miércoles, 25 de enero de 2012

La dalia negra (The black dahlia; U.S.A., 2006)

SINOPSIS ARGUMENTAL.- Lee Blanchard y Mockie Bleichert (Mr. Fuego y Mr. Hielo —Aaron Eckhart y Josh Hartnett—)  forman una pareja tremendamente eficaz en la lucha contra el crimen que libra la policía de Los Ángeles: aunando fuerza y sagacidad, estos dos ex boxeadores profesionales se desempeñan con notable eficacia, y, además, mantienen una excelente relación de amistad fuera de la comisaría, relación en la que también cobra especial relieve la novia de Lee, Kay West —Scarlett Johannson—. Un caso, el de la ‘dalia negra’ —Elizabeth Short, una pobre aspirante a actriz que aparece asesinada, con su cuerpo brutalmente torturado— viene a romper este plácido y feliz panorama: las complicaciones para su resolución, endiabladamente difícil, generan desequilibrios y enfrentamientos en esa relación a tres bandas, enturbiándola tanto en lo personal como en lo profesional y proyectando sombras de duda sobre diversos episodios de un pasado en el que parece haber demasiadas cosas que ocultar.

EN UN PÁRRAFO….- Brian de Palma se lanza, con notorio entusiasmo, a un ejercicio de estilo que, sobre la base de un texto de James Ellroy, pretende recrear las formas y temáticas del cine negro de la época dorada de Hollywood —la de los años cuarenta del pasado siglo—, en una historia plagada de equívocos y recovecos situacionales (hasta un punto en que hay momentos en que llega a hacerse difícil, sin un importante esfuerzo de atención, saber qué es lo que está pasando) y en la que se entremezclan aspectos vinculados a una trama criminal de corte convencional (crímenes, policías, mafias, corruptelas…) con elementos de torridez sexual manifiesta (que, por motivos obvios, van mucho más allá de lo que era posible encontrar en sus precedentes de cincuenta años atrás). ¿El resultado? No sería exagerado calificarlo de fallido; la propuesta no termina de enganchar y, como homenaje a un género y una época, está lejos de funcionar con la eficacia con que lo hacen otras propuestas de corte similar.

EN SU HABER.- Un excelente trabajo de recreación formal del ambiente de la época en que se sitúa la trama: tanto el trabajo de caracterización de los intérpretes (vestuario, maquillaje, peinados) como el de ambientación, tanto en interiores como en exteriores, complementados ambos con una fotografía de tonos sepias muy apropiada y un fondo musical a tono con todo lo demás, nos sitúan, de forma plenamente coherente,  en el contexto del noir al que se rinde homenaje. Nada que reprochar, en este apartado, al equipo técnico del film, que solventa con nota su desempeño.

EN SU DEBE.- 1, el trabajo interpretativo de su trío protagonista, lejos (por exceso o por defecto) de la intensidad emocional ajustada a cada momento y situación: ni Eckhart (demasiado histriónico) ni Hartnett (excesivamente frío y estólido) dan con el registro adecuado para sus personajes, y, en cuanto a Scarlett Johannson, es una lástima que su poderosa presencia física no vaya acompañada de algo más allá de muecas y mohínes de lo más socorrido; y 2, lo farragoso de un desarrollo argumental que, en busca de un golpe de efecto final que dé sentido a todo lo desplegado hasta ese momento, se lía y lía en meandros y desvíos cada vez más retorcidos, que terminan dando como resultado un cúmulo de hilos sueltos que restan todo lustre posible a la trama (no es la primera vez que pasa, la historia del género negro está repleta de títulos que adolecen de fallo similar, pero…).

LA SECUENCIA.- El combate de boxeo entre Blanchard y Bleichert con el que, prácticamente, se abre la película; teniendo en cuenta la escasa fidelidad con que el cine suele recoger este tipo de eventos deportivos, cabe destacar que, en este caso, De Palma consigue un resultado bastante aceptable, gracias a una planificación ágil y medida, y cierta contención (salvo en algún exceso final) en la violencia de los impactos. Se deja ver…

CALIFICACIÓN (s/. 10): 5.-

lunes, 23 de enero de 2012

El cuarto mandamiento (The magnificent Ambersons; U.S.A., 1942)

Las disquisiciones críticas acerca de una película sobre la cual existe la constancia de que su director renegó de la versión finalmente exhibida por la productora, resultado de una labor de montaje realizada por otro director (concretamente, Robert Wise) que ofreció un metraje de una duración inferior en nada menos que cuarenta y tres minutos respecto a la inicialmente montada por su autor, se hacen, cuanto menos, y en el mejor de los casos, complicadas. ¿De qué película estamos hablando? ¿Qué es eso que hemos tenido ocasión de ver? ¿Una obra cinematográfica, o el resultado de su ametrallamiento?

