miércoles, 10 de abril de 2013

Los amantes pasajeros (España, 2013)

Soy un ferviente defensor de la más absoluta libertad creativa del artista: cuántas menos cortapisas, límites y condicionantes para su obra, mejor para él y mejor para su público. También soy, desde sus inicios, fiel seguidor y admirador del cine de Almodóvar, con todas sus virtudes (inmensas y maravillosas) y todos sus defectos (sí, esos que ustedes y yo sabemos...). A tenor de ambas circunstancias, les puedo asegurar, amigos lectores, que ver 'Los amantes pasajeros' no solo me ha aburrido y me ha cabreado: me ha dolido.

Una libertad amplia comporta una responsabilidad en proporción; está claro que en esta su última propuesta, al igual que en las precedentes (y no sin haberse hecho justo
acreedor a ello, merced a sus buenos resultados artísticos y comerciales), el director manchego ha gozado de la más ancha manga que cupiera disfrutar, y la ha explotado a conciencia, montándose una celebración con tintes de auto homenaje sin cabida para cualquier elemento que no se ajustara a su puro capricho. Pero en el producto resultante no hay rastro alguno de responsabilidad creativa, más allá de la que sean capaces de considerar los devotos más recalcitrantes de su imaginario icónico-sexual.

Porque el resultado final del divertimento constituye todo un ultraje a la filmografía previa de su autor: una comedia que aburre por mor de un guión inane y deslavazado (algo increíble en quien, como Almodóvar, se ha caracterizado siempre, incluso en sus entregas más flojitas, por 'abrochar' las historias con brillantez), un colorín redundante en el que la procacidad termina provocando el mismo efecto que consigue el niño empeñado en un continuo caca-pedo-culo-pis, que no es otra cosa que el hartazgo de la concurrencia. En suma, una propuesta fallida, plagada de elementos cansinos (por mil veces vistos), a la que no salva ni el desempeño voluntarioso, pero estéril, de un elenco de intérpretes al que no le faltan buenas dosis de talento, pero que ni aun así puede dar vuelo (valga la paradoja) a personajes cuyo único interés no parece ir más allá de chuparla y/o que se la chupen (lo demás es accesorio o irrelevante), sin que ninguno de ellos ofrezca rasgo alguno de originalidad o profundidad.

Dado que, como reza el viejo tópico, hasta el mejor escribano echa un borrón, asumiré como tal que Almodóvar me ha decepcionado profundamente porque así es la vida, y todo el mundo tiene derecho a descomprimirse, relajarse y expandirse, al menos de vez en cuando. Pelillos a la mar... Pero también espero que el apagón, o el bajón, que pone de manifiesto  este su último film, sea tan pasajero como los amantes de su título. Ojalá.

CALIFICACIÓN: 3/10.-

Cartel de “Los amantes pasajeros”, película distribuida por Warner Bros. Pictures International España © 2013 El Deseo. Todos los derechos reservados.

martes, 2 de abril de 2013

La víctima número diez (La decima vittima; Italia, 1965)

Prolifera actualmente en las salas un cine fantacientífico de tintes apocalípticos que halla su caldo de cultivo, en cuanto a impulso del público a su consumo, en el estado de ánimo mortecino en que la crisis económica tiene sumida a la civilización occidental. Pero al mundo de la imagen de ficción nunca le han faltado argumentos del mundo real con que nutrir impulsos de ese tipo: desde la guerra fría, a mediados del pasado siglo, hasta el atentado contra las Torres Gemelas, siempre ha habido miedos básicos a los que apelar para practicar después la ceremonia de su exorcismo en la gran pantalla.

Es en ese contexto en el que cabe situar una cinta como 'La víctima número 10', film de 1965 que basa su trama en una fantasía futurista, situada en un momento indefinido, y que nos retrata un mundo en el que ha adquirido especial relevancia una suerte de juego o deporte consistente en cacerías humanas de ámbito universal, cuyos practicantes son emparejados por un macro ordenador situado en Ginebra. Un ordenador  que se encargará de que Caroline  Meredith (Ursula Andress) haya de desplazarse desde Estados Unidos hasta Roma para dar captura y muerte a Marcello Polletti (Marcello Mastroianni). No hace falta estar dotado de una mente especialmente calenturienta para adivinar que lo que estaba destinado a ser asunto de Tánatos terminará en el negociado de Eros.

Y es que más allá de su impacto visual y narrativo (lastrado por unos modos tan tremendamente apegados a la estética de su tiempo que nos permiten recurrir sin rubor alguno al tópico del mal  envejecimiento), 'La víctima número 10' apuesta, como baza principal, por el atractivo de su pareja protagonista, a la sazón en su máximo esplendor físico, del que, en teoría, debía desprenderse un voltaje erótico que está lejos de alcanzarse, tanto por la falta de química entre ambos como por las limitaciones interpretativas de una Ursula Andress mucho más generosa en la exhibición de sus curvilíneos y vertiginosos atractivos que en la de sus supuestos talentos. Eso sí, Mastroianni con sus sempiternas gafas negras, queda muy llamativo de rubio...

Lo estrambótico de las situaciones, la audacia de la planificación (con un alarde de angulaciones constante, muy a tono con la 'modernidad' de la propuesta) o el recreo continuo en las bellezas paisajísticas de una Roma convertida en 'marco incomparable' de la acción no dotan de suficiente interés a este colorido experimento de Elio Petri, al que le falta agilidad en el relato y le sobra afán de trascendencia, sin que su combinación de acción retrofuturista y drama tórrido-romántico llegue a cuajar en algo sólido.
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