo, por el hecho de que el mismo se encuentra habitado por un puñado de seres que, aquejados de una bondad intrínseca y radical e instalados en un 'buenrollismo' existencial que ni el conflicto emocional más convulso puede hacer tambalear, no parecen tener misión más clara en esta vida que la de hacerse querer.

No son, precisamente, conflictos emocionales los que faltan en la trama de esta última entrega de Sánchez-Arévalo: las relaciones entre los hermanos —todos ellos aquejados de alguna disfunción, permanente o transitoria—, y la influencia que sobre las mismas ejercen elementos de pareja que siempre empiezan y/o terminan configurando triángulos, son terreno abonado para desplegar pasados oscuros, presentes quebradizos y futuros inciertos, con toda la carga de sentimientos que eso arroja sobre vivencias y situaciones. Todo, eso sí, desplegado en ese universo limitado en el que los personajes vuelcan lo más granado de su emotividad: en su relación con el mundo exterior, son personas con problemas (económicos, de salud, de trabajo), pero éstos se minimizan, de manera que todo gozo y todo sufrimiento siempre encuentran su origen (y su resolución, más o menos alambicada —en algún caso, el guión se 'dispara' hacia situaciones cuanto menos exageradas—) en circunstancias vinculadas a episodios y vivencias situadas en ese núcleo familiar.

El director, no obstante, no se deja asfixiar por ese cúmulo de emotividad, y, con la ayuda de un elenco perfectamente engrasado —algo que, sin duda, es el fruto de un prolongado tiempo de experiencias en común: con alguna adición especialmente destacable (son los casos de Verónica Echegui, Patrick Criado o Roberto Álamo, con tres actuaciones cercanas a la brillantez), ahí están Quim Gutiérrez, Antonio de la Torre o Héctor Colomé como piedras angulares del mismo— aprovecha la espita del humor para ir liberando presión, de forma tan metódica como eficaz, a un desarrollo dramático que, sin esos episodios (que desprenden una alegría contagiosa), se convertiría en algo plúmbeo y difícilmente soportable, habida cuenta que la presencia de ese elemento temático que, a priori, podría aspirar a constituirse en una suerte de 'personaje adicional' (la final del Mundial de Sudáfrica de 2010), nunca pasa de ser (y no se sabe si para bien o para mal...) un mero aspecto contextual.


¿El resultado final? Una propuesta desigual, pero atractiva por momentos; un divertimento ligero, en el que no hay cabida para un mínimo atisbo o mirada a una realidad social 'exterior' de otro calado o perspectiva (Sánchez-Arévalo parece tener claro que el 'negociado' de la crítica social en nuestro cine está perfectamente 'gestionado' por otros directores con una vocación clara en ese sentido); y un conjunto narrativo que se inserta en una línea que, tanto por caligrafía como por temática, se puede calificar ya, a estas alturas, de perfectamente reconocible e identificable. ¿Autoral, pues? No lo sé. Solo sé que, poco antes del final, Iniesta mete un gol. El gol. ¿Se puede pedir más...?  

CALIFICACIÓN: 6 /10.-

Cartel final de “La gran familia española” – Copyright © 2013 Atípica Films, Mod Producciones y Antena 3 Films. Distribuida en España por Warner Bros. Pictures International España. Todos los derechos reservados.

jueves, 19 de septiembre de 2013

¿De verdad que hay que ver 1.001 películas antes de morir...?

A través del boletín informativo de una cadena de librerías al que estoy suscrito, tengo noticia de la publicación de un libro con el siguiente título: 1.001 películas que hay que ver antes de morir. Me consta que no es el primer título de este jaez: se enmarca dentro de una tendencia que, también me consta, no se circunscribe al terreno del cine, sino que, en los últimos años, se ha ido extendiendo a cualquier otro ámbito cultural (de lo cual cabe deducir que no les deben salir mal, en cuestión de perras, estos inventos a sus promotores).

En todo caso y, más allá de sus obvias connotaciones (e intenciones) comerciales, que no seré yo quien cuestione ni descalifique, y sin entrar en lo más o menos acertado de las elecciones que sus autores plasman (tema siempre harto discutible), lo que sí tengo claro es que los libros que aparecen bajo esta formulación me siguen suscitando un nulo interés. Quizá sea por las tremendas dudas que me generan, y que paso, amigos lectores, a trasladarles a continuación, en la esperanza de que sean capaces de despejármelas, aunque solo sea en parte. Vamos allá...

* Una vez vistas las 1.001 en cuestión, ¿debe uno, cual buen samurai, y por hacer honor a la cinematografía japonesa, someterse a un harakiri como Dios manda —o, en caso negativo, suicidarse de cualquier otra manera, aun cuando sea más burda y menos caballeresca…—?

