viernes, 2 de noviembre de 2012

Sin rastro (Gone; U.S.A., 2012)

UNA INTRIGA DESGASTADA.-

Aunque uno guste, y mucho, del cine, y guste también, no menos, de la escritura (y ya saben lo que reza el viejo dicho aquel acerca del gusto, la sarna y los picores…), no piense por ello el amigo lector que el ejercicio de la crítica cinematográfica no se convierte, en ocasiones, en algo más cercano a la tortura que al placer. No, no es algo que afecte, precisamente, a la crítica que versa sobre aquellas películas que menos gratas resultan al juzgador de turno: cuando se pasa realmente mal, es cuando se ha de abordar la escritura acerca de una cinta que no nos ha dicho absolutamente nada; porque, si nada nos dice la película, ¿qué le decimos nosotros al lector?

Al que acuda a este texto buscando una referencia acerca de un film como “Sin rastro”, he de decirle, sin ambages ni medias tintas, que se trata de una de las propuestas más anodinas y poco imaginativas que, en materia de intriga criminal, haya llegado a las pantallas en los últimos tiempos: un cúmulo de situaciones argumentales gastadas y lugares comunes dramáticos que en ninguno de sus tres cuerpos —presentación, nudo y desenlace— es capaz de ofrecer al espectador algo no ya sorprendente, sino mínimamente interesante o llamativo.

Y es que la historia de un secuestro, premisa argumental con la que arranca la película, a que ha de dar solución la hermana de la secuestrada, en una carrera contra el reloj y contra su entorno (que, inicialmente, la ignora y, después, la persigue), hasta un clímax final que le servirá tanto para resolver el episodio de partida como uno previo que constituye justificación y leit-motiv de su modus operandi, no deja de ser un ‘menú’ que, si no se aliña, al menos, con alguna ‘salsa’ que, como aditamento particular, le distinga de sus precedentes, ya hemos degustado mi l y una veces; como quiera que la salsa no aparece en ningún momento, la decepción está servida. O sea, un fiasco en toda regla.

No lo salva un ritmo correcto, en el que, eso sí, se ha dosificado bien la progresión de la trama —sin que la vuelta de tuerca de guión mediante la que la protagonista pasa de ignorada a perseguida comporte ninguna aceleración narrativa—; no lo salva tampoco una ambientación correcta, con un contraste acusado entre los entornos urbanos (de la ciudad de Portland) y los naturales (ese bosque en que se ‘cuece’ la resolución de la trama); y no lo hace tampoco un reparto poco más que correcto, en el que la omnipresencia de Amanda Seyfried, la protagonista, que asume, con su estadía permanente en pantalla, uno de esos supuestos en que cabe hablar de ‘vehículo al servicio de…’, deja poco hueco para el resto de figurantes (incluido algún intérprete de cierto renombre, como es Wes Bentley, cuyo personaje no se consigue explicar desde ningún punto de vista).

Estamos, en suma, ante una de esas propuestas, que, con un más que decente aparato promocional y los avales de su estrella al frente del reparto (no cabe duda de que la Seyfried se trata, a día de hoy, de un valor en alza, aunque no está muy claro si, de reincidir en trabajos como éste, esa ascensión no terminará derivando en batacazo sonado…) y su marchamo de producto de empaque, consigue resultados muy por encima de aquellos a que sus méritos la hacen acreedora. Y qué se le va a hacer; la vida, a veces, es así. Por mi parte, avisados quedan…

Calificación: 4/10

viernes, 26 de octubre de 2012

En un lugar solitario (In a lonely place; U.S.A., 1950)

SINOPSIS ARGUMENTAL.- Dixon Steele es un guionista de Hollywood venido a menos, que, tras años sin haber escrito un texto valioso, intenta resurgir de sus cenizas gracias a la adaptación de la última obra de un novelista de éxito. Un inopinado y extraño episodio, que deriva en la misteriosa muerte de la dependienta de un cabaret a la que había conocido la noche anterior, lo convierte en el principal sospechoso de su asesinato, que habrá de investigar su amigo, el detective Brub Nicolai, pero también dará pie a que conozca a su vecina, Laurel Gray; entre ambos surgirá una intensa y atracción mutua, que los llevará a iniciar una relación sobre la que pronto empiezan a planear los frecuentes arranques de violencia de Dix, poniendo en peligro la continuidad y buen fin de la misma.

EN UN PÁRRAFO.- Uno de los primeros films de uno de los más venerados directores de la cinefilia universal —Nicholas Ray—, 'En un lugar solitario' es una historia triste y con un cierto punto crepuscular, en cuyo guión se combinan, en medidas y precisas dosis, drama, romance y suspense criminal, para armar una historia que pone de relieve la capacidad de los puntos desequilibrantes del carácter de las personas para arruinar lo más hermoso que éstas son capaces de poner en pie (como sucede en este caso, en que una historia de amor erigida sobre una intensa atracción entre dos personas que muestran un talante sosegado y equilibrado, sufre los avatares de la incertidumbre a que dan pie los problemas mentales de una de las dos).

