miércoles, 30 de mayo de 2012

Celos (España, 1999)

AITANA, MON AMOUR... 

* Este artículo fue publicado originariamente en mi antiguo blog (El (viejo) glob de Manuel) el 1 de mayo de 2006, bajo el epígrafe Grageas de cine.

Varios años después de su primer visionado, vuelvo a ver Celos (1999), la última película "no histórica" que dirigió Vicente Aranda -tras ella, vendrían Juana la Loca, Carmen y Tirante el Blanco- y un ejercicio demostrativo de la comodidad con que se desenvuelve este veterano director en historias de este corte: tórridas, pasionales, y con el sexo como motor de la acción (y no me refiero a la mayor o menor explicitud -siempre suele ser mayor...- con que se muestra en pantalla, sino al peso que el mismo cobra como elemento determinante en las decisiones de los personajes que hacen avanzar la trama). 
 
Y, al igual que ya sucediera en Amantes -film con el que muestra concidencias numerosas, tanto en lo sólido de su pulso narrativo como en los elementos argumentales que comparte con él (triángulo de personajes implicados en una relación -aunque, en este caso, a diferencia de aquél, en planos temporales diferenciados-, maniobras y engaños de unos y otros en pos de sus particulares objetivos...)-, también en Celos el rubro interpretativo es de un primerísimo nivel: Daniel Giménez Cacho hace una interpretación soberbia, y, al igual que su compatriota Arturo de Córdova en la mítica Él (1952), de Luis Buñuel, aunque con un puntito menos histriónico, consigue trasladar a la pantalla toda la angustia enloquecedora que los celos incontrolados pueden provocar en un hombre inseguro, tímido e introvertido; Aitana Sánchez-Gijón le responde a idéntica altura, componiendo una Carmen que alterna sus arrebatos salvajemente pasionales -lo cual, por otro lado, nos brinda unas exhibiciones físicas que nada tienen que envidiar a las tan celebradas por los mitómanos eróticos de las mucho más "habituales" Maribel Verdú o Victoria Abril- con una cotidianidad cuya templanza y sencillez rutinaria hacen difícilmente imaginables los anteriores; y los secundarios -especialmente, María Boto, con un trabajo deliciosamente solvente, pero también, en papeles bastante más reducidos en presencia y extensión, Alicia Sánchez y Luis Tosar-, que no desmerecen en lo más mínimo a los dos protagonistas.

En suma, una propuesta interesante y digna de atención, a la cual, si hay que ponerle algún pero, es la de un final excesivamente truculento, cuyas pretensiones (especialmente, en lo que se refiere a su resolución desde el punto de vista visual) se le escapan por completo al autor de estas líneas, aunque le resultan excesivamente grandilocuentes, y, en consecuencia, poco congruentes con el tono general de la película. Un borrón que no empaña la valoración global, positiva, pero que deja un regusto desagradable en el momento más inoportuno. Aun así, muy recomendable, amigos lectores. Tengan feliz semana...

* Antecedentes penales (El (viejo) glob de Manuel) XX.-

* Grageas de cine XII.-

lunes, 28 de mayo de 2012

John Halder (Good; Alemania-Gran Bretaña, 2008)


John Halder es un profesor universitario que sobrevive como puede, con un estoicismo a prueba de los más feroces zarandeos, en el marasmo de la Alemania pre-nazi: una esposa diletante, que solo parece mostrar interés por tocar el piano, y que deja enteramente en sus manos (de él) el cuidado de los hijos; una madre enferma y obsesiva que reclama su atención permanentemente; un suegro que le presiona insistentemente para que se afilie a un partido nacionalsocialista con el que él guarda diferencias ideológicas profundas. Todo conspira a su alrededor para impedirle concentrarse en aquello que de verdad le interesa —sus clases de literatura y la escritura de sus libros—, y su único consuelo se ubica en los largos ratos que pasa con su compañero de juventud (y psicoanalista de cabecera) Maurice Glückstein, un bon vivant procaz y sarcástico, apasionado por los placeres de la carne de todo tipo y condición, y, por encima de todo, amigo leal y entregado.

