viernes, 30 de marzo de 2012

Balada triste de trompeta (España, 2010)


SINOPSIS ARGUMENTAL.- Mediados de los setenta, en un suburbio marginal de las afueras de Madrid. En el marco de una España pobre y sórdida, y que está a punto de llegar a un momento político de cambio importante, un circo tan pobre y sórdido como el país (y en el mismo estado de descomposición de su régimen político) acoge a Sergio y Javier, una pareja de payasos diferentes. El payaso alegre (jovial, pendenciero, desmedido)  y el payaso triste (tímido, apocado, resentido, frustrado; y marcado por un pasado de horror y castigo). Pero no solo son diferentes: también están enfrentados, por el amor de una mujer, Natalia, la acróbata del circo. Un trío imposible que lleva a sus integrantes, a través de un recorrido de violencia espasmódica e irrefrenable, a un final frenético en el que la destrucción física y emocional de los personajes tiene pocas vías de salida.

EN UN PÁRRAFO….- Ambiciosa en sus planteamientos materiales (de conjugar un fresco socio-político de calado temporal y temático con una historia de ‘amour fou’ de alto voltaje erótico-violento), y desmedida en lo formal (con un espectacular derroche de acción, efectos especiales, ambientación; y un ‘aparataje’ de imagen y sonido deslumbrantes), la penúltima propuesta de Álex de la Iglesia —que abreva de manera incansable y permanente, tanto en referentes de forma como de fondo, en las ‘fuentes’ de su magistral ‘El día de la bestia’— se resiente de las debilidades de un guión escasamente hilado y en el que todo avanza a esos trompicones que marcan sus abundantes secuencias de violencia explícita y exagerada. Una auténtica lástima que el vigor y virtuosismo que desprenden sus imágenes esté al servicio (además de al de la generosa exhibición del poderío pectoral de Carolina Bang…) de una historia con la que jamás se conecta, ni emocional ni racionalmente, y en la que todo, pretendiendo transmitir intensidad, termina resultando atropellado. Otra vez será…

EN SU HABER.- 1, los títulos de crédito iniciales: poderosos, intensos y especialmente idóneos para situar al espectador en contexto, tanto temático como ambiental, marcan el tono del film y constituyen, por sí mismos, una auténtica pieza estimable, plagada de referentes ominosos y tétricos; no me atrevería a decir que justifican toda una película, pero sí que constituyen su fragmento más logrado; y 2, la banda sonora de Roque Baños, que parece enlazar, por momentos, con aquel potentísimo registro musical con que la banda madrileño Def Con Dos dotó a ‘El día de la bestia’ de una de sus señas de identidad más reconocibles, pero que el trabajo de este buen compositor enriquece y adorna con numerosos matices y recovecos que no solo le imprimen sello personal, sino, sobre todo, refuerzan el barroquismo de las imágenes de la cinta.

EN SU DEBE.- 1, un guión que, en su afán por aunar lo atrabiliario con lo intenso, termina resultando un pastiche con el que se hace complicadísimo conectar a nivel emocional —me corroe la curiosidad por saber qué habían fumado los miembros del jurado del festival de Venecia que decidieron concederle el premio al mejor guión en la edición de ese certamen a la que el film concurría—; y 2, la profusión de tiroteos y balaceras con que De la Iglesia puebla el metraje; algo a lo que el director es bastante aficionado (su filmografía previa así lo atestigua), y que, como ya sucediera en algún precedente señalado (es el caso de ‘800 balas’), da lugar a un despendole rítmico que suele perjudicar la narración; el efecto, en este caso, se multiplica por lo reiterado…

UNA SECUENCIA.-  La cruz del Valle de los Caídos  no es el monte Rushmore en el que Hitchcock cerró su magistral ‘Con la muerte en los talones’; ni siquiera el luminoso de Schweppes que tanto (y buen) juego le dio al propio Álex de la Iglesia en ‘El día de la bestia’; pero, cuando todo es histriónico y desmedido, quizá resulte un sitio especialmente apropiado para la apoteosis final de una historia que, en ocasiones, juega a situarse en un estado de clímax permanente. Efectivamente, señor, qué cruz…

CALIFICACIÓN: 5 / 10.-

lunes, 26 de marzo de 2012

TRAS EL CRISTAL (ESPAÑA, 1986)

* Crítica de 'Tras el cristal' (España, 1986), de Agustí Villaronga, con David Sust y Marisa Paredes.-

Corrían los años 80, y en pleno boom de la movida madrileña como referente cultural-comercial más destacado, parecía haber poco espacio cinematográfico en la industria patria para productos que no atendieran a los moldes de los primeros espasmos almodovarianos o los amables colorines de la comedia madrileña. Puro espejismo madrileñista; desde Cataluña, un cineasta con una mirada propia y muy personal, Agustí Villaronga, daba un auténtico aldabonazo con su ópera prima, Tras el cristal, un producto situado en las antípodas de los films antes mencionados.