Si dejamos de lado tales consideraciones, y somos capaces de abstraernos de tal circunstancia, no se puede dejar de reconocer que, aun así, y en todo caso, El cuarto mandamiento sigue siendo una pieza cinematográfica de excepcional calidad, que no desmerece en absoluto –en cuanto a sus bondades técnicas- de su inmediata predecesora, la legendaria Ciudadano Kane, respecto a la cual nos ofrece una perfecta continuidad exploratoria –e incluso profundizadora- de ciertos aspectos, y a la que lo único que lastra de manera evidente es la existencia de ciertas lagunas narrativas, que quedan plenamente justificadas a la vista de lo apuntado en el párrafo precedente, sin que por ello deje de ofrecernos una historia redonda, completa y de un enorme interés humano.

Porque en El cuarto mandamiento, más allá de sus alardes formales –extraordinarios-, su uso magistral de la profundidad del campo, el manejo exquisito de los movimientos de la cámara, la fastuosidad de los decorados interiores (un trabajo de dirección artística impecable) o el cuidado con que se aborda el encuadre de todos y cada uno de sus planos, lo que tenemos ocasión de ver es un relato en el que las grandes protagonistas son las pasiones humanas, ésas que, inmutables y eternas, son nuestras compañeras de camino inseparables y nos hacen identificarnos con los distintos personajes en la medida, y a medida, que se van encontrando y debatiendo con ellas: personajes que huyen del esquematismo del estereotipo para mostrársenos cuajados de riqueza, complejidad y recorrido vital.

En primer lugar, y por encima de todos, Eugene Morgan –Joseph Cotten-: imaginativo, afable, talentoso y constante, un dechado de virtudes canalizadas hacia el amor inquebrantable (que atraviesa la trama de principio a fin) por Isabel Amberson -Dolores Costello-, y fantásticamente bien encarnadas por un actor cuyo perfil siempre fue inequívocamente ése, el del bueno de la película; en cualquier caso, no se puede negar que, en este caso concreto, su adecuación al personaje es como la del guante (de su justa medida) a la mano.Y, en segundo, frente a él, su némesis, su pesadilla, el hombre encargado de interponerse, como obstáculo insalvable, entre sus pretensiones amorosas y el objeto de las mismas, George Amberson -Tim Holt-, un carácter totalmente antitético (engreído, tiránico, antojadizo, malcríado), que se va forjando (Welles nos lo muestra en una pincelada magistral, todo un preludio de lo que habría de venir) ya desde su infancia, y al que ni siquiera su amor (aunque frío y arrogante, imposible de ocultar bajo el manto de una supuesta indiferencia) por la hija de su acérrimo enemigo, Lucy Morgan (una tintineante y sorprendente Anne Baxter, que cuaja una de las más sólidas interpretaciones del film, en un personaje pleno de matices, pese a su carácter secundario), le hará ceder un paso en su incólume y tajante negativa a admitir a Morgan en el seno de la familia, como nuevo esposo de su madre viuda.

Entre ambos, y a expensas de esa lucha desigual y sin cuartel, se mueven las dos hermanas Amberson, Isabel y Fanny (ésta última, fantásticamente interpretada por una intensísima Agnes Moorehead), amadas y/o amantes en función del desarrollo de los avatares de la historia, pero, en cualquier caso, siempre víctimas de un entramado familiar y social que las condena a sepultar sus sentimientos y querencias bajo el peso de la conveniencia o, en última instancia, el capricho de un chantajista emocional incapaz de entender, aceptar y asumir los requerimientos emocionales de seres humanos que, no por su condición de mujeres, habrían de verse en la penosa obligación de no poder exteriorizarlos y dar rienda suelta a los mismos. Ahí es donde radica buena parte del elemento trágico de la historia y es ésa la clave bajo la cual se entienden las actitudes y comportamientos de sus protagonistas.

¿Hubiera conseguido Orson Welles, con el montaje que pretendía, habernos dado alguna clave más, haber redondeado aún más el entramado de la historia, haber ofrecido algún apunte más que clarificara ciertos aspectos sobre los que el film parece pasar de puntillas, dejándolos más en la condición de esbozo que de línea dramática? Con toda seguridad, sí, pero eso será algo que nunca podremos comprobar empíricamente. La única certeza es la de que, con su actitud, Welles se labró una reputación de "autor", no dispuesto, bajo ningún concepto, a aceptar imposiciones y limitaciones a sus intenciones creadoras, que le terminó condenando al ostracismo por parte de la gran industria hollywoodiense, ésa misma que, sólo tres años antes, le había abierto las puertas de par en par y le había ofrecido carta blanca para que diera rienda suelta a su frenesí inventivo. Paradojas de la vida. Una más....

miércoles, 18 de enero de 2012

A propósito de las entrevistas promocionales





Lo frágil y quebradizo de mi memoria me impide recordar cuándo y dónde, pero sí que recuerdo que, en alguna ocasión, y en algún lugar, tuve ocasión de escribir una reseña acerca de las notas de producción que las compañías cinematográficas emiten con motivo del estreno de sus películas, y a las que algunas webs dan cobertura y difusión, a través de su publicación. Durante un tiempo, las leía con habitualidad, y me resultaba curioso que, más allá de su contenido estrictamente informativo (en ocasiones, ciertamente interesante), su tono, rayano casi siempre en el panegírico, obviara el más mínimo apunte ya no crítico, sino siquiera neutro, en relación a cualquier aspecto (técnico o no) relacionado con el film al que hicieran referencia.