Pero dos acontecimientos se cruzarán en su devenir vital, y removerán los cimientos bajo los que se asienta su orden (afectivo y académico): uno es el interés de los nazis por un opúsculo de ficción escrito años antes, y en el que Halder, filtrando datos de su experiencia personal, parece transmitir argumentos favorables a la eugenesia (algo que al régimen nazi le puede hacer un nada flaco favor, en orden a su legitimación moral nacional e internacional, pese a que Halder carece de renombre alguno en el firmamento literario); y el otro, el enamoramiento fulminante que por él experimenta una joven y bellísima alumna, Anne, dispuesta a cualquier cosa por convertirlo en su compañero sentimental con carácter permanente.

El primero de los episodios lo lleva a afiliarse, primeramente, a las huestes hitlerianas, y, con el paso del tiempo, a convertirse en un jerarca del régimen: alguien que, sin implicación política y emocional alguna, y solo en el ánimo de no contrariar a sus superiores (frente a los cuales muestra una sumisión rayana en lo servil),  y no ver perjudicada su posición profesional, va escalando posiciones en el organigrama del horror. Paradojas de la vida…

El segundo lo impulsa a separarse de su esposa, Helen, y casarse con su deslumbrante admiradora, a cuyos encantos será incapaz de resistirse, y junto a la cual formará una jovial y atractiva pareja de puros ejemplares arios dispuestos (a la mayor gloria del régimen) a poblar de retoños rubísimos y purísimos la Alemania del futuro, un futuro de prosperidad y bienestar en el que la carrera académica de Holder no parece tener a la vista obstáculo alguno.

¿O sí? Porque hay un punto óscuro, que ensombrece una perspectiva de vida tan inmaculada, y ése no es otro que Maurice. Glückstein. Judío. Una amistad poco recomendable en tiempos convulsos, de persecuciones y condenas. Halder intentará ayudarle: de corazón y sin ambages, como cabe esperar de alguien que, más allá de sus pecados por omisión, tiene un fondo de bondad en su alma contra el que ningún régimen puede atentar. Pero las cosas no salen bien. Y Halder habrá de penar con las consecuencias de su falta de determinación. Un alto precio; el precio que pagan quienes no saben, a su debido tiempo, tomar las riendas de su vida por la línea que les marca su conciencia. Y ahí estará la música para recordárselo…

Contra la maldad más ominosa, las pequeñas bondades inanes no sanan el dolor de sus poseedores. Duro…


* Good (Gran Bretaña-Alemania, 2008) narra la peripecia de John Halder —interpretado por un correcto Viggo Mortensen—, profesor universitario convertido en jerarca nazi ‘a su pesar’, y su relación con Maurice Israel Glückstein —un espléndido Jason Isaacs—, psicólogo judío, en el Berlín convulso de la ascensión nacionalsocialista. Un drama intenso que combina la reflexión política con otras de mayor alcance, y cuya historia arroja un interés muy superior al del pulso narrativo con que su director, Vicente Amorim, la maneja.

* Los buenos buenosos XVII.-

lunes, 21 de mayo de 2012

Feliz Navidad (Joyeux Nöel; Francia, Alemania, Gran Bretaña, Bélgica, Noruega y Rumanía, 2005)