Película inusualmente densa, y de una dureza sin concesiones, Tras el cristal se nos aparece, con su ambiente oscuro y tenebroso, con su trama reconcentrada y con lo turbio y bronco de sus imágenes y sonidos, como una rara avis en el horizonte de una cinematografía poco inclinada a productos de este corte. Ésa, su originalidad en la propuesta y el planteamiento, es su principal virtud, y es lo que la convierte -más allá de otros valores (de los que no carece), y por encima, también, de algún que otro exceso que cabe apuntar en su debe- en una película, hoy día, auténticamente de culto.

A la hora de abordar su primer film, Villaronga hace acopio de un conjunto de materiales que, si por algo destacan, es por su excelente adecuación a las pretensiones de su quehacer, muy especialmente en lo que hace al tono y ambientación de la película.

Un marco físico de referencia: sitúa la historia en un punto inespecífico de la costa española (falta de concreción, por lo demás, perfectamente asumible, dado que el mundo exterior tiene una incidencia mínima en el desarrollo de la trama –algo que se traduce en la escasez de secuencias en exteriores-), y, más concretamente, en el interior de un caserón cuyo aspecto gótico y tenebroso ya sobrecoge (excelente trabajo de dirección artística), y con un protagonismo fundamental de la máquina, ese elefantiásico respirador artificial –que debería figurar, por méritos propios, en los créditos como parte integrante del reparto-, cuyo sonido acompasado se convierte el diapasón ominoso a cuyo ritmo se mueven los personajes.

Una vez perfectamente ubicados, una historia opresiva y terrible: un médico nazi que “expia sus culpas” sometido a la esclavitud de la Máquina (sí, así, en mayúsculas) y en cuyo camino se cruzará una suerte de némesis redentora, encarnada en Angelo, el supuesto enfermero que, vía venganza emulatoria, terminará degenerando hasta alcanzar el mismo grado de sadismo perverso de su torturador/torturado.

Y dando cuerpo, voz e imagen a esa historia, un cuadro de intérpretes que, constituyendo una auténtica “opción de riesgo”, se revela como un tremendo acierto de casting. La elección, sin duda, más complicadada, la del protagoniosta: un debutante totalmente desconocido, David Sust, joven actor de carrera efímera, que comienza su trabajo con paso titubeante y, poco a poco, a medida que su personaje va ganando consistencia, enredándose en la urdimbre que el mismo ha tramado, adquiere solidez y empaque; aunque se puede apreciar claramente su inexperiencia en algún pasaje aislado, su mezcla de desvalimiento (en su voz y en sus movimientos) y de dureza acerada (la frialdad penetrante de su mirada adquiere tintes conminatorios acusadísimos) termina dotando a su Angelo de un nivel más que pasable. Y secundándolo a buen nivel, el resto del elenco, desde ese veterano actor alemán que es Gunter Meissner, auténtico fetiche de Villaronga (repetiría con él poco después, en El hijo de la luna), capaz de superar con nota el enorme reto de dotar a su personaje, Klaus, de la expresividad necesaria aun con las limitaciones impuestas por su situación de inmovilidad física, hasta una resucitada Marisa Paredes, con un papel tan corto como intenso, pleno de un carácter que ella cubre con suficiencia –es Griselda, la esposa de Klaus, pasando por la sorprendente Giséle Echevarría –una jovencísima actriz que, al igual que el protagonista, no tuvo continuidad posterior-, todo un hallazgo de frescura y naturalidad en un rol bastante complicado, como es el de la hija de la pareja sometida a los dictados de Angelo, que se va moviendo alternativamente de la fascinación al rechazo con una inocencia subyugada (al principio) y atemorizada (después).

