martes, 13 de agosto de 2013

Lost in translation (U.S.A., 2003)

Uno de los tópicos conceptuales —uno más, de tantos— con que frecuentemente se suelen despachar reseñas relativas a películas (entre otras, y sin ir más lejos, mismamente las mías…), es el de su envejecimiento; idea que se aplica de manera casi automática cuando el texto se dedica al destripe de un film cuyo estreno se remonta ya a varios años atrás, y que parte de un grave error de apreciación, dada la inalterabilidad esencial de las pelis (entendidas como obra cinematográfica, y no como elemento incorporado a un soporte físico): los que sí que envejecemos, con peor o mejor fortuna en el empeño, somos los que las vemos. Y es ese envejecimiento propio, con todo lo que comporta, en términos de alforjas más o menos llenas, el que proyectamos sobre el nuevo visionado de la misma cinta que tuvimos ocasión de ver en un momento anterior.

Cuando la película en cuestión no causó mayor impresión —ni en positivo ni en negativo—, su revisión no suele despertar mayores recelos previos. Pero cuando afrontamos el nuevo visionado de un film que nos impactó profundamente en el momento en que lo conocimos, es normal que se sienta un cierto temor (mayor en la medida en que más tiempo haya pasado entre ese primer visionado y el actual), un prejuicio —asentado en lo habitual que suele resultar— de decepción, que, cuando se confirma (por desgracia, en numerosas ocasiones…), tendemos a traducir en esa acusación de ‘mal envejecimiento’ a la que hacía mención en el párrafo anterior.

Hace unos días, volvía a ver, después de haberlo hecho poco después de su estreno, en el año 2003, ‘Lost in translation’, de Sofia Coppola. Su primer visionado me había causado un impacto enorme, extraordinario: su línea argumental, con esa historia de amor tan improbable como el amor mismo; su ambientación, en ese mundo exótico, desubicado y alienante de un Japón de tremendos contrastes, escenificados en entornos fríos y solitarios; o su pareja protagonista, dos intérpretes en estado de gracia generando una química que nace de la historia, y no de sus particulares idiosincrasias. Y mis temores eran, obviamente, los que cabe abrigar en casos como éste: ¿se habría convertido todo ese entramado de elementos deslumbrantes en una amalgama de cursilería ñoña y vacuidad epatante, puro despliegue ‘pavorrealesco’ de catálogo o magazine de moda? Torres más altas se me habían derribado, cual castillos de naipes, en muchos casos precedentes.

Pero no fue éste el caso: ‘Lost in translation’ sigue luciendo como una maravillosa historia romántica alejada de los cánones habituales en este tipo de tramas, dada la particular idiosincrasia —y circunstancia— de los personajes que la encarnan, pero que no por ello deja de ser una excelente disección del sentimiento amoroso y algunos de los aditamentos que lo complementan y distorsionan hasta convertirlo en ese motor del devenir humano que viene siendo desde la noche de los tiempos. Ahí radica su capacidad de atrapar emocionalmente al espectador e involucrarlo en una historia que, por localización geográfica (tan lejana) y posición socioeconómica de los personajes (tan alta), quizá sería más esperable que resultara distante y extraña; es la universalidad de sus mecanismos emocionales —desarrollados, por lo demás, a través de un guión ágil y limpio— lo que la humaniza y la acerca.

También contribuye en gran medida al éxito del empeño el nivel que alcanzan las interpretaciones de sus dos protagonistas: Bill Murray borda, con su aparente estolidez, ese exitoso y desencantado actor maduro al que su pátina de humor soterrado no le borra la amargura de fondo, una amargura que, con sordina pero sin piedad, le va haciendo perder pie y ganar consciencia de su vacío, y que, por eso, está en condiciones óptimas para enfocar su periscopio hacia cualquier pequeño resquicio de luz; el resquicio de luz que aporta una luminosa Scarlett Johannson, que alcanza aquí, quizá, una de las cúspides de su no muy regular carrera, gracias a un trabajo en el que la expresividad siempre es huidiza y tenue, como corresponde a un personaje que aún está poco cuajado, desorientado y en búsqueda de anclajes ante la incertidumbre que solo alcanza a atisbar de manera muy difusa.

Prueba, en definitiva, superada satisfactoriamente. Ya solo me resta, en un próximo visionado, dentro de algunos años, quizá, el llegar a averigurar el contenido de las palabras que, en uno de esos finales de leyenda con que el cine nos regala de vez en cuando, y gracias a las líneas de guión no escritas, Tom vierte en los oídos de Charlotte. Ése sí que es un misterio insondable, amigos lectores, y no el de la fórmula de la Coca-Cola…

8 comentarios:

SuperWoman dijo...