SINOPSIS ARGUMENTAL.- Navidad de 1914. La Primera Guerra Mundial ha comenzado, y, en el frente de guerra, en la frontera galo-germana, tropas de tres nacionalidades (francesa, británica —escocesa— y alemana) libran furiosos combates desde sus trincheras, sembrando de cadáveres el campo de batalla. Mientras tanto, cerca de allí, en un salón lujoso y confortable, Anna Olsen, cantante lírica, deleita a jerifaltes políticos y militares con las excelencias de su canto, en compañía de su pareja (sentimental y artística), el soldado alemán Nikolaus Sprink: ambos se empeñarán en desplazarse a las trincheras alemanas, para que los compañeros de Nikolaus puedan disfrutar también de un rato de esparcimiento musical. Y surge el milagro: al conjuro de la música, que los escoceses secundan con sus gaitas, los mandos de los tres grupos conciertan una tregua durante lo cual, más allá de banderas y nacionalidades, los soldados confraternizan y olvidan, momentáneamente, sus motivos de discordia (que, probablemente, no son realmente suyos…).

EN UN PÁRRAFO….- Superproducción multinacional de ámbito europeo, ‘Feliz Navidad’ es una ficción basada en hechos reales que, curiosa y paradójicamente, y por más ‘buenrollismo’ (y fe en la condición humana) que se quiera poner sobre el tapete, parte de una premisa argumental tan poco verosímil que resulta difícilmente creíble, contribuyendo de manera poderosa a tal sensación el que su desarrollo narrativo (por lo demás, bastante correcto formalmente, y con un ritmo y cadencia adecuados) incida especialmente en episodios y situaciones que, excesivamente sensibleros (y previsibles), solo con una mente muy abierta se pueden admitir como realistas. Es lo que sucede cuando, desde una realidad tan dura y amarga, se pretende erigir un espectáculo de tono amable para el disfrute de todo público: probablemente la taquilla lo agradezca, pero…

EN SU HABER.- Su denuncia de la inhumanidad de la guerra, de lo absurdo de que hombres a los que no separa nada que tenga que ver con su condición intrínseca de tales (y que, más allá de eso, comparten querencias, miedos, ilusiones e ideales) hayan de matarse entre sí en nombre de nacionalidades y banderas que protegen los intereses de los poderosos, y no los suyos propios. Una denuncia formulada desde una elementalidad un tanto simplista, pero que no por ello deja de mover a la reflexión del espectador (y bien está que así sea…).

EN SU DEBE.- 1, lo heterogéneo de un reparto en el que (exigencias de la multinacionalidad, cabe suponer) todos los protagonistas brillan a un nivel discreto, con la única excepción de los dos ‘cantores’ (obviamente, doblados por intérpretes líricos profesionales…), Diane Kruger y Benno Fürmann, sobre los que recae el máximo fulgor y lucimiento (aún así, yo me quedo con Gary Miller, mucho más creíble y solvente); y 2, la recurrencia a tópicos y situaciones excesivamente previsibles, ya sea el ineludible partido de fútbol ‘internacional’ o el intercambio de bebidas alcohólicas variadas con las que brindar y confraternizar (cabe suponer que así fue, pero, ¿era imprescindible no dejar fuera de la historia ni una sola de las opciones…?).

UNA SECUENCIA.- Los franceses cargan, a bayoneta calada, contra una trinchera alemana que les recibe con una abundante ración de fuego; llega un momento en que los cadáveres se acumulan ante el teniente Audebert, que dispara enloquecidamente su pistola desde su posición de primer avanzado, y usa estos cadáveres como parapeto. Pero, entre ellos, no todos están muertos… Un golpe de efecto tan tramposo como tremebundo.

CALIFICACIÓN: 5 / 10.-

jueves, 17 de mayo de 2012

Los ojos sin rostro (Les yeux sans visage; Francia, 1960)


SINOPSIS ARGUMENTAL.- El doctor Génessier, cuya clínica, a las afueras de París, acoge a pacientes de todo tipo y condición,  es una eminencia en materia neurológica, con un prestigio profesional y social indudables. Pero hay algo que ensombrece su existencia: la muerte en un accidente de tráfico (del que él fue responsable) de su joven y hermosa hija, Christiane. Desde esa fecha, el doctor se dedica a investigar sobre perros las más audaces técnicas de reconstrucción de la piel, mientras que Louise, su fiel y estrecha colaboradora, se dedica a trabar amistad y relación con chicas jóvenes y hermosas. ¿Qué relación guardan entre sí esos procederes? Actuaciones y actitudes extrañas, tras las cuales hay un ominoso misterio que los dos desarrollan en la trastienda de la clínica, un sótano donde la esperanza y el horror se dan la mano…