Viene este apunte al caso (por lo extensible que se haría al mismo idéntica reflexión, si bien corregida y aumentada…) de las entrevistas promocionales; algo que tenía ocasión de comprobar, una vez más, recientemente, con motivo de la rueda de prensa —emitida en un programa radiofónico de cine— concedida por los dos protagonistas principales de la versión usamericana de la primera entrega de Millennium (Los hombres que no amaban a las mujeres), a saber, Daniel Craig y Rooney Mara, de visita promocional en nuestro país durante la pasada semana. Intenté contar las veces que los dos repitieron las palabras ‘unbelievable’ y ‘wonderful’ para referirse a cualquier cuestión relacionada con el proyecto (rodaje, director, actores, guión, historia, la novela en que se basa…): una vez me convencí de que necesitaría un ordenador de bastante potencia para poder llevar ese cómputo, desistí del empeño…

Entiendo que una productora que se juega una pasta indecente en una cinta de gran presupuesto —y de la que espera un retorno económico en similar proporción— no envía a sus estrellas en misión promocional a un país perdido y remoto (Spain, what…?), para que éstas se dediquen a lanzar rajadas espectaculares mutuas, contar jugosas (y poco edificantes, por supuesto…) anécdotas del rodaje o despotricar sobre el auténtico nivel artístico del producto. Esto es algo que ya harán, y ampliamente (tan ampliamente como permitan los ceros del talón que los retribuya…), cuando escriban sus memorias. Pero tampoco estaría de más que contaran algo que fuera más allá del topicazo más fustigado y la insustancialidad más absoluta: oído lo oído, no hubiera aportado menos una sesión fotográfica con los dos calladitos y sonrientes (tal y como aparecen en la foto que ilustra esta reseña). Y es que, en comparación con la de Millenium, la rueda de prensa de Álex de la Iglesia y José Mota para presentar ‘La chispa de la vida’, parecía una conferencia conjunta de Stephen Hawking y Eduardo Punset. En fin…


* Grageas de cine LXXVIII.-



lunes, 16 de enero de 2012

La clase (Entre les murs; Francia, 2008)

SINOPSIS ARGUMENTAL.- François Marin es profesor de Lengua en un instituto de enseñanza media de la periferia de París, y, como tutor, tiene a su cargo a un grupo de alumnos con edades comprendidas entre los 13 y los 15 años: una edad difícil, en la que los anhelos individuales y colectivos aún está en fase de definición, y en los que la influencia de una situación social y económica complicada se deja sentir en actitudes y comportamientos. A lo largo de un curso académico completo, seremos testigos de los avatares cotidianos de este particular grupo humano, con atención no solo a las cuestiones académicas, a la actividad que se desarrolla en el aula, sino también, y muy especialmente, a los episodios más relevantes de la vida personal y el recorrido emocional de los protagonistas.

EN UN PÁRRAFO….- En la estela de un cine francés reciente centrado en el mundo de la educación (inevitable pensar en títulos como los celebradísimos ‘Hoy empieza todo’, de Tavernier —1999—, o ‘Ser y tener’, de Philibert —2002—), Laurent Cantet, desde su forma de hacer cine, poderosa a la par que sensible, nos ofrece un acercamiento —cuyas formas se mueven muy próximas al terreno del documental— a un microcosmos escolar que, desde su particularidad (lejos están los personajes de resultar arquetipos, pese a su representatividad de todo un arco generacional), deviene en exponente de todo un tiempo y una sociedad sometidos a los embates del cambio y la incertidumbre. Una cámara neutral y atenta, pero que no por ello pierde ternura y sensibilidad (sin merma de la contundencia, cuando es necesaria) a la hora de abordar un retrato que fascina desde la sencillez (y que los que, de alguna manera, mantenemos contacto con el ámbito educativo, podemos captar en su verismo aún con mayor fuerza). Su Palma de Oro de Cannes no fue un regalo caprichoso, no…

EN SU HABER.- 1, la tremenda naturalidad con que se desenvuelven los intérpretes, tanto los adultos (padres y, con mayor protagonismo, profesores)  como los preadolescentes que encarnan a los alumnos, todos ellos no profesionales, pero magníficamente ‘trabajados’ con el fin de evitar envaramientos y sobreactuaciones; es ahí donde radica la clave desde la que consiguen cautivar al espectador sin necesidad de alharaca formal alguna; 2, aun contando con elementos propicios para ello (la configuración y ubicación del grupo humano protagonista: coralidad —en el sentido más propio de la palabra— y multiculturalidad en grado sumo…), Cantet huye, cual alma cándida del diablo, de cebarse en dramas de marginalidad o radicalismo, que le podrían haber facilitado la labor de ‘enganche emocional’ respecto al público, que va viéndose enredado en la trama en una progresión de suavidad exquisita, carente de condenas o absoluciones morales (que no de juicios); y 3, la creación que de monsieur Marin hace François Bègaudeau, un profesor paciente, dialogante y creyente (y practicante…) de la participación como una religión sin fisuras, que, lejos de pretender una Arcadia imposible, transmite con una credibilidad impresionante (hasta hacérnoslo creer sin mayores problemas) su convicción de que solo desde una combinación equilibrada de respeto y firmeza, se pueden lograr resultados educativos positivos.

