sábado, 14 de septiembre de 2013

El alimento de los dioses (The food of the gods; U.S.A., 1976)

Si ya son tremendamente subjetivas las apreciaciones acerca de las películas, en el sentido de la valoración de su calidad —al fin y al cabo, no existe un canon predeterminado en base al cual fijar la misma—, cuando nos adentramos en el más espinoso terreno de su etiquetado, lo que reina es el más puro y duro arbitrio (más allá del grado y volumen de los consensos que alguna etiqueta afortunada pueda suscitar respecto a una película en concreto), de manera que este humilde machacateclados siempre se tienta las vestiduras cuando se encuentra ante alguna de esas expresiones: western crepuscular, thriller posmoderno, o cualquier otra que haya calado entre la crítica más conspicua. Por ejemplo, film de culto.

Como tal, como film de culto, califica la plataforma de video en línea en que tuve ocasión de verla (Filmin) la película ‘El alimento de los dioses’, y no seré yo quien cuestione la validez de tal calificación (que, por otro lado, y visto el perfil de la cinta, no me extraña debe ser ampliamente compartida por la crítica de cine). Permítanme, eso sí, que sume a la misma la de que se trata de una película mediocre, flojita, en la medida en que, tratándose de una propuesta ‘fantacientífica’ de terror cuya pretensión principal es la de inducir en el espectador miedo y desasosiego a través de una combinación de atmósfera ambiental inquietante y sustento fáctico ominoso, no lo consigue ni por asomo.

El punto de partida argumental de la propuesta (basada en la novela homónima del celebrado autor del género H. G. Wells) es ciertamente prometedor (la existencia de una sustancia que genera un crecimiento desorbitado de los animales que la ingieren, fenómeno que se produce en una isla misteriosa y apartada en la que se desarrolla el grueso de la historia); y la película, dirigida por Bert I. Gordon, se desarrolla con un brío narrativo estimable, hasta tal punto que su despliegue completo se cierra en poco más de ochenta minutos. ¿Méritos suficientes para sostener una valoración positiva? En mi modesta opinión, no

La película adolece de una factura visual bastante pobre, algo a lo que contribuyen muy especialmente unos efectos especiales de calidad harto discutible (y que dotan a la cinta de un punto de cutrez muy elevado), y sin que deba suponer un atenuante para tal falla la época en que se encuadra (a esas alturas, la imaginación y el talento de los especialistas en la materia ya conseguían suplir las carencias que la falta de tecnología ad hoc comportaba, si la comparamos con el grado de desarrollo —digitalizado, eso sí— actual); y, sobre todo y fundamentalmente, un cuadro de intérpretes que se desempeña con tal grado de exageración (y exasperación) que hace de su presencia en pantalla una experiencia insufrible, con especial mención para su protagonista principal, Marjoe Gortner, siempre desbocado y con un rictus de desesperación que, poco a poco, va traspasando a un espectador al que ni siquiera la presencia de Ida Lupino (en un papel, por otro lado, francamente patético) consigue sacar del pasmo.

En definitiva, nos encontramos con los peores elementos del cine de terror setentero, sin que, en contrapartida, haya cierta compensación basada en aspectos atmosféricos o ambientales. O sea, un bluff. Eso sí, las ratas gigantes campan a sus anchas durante buena parte del metraje. ¿Asco? No, hastío. Que saquen a las serpientes…

6 comentarios:

ethan dijo...

Moraleja: "Cuidado con las películas de culto". Muchas veces ese adjetivo es sinónimo de bodrio. Me ha ocurrido en alguna que otra ocasión.
Saludos!

Manuel Márquez Chapresto dijo...

Hola, Ethan, buenas tardes; pues sí, creo que la moraleja que extraes no anda mal encaminada. Hay pelis de culto magnífica, y otras... pues eso, dejémoslo ahí.

Un abrazo y hasta pronto.

39escalones dijo...

Prefiero quedarme con las reflexiones del comienzo de tu texto, ya que la película es infumable.
Este fenómeno de la colocación de etiquetas forma parte de nuestro tiempo. No es sólo una cuestión de marketing, que lo es (de hecho es lo único que es), sino un rasgo social, económico, cultural y casi de comportamiento cívico de nuestro tiempo. Tenemos prisa, no nos dejan pensar, no queremos pensar, no tenemos tiempo, y por tanto despachamos con dos palabras la descripción y la concepción de casi cualquier cosa para pasar de inmediato a otra. Esto, especialmente en la política, y especialmente en un país tan mediocre como España, tiene consecuencias fatales, como podemos ver en cualquier periódico o tele. El problema es que mucha gente que busca independizarse de eso, es a su vez aborregada con otra gran etiqueta envuelta en un banderón, y claro, así no hay quien avance.
Abrazos

Manuel Márquez Chapresto dijo...

Hola, Alfredo, buenos días; tu reflexión va mucho más allá, en ámbito, de la que yo me limitaba a esbozar, y no le puedo negar ni enjundia ni exactitud. Prisa, sí; y desgana, también, supongo. En fin...

Un abrazo y seguimos trasteando.

Anónimo dijo...

Buenas reflexiones.

A veces una película es de culto porque pocos la han visto...

... Lo que sí es cierto es un fenómeno curioso:

Toda película tiene su público
Todo libro tiene su público
Todo cuadro tiene su público...

Etcétera, etcétera, etcétera... a veces es inexplicable pero cierto.

En el cine pasa igual, ves una película que te parece infumable por un montón de motivos razonados y de pronto te encuentras con que hay alguien que defiende dicha película a capa y espada... que es importante para ella, que algo le ha hecho sentir o disfrutar... y te puede proporcionar un montón de argumentos...

Hasta el peor director director del mundo (el pobre Ed Wood se llevó el mote)... alguien le dedicó y realizó una maravillosa película sobre él... y tiene un montón de fans...

Besos y un placer leerte
Hildy

Manuel Márquez Chapresto dijo...

Hola, Hildy, buenas tardes; interesante esa apreciación que haces ligando el culto a la escasez de visionados: no creo que vaya nada desencaminado, no... En cuanto a lo de Ed Wood, siempre me he resistido a tragarme eso del 'peor director del mundo'; como promoción comercial para la peli biográfica que Tim Burton hizo sobre él, no me parece mala estrategia, pero de ahí a asumirlo como certero, no sé. El peor, ¿en base a qué baremo?

Un fuerte abrazo y seguimos trasteando.

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