EN SU HABER.-1, la construcción del personaje de su protagonista, Dix Steele, un hombre tremendamente complejo, en el que conviven (poco armoniosamente, eso sí) una bondad natural de fondo, que deriva de una integridad moral de base (y que, en buena parte, le ha llevado a ser, en el fondo, un perdedor), con una violencia siempre latente que se pone de manifiesto en episodios puntuales de tremenda virulencia, y que arruinan no solo su reputación general, sino sus relaciones con aquellas personas que le rodean y le quieren (por cierto, Bogart lo borda...); y 2, la naturalidad con que se plantea, en la urdimbre de la historia, el arranque de la relación amorosa que constituye el eje central del nudo de la acción: no hay ningún arrebato pasional, ni ningún episodio deslumbrante, solo una profunda atracción entre dos seres maduros y pausados; especialmente, ella, Laurel Gray, cuyo puntito irónico, lejos de hacerla menos adorable, la hace más querible aún (por cierto, la Grahame lo borda, también...).

EN SU DEBE.- Supongo que tendría que revisarla; en un primer visionado, no se me ocurre ninguno...

UNA SECUENCIA.- Dix y Laurel, junto a otras parejas, están sentados, elegantemente vestdidos, en bancos arrimados a un piano en el que Hadda Brooks canta una hermosa canción; sus miradas, sus gestos, sus sonrisas (hablan entre sí, un diálogo ligero y fluido, pero del que no nos llega nada; lo vemos, pero no lo oímos...) destilan bienestar y arrobo mutuos. ¿Cabe una estampa más precisa y perfecta del amor...?

CALIFICACIÓN: 8 / 10.-

lunes, 15 de octubre de 2012

En bandeja de plata (The fortune cookie; U.S.A., 1965)

SINOPSIS ARGUMENTAL.- Harry Hinkle (Jack Lemmon) es un hombre honesto y sencillo, camarógrafo de profesión, que, durante la retransmisión televisiva de un partido de fútbol americano, sufre un percance, al ser arrollado, en una carrera, por Boom Boom Jackson, la estrella del equipo local. Su desmayo posterior se convierte en la excusa perfecta para que su cuñado, Will Gingrich (Walter Matthau), un vulgar picapleitos, organice una 'farsa médica' con la que espera conseguir pingües beneficios económicos, esquilmando a la compañía de seguros encargada de cubrir los daños. Hinkle, en un principio, es reacio a prestarse a tal montaje, pero Gingrich consigue convencerlo con un 'arma definitiva': la posibilidad del retorno de Lucy, la esposa que abandonó a Harry por un músico de orquesta, y de la que sigue locamente enamorado. Mientras se desarrolla el enredo, Boom Boom Jackson, embargado por el sentimiento de culpa, va perdiendo su sitio en el equipo, abandonado a los olvidos del alcohol, y Purkey, un detective de tres al cuarto contratado para la ocasión por el prestigio bufete de abogados que defiende los intereses de la compañía de seguros, intenta desenmascarar la burda patraña montada por Gingrich. ¿Cómo terminará desenredándose tan fenomenal lío...?

EN UN PÁRRAFO....- Sin alcanzar el punto de ácida genialidad de su ilustre predecesora, 'El apartamento', 'En bandeja de plata' constituye un nuevo retrato, nada amable, de la condición humana a cargo de las diabólicas pluma y cámara del maestro Billy Wilder, viejo zorro que, con la inestimable colaboración de dos monstruos interpretativos de la talla de Jack Lemmon y Walter Matthau (una de esas parejas que hacen del concepto de la química cinematográfica algo tangible y comprobable...), urde una comedia nada colorista (y no me estoy refiriendo a su magnífica fotografía en blanco y negro...) que, cabalgando a lomos de un buen puñado de gags, nos muestra cómo la mentira es la herramienta con la que vamos construyendo un castillo de ilusiones más cercanas a los naipes, prestos a desmoronarse, que a las realidades, míseras y mezquinas, de las que huimos con la misma. Todos y cada uno de los personajes se prestan al juego, con intenciones más o menos espúreas, tanto da sea el dinero y el binestar material, como el afecto perdido o la autoestima quebrantada. ¿Culpables? Todos y ninguno. ¿Inocentes? Tanto de lo mismo...

EN SU HABER.- 1, en una película que juega con los contrastes en paralelo como elemento humorístico de primer orden, hay uno que me entusiasma especialmente, y que es el ofrecido por el aspecto de los despachos de los dos 'contendientes' en la batalla indemnizatoria que se libra alrededor de la lesión (real o supuesta) de Hinkle: el de los tres prestigiosísimos abogados de la compañía de seguros es un majestuoso y enorme despacho repleto de lujosas estanterías y muebles de primera calidad, con todo primorosamente ordenado; el de Gingrich, un cuchitril en el que el polvo y el desorden se enseñorean de la nada clientelar más absoluta; y pasar de ver uno a ver otro, una gozada digna del genio wilderiano; y 2, aun a fuerza de resultar algo pesado con el tema, no puedo dejar de destacar el poderío cómico que transmite la pareja de protagonistas, Lemmon y Matthau: por separado, dos grandiosos actores; juntos, además de lo anterior, una maquinaria de altísima precisión al servicio del humor más dinámico y agudo de su tiempo. Una auténtica maravilla.

EN SU DEBE.- Aun asumiendo que no debe ser sencillo sostenerle el tipo (interpretativo) a dos actorazos del calibre de Lemmon y Matthau, hay que reconocer que el desempeño de los dos secundarios principales, Ron Rich y Judi West (que desempeñan los papeles de Boom Boom Jackson y Lucy, respectivamente), dista bastante de la altura a la que se mueve el resto de elementos de la cinta. Un lunar, pequeño, pero lunar, al fin y al cabo.