EN SU DEBE.- [AVISO PARA NAVEGANTES: lo que viene a continuación desvela un elemento sustancial de la trama] Pocas objeciones cabe hacer a un film de tal redondez, pero, si acaso, cabría hacer mención a lo excesivamente previsible que resulta el que sea el personaje de Suleiman el elegido para protagonizar un episodio disciplinario destinado a convertirse en exponente concreto de ese aspecto tan controvertido del ámbito escolar. Bien es cierto que la evolución del personaje le otorgaba todas las papeletas, pero, sin necesidad de truculencias, el guión podía haber optado por otro personaje menos esperable (y que, en su tratamiento, hubiera dado pie a consideraciones más abiertas —aun dándolas éste también—).

UNA SECUENCIA.- Tras conocer que las dos delegadas de clase, Esmeralda y Lucie, han denunciado a la dirección el episodio en que él las menospreció en clase (comparándolas con unas ‘fulanas’), François se siente traicionado (entiende que ese asunto, como cualquier otro, habría que haberlo tratado antes en la clase) y se dirige hacia el patio para encararse con ellas y afearles su conducta; inmediatamente, toda la clase se agolpa alrededor de los implicados, entablándose un debate tenso (e intenso) entre el profesor y los alumnos, que se cierra sin vencedores ni vencidos. Se trata de una secuencia que representa a la perfección tanto el tono de la película como uno de sus grandes mensajes de fondo (el de la apuesta por el diálogo como clave para la superación de conflictos).

CALIFICACIÓN (s/. 10).- 8.-

viernes, 13 de enero de 2012

Pequeños apuntes de cine para el fin de semana

* Esta reseña fue publicada originariamente en mi antiguo blog —El (viejo) glob de Manuel— el 5 de marzo de 2006.-

-Revisando (que es gerundio) un clásico: La huella (Sleuth; U.S.A., 1972), de Joseph L. Mankiewicz. Si los duelos interpretativos de altura siempre han sido un elemento que ha dado muchísimo juego a la hora de erigirlos como gancho principal para atraer público hacia una película, el de ésta goza de todos los requisitos para poder ser considerado como uno de los más grandes que se hayan podido contemplar. Laurence Olivier y Michael Caine, envueltos en una trama endiablada de giros y retruécanos que se desarrolla en un entorno físico mágico y sorprendente: ¿hay quién dé más...? Cuenta la leyenda que las relaciones entre estas dos primadonnas a lo largo del rodaje no fueron muy diferentes a las que sus respectivos personajes viven en la trama de la película: si eso contribuyó a que los resultados fueran tan deslumbrantes como tenemos ocasión de comprobar mediante la contemplación de la cinta, gozos y albricias por ello -y ojalá cunda el ejemplo-. El producto final es, francamente, fabuloso, y de imprescindible disfrute (a ser posible, salvo impedimento insalvable, en V.O.). Ah, y huyan de versiones posteriores (más o menos confesas): hasta un director español, además novel -José García Hernández-, se atrevió a perpetrar, allá por el año 2000, algo que pretendía parecerse a esta película (Divertimento tuvo aquello por título), y, pese a contar en el papel de émulos de Olivier y Caine con dos monstruos de no mucho menor nivel, como fueron Paco Rabal y Federico Luppi, el fiasco fue morrocotudo. No debe ser tan sencillo, no...

- Recuperando (que es otro gerundio) un film actual: En la ciudad (España, 2003), de Cesc Gay. Tan decepcionante como me resultó su celebradísima película anterior, Krámpack (España, 2000), que me pareció aquejada de una cierta astenia poco congruente con su pretendido carácter rompedor, me ha resultado de gratamente sorprendente el descubrimiento de este muestrario de desorientaciones y despistes de la edad media urbanita que el director despliega a lo largo de un catálogo de imágenes elegantes, suaves y muy bien acompasadas con el sentido y la intención de la historia (o historias, para ser más exactos). Un trabajo que, como todo producto fílmico en el que pesa más el retrato de los personajes (dado que es ése, y no otro, el principal objetivo del narrador) que sus avatares concretos (meramente ejemplificativos a los efectos anteriores), se apoya fundamentalmente en la excelente labor interpretativa de un elenco consistente y equilibrado, pero en el que, aún dentro de un tono de bastante igualdad en cuanto a calidades, brillan sobremanera dos nombres en particular: Eduard Fernández y Mónica López. Lo de Eduard sorprende menos, porque es ya un monstruo consagrado, que, aún así, no deja de sorprendernos con un puntito más allá en cada una de sus (por suerte, muy frecuentes) comparecencias en pantalla; pero, en el caso de Mónica, estamos ante un ejercicio de contención de sentimientos que no está al alcance de muchas actrices. Habrá que seguirla, pues, muy, muy de cerca.

