martes, 7 de mayo de 2013

Pamela Piggott (¿Qué pasó entre mi padre y tu madre? —Avanti!—; U.S.A., 1972)

1. Pamela Piggot aguanta estoicamente los malos modos, ese carácter hosco y desabrido que impregna la actitud y la conducta de Wendell Armbruster Jr., ese americano medio que está convencido de que los más de cinco mil millones ciudadanos del mundo que no son estadounidenses sufren algún tipo de dolencia incurable. Y lo hace aguantando esas pullas que ella misma alimenta, con su comportamiento y sus declaraciones, acerca de su peso, aun en un momento de extremo dolor, como es ése en el que ha de reconocer, en una lúgubre y austera morgue, el cadáver de su madre fallecida lejos de su Gran Bretaña natal. Y lo hace dejando que todos marchen, para, en la más absoluta soledad, abrir una ventana por la que traer la luz a quien ya no puede recibirla. Y dar, por supuesto, rienda suelta a sus lágrimas.

2. Pamela Piggot se deja llevar a sí misma, arrastrada por los efluvios, no solo alcohólicos, de una noche en que el ambiente y la música la han transportado a ese territorio en el que su madre ausente fue tan, tan feliz —a pesar de que, una vez más, Armbruster Jr. la ha vuelto a abandonar de forma poco educada y sorpresiva—. La mañana fresca y clara empujan sus pasos hacia el agua límpida, casi transparente, de la bahía de Ischia; y hacia allá marcha ella, sin pudor, sin rencor, dejando tras de sí unas prendas que cubren su piel, pero no su alma, para arrojarse al mar, y nadar hasta la roca cercana en la que dejar que el sol acaricie su cuerpo desnudo (y rotundo, hermoso). Armbruster Jr. pretende hacerse creer a sí mismo que la sigue por un instinto paternalista, protector, pero todos estamos empezando a ver lo que ni él, ni esos largos calcetines negros que terminan convirtiéndose en su única vestimenta, quieren ver. Qué mala la ceguera...

3. Pamela Piggot, con un italiano impecable, intenta hacerse pasar por la manicura de Wendell Armbruster Jr., en un intento de que Jo Jo Blodgett, el representante del Departamento de Estado en Europa, no descubra el pastel que ambos han estado degustando en la suite de Wendell, para su gozo (y el nuestro), una vez destrozados los equívocos y dejados los espíritus llevar por sus naturales impulsos. ¿Que la delata un escandaloso cordón de cortina que intenta cumplir las funciones de cinturón circunstancial? No importa: las resoluciones están adoptadas y Pamela ha conseguido lo que no andaba buscando, que es como se consiguen aquellas cosas que más se desean (y se merecen) en la vida. ¿Final feliz o comienzo de un bucle? ¿O ambas cosas...?

* ¿Qué pasó entre mi padre y tu madre? —Avanti!— constituye una de las últimas entregas de la larga y fructífera carrera del gran Billy Wilder; un divertimento romántico con las dosis de vitriolo bastante rebajadas, a fin de dejar cabida a un torrente de emociones amorosas (más o menos contenidas...), sin que ello la prive de los elementos identificativos 'marca de la casa': unos diálogos preñados de ingenio y agilidad, y una componente caricaturesca (centrada, en este caso y especialmente, en la confrontación entre idiosincrasias de país) a la que sirven con un trabajo cómico majestuoso todos los integrantes de un reparto magnífico, capitaneados por un Jack Lemmon que está a su nivel habitual (o sea, sublime) y una sorprendente y chispeante Juliet Mills.

* Los buenos buenosos XVIII.-

domingo, 5 de mayo de 2013

Amor es todo lo que necesitas (Den skaldede frisør; Dinamarca, 2012)

DE QUÉ VA (SINOPSIS ARGUMENTAL).- Ida (Trine Dyrholm) no pasa por el mejor momento de su vida: recién superado un tratamiento oncológico prolongado, se encuentra con que Leif, su marido, la abandona por una jovencísima compañera de trabajo. Pero la boda en Italia de su hija, Astrid (Molly Blixt Egelind), la obliga a superar todas esas dificultades y embarcarse en un viaje en el que se encontrará con Philip (Pierce Brosnan), padre del novio, un hombre al que la pérdida hace más de veinte años de su esposa ha convertido en un adicto al trabajo huraño y en permanente conflicto con todo y todos los que le rodean. El viaje terminará convirtiéndose en algo más que un mero desplazamiento físico, y empujará a todos sus partícipes a una vorágine de sentimientos, encontronazos y desencuentros de final ¿sorprendente...?