UNA SECUENCIA.- La final: Jackson y Hinkle sobre el verde tapete asumen sus derrotas y sus miserias en una curiosa y armónica danza de pases y desplazamientos. ¿Tierno, patético? Mira el color del cielo y escoge la emoción. He ahí la grandeza de Wilder...

CALIFICACIÓN: 7 / 10.-

martes, 2 de octubre de 2012

El bígamo (The bigamist; U.S.A., 1953)



SINOPSIS ARGUMENTAL.- Harry (Edmund O’Brien) e Eve Grahame (Joan Fontaine) viven en San Francisco y componen un feliz matrimonio que, ante la imposibilidad de tener hijos de manera natural, decide adoptar uno; el proceso de adopción comportará una investigación de la vida pasada de los dos aspirantes a progenitores, en el curso del cual el metódico señor Jordan (Edmund Gwenn) descubrirá un ominoso secreto que atañe a Harry: éste está casado con otra mujer, Phyllis (Ida Lupino) —con la que, además, tiene un niño—  en Los Ángeles. ¿Qué sucedió en la próspera y placentera vida de Harry para llegar a una situación como ésta? ¿Y cómo la solventará?

EN UN PÁRRAFO….- Se podrían contar con los dedos de la mano (y aún sobraría alguno…) las películas que, en los años 50 del pasado siglo, fueron dirigidas por mujeres: ésta es una de ellas. Ida Lupino, actriz británica que hizo carrera en Hollywood, y mujer de fuerte personalidad, abordó como directora este proyecto discreto y sorprendente, una incursión en un tema dramático de calado un punto escabroso, desarrollándolo bajo un esquema narrativo de formas convencionales y tono suave y contenido, evitando, en todo momento, dejarse arrastrar p0r las opciones más melodramáticas y optando por una posición equidistante y alejada de cualquier reconvención moral. No se trata de un gran film, pero su condición de rara avis, en base a los motivos apuntados, lo dotan de un interés que va más allá del de sus estrictas calidades cinematográficas.

EN SU HABER.- 1, lo ajustadísimo de su metraje; con setenta y seis minutos (o sea, catorce menos de la canónica hora y media que se suele tomar como punto de referencia al respecto), la Lupino se basta y se sobra para desarrollar toda la historia, sin que por ello se resienta ni la completud del relato ni la comprensión de las claves básicas para su seguimiento; y 2, el fantástico trabajo de su protagonista masculino, Edmund O’Brien, que se mueve en las coordenadas habituales de sus personajes en otros films (angustia, desorientación, culpa), dotando a su rol ambivalente de víctima-verdugo de una enorme credibilidad y generando una empatía con el público más que notable.

EN SU DEBE.- 1, el trabajo interpretativo de su directora, Ida Lupino, que no acierta a ‘dar con la tecla’ a la hora de desarrollar un personaje sobre el que, ciertamente, se ciernen sombras e ignorancias, pero que, aún así, queda excesivamente desdibujado, de manera que ni complementa ni contraría a su antagonista; quizá otra actriz, con un perfil diferente, hubiera podido imprimir el carácter más adecuado a un rol nada sencillo; 2, lo poco creíble de su resolución argumental, que lleva al paroxismo un planteamiento de ‘neutralidad moral’ que se agradece en lo ético, pero que chirría un tanto a nivel dramático.

UNA SECUENCIA.- Una graciosa excursión en autobús por Beverly Hills, para poder mirar y admirar las mansiones de las estrellas de Hollywood, es el entorno en el que Harry inicia sus balbuceantes escarceos para intentar ligar con Phyllis: la comicidad viene más dada por la torpeza en el intento de nuestro ‘héroe’ que por la gracia de unos gags que no la tienen, pero toda la escena resulta de un naif  y sencillez muy particulares.

CALIFICACIÓN: 6 / 10.-

viernes, 21 de septiembre de 2012

Maureen Teefy

* Como instigadora (y, por tanto, civil y penalmente responsable de lo que de estas torpes letras pudiera derivar), dedico este artículo a mi compa Hildy Johnson, cuyo excelente blog pueden encontrar ustedes, amigos lectores, en este enlace.


Hace algunos días tenía ocasión de ver, en un pase televisivo, 1941, la primera y, hasta la fecha, única incursión en la comedia que consta en la filmografía de Steven Spielberg (vistos los pobres, y decepcionantes, resultados, se hace comprensible que el mago Steven no se haya prodigado mayormente en el género). Y en una de sus secuencias, concretamente, en la del concurso de baile multitudinario que tiene lugar en el club U.S.O., me pareció ver, en una rafaga momentánea (un plano de ¿dos, tres...? segundos) un rostro que me resultaba familiar. ¿Era ella?

Pues sí, efectivamente, era ella. Maureen Teefy. Y se preguntarán ustedes, ¿pero quién es Maureen Teefy?

Bien, Maureen Teefy fue una de las intérpretes de Fama, el film de Alan Parker de 1980 que relataba las andanzas, venturas y desventuras de una serie de chicos y chicas que ingresaban en una prestigiosa academia artística neoyorquina, y que daría posteriormente pie a una larga y exitosa serie televisiva (emitida durante varios años en nuestro país) –y en la cual, por cierto, esta chica, a diferencia de varios de los protagonistas del film, ya no participaba-. En dicha película, encarnó el papel de Doris Finsecker, una muchachita tímida y apocada, hija de inmigrantes polacos, cuya seráfica voz le daría acceso a esa soñada academia donde tendría ocasión no sólo de perfeccionar su canto y aspirar a la gloria artística, sino, muy especialmente, de abrir los ojos a ciertas duras realidades de la vida (se termina enamorando perdidamente de un portorriqueño díscolo y marginal, Ralph Garcey, el cual, tras hacerle una barriga, la dejará compuesta y sin novio...).