- El penúltimo (siempre el penúltimo, cómo no....) episodio de búsqueda de promoción gratuita para un producto cinematográfico a base de una polémica tan artificiosa como estéril (algo obvio, si no tiene otro objetivo tangible que ése, el de acaparar espacio en los medios de información sin aflojar una perra...): la campaña (?) lanzada por aquellos que se oponen a que el actor Daniel Craig se haga cargo del personaje de James Bond en la próxima entrega de la saga del ínclito detective al servicio de su graciosa majestad (para información más detallada, les remito a la reseña correspondiente en el blog del Colectivo Catacric, pulsando aquí). Aunque mi opinión sobre tal tipo de operaciones se puede desprender con facilidad del comentario que ya hago al hilo de esa noticia en esa misma reseña, no perderé la oportunidad de reiterarla en esta ocasión: un ejercicio de morro impecable (y una demostración de que ese tópico que reza que el hombre es el único animal que tropieza ¿doscientas mil eran? veces en la misma piedra, se trata de una verdad como un templo...).

- Aunque nunca he compartido esa admiración que, mayoritariamente (o, al menos, así se desprende de su magnánimo reconocimiento, en términos de premios y taquilla), suele sentir el público estadounidense por aquellas interpretaciones que cuentan como gancho principal con la profunda transformación física de sus protagonistas (algo en lo que gente como Robert de Niro, Daniel Day-Lewis, Tom Hanks o Charlize Theron han hecho, en estos últimos años, y por citar los casos, quizá, más representativos y reconocidos, auténticos alardes...), siento auténtica curiosidad por ver el aspecto físico de George Clooney en Syriana: es muy probable, incluso, que con un punto de envidia malsana, consiga abstraerme de la circunstancia de que se trata de algo coyuntural, fruto de un proceso de trabajo interpretativo, y llegue a pensar que al señor Clooney también le pasan esas cosas. Pero, claro está, lo suyo ya está arreglado, mientras que lo de otros, en fin... tengan ustedes feliz fin de semana, amigos lectores.

* Grageas de cine VII.-
* Antecedentes penales (El viejo glob de Manuel) XV.-

miércoles, 11 de enero de 2012

Jeffrey Beaumont (Terciopelo azul —Blue Velvet—; U.S.A., 1986)


Jeffrey Beaumont ha vuelto a Lumberton: la hospitalización de su padre le obliga a retornar de la universidad para incorporarse al negocio familiar, una de esas tiendas rurales en las que se puede encontrar casi de todo. Una vida rutinaria y placentera, sin mayores sobresaltos. Pero, un día, mientras pasea, y de forma totalmente casual, Jeffrey se encuentra en el suelo, entre la hierba, una oreja humana. Un hecho inquietante, y que hace a Jeffrey ponerse en guardia, moviéndole a hacer averiguaciones alrededor del mismo: algo que empieza como una suerte de juego, un divertimento con el que sacudirse de encima el mortal aburrimiento que se cierne sobre él y los que le rodean, y que no hace más que abrir una caja de Pandora repleta de una maldad estrambótica (y peligrosa…).

En su viaje a esos mundos nocturnos y subterráneos, en los que todo dista de la apacibilidad luminosa que Lumberton muestra en su plácida vida diurna, Jeffrey cuenta con la compañía —y la complicidad— de Sandy Williams, la hija del detective a quien ha hecho partícipe, inicialmente, de su macabro descubrimiento y con la que irá tejiendo una relación que, arrancando de la fascinación por los secretos compartidos, va pasando, de forma paulatina, a un destilado de sentimientos mucho más profundos (y, recíprocamente, correspondidos). Es así como surge una bonita historia de amor, plena de dulzura y armonía.

Pero sobre esa historia se yergue una amenaza: las investigaciones de Jeffrey le ponen en contacto con Dorothy Valens, una mujer turbia y misteriosa, cantante en un club nocturno y víctima de una extorsión despiadada por parte de un violento grupo mafioso, que la mantiene en un estado de desequilibrio mental más que notorio. Y de ese contacto surge una atracción tan lúgubre y morbosa como la atmósfera en la que Dorothy se mueve, y que empuja a Jeffrey a transitar terrenos de sexo y violencia que él ni siquiera podía imaginar que existían; unos terrenos en los que no se siente cómodo, y contra los que muestra un rechazo racional absoluto, pero de los que parece incapaz de alejarse, atraído gravitatoriamente por una especie de agujero negro insondable.

Sometido a  la tensión entre esos dos polos de atracción —el tierno y puro, que representa Sandy; y el sórdido y peligroso, que encarna Dorothy—, Jeffrey habrá de elegir. En esas tesituras, los hombres buenos siempre eligen el camino adecuado, y nuestro amigo no resulta una excepción. Pero hay sombras que oscurecen la mirada, y dejan en ella un poso amargo, a la par que acechante, que ya jamás se puede abandonar.