EN UN PÁRRAFO (O DOS...).- Una vez más, la directora danesa Susanne Bier se sumerge, y sumerge a su espectador, en una historia de emociones intensas, al límite, que explota las complejidades y las contradicciones de las relaciones personales, sobre todo en el ámbito de la familia, y que incide especialmente en cómo los mecanismos del dolor condicionan y sobrevuelan todos los actos del personaje, impulsados a un tobogán en el que los claroscuros anímicos son la única constante que cabe esperar. Eso sí, en esta ocasión, y a diferencia de lo que había venido siendo el rasgo identificativo más marcado de su cine (una dureza de situaciones sin paliativo alguno), Bier atempera su trama con pinceladas de ligereza y humor, que dan un contrapunto de liviandad a una historia que, de esa forma, deviene menos densa y descorazonadora. ¿El peaje? Todo azúcar edulcora, es inevitable...

EN SU HABER.- 1, Que, pese a los múltiples elementos situacionales que su argumento pone sobre el tapete (infidelidad, enfermedad, adicción al trabajo, homosexualidad y un largo etcétera, cuya enumeración convertiría esta reseña en el índice de un manual de autoayuda...), el guión no acuse en ningún momento el más mínimo síntoma 'batiburríllico' (permitáseme el 'palabro'...), y se mantenga terso y claro, como soporte para una historia compacta y sin cabos sueltos; un magnífico trabajo conjunto de la directora y Anders Thomas Jenssen; y 2, el trabajo interpretativo de la protagonista femenina, Trine Dyrholm (que ya había protagonizado la anterior entrega de Bier, 'En un mundomejor'); sin desmerecer a su compañero de cabecera de cartel, un más que correcto Pierce Brosnan, hay que reconocer que el desempeño de Dyrholm, con ese personaje que, por momentos, se pasea en los márgenes de una Amèlie a ras de tierra, y, en otras ocasiones, se aferra a la cotidianidad más exasperante, no pierde en ningún momento el encanto de la naturalidad plena: la sencillez siempre parece sencilla, pero no lo es, en absoluto.

EN SU DEBE.- 1, Ya hablábamos de peajes en un párrafo anterior. Y es que los contrapuntos de liviandad y humor, amén de aligerar la trama, también incorporan una carga de previsibilidad a determinadas situaciones que puede resultar excesiva. Que Bier huya del efectismo que algunas situaciones argumentales (tan explosivas y furibundas) de sus films anteriores exhibían sin pudor alguno, no me parece mal, pero es probable que esta 'Amor es todo lo que necesitas' se presente, en algunos aspectos, con un regusto a dèja vu demasiado acusado; y 2, rodar en la costa de la Campania italiana y no 'tirar' de 'marco incomparable' podría haberle supuesto a Susanne Bier la acusación de sobrada, pero eso tampoco justifica un cierto abuso de los planos de transición dignos de postal cursi-setentera (que ya se llevan bastante poco, por cierto); habrá de perdonársele ante la falta de 'antecedentes penales', pero apuntado queda en su certificado...

UNA SECUENCIA.- Plano general de espaldas, con los dos protagonistas, hombro con hombro, sentados en un banco de piedra, y un inmenso mar al fondo. Ida entrega a Philip el sobre que ha recibido del hospital, con el diagnóstico sobre la evolución de su dolencia, para que éste lo abra y le diga qué es lo que ha de afrontar. La frase que Philip pronuncia antes de abrirlo (y que, por razones obvias, no reproduciré aquí...) es de un potencial lacrimógeno brutal. Sí, situaciones como ésta la hemos visto mil y una veces, pero, ¿cómo no estremecerse ante ellas, cuando están confeccionadas con mimo y sentimiento? Ah, por supuesto, no me pregunten si se me escapó alguna: los hombres duros, ya se sabe...

CALIFICACIÓN: 6,5 / 10.-
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