Con estos buenos mimbres, teje Villaronga un cesto de lo más inquietante, plagado de escenas de una tremenda brutalidad, ante la cual el director adopta una actitud que, si de algo no se puede tachar, es de pacata o timorata. Fue una apuesta dura, en su momento, y aún hoy su visionado sigue siendo tan repulsivo como revulsivo y una demostración de valentía poco habitual, pero necesaria cuando lo que se pretende transmitir es la angustia auténtica, no sustentada en miedos irracionales, sino en el terror que inspira la naturaleza y textura de lo que se nos ofrece (historia y personajes) en la pantalla.

En cualquier caso, estamos ante una buena película: dura, sorprendente, impactante. Una muestra, evidentemente, de que el cine no es sólo el vehículo para mostrar el lado más amable de la condición humana, sino que también nos permite adentrarnos en las “fauces del lobo”, en esos otros lados mucho más oscuros: la inmersión que en ellos hace Tras el cristal constituye un ejemplo manifiestamente bien ejecutado. Eso sí: estómagos sensibles, abstenerse...

CALIFICACIÓN: 7 / 10.-

* En la imagen: Agustí Villaronga, director de la cinta.- Fotografía proveniente del fondo de Wikimedia Commons.- 

viernes, 23 de marzo de 2012

Pildorillas de cine de fin de semana


* Este artículo fue publicado originariamente en mi antiguo blog (El (viejo) glob de Manuel) el 2 de abril de 2006, bajo el epígrafe Grageas de cine.

- La FECE (Federación de Cines de España), entidad que aglutina a los exhibidores de cine de nuestro país, lanza un informe que, a caballo entre la queja y el llanto, se dedica a pintar un retrato desolador acerca de la situación del sector, en el que si algo destaca poderosamente es la amplitud de la "línea de fuego" (disparan contra las grandes distribuidoras estadounidenses –que les exprimen con porcentajes muy por encima de los baremos establecidos en otros países europeos-, disparan contra las autoridades gubernativas competentes en materia cinematográfica –a las que acusan de mantener una, para ellos, obsoleta e injusta cuota de pantalla-, disparan contra las entidades locales, ayuntamientos y diputaciones –a las que imputan competencia desleal por la programación de cine actual y de estreno reciente con carácter gratuito-, disparan contra la industria audiovisual –a la que tachan, en connivencia con las autoridades competentes, de aceleradamente voraz, al no respetar unos tiempos mínimos de exhibición exclusiva en pantalla-, disparan contra la ciudadanía toda –dedicada machaconamente al pirateo constante de material filmico en Internet y a la conversión del shopping por el top-manta en el sustitutivo perfecto de esas antiguas y decadentes tardes de compras por los bulevares comerciales de las ciudades...-), y el ejercicio (o, más bien, no ejercicio, habría que decir, con mayor propiedad) de ese deporte tan extendido en nuestro solar patrio que es el de la carencia absoluta de cualquier atisbo de autocrítica. No existe mención alguna al precio de las entradas de cine, ni a la ubicación de las salas, ni al tamaño de éstas y sus pantallas (según ellos, las salas de cine españolas son "las mejores de Europa": si eso es cierto, mucho me barrunto que a la entrada de los cines en Francia, Alemania o Suecia deben entregar lupas, anteojos, o lentes microscópicas, para poder ver las imágenes...). Y algo de todo ello debe influir también en el estado de las cosas, aunque sea en mínimo grado. ¿O no...?

- Siempre es buen momento para disfrutar del buen cine, pero hay coyunturas (políticas, sociales...) que pueden hacer muy recomendable el recuperar algún film cuyo contenido puede ser particularmente oportuno en un contexto determinado. Por ejemplo, si no la han visto, les recomiendo, amigos lectores, que no dejen de ver La pelota vasca, la piel contra la piedra, de Julio Medem: ahora que parece que empiezan a soplar vientos (aun inmensamente suaves, pero no cabe descartar que vayan embraveciéndose con el transcurso del tiempo y los acontecimientos) de paz en el País Vasco, quizá sea un hermoso ejercicio de reafirmación en la esperanza el contemplar cómo ese deseo de subvertir una situación penosa –pese a lo que tanto "crítico en la distancia" (es decir, sin haberla visto; es más, haciendo pública ostentación de que jamás iría verla...)- le pudo achacar, en su momento, en sentido contrario- que recorre las imágenes y sonidos de ese film puede estar próximo a empezar a materializarse. Y si ya la vieron, como es mi caso, no está de más una revisión sosegada y atenta (ya les contaré qué tal...).