* Si uno ve que se están acercando más de lo que sería recomendable los faldones de la Parca, y aún no ha terminado de ver las 1.001 de marras, ¿puede averiguar con su médico de cabecera una moratoria, aun cuando sea con el único fin, y hasta el estricto momento, de completar la tarea…?

* Si, habiendo fallado la opción anterior, uno termina entregando la cuchara sin haber completado/contemplado las 1.001 elegidas, ¿puede tu compañía de seguros negarse a cubrir los gastos del sepelio, alegando conducta inmoral por tu parte…?

* Si entre los DVD de la estantería del salón figura algún título que no se encuentra entre los susodichos 1.001, ¿es recomendable sacarlo de ahí y esconderlo debajo de alguna cama, para no quedar en evidencia cual cinéfilo lerdo y desconocedor de las más elementales prioridades en la materia...?

No son las únicas, pero sí las que más me quitan el sueño. Se agradecen sugerencias…

La fotografía que ilustra esta ¿reseña? pertenece al álbum de Flickr de Guillermo Tomoyose, estando publicada al amparo de una licencia Creative Commons.

sábado, 14 de septiembre de 2013

El alimento de los dioses (The food of the gods; U.S.A., 1976)

Si ya son tremendamente subjetivas las apreciaciones acerca de las películas, en el sentido de la valoración de su calidad —al fin y al cabo, no existe un canon predeterminado en base al cual fijar la misma—, cuando nos adentramos en el más espinoso terreno de su etiquetado, lo que reina es el más puro y duro arbitrio (más allá del grado y volumen de los consensos que alguna etiqueta afortunada pueda suscitar respecto a una película en concreto), de manera que este humilde machacateclados siempre se tienta las vestiduras cuando se encuentra ante alguna de esas expresiones: western crepuscular, thriller posmoderno, o cualquier otra que haya calado entre la crítica más conspicua. Por ejemplo, film de culto.

Como tal, como film de culto, califica la plataforma de video en línea en que tuve ocasión de verla (Filmin) la película ‘El alimento de los dioses’, y no seré yo quien cuestione la validez de tal calificación (que, por otro lado, y visto el perfil de la cinta, no me extraña debe ser ampliamente compartida por la crítica de cine). Permítanme, eso sí, que sume a la misma la de que se trata de una película mediocre, flojita, en la medida en que, tratándose de una propuesta ‘fantacientífica’ de terror cuya pretensión principal es la de inducir en el espectador miedo y desasosiego a través de una combinación de atmósfera ambiental inquietante y sustento fáctico ominoso, no lo consigue ni por asomo.

El punto de partida argumental de la propuesta (basada en la novela homónima del celebrado autor del género H. G. Wells) es ciertamente prometedor (la existencia de una sustancia que genera un crecimiento desorbitado de los animales que la ingieren, fenómeno que se produce en una isla misteriosa y apartada en la que se desarrolla el grueso de la historia); y la película, dirigida por Bert I. Gordon, se desarrolla con un brío narrativo estimable, hasta tal punto que su despliegue completo se cierra en poco más de ochenta minutos. ¿Méritos suficientes para sostener una valoración positiva? En mi modesta opinión, no

La película adolece de una factura visual bastante pobre, algo a lo que contribuyen muy especialmente unos efectos especiales de calidad harto discutible (y que dotan a la cinta de un punto de cutrez muy elevado), y sin que deba suponer un atenuante para tal falla la época en que se encuadra (a esas alturas, la imaginación y el talento de los especialistas en la materia ya conseguían suplir las carencias que la falta de tecnología ad hoc comportaba, si la comparamos con el grado de desarrollo —digitalizado, eso sí— actual); y, sobre todo y fundamentalmente, un cuadro de intérpretes que se desempeña con tal grado de exageración (y exasperación) que hace de su presencia en pantalla una experiencia insufrible, con especial mención para su protagonista principal, Marjoe Gortner, siempre desbocado y con un rictus de desesperación que, poco a poco, va traspasando a un espectador al que ni siquiera la presencia de Ida Lupino (en un papel, por otro lado, francamente patético) consigue sacar del pasmo.

En definitiva, nos encontramos con los peores elementos del cine de terror setentero, sin que, en contrapartida, haya cierta compensación basada en aspectos atmosféricos o ambientales. O sea, un bluff. Eso sí, las ratas gigantes campan a sus anchas durante buena parte del metraje. ¿Asco? No, hastío. Que saquen a las serpientes…
Creative Commons License
Los textos de esta obra están bajo una licencia de Creative Commons.