EN UN PÁRRAFO….- De rabiosa actualidad hace no muchos meses, gracias a su puesta en candelero por las referencias a ella en relación con la última película de Almodóvar, ‘La piel que habito’, ‘Los ojos sin rostro’ goza de las características prototípicamente adecuadas para su elevación a los altares de la cinefilia: una trama directa y rotunda; una personalidad en su puesta en escena intensa y acusada, y una insania que recorre todo su metraje como un aditamento imposible de despegar (y que se cuela, insidiosamente, y en forma de desazón, en el ánimo del espectador). Celebrada como obra cumbre del género de terror, no me atrevería a confinarla en un apartado genérico al que trasciende por poesía visual y fuerza narrativa. Altamente recomendable…

EN SU HABER.-  1, su concisión: a base de sabias elipsis (quizá no hubiera estado de sobra alguna más, en relación con cierta intervención quirúrgica….) y agilidad en el relato, la cinta de Franju abrocha toda su historia en menos de noventa minutos, sin que queden flecos sueltos ni elementos inexplicados; todo un alarde...;  2, su atmósfera; si hay films en los que ese término cobra una relevancia especial, éste de Franju es uno de ellos: interiores (recargados o despojados) o exteriores siempre oscurecidos (los diurnos, en bruma; los nocturnos, en negritud plena) hacen del aspecto ambiental uno de los puntos más fuertes e influyentes en la definición (y no solo formal) de la propuesta; y 3, Alida Valli, que compone un personaje, el de Louise, que, definido por la gratitud ciega como motor de vida, es quizá el más emblemático (por su morbo contenido) de cuantos pueblan la urdimbre dramática de la película; gran trabajo de la actriz italiana.

EN SU DEBE.- Una resolución y cierre de la trama que traiciona, en cierta manera (y sin entrar en detalles para no desvelar los entresijos de la historia), las premisas bajo las que se mueve su planteamiento genérico. ¿Voluntad de no llevar al paroxismo un desarr0llo argumental ya de por sí bastante lúgubre? Quién sabe…

UNA SECUENCIA.- Nunca mejor dicho, la de imágenes fijas (nada que ver con Chris Marker…) del rostro de Christiane, que va degenerando progresivamente después de lo que (había parecido ser) una exitosa operación. Una voz en off, de fondo, va explicando, con frialdad y asepsia propias de un robot quirúrgico, los detalles clínicos de lo que vemos en imagen. Tremebundo…

CALIFICACIÓN: 8 / 10.-

viernes, 11 de mayo de 2012

Hola, soy Íñigo Montoya...

* Este artículo fue publicado originariamente en mi antiguo blog (El (viejo) glob de Manuel) el 23 de abril de 2006, bajo el epígrafe Grageas de cine.

- Descubro, en una breve reseña acerca del estreno en Tele 5 de una nueva serie -Mentes criminales-, de la cual es muy probable que no llegue a ver ni una sola ráfaga (y no por ninguna animadversión especial contra ella, sino porque es tal la avalancha de series con que nos inunda la actual programación televisiva, que la pretensión de seguirlas, aunque fuera sólo en una mínima parte, resultaría simplemente enloquecedora...), que el protagonista principal de la misma -su personaje encabeza el equipo de analistas del F.B.I. cuyas andanzas recoge- no es otro que Mandy Patinkin. Para muchos de ustedes, amigos lectores, un actor veterano, de sólida reputación como secundario curtido en multitud de films y series televisivas, buen profesional, con prestaciones siempre eficientes. En cambio, para aquellos que formamos parte de la cofradía de embrujados por esa maravilla que atiende al título de La princesa prometida, Mandy Patinkin es Íñigo Montoya. Y tenemos a gala y honor el ser incapaces de olvidar la siguiente frase: Hola, soy Íñigo Montoya, tú mataste a mi padre, prepárate a morir. Porque es, simplemente, como esa película, inolvidable...