Su interpretación no era fastuosa, y es que, ciertamente, las dotes actorales de Maureen Teefy no eran las de Jessica Lange o Meryl Streep; de hecho, su carrera languideció a partir de ese momento, contando en su haber con sólo seis ó siete películas más, perfectamente prescindibles en cualquier filmoteca, y su estrella se apagó sin que nunca hubiera llegado a encenderse, Un caso más, entre tantos y tantos... Pero yo, a mis tiernos dieciseis añitos, me enamoré perdidamente de Maureen Teefy: de su carita pecosa, de su cuerpo endeblito y de esos rizos pelirrojos que la dotaban de un encanto infantil irresistible –tenía ya veintisiete añitos la mozuela, pero aparentaba bastantes menos-. Desde luego, yo no lo pude resistir...

Y no crean que la cosa quedó en ese deslumbramiento que podemos tener con relativa frecuencia (recuerdo, así a vuelapluma, a Sandrine Bonnaire, en Lou-Lou, de M. Pialat; a Amy Locane, en Cry-Baby, de J. Waters; a Charlotte Gainsbourg, en Jane Eyre, de Zeffirrelli: la lista se podría hacer interminable...), pero que no proyecta sus efectos más allá de unas horas después de haber visto la película. Qué va, qué va... Este adolescente montaraz y enamoradizo anduvo coladito por los huesos de Maureen durante algunos que otros meses; es más, la cosa llegó a tal extremo que incluso llegó a enamorarse perdidamente de la amiga de una compañera de clase única y exclusivamente por lo mucho que se parecía a su amada cantora (o, al menos, eso le parecía a él: que hasta dónde llegaban a coincidir realidad y sueño, es algo que ya empieza a difuminarse en la memoria...) . Y aún hoy, cuando abro la carpeta del vinilo con la banda sonora de la película (conservado cual si de un incunable directamente procedente de la biblioteca de Alejandría se tratara) y contemplo el par de fotos (no muy buenas, por cierto) donde aparece ella, se me dibuja en el rostro una cierta sonrisa bobalicona (sí, ésa que se nos queda cuando... bien, ustedes ya saben...).

Y, dejando aparte la batallita personal (que, dicho sea de paso, y por si alguien incauto aún no lo había advertido, me apetecía mucho contar), quisiera decirles que he reflexionado mucho, desde ese momento, en busca de ese punto (ese tiempo, ese lugar...) en el que uno, pretendiendo ser no se sabe muy bien el qué, y sobornado por una mezcla explosiva de ínfulas soberbias y sueños de vanidad, empieza a buscar en las películas detalles técnicos, materiales para el despiece crítico, objetos de estudio casi entomológico; en definitiva, cosas que tienen muy poco que ver con aquéllas que, posiblemente, sean las únicas que merecen realmente la pena: las emociones, los sentimientos, un cierto pellizco... que eso, amigos, y no otra cosa se supone que es (o debería ser) el cine.

Naturalmente, no he logrado encontrar ese punto al que antes aludía, y es muy probable que no llegue nunca a encontrarlo; como diría el tango, la vida yira y yira... Pero, en cualquier caso, gracias, Maureen Teefy, por haberme puesto, aunque sea sólo en un momento, en una rafaga, de nuevo en el camino...

* Este artículo data del 14 de julio de 2003, y fue publicado originariamente en una web cuyo contenido ya no está disponible.


lunes, 10 de septiembre de 2012

Las aventuras de Tadeo Jones (España, 2012)

SINOPSIS ARGUMENTAL.- Tadeo, un chico tranquilo y sencillo, trabaja en la construcción y tiene como gran afición en su vida la arqueología: sueña con ser como su admirado Max Mordon, una pintona estrella televisiva. Un cúmulo de circunstancias casuales lo llevará a la jungla peruana, donde, dando un muy peculiar cumplimiento a su pasión, tendrá que encontrar (y librar de las garras de una aviesa corporación, Odysseus) un fabuloso tesoro inca. ¿Compañeros de viaje? Su fiel perro Jeff y un particular trío (el que forman el mercachifle Freddy y Sara, la bella hija de un prestigioso arqueólogo, con su pájaro Belzoni), con el que tendrá afrontar peligros, dificultades y sinsabores, hasta conseguir su objetivo.

EN UN PÁRRAFO....- Humor de un blanco 'detergéntico' para una cinta de animación a la que no se le puede poner ni un solo pero desde el punto de vista técnico (el grado de brillantez de sus formas la hace equiparable a la más deslumbrante producción usamericana del género), y que despliega una historia mil veces vista, cuajada de referencias correspondientes a historias precedentes, narrada, eso sí, con un pulso y ritmo muy bien llevados. Sacrificando el mínimo atisbo de riesgo en el altar de lo trillado, la respuesta del público infantil (al que se podría decir, sin exigeración, que va exclusivamente destinado) avala el planteamiento de la producción, pero, más allá de las cifras, la falta de originalidad la condena, artísticamente, a un rápido olvido.

