lunes, 30 de abril de 2012

La vida de nadie (España, 2002)

Del extraordinario valor de la mentira como base para la confección de material narrativo de muchísimos quilates, dan buena fe innumerables ejemplos a lo largo de la historia de la creación, tanto literaria como cinematográfica. Es algo lógico: la mentira, aun cuando sea un elemento con el que convivimos cotidianamente, genera desazones, angustias, temores, inestabilidades, y ¿qué mejor forma de exorcizar tales sentimientos que la de plasmarlos en una ficción con la cual, por más identificados que nos podamos sentir por la coincidencia –más o menos amplia- de nuestras circunstancias personales con ella, siempre podemos mantener una cierta distancia moral?

La vida de nadie no es, en línea con las estructuras más habituales y frecuentes en la materia, un relato acerca de una mentira episódica, puntual, que desencadena avatares diversos en el devenir vital de sus personajes; tampoco es una alegoría genérica –aunque de ella quepa extraer diversos mensajes en tal sentido, sobre los que volveré más adelante- acerca de la mentira como factor humano. Se trata de la historia de una mentira colosal, superlativa, una mentira que abarca la vida toda de su protagonista, convirtiéndolo en un ser ficticio, irreal, inexistente: en nadie, propiamente dicho. En ese sentido, la mentira termina convirtiéndose más en un personaje que en un elemento circunstancial de esa historia, y el hecho de que tengamos constancia, porque así se nos dice, y así sabemos que es, de que está basada en un caso real, no hace sino añadir una mayor carga paradójica a su relato: el de una mentira completamente verdadera (valga el fácil juego terminológico).
Un relato que, en cualquier caso, se nos muestra, desde esa premisa argumental tan prometedora, pleno de elementos de interés; interés que se ve confirmado por la verosimilitud del trazado de la historia (en la que sólo algún episodio puntual particularmente truculento, con algún retruécano rayano en lo granguiñolesco, da la nota disonante al rspecto), por su implacable progresión, basada en un ritmo narrativo francamente bien conseguido (algo de mucho mérito, si atendemos a la circunstancia de que nos encontramos ante la opera prima de su director, Eduard Cortés, hombre curtido en las lides televisivas, pero sin experiencia previa alguna tras las cámaras cinematográficas), y por las excelentes interpretaciones de su cuarteto de intérpretes principales –posiblemente, el elemento más espectacularmente destacado de la función-.

Jose Coronado, que da vida a Emilio Barrero, protagonista central y eje sobre el que se apoya todo el entramado dramático de la película, borda un papel al que dota de una contención y "normalidad" alejados totalmente del más mínimo punto de histrionismo. Su composición, en línea con una pauta de trabajo que viene reafirmándose y consolidándose en los últimos años, con un buen número de interpretaciones tan variadas en registro como brillantes en sus prestaciones, se ajusta como anillo al dedo a la idiosincrasia de su personaje y logra algo tan difícil como hacer creíble el que alguien haya podido interiorizar tanto sus mentiras como para convertirlas en algo trivializado, la materia de la que se componen sus rutinas diarias, pasando, sin solución de continuidad, de moverse en el filo de la navaja (salvando in extremis el riesgo de un embargo de su vivienda) a practicar una tarea doméstica insustancial (doblando unas sabanas junto a la lavadora), y todo ello, con el mismo gesto impasible e inmutable. Genial. Y réplica a la misma altura le da su compañera de reparto, Adriana Ozores, que, en su enésimo papel de esposa y madre amantísima, se despliega con esa naturalidad y eficacia a la que, dentro de tan habituales registros, nos tiene acostumbrados (y no creo que quepa hacer mucha mayor alabanza que ésa al respecto). Los dos personajes restantes que, sin alcanzar el rango protagónico, sí adquieren un peso importante en la película –Sara, la canguro, y ....., el hijo de ambos- son también magníficamente encarnados por Marta Etura y .......: ninguno de los dos desmerece respecto al nivel exhibido por las dos estrellas estelares del reparto, y aunque su presencia en pantalla es bastante menor, sus apariciones siempre son significativas y bien resueltas.

