viernes, 2 de noviembre de 2012

Sin rastro (Gone; U.S.A., 2012)

UNA INTRIGA DESGASTADA.-

Aunque uno guste, y mucho, del cine, y guste también, no menos, de la escritura (y ya saben lo que reza el viejo dicho aquel acerca del gusto, la sarna y los picores…), no piense por ello el amigo lector que el ejercicio de la crítica cinematográfica no se convierte, en ocasiones, en algo más cercano a la tortura que al placer. No, no es algo que afecte, precisamente, a la crítica que versa sobre aquellas películas que menos gratas resultan al juzgador de turno: cuando se pasa realmente mal, es cuando se ha de abordar la escritura acerca de una cinta que no nos ha dicho absolutamente nada; porque, si nada nos dice la película, ¿qué le decimos nosotros al lector?

Al que acuda a este texto buscando una referencia acerca de un film como “Sin rastro”, he de decirle, sin ambages ni medias tintas, que se trata de una de las propuestas más anodinas y poco imaginativas que, en materia de intriga criminal, haya llegado a las pantallas en los últimos tiempos: un cúmulo de situaciones argumentales gastadas y lugares comunes dramáticos que en ninguno de sus tres cuerpos —presentación, nudo y desenlace— es capaz de ofrecer al espectador algo no ya sorprendente, sino mínimamente interesante o llamativo.

Y es que la historia de un secuestro, premisa argumental con la que arranca la película, a que ha de dar solución la hermana de la secuestrada, en una carrera contra el reloj y contra su entorno (que, inicialmente, la ignora y, después, la persigue), hasta un clímax final que le servirá tanto para resolver el episodio de partida como uno previo que constituye justificación y leit-motiv de su modus operandi, no deja de ser un ‘menú’ que, si no se aliña, al menos, con alguna ‘salsa’ que, como aditamento particular, le distinga de sus precedentes, ya hemos degustado mi l y una veces; como quiera que la salsa no aparece en ningún momento, la decepción está servida. O sea, un fiasco en toda regla.

No lo salva un ritmo correcto, en el que, eso sí, se ha dosificado bien la progresión de la trama —sin que la vuelta de tuerca de guión mediante la que la protagonista pasa de ignorada a perseguida comporte ninguna aceleración narrativa—; no lo salva tampoco una ambientación correcta, con un contraste acusado entre los entornos urbanos (de la ciudad de Portland) y los naturales (ese bosque en que se ‘cuece’ la resolución de la trama); y no lo hace tampoco un reparto poco más que correcto, en el que la omnipresencia de Amanda Seyfried, la protagonista, que asume, con su estadía permanente en pantalla, uno de esos supuestos en que cabe hablar de ‘vehículo al servicio de…’, deja poco hueco para el resto de figurantes (incluido algún intérprete de cierto renombre, como es Wes Bentley, cuyo personaje no se consigue explicar desde ningún punto de vista).

Estamos, en suma, ante una de esas propuestas, que, con un más que decente aparato promocional y los avales de su estrella al frente del reparto (no cabe duda de que la Seyfried se trata, a día de hoy, de un valor en alza, aunque no está muy claro si, de reincidir en trabajos como éste, esa ascensión no terminará derivando en batacazo sonado…) y su marchamo de producto de empaque, consigue resultados muy por encima de aquellos a que sus méritos la hacen acreedora. Y qué se le va a hacer; la vida, a veces, es así. Por mi parte, avisados quedan…

Calificación: 4/10
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