EN SU HABER.- 1, su aspecto visual, cuidadísimo, no solo en lo que atañe al diseño de los personajes, sino, muy especialmente, en todos los fondos y decorados, que adquieren una consistencia y un empaque que denotan el poderío presupuestario y técnico manejado; y 2, su ritmo narrativo, ágil y vivo, como corresponde a lo que, en cualquier caso, no deja de ser un film de aventuras de corte clásico: ochenta y cinco minutos de movimiento sin prisa y sin pausa, que pasan en un suspiro.

EN SU DEBE.- 1, la profusión con que se mueve en esa delgada y sutil línea que separa el
guiño/homenaje cinéfilo con el fusilamiento puro y duro de material previo (tanto de material de animación como de cine convencional), algo que ayuda poco a que la propuesta, desde el punto de vista de su creatividad, brille a la misma altura de su despliegue técnico; 2, la escasa originalidad en el dibujo de sus personajes, tanto humanos como animales, que no trascienden, en ningún momento, los estereotipos en los que se mueven (y que impiden que la cinta pueda resultar de interés para un público adulto); y 3, 'Ahora vas y lo cascas'; ¿hasta cuándo...?

UNA SECUENCIA.- No sé si Enrique Gato habrá contado con las bendiciones de Spielberg al respecto, pero no le ha quedado nada mal esa persecución de la bola de fuego al heterogéneo grupo de perseguidores del tesoro inca: intensa y emocionante, comme il faut...

CALIFICACIÓN: 5 / 10.-

viernes, 7 de septiembre de 2012

Woody Allen, el 'excursionista'


Leo en el último número —el del presente mes de setiembre— de la revista Fotogramas, una entrevista a Woody Allen, con motivo del inminente estreno de su último film, ‘A Roma con amor’. El texto no deja de ser una entrevista promocional de manual, repleta de loas y tópicos en torno al objeto de la promoción; en ese sentido, nada digno de especial mención, ni para bien ni para mal. Pero hay dos cuestiones puntuales, de índole más general, que me llaman poderosamente la atención. Una, es la relación de países (concretamente, Rusia, China, Argentina, Brasil, Suecia, Dinamarca, Alemania y Austria, entre otros) que, según hace constar el autor de la entrevista —Álex Vicente— que manifiesta el director (y no tengo motivo alguno para dudar de la veracidad ni del uno ni del otro), se han ofrecido a Woody Allen para albergar el rodaje de su próxima película. Y la otra es la manifestación, rotunda y palmaria, del propio Allen (y tampoco tengo por qué dudar que así de rotunda y palmariamente lo haya expresado) de que él está dispuesto a ir a rodar sus películas allá donde le ofrezcan el dinero necesario para ello. Más claro, agua…

Y es una lástima. Desconozco el estado de las cuentas personales de Woody Allen; no sé si el mismo le permitiría retirarse de toda actividad remunerada sin merma del (opulento) tren de vida que ha venido manteniendo hasta la fecha: sus querencias intelectuales y su aspecto sencillo y desgarbado no deberían llevar a engaño sobre tal circunstancia. Pero que alguien que ha exhibido el talento cinematográfico de Allen durante tantos y tantos años, y tantas y tan extraordinarias películas, haya decidido dedicarse ya de manera explícita y permanente al cine a subasta y demanda, con todo lo que ello comporta, no deja de ser una auténtica lástima, especialmente para aquellos que profesamos un cierto cariño por el corpus cinematográfico alleniano, compuesto por un buen puñado de cintas entre las cuales, y más allá de los inevitables altibajos de nivel artístico (imposibles de soslayar cuando se es tan prolífico como él), no falta un buen puñadito de obras maestras.

Así que, amigos lectores, ya saben: la colección de vídeos turístico-promocionales (larga duración) iniciada con ‘Vicky Cristina Barcelona’ (de la que, casualmente, me escapé…), y continuada con los correspondientes a París y Roma, parece que gozará de una addenda tan extensa como permita la longevidad  del autor y la generosidad con que extiendan sus cheques los productores locales de turno. Eso sí, a mí, que ya piqué ingenuamente con su ‘Midnight in Paris’ —esa celebradísima cinta, que concitó un entusiasmo crítico generalizado que sigue constituyendo, para este torpe juntaletras, un misterio más profundo que el de la santísima trinidad…—, no me volverá a pillar. Para documentales sobre ciudades, los de Lonely Planet o los del National Geographic; y para paliar las penas cinéfilas, quitarles las motillas de polvo a los DVD de ‘Hannah y sus hermanas’, ‘Misterioso asesinato en Manhattan’, ‘Delitos y faltas’ o alguna que otra similar, y darle al play. Asunto resuelto…

* Grageas de cine LXXX.-

* La fotografía que ilustra esta reseña es obra de ThomasThomas, y se publica bajo una licencia Creative Commons.-

miércoles, 5 de septiembre de 2012

Prometheus (U.S.A., 2012)

Viene siendo un lugar común, en los numerosos apuntes críticos que he tenido ocasión de leer, oír y/o ver, en diversos medios, sobre ‘Prometheus’, el aludir a que se trata de un film que peca de indefinición, en la medida en que no se decanta claramente por uno de los dos polos ‘tonales’ entre los que se mueve: el de la peli de terror pura y dura, en la que el monstruo protagonista marca, a sangre y fuego, el desarrollo de la acción; y el del film de ‘tesis’, en el que prima la reflexión acerca de sesudas y profundas cuestiones morales y filosóficas (aquello tan manido y sobado del quiénes somos, de dónde venimos, y tal, y cual, y pascual…).