La vida de nadie, aunque no sea ésa su intencionalidad (o, al menos, no lo parezca, porque no se aprecia el más mínimo espíritu de moralina en su trazo), también nos deja, así, como de soslayo, y conforme ya se apuntaba arriba, algunas consideraciones de ésas que cabría calificar como "de mensaje", líneas subterráneas que cabe espigar entre las de su "texto": una suerte de alegoría acerca del poder del amor (al fin y al cabo, el único ariete capaz de derribar, aun cuando sea de forma casual y no buscada, el muro de la mentira); y una reflexión acerca de las responsabilidades colectivas, acerca de cuánto y de qué manera se implica cada cuál y cada cuál contribuye a que algo termine derivando y desembocando en otra cosa bien distinta (sólo uno miente, pero, ¿qué hacen los demás? ¿consienten porque ignoran? ¿prefieren ignorar? ¿es posible ignorar sin voluntad al respecto? ¿qué responsabilidad les cabe en ello, también han "pecado" por omisión? Apuntes y reflexiones que, aun no pretendidos con especial ahínco, incrementan, aún más si cabe, la valía y riqueza del producto.

En conclusión, se puede decir que estamos ante una película estimable; no una obra maestra, ciertamente, pero sí un film que no desmerece, en lo más mínimo, respecto a sus precedentes de allende los Pirineos (al menos, de aquel que he visto -de los dos de que tengo constancia-, que es El empleo del tiempo, película con la que apenas guarda más similitudes que las que marca la identidad temática), y que, desde luego, lo que sí consigue de manera sobrada es desmentir de manera rotunda a toda la caterva de pregoneros del desastre del cine español, todos esos que lo tratan como si su capacidad para generar productos de interés fuera nula. No es, ciertamente, para lanzar cohetes al espacio, pero tampoco otras cinematografías, en términos de comparación proporcional, podrían sacar a la nuestra demasiados cuerpos de ventaja. La vida de nadie constituye un digno ejemplar al respecto, y se trata de una película altamente recomendable. No se la pierdan, amigos lectores, si tienen ocasión.

martes, 24 de abril de 2012

Nader y Simin, una separación (Jodaeiye Nader az Simin; Irán, 2011)


SINOPSIS ARGUMENTAL.- Nader y Simin se divorcian. Simin quiere marchar al extranjero, en busca de un futuro mejor para Termeh, la hija de ambos, de 11 años. Nader se niega a abandonar a su padre, anciano, y enfermo de Alzheimer. Cuando Simin abandona el domicilio familiar, Nader se ve obligado a contratar a una persona que, durante su jornada laboral, atienda a su padre. Razieh, una mujer creyente y temerosa de Dios, pero algo apocada de carácter, será la que se encargue de esa tarea, si bien de forma no demasiado satisfactoria; de hecho, un serio percance será motivo de que Nader decida prescindir de sus servicios, momento a partir del cual se desencadena una serie de sucesos que desembocan en un litigio judicial por el que Nader se ve amenazado con acabar en prisión, y que dan pie a que tanto Simin como Termeh tengan que implicarse a fondo en su ayuda. Testimonios propios y ajenos, versiones contradictorias: todo un caleidoscopio en movimiento a la búsqueda de una realidad cuya precisión no es sencilla ni siquiera para los propios implicados.

EN UN PÁRRAFO.- Tras el relativo éxito de su predecesora ‘A propósito de Elly’ —un film en el que ya explora la misma dinámica de la confrontación (y confusión) entre casualidades y causalidades, como polos entre los que bascula el devenir cotidiano de las personas—, Asghar Farhadi cuaja una propuesta que, desde la austeridad formal, resulta brillante como narración cinematográfica de una historia en la que se ejemplifica magistralmente cómo las medias verdades (y su reverso de medios engaños) constituyen el mecanismo con el que los humanos nos pertrechamos para transitar por nuestra propia existencia minimizando daños y perjuicios (a nosotros y a los demás); una historia en la que las circunstancias dramáticas derivan de la concurrencia de factores no siempre controlables por sus protagonistas, de manera que todos, dada su universalidad, nos podemos ver reconocidos en ella. Como en la vida misma.