* David Lynch desplegó todo su imaginario, violento y turbador, en este film, 'Terciopelo azul' (Blue velvet); un referente que marcó el sendero por el que, derivando en mil y un meandros de fantasía enloquecida, transitó la práctica totalidad de su filmografía posterior.

lunes, 9 de enero de 2012

Yo creo en tí (Call Northside 777; U.S.A., 1948)


SINOPSIS.- A P. J. McNeal (James Stewart), reportero del Chicago Times, le sorprende un anuncio por palabras en el que alguien ofrece 5.000 $ a quien pueda ofrecer alguna pista sobre la autoría del asesinato de un policía cometido once años atrás, y por el que cumplen condena en prisión dos hombres, Frank Wiecek y Tomek Zaleska. Sus indagaciones le llevan a descubrir que la autora de tan peculiar oferta es la madre de Wiecek, una humilde mujer que ha tardado esos once años en acumular tan sustanciosa suma a base de ahorrar la mayor parte de su salario como limpiadora, y que está convencida de la inocencia de su hijo. McNeal no comparte, inicialmente, tal convicción, sino que, más bien al contrario, se muestra bastante escéptico al respecto; pero, empujado por su editor jefe, Brian Kelly (Lee J. Cobb), aborda el tema en una serie de reportajes, cuya investigación le irá haciendo cambiar paulatinamente de opinión y, consecuentemente, enfrascarse en una reivindicación de justicia para Wiecek. Empeño harto complicado...

EN UN PÁRRAFO.- Sin el lustre de compañeros con nombre más prestigioso (Hawks, Ford,Wilder...), Henry Hathaway, un artesano que se movió con soltura en films de todo corte y género —aunque con especial predilección por el western—, manufacturó con exquisita pulcritud (y al servicio de un James Stewart que se encontraba en el momento más dulce, ya en plena madurez, de su carrera actoral), esta historia, basada en un caso real, y que, jugando con ese elemento tan 'hitchcockiano' del falso culpable, se despliega en una narración tan intensa como creíble, con especial protagonismo para dos colectivos profesionales de presencia sempiterna en el cine clásico de Hollywood: el periodístico y el policial, confrontados aquí por mor de sus posiciones antagónicas respecto a ese 'vellocino de oro' (verdad y justicia) en pos de cuya búsqueda se mueve McNeal-Stewart. ¿El final? Vean y descubran...

EN SU HABER.- 1, la credibilidad que desprende la evolución paulatina del reportero McNeal desde su desconfianza inicial a la convicción profunda a la que termina llegando, fruto de la combinación de dos factores: la medida construcción narrativa del guión, que encadena episodios con una fluidez extraordinaria, y un trabajo a su nivel habitual del excelente Stewart; y 2, la química que desprende la relación entre dos actores de altísimo nivel (Lee J. Cobb y James Stewart), y que, pese a moverse en niveles de presencia en la historia notoriamente desiguales —el de Cobb es un papel secundario, mientras que Stewart absorbe un protagonismo inmenso—, consiguen, en aquellas escenas que comparten, momentos de una sutileza interpretativa impresionante.

EN SU DEBE.- 1, el exceso de 'buenismo' con que es dibujado el personaje de Wiecek, circunstancia que, si bien no le resta credibilidad, sí que deviene en un perfil de integridad y honradez excesivamente subrayadas; y 2, la escasa presencia en la historia del personaje de Laura McNeal, la esposa del protagonista (interpretada por Helen Walker, una actriz poco conocida, y de presencia física muy agradable), cuyas contadas y breves apariciones aportan una frescura y dinamismo que, probablemente, hubieran dado mucho juego con algo más de desarrollo.

UNA ESCENA.....- Uno de los asesinos accede al local de Wanda Skutnik —en el que se encuentra el agente Bundy—, pero no lo vemos: el plano encuadra la campanilla (que hemos visto y oído unas escenas antes, en idéntico encuadre) que suena, a modo de avisador, cuando se abre la puerta. El segundo —al que tampoco vemos—, advertido ya de esa circunstancia, sujeta la campanilla con la mano: a su entrada, ya no suena. La sucesión de planos sobre la campanilla (uno primero, en que suena, y un segundo, en que, atenazada fuertemente por una mano, ya no lo hace) constituye un recurso visual potente para situarnos en alerta (si alguien quiere que no suene, no debe abrigar muy buenas intenciones...), ante la inminencia de un hecho decisivo en la premisa argumental de la trama. Simple y efectivo...

CALIFICACIÓN (s/. 10): 7.-

viernes, 6 de enero de 2012

Todo es cine: de Orson Welles a 'Saló...'