Y me pregunto yo, después de haber visto el film: ¿por qué esta película —o cualquier otra— tiene que renunciar a ese punto ecléctico y disperso, y decantarse por una línea clara, concreta y específica? Más allá de sus ampliamente pregonados agujeros de guión (que a alguien que, como yo, no ha visto las películas de la saga Alien, con la que ésta entronca argumentalmente, le cuesta mucho detectar) o de que sus proclamas o mensajes filosóficos puedan resultar ingenuos, naif o pretenciosos, a mí ‘Prometheus’ me ha parecido un divertimento magníficamente rodado, con una ambientación asombrosa (y sobre la cual me trae absolutamente el fresco el cálculo y distribución porcentual de efectos digitales y analógicos: mi pobre y limitado ojo es incapaz de apreciar en pantalla la diferencia entre unos y otros) y un ritmo narrativo intenso y potente.

¿Funciona? Como tesis filosófico-doctoral o biblia para confusos y atormentados, es probable que no (parece que la tercera entrega de Batman, con la que ha compartido presencia en cartelera, funciona bastante mejor en ese sentido, aunque eso es algo que aún no he podido constatar de manera directa). Pero como cine palomitero de nivel, rotundamente sí. Para algunos (por ejemplo, para mí), suficiente; el alimento del espíritu lo busco en otros pesebres... 

* Grageas de cine LXXIX.- 

* Nota complementaria: como se supone que esto del cine me sabe a poco, he abierto un nuevo blog, dedicado a temas deportivos. Con lo cual, a todos los que el presente leyeren y entendieren, se hace saber tal evento. Un enlace a él, aquí.

miércoles, 22 de agosto de 2012

Ted (U.S.A., 2012)

SINOPSIS ARGUMENTAL.- John Bennett es un chico triste y solitario, cuya mayor ilusión en la vida es tener un amigo con quien poder hablar. Ted, un osito de peluche, regalo de sus padres en Nochebuena, se convertirá en ese amigo especial a cuyo lado John crecerá y se convertirá en un adulto jocoso e inmaduro, enganchado a la marihuana y a las pelis de serie B —actitudes y aficiones a cuyo sustento contribuye poderosamente la 'colaboración' de tan peculiar osito—, al que su relación con la bella Lori Collins, una chica madura y con aspiraciones vitales bastante más estables y convencionales, parece venirle un tanto grande. La tensión entre esos dos polos de atracción personal y de exigencia de fidelidad emotiva dará lugar a que John tenga que decidirse y madurar. O no tanto....

EN UN PÁRRAFO....- Caca-pedo-culo-pis: combinación de cuatro palabras a la que, si se añade algún otro vocablo más de índole similar (aunque algo más subidillo de tono...), se encomienda esto que no deja de ser una variante (pretendidamente) gamberra de la comedia romántica, y pelín ñoña, de toda la vida, en la que la introducción de un tercer elemento que juega, a nivel de estructura argumental, un papel de distorsión y distracción que lo convierte en polo máximo de atención (no en balde el osito Ted es la auténtica estrella de la función...), constituye una premisa narrativa de cierto interés que muy pronto se revela de un potencial muy limitado: al final, el pelo que se revela más significativo no es el que recubre al osito, sino el que se le toma, de manera descarada, al espectador que espera un producto con más vitriolo. Jugar la carta de la provocación con el freno de mano apretado suele dar lugar a este tipo de resultados; se amplia el espectro de público potencial, pero la capacidad de impacto de la cinta se resiente. Otra vez será...

EN SU HABER.- Lo conseguido del contraste entre la apariencia tiernamente angelical del osito Ted (un peluche de catálogo, vaya...) y lo disoluto de sus hábitos expresivos y de vida; vía que, como premisa de arranque, y en su planteamiento inicial, es tremendamente prometedora (claro, que lleno está el mundo de promesas quebradas...).

EN SU DEBE.- 1, que, en el fondo, y visto lo visto en su resolución argumental, hayamos de terminar concluyendo que los exabruptos y salidas de tono del osito son mera pose, y que, tras ese barniz superficial de provocación e incorrección política, lo que hay es eso, un peluche (y no solo en el sentido literal del término); y 2, esa horrenda costumbre (no por extendida, menos execrable) de introducir, vía doblaje, 'morcillas adaptativas' (léase, alusiones y menciones a personajes y expresiones del famoseo y marujeo nacional) con las que ganarse unas risas complementarias (y que no tienen nada que ver con la voluntad e intención de los implicados en la cinta, aunque a éstos, supongo, tal circunstancia les debe traer absolutamente sin cuidado).

UNA SECUENCIA.- La fiesta organizada por Ted con la presencia de Sam J. Jones (el protagonista de Flash Gordon) como máximo señuelo con el que engatusar a su colega John: el desmadre que se organiza y la pelea con que culmina son una buena muestra de lo que podría haber dado de sí la cinta, moviéndose en el tono humorístico con el que se maneja, con una mayor propensión al desmelene. Cámara en movimiento espídico y mamporros a diestro y siniestro: no hay, en última instancia, más carga de fondo que en el resto del film, pero algo de ritmo sí que se le imprime...