EN SU HABER.- 1, la precisión, milimétrica, de un guión que abrocha la trama con agilidad y detalle (mejorando, en ese aspecto, esa sensación de excesivos flecos sueltos que la propuesta anterior de Farhadi proporcionaba) y que, pese a la acumulación de circunstancias y avatares que, en ocasiones, se bifurcan en meandros contrapuestos, nunca pierde el hilo ni la claridad, consiguiendo con ello que su densidad y riqueza de matices no degenere en pesadez o farragosidad; y 2, las interpretaciones de todo su elenco protagónico, si bien cabría destacar los trabajos de Sarina Farhadi (Termeh), hija del director, con un rostro capaz de transmitir una tristeza infinita en los pasajes más duros, y de Peyman Moadi (Nader), un prodigio de contención expresiva al servicio de un personaje que ha de desarrollar todo un torrente emocional alejado de la superficie y que tiende a expresarse más con lo que hablan sus ojos que con lo que dice su boca.

EN SU DEBE.- No en el suyo propio, sino en el de las actuales estructuras del negocio cinematográfico: que una cinta como ésta haya de recibir un espaldarazo tan potente comercialmente como es el del Oscar a la mejor película de habla no inglesa, para que, si no masiva (que no alcanza tal grado), su difusión llegue a un ámbito algo más amplio que el del ghetto gafapasta al que hubiera quedado confinada de no haber mediado tal circunstancia. Una cuestión de fondo que podría dar lugar a un debate que excede con mucho el alcance e intención de estas líneas, pero que, algún día, igual se aborda desde esta cibercasa…

UNA SECUENCIA.- Tras recogerlo del suelo, donde lo ha encontrado inconsciente, y colocarlo en su silla de ruedas, Nader lava a su padre enfermo. Lo enjabona, frotándolo suavemente con una esponja, y posteriormente lo enjuaga con la ducha. En un momento dado, Nader se derrumba, ya no puede más, y estalla en un llanto sordo y callado sobre el hombro de esa persona por la que siente un cariño y preocupación infinitas, pero que, en su estado, es incapaz de responder a estímulo externo alguno. Sin la más mínima alharaca, sobrecogedor…

CALIFICACIÓN: 8 / 10.-

jueves, 19 de abril de 2012

Yo también escribí sobre Whitney Houston

* Este artículo fue publicado originariamente en mi antiguo blog (El (viejo) glob de Manuel) el 9 de abril de 2006, bajo el epígrafe Grageas de cine.

- Mi compañero en estas lides Iván Sainz-Pardo, en ese blog-escondite que suelo frecuentar, y cuya visita les recomiendo encarecidamente, publica hace pocos días una curiosa reseña acerca del particular vía crucis (tan propio para estas fechas...) de la simpar Whitney Houston, con dos fotografías que ofrecen una comparación tremendamente explícita acerca de su aspecto, y un título ciertamente ingenioso. Me viene al recuerdo, a la vista de ello, cómo ese descenso en picado empezó a fraguarse tras su experiencia "dual" (un impresionante éxito de público y un desastre de consideración crítica) en El guardaespaldas, un film plenamente encajable en la categoría de "películas con bichito" (asignación de categoría para cuya aclaración les remito a un artículo que escribí hace ya algún tiempo, publicado en la web Ciberanika), y que, sinceramente, pienso que fue injustamente masacrado, ya que, si bien es totalmente cierto que no pasa de ser un producto rutinario, vulgar y mediocre, no lo es más, en absoluto, que las tres cuartas partes de la producción hollywoodiense que, año sí, año también, se estrena en las pantallas comerciales de todo el universo mundo. O sea, que: me encantaría que alguien me explicara el motivo, si es que lo hay, de que éste, en particular, más allá de una extraña conjunción de manías personales (muy amplio, desde luego), fuera particularmente vilipendiado y excomulgado. Misterios, misterios...