* Grageas de cine IX.-

* Antecedentes penales (El viejo glob de Manuel) XVII.-

miércoles, 21 de marzo de 2012

Dos mujeres y un amor (In name only; U.S.A., 1939)


SINOPSIS ARGUMENTAL.- Alec Walker es un bon vivant, hijo de una adinerada familia, en cuya vida afectiva hay una mancha que ensombrece su existencia: su esposa, Mayda, se casó con él por mero interés económico, y, aunque no lo ama, tampoco está dispuesta a renunciar a su acomodado estatus social y familiar. En esa situación, Alec conoce a una joven y atractiva viuda, Julie Eden, con quien entabla una relación que empieza siendo de amistad, pero que no tarda en convertirse en un amor tierno e intenso; y aunque ese amor es correspondido, Louise —presionada también por su hermana— se niega a entregarse a él hasta tanto Alec no regularice su situación matrimonial: algo complicado, teniendo en cuenta que Mayda está poco dispuesta a facilitar las cosas, poniendo todo tipo de obstáculos a las pretensiones de Alec de obtener el divorcio. Un triángulo difícil en el que las relaciones se enrarecen y complican paulatinamente…

EN UN PÁRRAFO….- Con un trío de intérpretes de auténtico lujo en sus papeles protagónicos (Kay Francis, Carole Lombard y Cary Grant), John Cromwell (uno de esos directores con nombre de poco relumbrón, pero con un buen catálogo de títulos en su filmografía) dirigió en 1939 esta historia de sentimientos encontrados y tonos sombríos, en la que el amor se encuentra con serias dificultades para asentar su dominio y aquietar el alma de sus atormentados sufridores; una historia que se desarrolla con un ritmo pausado y tranquilo y en el que las actitudes siempre están sujetas a la máxima contención, lejos de cualquier dramatismo y exageración (aunque la procesión ‘vaya por dentro', y el final, de alguna manera, resulte bastante truculento). Pieza poco conocida (en cualquier caso, lejos del brillo mediático de otros films coetáneos), pero que, sin alcanzar el nivel de gran película, se deja ver con agrado.

EN SU HABER.- 1, la interpretación de Cary Grant, que añade a su chispeante gracejo y desenvoltura (algo que conforma el carácter esencial de su personaje, y que constituyó el tono habitual de sus trabajos), momentos más matizados y diferenciados, a los que también sabe adaptarse con idéntica solvencia, demostrando, con ello, que su amplitud de registro era más elevada de lo que su perfil habitual podía denotar; y 2, la contención en el tono, antes apuntada, y que evita que la cinta degenere en un despliegue efectista de lloros y desgarros, en el que fácilmente podría haber desembocado desde sus premisas argumentales y el gusto en el Hollywood clásico por el melodrama exacerbado.

EN SU DEBE.- 1, el escaso aprovechamiento de un buen plantel de secundarios (con personajes que, en algún caso, podían haber dado bastante más juego), con la única excepción de Helen Vinson, cuyo personaje de Suzanne, todo sarcasmo y fruslería, se apropia con brillantez de toda escena en la que aparece; algo comprensible, si se tiene en cuenta el potencial del trío protagonista, pero que, aún así, podría haberse pulido algo más en la articulación global de la narración; y 2, un retruécano final excesivamente complaciente con ciertas exigencias morales, que denota un ánimo de complacencia que no se termina de compadecer con el tono general de la cinta (más allá de lo que a este humilde escribiente le puedan, o no, gustar resoluciones de este corte).

UNA SECUENCIA.- El enfrentamiento final, cara a cara, y tras una larga lucha soterrada de ‘posiciones’ (incluido un enfrentamiento previo de menor intensidad), entre Mayda y Julie: un clímax narrativo largamente esperado, y al que la acción abocaba de manera inevitable, que las dos intépretes solventan con sobrada eficacia (miradas afiladas, gesto adusto y palabras como dardos; comme il faut…).

CALIFICACIÓN: 6 / 10.-

viernes, 16 de marzo de 2012

Arrugas (España, 2011)


SINOPSIS ARGUMENTAL.- Emilio, director de sucursal bancario jubilado, hombre tranquilo y bondadoso, se ha convertido en un estorbo para su familia, que no ve más alternativa a su situación que la de ingresarlo en una residencia para la tercera edad. En ella compartirá habitación con Miguel, un hombre jovial y desvergonzado con quien Emilio mantiene más diferencias que puntos de acuerdo, con lo cual entre ambos se entabla una relación que oscila entre el reproche y la incomprensión mutuas, sin que ello impida que, paulatinamente, las cosas vayan evolucionando en otro sentido. De esa manera, cuando los síntomas del Alzheimer incipiente que sufre Emilio vayan creciendo, Miguel se convertirá en su principal soporte para desenvolverse en el entorno de su nuevo espacio vital.