CALIFICACIÓN: 4 / 10.-

domingo, 12 de agosto de 2012

'Thriller' (U.S.A., 1983)

Aunque siempre he preferido escribir a libre elección, nunca he tenido nada en contra de la escritura por encargo (y, de hecho, la he practicado en numerosas ocasiones, sin mayor problema de orden técnico, moral o económico —ya los hubiera querido, ya...—). De todos modos, y como casi todo en esta vida, no todos los encargos son iguales; es más, hay algunos que son particularmente especiales. Hoy atiendo uno de esta índole, y aún no sé si terminaré desvelando el motivo de ello.

Me han encargado —y gustosamente cumplo la encomienda— escribir una reseña sobre el videoclip del 'Thriller', de Michael Jackson; ese mismo que, por cortesía de Youtube, ilustra este texto a él dedicado, no porque dude de que, a esta alturas del partido, haya algún amigo lector (o amiga lectora) que aún no lo haya visto, sino porque bien cabría la posibilidad de que, como en mi caso, haya quien lleve muchísimo tiempo sin revisarlo, y espero que estas torpes líneas le inviten a hacerlo. Eso fue lo que hice yo ayer mismo: revisar una pieza que hacía muchísimos años que ví por última vez.

Y lo hice para volverme a quedar deslumbrado ante la brillantez de la misma.

Situémonos en contexto. Estamos a principios de los años 80 del pasado siglo. La extensión (que empezaba a hacerse generalizada) de los aparatos grabadores y reproductores domésticos de video había hecho que los videoclips se convirtieran en piezas promocionales habituales de las canciones y grupos musicales de la época, cobrando un gran auge comercial e incrementando paulatinamente su nivel de creatividad artística (hasta un punto en que había ocasiones en que el nivel del videoclip llegaba a superar ampliamente el del tema musical al que pretendía dar soporte y difusión); esta circunstancia, naturalmente, hizo que el mundo del video musical empezara a atraer a gente talentosa relacionada con el mundo de la imagen (cine, televisión, publicidad): una mera cuestión (como siempre) de la conjunción adecuada de tiempo y dinero.

Y en éstas llegó Michael Jackson, un artista que ya había obtenido un notable éxito a lo largo de la década de los 70, acompañado de sus hermanos (los Jacksons 5), y que, tras 'soltar lastre', empezaba a despuntar como intérprete en solitario a finales de esa década: una hermosa y bien modulada voz, un profundo magnetismo personal y, sobre todo y especialmente, unas dotes de bailarín que lo convertían en un artista integral, un dominador del escenario como pocos haya habido en el 'bisnes' del entretenimiento, lo convertían en una baza a la que poder apostar sobre seguro. ¿Qué le hacía falta? Una plataforma a la altura de tan descomunal talento. En 1982, el productor musical Quincy Jones se la iba a proporcionar con el que, sin temor a exagerar, se puede calificar como uno de los mejores discos de la historia del pop comercial: 'Thriller'.

'Thriller', el álbum, era (y es, sigue siendo) una colección de temas de música negra bailable de un nivel excepcional, una recopilación de auténticas joyas de la música disco. Que un producto así iba a otorgarle a Jackson la condición de artista legendario, aún en vida, era algo que estaba bastante claro. Que eso iría acompañado de unos niveles de venta en justa y adecuada proporción, también (el disco vendió, cuando aún se vendían discos, millones y millones de copias). Pero a que esos pronósticos, lógicos y razonables, llegaran a concretarse y cuajar, contribuyó en sumo grado esa pieza que ahí pueden ver: el videoclip de 'Thriller'.

Solo un año antes de que 'Thriller' saliera al mercado, John Landis, director cuyos inicios se habían movido en el ámbito de la comedia gamberra ('Desmadre a la americana', 'Granujas a todo ritmo'), había obtenido un notable éxito con 'Un hombre lobo americano en Londres', film de culto ínserto en el género de terror y del que se convirtió en santo y seña identificativo su mítica secuencia de la conversión del hombre en lobo (pueden localizarla fácilmente a través de esa inagotable fuente de material videográfico de cuyo nombre se puede prescindir con toda tranquilidad...). Partiendo de esos mismos mimbres (de hecho, su primera parte juega con una secuencia que reproduce, casi de manera íntegra, esa misma conversión lobo-hombre), Landis compuso y dirigió una pieza de orfebrería músico-cinematográfica de casi un cuarto de hora que vino a revolucionarlo todo: el mundo del videoclip (fue la primera pieza del género con una extensión y una vocación que excedían ampliamente los de su tema musical de referencia), el mundo del cine (el 'baile zombie' de Michael Jackson podría formar parte, por derecho propio y junto a las más insignes muestras de los clásicos del género, de cualquier antología del cine musical) y el mundo de la música, difícilmente concebible a partir de ese momento (en el ámbito, por supuesto, del pop comercial) sin la conjunción con un aparataje visual de cierto calibre.

No soy, ni lo fui nunca, fan de Michael Jackson, Quincy Jones, John Landis, la música disco, el género musical o el cine de zombies. No soy, pues, sospechoso de sometimiento a obnubilamiento alguno al respecto; pero creo que sería cicatero cualquier juicio de valor que no situara esta pequeña joyita en el nivel que se merece: el de una auténtica obra maestra. Por lo demás, si alguien, por favor, dispone de la receta para que, a la vista de la misma, no se le disparen los pies bajo la mesa (todo lo torpemente que se quiera, pero a toda pastilla...), mi hijo (que no es otra la persona que me hizo el encargo) y yo se lo agradeceremos enormemente: nunca se sabe cómo acaban esas cosas, y es mejor mantener la calma, sobre todo en noches de luna llena...


lunes, 6 de agosto de 2012

Roslyn Taber (Vidas rebeldes —The misfits—; U.S.A., 1961)

Roslyn Taber es una mujer de curvas sinuosas y carnalidad rotunda. Pero eso es mera apariencia: tras esa fachada que actúa como imán irresistible para todo hombre que pulula a su alrededor (y nunca falta alguno cerca), se esconde una mente clara, directa y simple. La de una mujer de sensibilidad afilada e incapacidad casi patológica para permanecer alejada de la sombra protectora de un galán apuesto y solícito, un macho alfa presto a satisfacer sus necesidades, infinitas, de afecto y cariño.