- En una entrevista que publica este domingo Magazine, el suplemento semanal de La Vanguardia (que se distribuye, además, con un buen número de diarios locales de toda España), Alejo Sauras, en plena vorágine promocional con motivo del estreno del último film de David Trueba, Bienvenido a casa -que protagoniza junto a Pilar López de Ayala-, hace una encendida defensa del trabajo actoral en el medio televisivo -algo bastante comprensible, si tenemos en cuenta que él ha sido, y es aún, un intérprete fuertemente vinculado a ese medio-. Aunque me parece encomiable el esfuerzo que realiza para tratar de convencer a los eventuales lectores de la entrevista sobre la equivalencia de televisión y cine en su condición de piedras de toque para contrastar la valía de un actor, me parece que lo tiene muy complicado para romper ese esquema mental en el que, nos guste o no, estamos bastante anclados, y en virtud del cual tendemos a considerar que -al menos, a fecha de hoy- el teatro da el prestigio, el cine da el dinero y la televisión da la fama. Más o menos, vaya...

- Y colorín, colorado, este cuento... no se ha acabado, pero sí se interrumpe en su narrar durante unos días, que este humilde escribiente se toma de vacaciones, aprovechando el subterfugio semanasantero, con la promesa de volver, si no con energías renovadas (que también se intentará), sí, al menos, con ganas de seguir pegando la hebra. Que es de lo que se trata, no nos engañemos... Descansen, disfruten y, si han de navegar, háganlo, si pueden, por aguas reales, y no virtuales, amigos lectores. Hasta pronto...

* NOTA DE ACTUALIZACIÓN.- Paradojas de la vida. Recientemente, fallecía, consecuencia de esos excesos a los que se aludía en el primer párrafo, Whitney Houston. En fin...

* Grageas de cine X.-

* Antecedentes penales (El (viejo) glob de Manuel) XVIII.-

* La imagen que ilustra este artículo es obra de Vectorportal, bajo una licencia Creative Commons 2.0

viernes, 13 de abril de 2012

León y Olvido (España, 2004)


SINOPSIS ARGUMENTAL.- Tras ser expulsado (una vez más) de un internado, León vuelve a casa; vuelve con Olvido, su hermana, que, pese a su juventud, ha de trabajar para poder mantener a ambos, dado que los padres han fallecido y carecen de cualquier otro medio de sustento. Mientras León asiste al colegio, su hermana —cuya relación sentimental con Iván se ve aquejada de una tibieza que parece abocarla a una ruptura inevitable— trabaja en una fábrica textil, hasta que es despedida y tiene que buscar un nuevo trabajo, que encontrará en una tienda de trajes de novia, cuyo dueño, Damián, parece no limitar su interés por Olvido a lo estrictamente laboral. Como fondo, una relación filial que, superficialmente, oscila entre un cariño intenso y elemental (por parte de León hacia Olvido) y un rechazo visceral, fruto de la desesperación y la falta de horizontes vitales (por parte de Olvido hacia León), pero que, en el fondo, se mueve por meandros subterráneos mucho más tortuosos…

EN UN PÁRRAFO.- Con una excelente acogida por los numerosos festivales en los que fue exhibida, ‘León y Olvido’ es una de esas propuestas de cine dramático intimista (una línea tonal particularmente fecunda en la cinematografía española, no siempre con excesiva fortuna…) en la que, al hilo de un elemento definitorio de fuerte potencial (el síndrome de Down que aqueja a uno de sus protagonistas, León), se desarrolla un argumento en el que cobra tanta importancia lo expreso, lo que vemos en pantalla, como lo implícito, aquello que no vemos ni oímos, pero vislumbramos o barruntamos: la historia de una relación filial complicada, condicionada por el desamparo vital en que se mueven sus protagonistas (evidente) y unas corrientes de sentimientos soterrados (no tan evidentes) que fluctúan de manera bastante errática (sobre todo, en el caso de Olvido, que alterna episodios de auténtica crueldad —proyectada, con particular ensañamiento, sobre un inerme León— con otros de cariño enternecedor, en una suerte de ciclotimia disparatada). Una propuesta bastante desnuda en lo formal, si no redonda, sí valiente y sólida.

