viernes, 7 de junio de 2013

Ayudas al cine, en el punto de mira

Pocas veces pasó el Pisuerga (ultraliberal) por Valladolid con más caudal y fuerza que ahora. Y que, en tal tesitura, las oligarquías cinematográficas estadounidenses (o sea, las majors, agrupadas bajo el escudo —o, más bien, brazo ejecutor al más puro estilo de superhéroe marveliano— de la MPAA, bien secundadas por un elenco de mamporreros que también se juegan sus cuartos en esta partida...) dejaran pasar la ocasión de eliminar ese que consideran quiste canceroso de la excepción cultural europea, al socaire de las inminentes próximas negociaciones del GATT entre Europa y Estados Unidos, no podía ser más que una quimera irrealizable. En ello están, y mucho cabe temer que poca oposición va a constituir la expresada por una plataforma de prestigiosísimos cineastas europeos que se ha manifestado en contra de su eliminación. Malos tiempos para la lírica (cinematográfica...).

El mantenimiento de un sistema público de subvenciones y ayudas a la producción cinematográfica en el ámbito europeo no se trata de una cuestión de cortapisas a la libertad de comercio o de sustento de una casta cultural privilegiada, más allá de los usos y abusos que, en determinadas coyunturas geográficas e históricas se hayan podido producir en ese ámbito: es algo de estricta y legítima defensa frente a las pautas 'bulldozerianas' de comercialización con que se maneja el 'amigo americano'; un mecanismo sin el cual el cine europeo, tal y como hoy lo conocemos, dejaría, lisa y llanamente, de existir, y no para ser sustituido, precisamente, por algo mejor, sino por un producto cuyo grado de aceptación por el público viene determinado por criterios que poco tienen que ver con los de su estricta calidad artística.

Espero que nadie, a estas alturas de la película (valga la expresión en este contexto...), pretenda engatusarme con la manida dicotomía de los cañones y la mantequilla. Evidentemente, los sistemas sanitarios y educativos, por ejemplo, constituyen una prioridad (por su importancia y su extensión) ante la cual han de ceder, si se pretende una justa y equilibrada atribución de recursos públicos a las necesidades públicas, las partidas destinadas a otros ámbitos, como el cultural. Pero, no nos engañemos, en una visión macroeconómica, lo de las ayudas al cine (y más aún, en estos tiempos de crisis galopante y generalizada) no deja de ser el chocolate del loro.

Y, en último extremo, es esa misma libertad de elección a la que apelan los promotores de su eliminación a la que yo me acojo, como ciudadano que paga religiosamente sus impuestos —y al que el veneno de cierto tipo de cine le corre por las venas desde los tiempos que constan en la imagen que ilustra este alegato—, para reivindicar mi derecho a poder seguir viendo pelis de Haneke, Kaurismaki, Gomes, Lantimos o Rosales. ¿O es que la libertad solo es patrimonio de aquellos a quienes el establishment situó en una posición privilegiada? Pues eso...
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