EN UN PÁRRAFO....- Basada en el cómic del mismo título de Paco Roca —que también ha participado en las tareas de guión—, y con un dibujo cuya grafía y movimientos se alejan completamente de la sofisticación imperante en el género de animación durante los últimos años, 'Arrugas', una propuesta a contracorriente de las pautas más comerciales de nuestro cine, nos ofrece, bajo la estructura formal y narrativa de la típica cinta de 'colegas' (éstos, al fin y a la postre, lo son, aun con todas sus peculiaridades), y en una ubicación que nos trae reminiscencias de films como 'Umberto D' o 'El hijo de la novia', una historia dura a la par que entrañable, con un acercamiento desprejuiciado y equilibrado a una realidad (la de la vejez y su correlato de la enfermedad de Alzheimer) a la que se tiende a dar la espalda, cuando no rehuir con el mayor de los descaros. No es una propuesta redonda, pero sí valiente y, por ello, digna de aplauso.

EN SU HABER.- 1, el contraste de caracteres de los dos personajes protagonistas, no por tratarse de una fórmula dramática explotada mil y una veces, menos eficaz, y que en este film constituye la piedra angular sobre la que se construye todo el desarrollo de la historia (con agilidad y dinamismo notables); y 2, el tratamiento de la luz, muy cuidado y siempre ajustado al tono de la secuencia en que se inserta, en una clara demostración de que la sencillez de líneas del dibujo no tiene por qué estar reñida con el (buen) gusto por el detalle ni comportar un demérito técnico por sí misma.

EN SU DEBE.- 1, el giro 'redencionista' del cierre de la trama (sobre el que no ahondaré en más detalles, a fin de no desvelar elementos sustanciales de la misma), una concesión respecto al tono general de la propuesta, que la edulcora y le resta fuerza y equilibrio. Se trata de una opción tan legítima narrativamente como cualquiera otra, pero que, en la perspectiva de quien emborrona estas líneas, hace perder fuelle ypotencia a la cinta desde una perspectiva global; y 2, el poco peso de unos personajes secundarios que juegan un rol de mero acompañamiento 'ambiental' de los dos protagonistas, cuando alguno de ellos, que apuntaba destellos interesantes, podría haber dado bastante más juego; es también una opción de diseño narrativo, al igual que la anterior, pero, en ocasiones, la película se resiente de esa carencia.

UNA SECUENCIA.- Cualquiera de las varias en que la pérdida de referencias de Emilio se representa con la imagen alegórica de una densa bruma blanca: un expediente tan sencillo como efectivo para la representación de una realidad 'mental' que no es fácil de asimilar (ni, por tanto, de trasladar a signos externos evidentes).

CALIFICACIÓN: 6,5 / 10.-

miércoles, 14 de marzo de 2012

Un cortometraje curioso

Supongo que Carlos Boyero (por mencionar a un afamado crítico, como podría mencionar a cualquier otro) recibirá diariamente numerosas peticiones de visionado (y subsiguiente difusión de información) de material cinematográfico.

Obviamente, y debido a la curiosa circunstancia de que no soy Carlos Boyero, no suelo recibir peticiones como las arriba indicadas; pero, en alguna ocasión, me llega alguna. Y es el caso que hoy me ocupa, en relación con el corto que pueden ver abajo (y que, siendo ésta la primera ocasión en que inserto un fichero de video en estre blog, espero que funcione con normalidad), cuyo título es 'Exit', y su autor, Manuel Ramila.

En consonancia con su condición de pieza primeriza, 'Exit' muestra numerosos y notorios defectos (achacables, sin duda alguna, a la lógica inexperiencia de su autor, aunque no todas, claro está, imputables en su debe —como las que atañen, por ejemplo, al capítulo interpretativo—), pero, más allá de eso, denota una frescura y unas ganas que permiten abrigar esperanzas fundadas de que, perserverando en el empeño, y puliendo las inevitables carencias, su autor pueda llegar a pergeñar obras de bastante más consistencia y que le permitan recordar algún día este 'Exit' como un simpático 'ejercicio académico' con el que pudo velar sus primeras armas cinematográficas.