EN SU HABER.- 1, Guillem Jiménez, que, cinco años antes de que Pablo Pineda acaparara gloria crítica (con Concha de Plata incluida) y atención mediática gracias a su trabajo en ‘Yo, también’, demostró que su desarmante espontaneidad y su capacidad para dotar de matices expresivos a un personaje complicadísimo, era algo más que el mero fruto de dar rienda suelta a ciertas dotes naturales; un muy buen, y sorprendente, trabajo actoral, que trasciende ampliamente lo llamativo de la condición personal de su intérprete; y 2, la frescura y naturalidad con que trata las situaciones dramáticas que, a priori, podrían haber resultado más escabrosas, por sus connotaciones morales (ya sea en lo erótico o en lo tanático): sin afectación ni remilgos, pero sin trivializarlas con el ánimo de hacerlas pasar por elementos de una cotidianidad asumible en cualquier ámbito —sobre ellas pesa, y así lo pone de relieve su plasmación en la cinta, la sombra de lo ominoso—. 

EN SU DEBE.- la escasa consistencia de las tramas secundarias (la relación de Olvido con su novio; el desenvolvimiento de León en el colegio; sus enamoramientos…) que apenas sí suman en aquello que debe ser su objetivo dramático (el enriquecimiento y complemento del tronco central de la trama), bien por indefinición (y escaso desarrollo), bien porque los personajes secundarios que les deben dar soporte están encarnados por intérpretes que ofrecen un trabajo muy flojito (sobre todo, en el terreno de la declamación, aspecto en el que incluso la protagonista femenina, Marta Larralde, flojea ostensiblemente en numerosos pasajes).

UNA SECUENCIA.- León está en la bañera; Olvido enjabona su cabeza con movimientos suaves y circulares de su mano, con evidente placer de su hermano. León invita a Olvido a que se meta con él en la bañera; Olvido accede y se sumerge en el agua tibia, estirando poco a poco su cuerpo, que se relaja placenteramente. León se ofrece a enjabonarla; Olvido rechaza la invitación, pero sin acritud. Sencillo, plácido, extraño, turbador…

CALIFICACIÓN: 6,5 / 10.-

miércoles, 11 de abril de 2012

Miradas de Cine cumple diez años


Tiempos convulsos estos que corren, en que la consolidación y estabilidad de cualquier proyecto, sea en el ámbito que sea, es harto complicada, y se convierte en un empeño de difícil obtención; motivo éste más que sobrado para que cualquier logro en tal sentido sea digno de felicitación y celebración.

Diez años en el ciberespacio; son solo cinco palabras, pero constituyen algo de calibre bastante más sustancioso que el de las palabras que lo contienen. Y es el logro que, con legítimos orgullo y satisfacción, pueden exhibir (y así lo hacen) los compañeros de Miradas de Cine, una publicación temática especializada que este mes cumple esos diez años de presencia continuada en la Red; diez años a lo largo de los cuales, y en sus diversas etapas, ha ofrecido siempre contenidos de altísima calidad, todo un regalo para el cinéfilo que, de manera constante y regular, ha podido disfrutar de un auténtico cúmulo de textos de gran nivel técnico y académico sobre un abanico amplísimo de materias y autores del ámbito cinematográfico.