* Esta entrada fue publicada originariamente en mi antiguo blog —El (viejo) glob de Manuel—, y bajo la etiqueta "Grageas de cine", el 19 de febrero de 2006.-

- Veo un documental de corta duración (apenas 25') que, formando parte del paquete de extras de una edición no excesivamente brillante de su película El cuarto mandamiento (The magnificent Ambersons), y bajo el título de Hollywood remembers, efectúa un recorrido somero y sintético, muy sintético, por la carrera cinematográfica de Orson Welles. Aun cuando, insisto, su calidad no es muy alta, no se le puede dejar de reconocer el mérito de haber incluido en tan magra duración una panorámica completa de la obra de un genio tan proteico, excesivo y corrosivo como fue el señor Welles, hombre capaz de aglutinar en su persona todos los excesos y todas las salidas de tono que siempre se han podido esperar de aquellos genios artísticos a los que su tiempo -¿y qué tiempo no les hubiera venido con idéntico tallaje...?- les venía corto, estrecho y, definitiva y ridículamente, pequeño. En cualquier caso, ahí está lo que verdaderamente importa, eso que ya nadie nos puede arrebatar: sus películas, pocas, pero de tan extraordinario valor, que compensan sobradamente con su calidad ese escaso volumen. Tiempo y ocasión habrá, amigos lectores, para entrar en comentarios más detenidos sobre todas y cada una de ellas: más allá de los millones de litros de tinta que se hayan podido verter acerca de las mismas, siempre es un placer incidir, una vez más, en sus innumerables y enormes bondades.

- Les hablaba, en las grageas de la pasada semana, de una "batallita" relacionada con mi acercamiento al cine de Pier Paolo Pasolini, y les hacía un breve apunte acerca de mi (un tanto "complicada") experiencia con uno de sus títulos más señeros, Saló o los 120 días de Sodoma. Corrían los primeros años de la decada de los 80' del pasado siglo, y, muy cerquita de mi casa -del domicilio de mis padres-, en Córdoba (España), se encontraba la Escuela de Magisterio, en la que, por obra y gracia de un auténtico loco por todo lo que tuviera que ver con el celuloide, Martín Cañuelo (aun a día de hoy, un auténtico romántico, un hombre que mantiene abiertos, contra viento y marea -es decir, contra la especulación inmobiliaria más galopante...-, tres cines de verano en pleno casco antiguo de la capital cordobesa: hacen falta muchos cojones -con perdón-, y no sólo metafóricos, para aguantar ese tirón: vaya desde aquí mi más sentido homenaje, que se lo debía, don Martín...), funcionaba un cine-club que, visto en perspectiva, y haciendo memoria (con la única neurona aún en funcionamiento), ofrecía una programación de auténtico lujo -la nómina de títulos, tanto en cantidad como en calidad, te empuja, comparada con la cartelera de cualquier sala comercial de hoy día (y aun siendo consciente de que se trata de cosas distintas...), a hartarte de llorar sin consuelo alguno-. Bien, uno de esos títulos, que asistí a ver en compañía de la que por entonces era mi novia (que, además de unos gustos cinematográficos bastante "ratitos", también terminó demostrando su inmensa torpeza: acabó casándose conmigo...), fue, precisamente, Saló... Me considero una persona (y creo que la experiencia acreditada respalda, en la práctica, tal consideración), con bastante aguante (lo que comúnmente se suele calificar de "estómago"...) para encajar imágenes de inmensa dureza, sea tal dureza de la índole que sea (sexual, violenta, afectiva...), y ya se trate de imágenes reales o ficticias (difícilmente me habrá visto nadie apartar la mirada del televisor ante los disparates que ofrece, a diario, cualquier informativo). Pero aquel día no pudo ser: los gironi del sexo y de la mierda, mal que bien, conseguí soportarlos, pero, ay, los de la sangre fueron superiores a mi capacidad de resistencia. Mi novia salía del salón de actos donde se proyectaban las películas justamente en su comienzo, y yo lo hacía segundos después, al borde del... en fin, creo que los detalles escatológicos son perfectamente evitables sin que ustedes, amigos lectores, me puedan reprochar autocensura, es sólo cuestión de no apurar el trago del mal gusto.

En cualquier caso, no lo considero, ni muchísimo menos, una asignatura pendiente: no tengo el más mínimo interés (y, por tanto, no creo que vaya a reincidir en ello) por volver a intentarlo. Sencillamente, todo tiene un límite. Tengan ustedes feliz semana, amigos lectores.


* Grageas de cine VI.-

* Antecedentes penales-El (viejo) glob de Manuel XIV.-

miércoles, 4 de enero de 2012

En tierra hostil (The hurt locker; U.S.A., 2009)


SINOPSIS.- La Compañía Bravo es una unidad de artificieros encuadrada en el cuerpo militar estadounidense en Irak, formada por tres miembros, dos de los cuales dan cobertura al jefe de la unidad, especialista en la detección y desactivación de explosivos; a lo largo de un periodo de un mes, duración de su ciclo operativo, asistiremos a su trabajo cotidiano, ligado a acciones de máximo riesgo y tensión sin límites, y sobre las cuales la muerte es una presencia que sobrevuela siempre a muy baja altura.