- No sé si las grandes productoras hollywoodienses asocian, de manera indefectible, la formación de una familia a una extraña enfermedad cuyos síntomas más evidentes estén relacionados con la pérdida total del cerebro, pero viendo cómo, una vez más, el último ejemplar lanzado a bombo y platillo de eso que se suele denominar "comedia familiar", ese engendro que responde al título de Míos, tuyos y nuestros, parece desechar de manera absoluta la posibilidad de cualquier atisbo de actividad neuronal en sus hipotéticos receptores, habrá que concluir que así debe ser. ¿Tan difícil es elaborar un producto que, destinado a un público de arco de edad amplio, pueda aunar calidad y capacidad de entretenimiento? ¿Sólo para los solteros -y sin compromiso- se escriben guiones cómicos inteligentes? Misterios insondables de la ciencia y el arte (habrá que llamar a Íker Jiménez, y rogarle amablemente que haga averiguaciones al respecto...).

- Y, para terminar, una última diatriba. Hace ya algún tiempo que los más diversos medios, tanto generales como especializados, vienen haciéndose eco de la próxima (y ultrasecreta) operación de "trasvase de material" de la pequeña a la gran pantalla, que estará protagonizada por ese (genial) fenómeno mediático que constituyen Los Simpson. Y detecto un cierto regocijo generalizado, especialmente extendido entre los (numerosísimos y fieles) seguidores de la serie, expectantes, en positivo, ante tal buena nueva. Respetuosa, pero firmemente, discrepo. Parto de la base de que el cine, desde sus orígenes, no ha tenido el más mínimo problema en fagocitar historias y personajes (que, al fin y al cabo, no son patrimonio más que del universo de la entelequia en el que moran hasta que a un creador se les ocurre trasponerlos a un soporte comunicativo concreto) procedentes de los más diversos medios: novela, teatro, cómic, videojuego; la televisión no tiene por qué gozar de ningún "privilegio" al respecto. Pero suelo recelar de estas maniobras, en las que raramente hay algo más que una mera expectativa comercial (cuya legitimidad no cuestiono; simplemente, no me suele apetecer compartirla, ni ser partícipe de ella, cuando no va acompañada de ninguna otra...), y en las que se suele olvidar que las diferencias entre la obra cinematográfica y la obra televisiva no son una mera cuestión de soporte físico, sino que también influyen otros elementos de la más diversa índole (ritmo narrativo, secuenciación y fragmentación de los episodios, continuidad y discontinuidad en la recepción). El tema, desde una perspectiva general, daría (para ser más exactos, ya ha dado, desde luego...) para consideraciones muchísimo más extensas; por ahora, y antes de desearles, como siempre, amigos lectores, una feliz semana, tengan la completa seguridad de que este humilde escribiente -que tampoco es un feroz seguidor televisivo de esa franquicia- no hará cola ante la taquilla de ningún cine cuando llegue tan sonado estreno...

* Antecedentes penales (El (viejo) glob de Manuel) XIX.-

* Grageas de cine XI.-

viernes, 4 de mayo de 2012

5 metros cuadrados (España, 2011)


SINOPSIS ARGUMENTAL.- Alex y Virginia forman una pareja de lo más normal: jóvenes, humildes, sencillos, sus aspiraciones vitales más profundas pasan por casarse (pronto), adquirir una casa y fundar una familia. Y todo parece apuntar a que sus sueños podrán materializarse con relativa facilidad: una promoción inmobiliaria (Señorío del mar) a las afueras de su localidad les permite asentar la primera base de su futuro, con la compra de un piso en la misma. Pero los problemas no tardarán en surgir: la construcción se paraliza y los múltiples intentos por hallar una solución alternativa (en dinero o en especie) tropiezan, una y otra vez, con la mezquindad de la empresa promotora, empeñada en no dejarse más ‘plumas’ de la cuenta en el empeño. En su lucha por reivindicar lo que considera, en justicia, como suyo, Álex va viéndose abandonado, poco a poco, por todas las personas que le rodean, y, cada vez más solo, se ve abocado a una situación en que la dignidad se tiñe de desesperación.