Siempre les he profesado (y confesado) pública admiración; y solo quisiera que estas líneas supusieran, con la excusa de tan señalada efeméride, tanto un expreso reconocimiento de sus méritos, como una invitación a los lectores de esta humilde cibercasa para que accedan (cuentan con un enlace permanente para ello, dentro de la sección ‘Prescripción facultativa’ de la barra derecha del blog) a que disfruten de unos contenidos que, sin duda alguna, no les dejarán indiferentes. Felicidades, compañeros, y que sean muchos más…

miércoles, 4 de abril de 2012

Mayor Henry Kendall (Misión de audaces —The horse soldiers—; U.S.A., 1959)

* NOTA PREVIA.- El siguiente texto revela aspectos sustanciales de la trama de la película a que el mismo hace referencia. Avisados quedan, amigos lectores...

 
La medicina, como religion que anteponer a los compromisos que impone la milicia. Ésa es la máxima con la que se maneja el mayor Kendall, miembro del ejército de la Unión, y ni siquiera su radical, y visceral, desencuentro con un coronel, Marlowe, con el que habrá de compartir una misión de dureza y riesgo inusitados, le harán retroceder un ápice en su firme determinación de principios. Para Marlowe, el cuerpo es una rémora sobre la cual el valor del soldado ha de saber imponerse, y que, llegado el caso, hay que sacrificar en el altar de la misión encomendada. En cambio, para Kendall, el cuerpo es un reducto sagrado, el habitáculo y soporte sin el cual ni valor, ni lucha, ni determinación tienen sentido alguno. Dos filosofías frontalmente diferentes, dos visiones de la vida (y de la muerte).

El matasanos Kendall tiene muy claros sus principios, y, en atención a ellos, será capaz de hacer cosas inconcebibles para su oponente, como atender un parto al llamado de una pobre familia negra o curar sus graves heridas a enemigos abatidos en el campo de batalla: acciones que, no obstante, le granjearán el respeto de un Marlowe que solo es capaz de respetar a aquel que sabe mantener su independencia de criterio —y, en ese sentido, Kendall no admite intromisiones ni obstáculos: su determinación está por encima de cualquier contrariedad, y aun cuando para ello tenga que llegar, una vez que las fricciones han recalentado el ambiente más allá de lo deseable, a la violencia física (eso sí, limpia y a cara descubierta, bajo los códigos de honor de los hombres de acción)—.

Kendall vive el conflicto bélico como una maldición de la que el ser humano no es capaz de escapar, y que, por tanto, hay que capear con resistencia y fuerza de voluntad, siempre en espera de que finalice cuanto antes. Pero, una vez asumido como ineludible, lo afronta con coraje y dando siempre lo mejor de sí mismo, desde su premisa básica de afrontar el mal físico como un enemigo al que abatir, el único al que verdaderamente merece la pena vencer y superar. Concentración absoluta y disciplina espartana serán también valores desde los que Kendall conseguirá ganarse, pues, ese respeto que Marlowe, en el fondo de su alma, solo reserva para contados congéneres.

Un respeto que, además, es mutuo, y desde el que cabe entender que el mayor Kendall afronte sin mayores protestas, calladamente y en silencio, su derrota en esa pugna soterrada por el amor de una Hannah por la que siente una admiración imposible de ocultar en gestos y miradas más expresivas que esas palabras que jamás se dicen, pero a la que habrá de renunciar desde el convencimiento de que ella prefiere a Marlowe. Una derrota amarga, pero digna, y que nos vuelve a dar exacta medida de la catadura moral, intachable, de nuestro hombre: la vertiente pacifista del héroe fordiano. Otra forma de heroicidad. Y de bondad.


Misión de audaces constituye una muestra canónica de la epopeya fordiana ambientada en el conflicto bélico por antonomasia del siglo XIX estadounidense, la Guerra de Secesión. Una epopeya en la que John Wayne y William Holden encarnan, desde perfiles netamente diferenciados, dos perfiles de honor y valor que, lejos de excluirse mutuamente, se terminan complementando, tras un proceso de comprensión recíproca basada en el respeto. Tanto en formas como en fondos, un Ford en estado maravillosamente puro.

* Los buenos buenosos XVI.-


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