Y, sin más, amigos lectores, les dejo ya con la pieza en cuestión. Vean, juzguen y opinen...



lunes, 5 de marzo de 2012

Cyril Catoul (El niño de la bicicleta —Le gamin au vélo—; Bélgica, 2011)


* NOTA PREVIA.- El siguiente texto revela aspectos sustanciales de la trama de la película a que el mismo hace referencia. Avisados quedan, amigos lectores...

Habrá a quien pueda resultar extraño que se predique la bondad de un crío capaz de morder en el brazo a su madre de acogida para huir de su casa, o de apalear con un bate de béisbol a un probo y honrado padre de familia (y, ya de paso, también al hijo de éste) para robarle el dinero que lleva encima. Pero es que, si como predicara el maestro Ortega y Gasset, uno es uno y sus circunstancias, las vitales de Cyril Catoul explican fácilmente cómo un preadolescente necesitado de un afecto muy particular (el de su padre) para cuya carencia no encuentra sustitutivo alguno, es una víctima propicia para cualquier interesado en sacar partido de esa rabia contenida a la que Cyril ha de dar rienda suelta para paliar su frustración, tan honda, tan triste, tan irreparable.

A Cyril, ese niño que solo cabalgando furiosamente a lomos de su bicicleta parece hallar la paz para sus demonios interiores, no le faltan otros afectos circundantes: es bien tratado, con respeto y cariño, por los monitores del centro de acogida en el que su padre lo ha internado —gente seria y rigurosa, pero nada hosca—; y, sobre todo, goza del especial afecto que, sorpresiva y prontamente, le profesa su madre de acogida, Samantha, una mujer joven y atractiva que es capaz incluso de anteponer su relación con Cyril a un affaire amoroso de intensidad emocional incierta, o de soportar estoicamente los desaires y enfados de ese diablillo rubio.

Pero no son ésos, con ser importantes, incluso necesarios, los afectos que Cyril reclama. Él solo quiere, y reclama, la atención de un padre que, afectado por un momento personal y económico difícil (del que pocos detalles conocemos —ni necesitamos conocer—), se ha desentendido totalmente de él, y así se lo plantea, con toda crudeza y explicitud. Y es la reacción a ese rechazo, tan doloroso, tan injusto (pese a todo, Cyril adora a ese padre del que no solo no reniega, sino al que justifica y excusa), el que pone al pequeño Catoul en el disparadero.

El azar se alía con nuestro ‘héroe’, propiciando que los daños de su ejercicio de rebeldía no lleguen a alcanzar mayor consideración, y le permitan dar marcha atrás, corregirse, reformarse. Y, por encima de todo, asumir el amor que le ofrece Samantha y acogerlo como vía de redención, bálsamo para su alma atormentada. Ese abrazo con el que Cyril y la bella peluquera, además de devolvernos a la bondad primigenia del chico, sellan su reconciliación definitiva, abre un nuevo camino, una nueva esperanza. Sobre ella aún se proyectarán miedos y amenazas, porque ésas son las reglas bajo las que se despliega el lado más ominoso de la vida: el de la proyección del pasado, para bien o para mal, sobre el presente y el futuro. Pero ésa ya es otra historia, otra peli. ¿O no…?

EL FILM (EN UN PÁRRAFO…).- Con la densidad y circunspección que constituye seña de identidad de toda su filmografía —si bien, en este caso, tamizada por un ligero halo de algo parecido a la felicidad, por muy frágil que se manifieste—, los hermanos Dardenne vuelven a ofrecer una historia dura y amarga, la del pequeño Cyril Catoul, y esa bicicleta que le sirve para marcar distancias con sus miedos y sus desgracias, determinados por esas circunstancias que vienen a constituir una constante temática en su cine: la descomposición de los vínculos familiares como fuente de la infelicidad y la frustración, y la recurrencia del pasado como sombra ominosa que se resiste a dejar el paso franco a experiencias desligadas de los males pretéritos. Triste, duro, humano: un cine que trasciende el episodio concreto que es el nervio de su relato, para erigirse en representación y metáfora de males de calado social en un mundo sobre el que cabe abrigar pocas ilusiones.

* Los buenos buenosos XV.-
Creative Commons License
Los textos de esta obra están bajo una licencia de Creative Commons.