EN UN PÁRRAFO….- Drama intimista con tintes sociales, la cinta de Max Lemcke, lejos de moverse en el registro que se podría esperar de la presencia a cargo de sus papeles protagónicos de una pareja televisiva de tremendo gancho comercial , traza una historia llena de amargura y que, sin alcanzar ese punto exasperado que se desprende de un cine europeo que también apunta a una crítica social de fondo (como podría ser el de los hermanos Dardenne), tampoco se recrea en la más mínima amabilidad ni concesión a la esperanza. Con la sencillez como premisa formal —la narración se desarrolla conforme a cánones convencionales—, y sin la más mínima alharaca formal, Lemcke dibuja una panorámica muy poco complaciente con nuestro entorno humano más próximo, en la cual la dignidad se convierte en una isla complicada, rodeada por un mar de esas mezquindades individuales que, por su cotidianidad y habitualidad, llegan a hacérsenos hasta/casi disculpables. No es una obra maestra y no hará historia, pero no dejará de ser una pieza de interés con la cual podremos documentar algún día, con perspectiva, lo que y quienes fuimos (ni más ni menos que lo que y quienes ahora somos….).

EN SU HABER.- 1, su absoluta falta de pretenciosidad, de la cual deriva que no estamos ante un cine de tesis explícita, sino de una propuesta cuya denuncia social se desprende con naturalidad de su desarrollo dramático, algo en lo que el guión (y su materialización por Lemcke) aciertan de pleno; y 2, la contención con que desarrolla su papel Fernando Tejero, una gratísima sorpresa, en la medida en que demuestra su capacidad para desenvolverse en un registro muy alejado de aquel en que se ha movido habitualmente hasta ahora, y hacerlo con una solvencia sobre la que cabía albergar dudas fundadas a la vista de algunos trabajos previos (como, por ejemplo, el que desarrollaba en ‘8 citas’).

EN SU DEBE.- 1, lo relativamente previsible de su resolución argumental; cabe entender que un desarrollo de la trama establecido en los términos en que lo hace esta película no ofrece demasiadas salidas convincentes, pero quizá hubiera resultado digno de agradecer un esfuerzo más acusado en este terreno (aun así, el final tampoco arruina la narración previa, todo hay que decirlo); y 2, la escasa claridad con que la historia aborda un aspecto sustancial de la misma, como es el de las cantidades económicas que se mueven en la transacción inmobiliaria con que arranca su parte central; cabe entender que se ha buscado no entorpecer la agilidad de la narración con un (habitualmente farragoso) trasiego de cifras y papeles, pero quizá se podría haber buscado una especie de ‘punto medio’ en ese aspecto.

UNA SECUENCIA.- Alex, confinado, junto a Virginia, a un pequeño cuarto de la vivienda de sus (futuros) suegros, intenta, con escaso éxito, reparar una vieja colchoneta pinchada. Jaime, el padre de Virginia, se queda a solas con él y lo emplaza a una breve charla en la que, tras expresarle su cariño y comprensión, le recalca lo insostenible de la situación: Virginia y él llevan ya un mes viviendo en su casa, y eso no se puede prolongar por mucho tiempo más. Es el comienzo de un lento y agónico proceso en el que todo conspirará para mover el suelo bajo los pies de la pareja. Y entendemos perfectamente que es solo el comienzo…
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