A mi con LIT, me pasa como con la comedia televisiva TBBT (The Big Bang Theory), me costaba comprender como alguien que no hubiera estado en Japon, que no hubiera vivido esas escenas un poco surrealistas de ser fotografiado por la calle por ser extranjero (yo es que no vivia en Tokyo) o cantar a microfono pelado en un karaoke oscuro en el que corrian litros de alcohol, ay Ramon Sohlo, quien te a visto y quien te ve... podia encontrarle el punto a la pelicula. Hasta que cai en la cuenta de que como en TBBT, la gente es capaz de conectar con la cara B de la historia, en el caso de LIT, con el no-se-de-donde-vengo-ni-a-donde-voy de los dos protagonistas, que como dices es universal y en TBBT cuando yo comprendo perfectamente al grupo de frikis, la gente realmente con quien conecta emocionalmente es con Penny... En definitiva, cada libro tiene una lectura diferente y lo importante no es lo que cuenta "A", sino lo que le llega a "B", una de las premisas sin duda de la comunicacion. Las buenas historias son aquellas que permiten un gran abanico de lecturas "B".
Un supersaludo

PS: Que gusto verte de nuevo en marcha, Manolito...

Holiday Mist dijo...

Qué ganas de leerte otra vez y qué suerte que lo hagas hablando de una de las pelis que más me ha gustado en los últimos tiempos...
Me voy a dar el pisto de mujer viajada y con experiencias ;-) para afirmar que LIT es una peli que sólo "te toca" si has vivenciado la soledad -¿¿¿o debería decir la individualidad??- producida por un entorno ingrato,frío, cuando el hecho de desconocer totalmente la lengua te hace sentirte totalmente homeless,sin el abrigo de lo tuyo....qué vértigo y qué bien llevado todo: el tempo,los personajes,los actores (él está soberbio) el look de ella-tenía que ser rubia,prototipo Marylin para el papel,definitivamente-la música,los contrastes de Tokyo (personalmente y para mí es la ciudad menos atractiva del mundo,por su frialdad)...... yo la he visto dos veces y me sigue encantando,me seguirá encantando....
Es un peliculón,sin duda.No hay otro igual.
:-)
Alegrándome de leerte,my friend.

Manuel Márquez Chapresto dijo...

Hola, Superwoman, buenos días; ese planteamiento de las caras A y B de las historias me ha parecido curioso, creo que define bien el proceso que se suele producir en la comunicación artística. No he visto ni un solo capítulo de The big bang theory (como de tantas y tantas series), y, por ahora, no lo tengo en previsión, no sé, demasiado material acumulado en otras 'ramas'. ¿De nuevo en marcha? No sé, ya veremos cuando pase agosto y se acaben las vacaciones...

Un abrazo, gracias por comentar y hasta pronto.

Manuel Márquez Chapresto dijo...

Hola, Holiday Mist, buenos días; me alegra que coincidamos en querencia por esta peli tan, tan especial; no sé si buena, mala o ni lo uno ni lo otro, pero, en cualquier caso, con una magia muy particular (si sintonizas con ella, claro). No he estado nunca en Tokio, y lo veo complicado, aunque no lo descarto absolutamente y de antemano; ya se verá...

Un abrazo, gracias por pasarte y comentar y hasta pronto.

GCPG dijo...

Se ha especulado demasiado sobre Lost in Translation, en su mayor parte por ser la directora Sofía Coppola, y no estamos ante una película a la que se pueda asistir con prejuicios sino todo lo contrario, pues está hecha para disfrutar de los maravillosos planos, de la naturalidad de los actores, de la moderna banda sonora y de las sensaciones a flor de piel. No admiraba en demasía a Sofía Coppola, pero puedo decir que llevaba mucho tiempo esperando que se hiciera una película así.

GCPG dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
39escalones dijo...

No estoy de acuerdo. Sí en lo de la película, en líneas generales, pero no en el razonamiento inicial.

La cuestión del "mal envejecimiento" tiene que ver más con el valor potencial de una película para convertirse en clásico, es decir, para mantenerse vigente, ajena al paso del tiempo. Si nos fijamos bien, las grandes películas de la historia del cine poseen esta cualidad, la de su vigencia con carácter atemporal, o intemporal, como se diga. Demasiado a menudo ocurre, no obstante, como bien relatas, que una película "pierde" valor con su visionado posterior, tras mucho tiempo sin haberla visto, porque su estética, su planteamiento, sus valores, etc., han quedado superados.

Es decir, que ese "clasicismo" añade un valor a considerar por encima de aquellas obras cuyas aportaciones tienen fecha de caducidad, y con el tiempo pierden su carácter precursor.

No creo que ocurra así con esta película, que va ganando con el tiempo.

Un abrazo

Daniel Bermeo dijo...

Le debo un visionado urgente solo la vi una vez hace ya mucho tiempo cuando llegó a las salas de cine de acá mi país (por el 2005 más o menos) y desde entonces no he vuelto a verla. Recuerdo que me agradó mucho, pero poco más puedo decir. Coppola como realizadora tiene un toque interesante. Un abrazo.

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