EN UN PÁRRAFO....- Consagrada por un aluvión de Oscar (hasta un total de seis, entre los cuales se contaron los más importantes), 'En tierra hostil' supuso la consagración de su directora, Kathryn Bigelow, que arma (nunca mejor dicho...) una epopeya militar con un estilo narrativo cercano a modos documentales (profusión de cámara en mano, planificación siempre cercana a los rostros de los personajes), con la que la directora convierte al espectador en algo muy cercano a un corresponsal 'empotrado', basándose en el encadenamiento de episodios puntuales —cuya hilazón viene dada por la presencia continuada de sus protagonistas—, y el sostenimiento de la tensión emocional siempre al máximo, gracias a la presencia del peligro extremo como elemento básico de la trama. Cine bélico de siempre con hechuras puestas al día...

EN SU HABER.- 1, la fluidez con que se desarrolla la narración, sin que su estructura de episodios —que, contemplados individualmente, podrían verse casi como cortos independientes los unos de los otros— suponga una rémora en ese aspecto; una sabia mezcla, pues, de fragmentación y trabazón la que nos ofrece el film; y 2, su broche final: dos pinceladas, breves y leves, sirven al relato para ofrecernos la clave explicatoria total de un personaje cuyas motivaciones siempre nos han sido esquivas a lo largo de todo el metraje previo, en lo que constituye una auténtica virguería, un golpe de efecto plenamente logrado.

EN SU DEBE.- 1, un apego excesivo a los convenciones más extendidas en el cine bélico hollywoodiense a la hora de dibujar a sus personajes protagónicos, militares con todos los tics (modos y maneras) que estamos hartos de ver con cansina profusión dentro del género (hubiera sido deseable, quizá, algo más original, o personal, en ese aspecto); y 2, la ausencia de algún personaje del 'bando contrario' con cierta entidad narrativa (ni siquiera el pequeño 'Beckham' llega a alcanzar tal nivel), como contrapunto destinado a ofrecer una perspectiva algo más humana (y menos maniquea, todo hay que decirlo...) de ese otro grupo implicado en el conflicto sobre el que gira la cinta.

CALIFICACION (s/. 10): 7.-

lunes, 2 de enero de 2012

American gangster (U.S.A., 2007)


SINOPSIS.- A la muerte de su mentor, Bumpy Johnson, en 1968, el que fuera su más íntimo colaborador, Frank Lucas (Denzel Washington), se convierte en el rey del mercado de la droga de Nueva York, gracias a una actividad metódica e implacable, que le granjea tantos éxitos como enemigos. En su persecución, un equipo comandado por Richie Roberts (Russell Crowe), un policía que enarbola la honradez como mascarón de proa, y que habrá de afrontar un delicado y concienzudo ejercicio de investigación para desarbolar un tráfico mortal que va camino de adquirir el rango de epidemia. El duelo está servido...

EN UN PÁRRAFO...- Basándose en un episodio real —el de Lucas—, Ridley Scott construye un relato de largo aliento, duro y compacto, en el que, a través de un metraje tan generoso en su duración como intenso en su ritmo, combina dos líneas argumentales íntimamente entrelazadas y que asientan sus raíces en la mejor tradición del noir de Hollywood: por un lado, la de la ascensión y caída del típico 'self-made-man' que, a base de determinación y contundencia, consigue cobrar altos vuelos (rememorando a personajes como el Toni Montana de 'El precio del poder'); y, por otro, la de la lucha pertinaz contra esa encarnación concreta del mal, a cargo de un hombre con la misma determinación, pero movido por una convicción moral inquebrantable (en la línea de un Eliott Ness, con el que no es difícil encontrar fuertes concomitancias). En cualquier caso, cine con regusto a clásico...

EN SU HABER.- 1, lo conseguido de su ritmo narrativo, que sigue sin la más mínima desviación —a base de aunar lo compacto y lo ligero— los cánones de la construcción dramática del cine hollywoodiense más convencional, para conseguir que sus casi tres horas de duración (en su versión 'extendida') pasen en un un suspiro; y 2, la impregnación con que el tono mortecino de su fotografía (a cargo de Harris Savides) 'baña' la historia, contribuyendo a que su ambientación se convierta en un punto importante de refuerzo para la intensidad de la misma.

EN SU DEBE.- 1, el elevado número de golpes de efecto: no debe ser fácil eludirlos en una trama en la que sexo, drogas y violencia campan a sus anchas, pero Scott tampoco parece tomarse excesivas molestias en obviarlos (cuando, ciertamente, no eran necesarios para remarcar esos elementos de la narración, que no es necesario explicitar visualmente de manera tan acusada); y 2, la ligereza con que sobrevuela por encima de lo que podría haber constituido el elemento más escabroso, y con más significación moral, de la historia, como es el de sus 'derivaciones militares', que no elude, pero en las que tampoco profundiza, transmitiendo la impresión de que, a nivel de relato, no se ha querido incidir en un elemento sin duda delicado, pero de implicaciones potentísimas.

CALIFICACIÓN (s/. 10).- 6'5.-
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