De ahí que, con la tinta de los papeles de su divorcio aún fresca, Roslyn, postergando las pretensiones de Guido (un tipo al que su arrojo a los mandos de su avión y su historial de piloto militar bragado y valiente no le dotan del atractivo físico del que carece), se eche en los brazos de Gay Langland, un cowboy de vuelta, un hombre que aprecia la libertad por encima de todas las cosas, aunque nunca deje de transmitirnos la impresión de que esa libertad no es más que una quimera eternamente perseguida y mil y una veces negada por la dureza de lo transitorio, lo eventual, lo inestable.

Para Roslyn, Gay es amante, y es padre, y es, en suma, ese hombre a cuya sombra sentirse segura y protegida, aun cuando ella sigue actuando como si el halo de deseo que su ingenuidad no calculada despierta a su paso, entre conocidos y desconocidos, no fuera más que un accidente del que su hombre, en un momento dado, siempre podrá librarla, gracias a su fuerza y su experiencia (ésas mismas que le servirán para domeñar caballos salvajes, pero no para evitar derrumbarse, como un niño desconsolado, cuando es incapaz de retener a sus hijos a su lado para presentárselos a Roslyn).

Hija de sus carencias, madre de sus expectativas, Roslyn Taber es solo el rostro rubicundo y el cuerpo vertiginoso de esa misma derrota que envuelve a Gay, a Perce o a Guido. La derrota de los desubicados, el fracaso de aquellos cuyo mundo se derrumbó (sin ruido, sin polvo...) sin dejarles una nota bajo la puerta que les dejara las cosas claras: 'Búscate uno nuevo'...

* Vidas rebeldes (The misfits; U.S.A., 1961), film rodado en un contrastadísimo blanco y negro por el simpar John Huston, constituyó el testamento cinematográfico de sus dos estrellas protagonistas, Clark Gable y Marilyn Monroe, fallecidas después de este que sería, para ambos, su último film. Esa circunstancia extracinematográfica dota a algunos de sus diálogos (con menciones explícitas de la muerte, del final) de una dimensión fatalista que acentúa aún más, si cabe, el tono crepuscular y de derrota que envuelve todo su metraje y lo convierte en una pieza de brillante tristeza.

* Los buenos buenosos XVIII.-

lunes, 30 de julio de 2012

Blog (España, 2010)


SINOPSIS ARGUMENTAL.- Marta, Laura, Aúrea… chicas de quince años, que asisten al mismo instituto, forman un grupo secreto (Makamat), cuy0 germen está en sus inquietudes y desvelos compartidos,  con las redes sociales como mecanismo básico de contacto, y que termina derivando en un proyecto común tan enloquecedor como comprometido, cuyos resultados, muy probablemente, se les puedan terminar yendo de las manos. Juegos de crías con resultados adultos…

EN UN PÁRRAFO.- Moviéndose en el mundo en el que lo han hecho exitosísimas series televisivas (el de una adolescencia acomodada, confusa y altamente hormonada), encumbradas por ese mismo público que se ve en ellas retratado, y manejando las temáticas y hábitos existenciales que cabe esperar de tal entorno, Elena Trapé tamiza su mirada a través de un artilugio formal que se basa en los mecanismos de comunicación (audiovisual cámara en mano; chats y mensajería instantánea vía Internet) que constituyen seña de identidad básica del colectivo protagonista de la cinta, y que dotan a ésta de un armazón formal desestructurado en su primera apariencia, pero que termina cuadrando en su configuración total. Una historia con un leit-motiv argumental tremebundo, que no deja de ser una suerte de mcguffin al hilo del cual ofrecer un retrato generacional y social sin pretensión de exhaustividad, pero fresco y sincero.

EN SU HABER.- 1, la impresionante naturalidad con que se desenvuelve un elenco de chicas totalmente desconocidas, que demuestran un saber hacer y un dominio de la expresividad ante la cámara difícil de encontrar en intérpretes más reconocidas y celebradas; y 2, su final sin desenlace, con lo cual no solamente elude entrar en juicios morales, sino que deja totalmente abiertos los escenarios posibles de evolución posterior de la situación (nada sencilla) que la actuación de sus personajes principales ha generado.-

EN SU DEBE.- 1, debido a su peculiar estructura narrativa, el film tarda en ‘ensamblar’ la mecánica del relato —al que, por tanto, le cuesta arrancar—, de manera que su comienzo, disperso y un tanto caótico, se constituye en un ‘obstáculo’ que hay que superar con algo de paciencia y buena disposición; una vez adquirida ‘velocidad de crucero’, la narración fluye sin problema alguno; y 2, aunque no sé si cabría calificarlo como ‘agujero de guión’ (uno de esos conceptos-tópico a los que acudir, socorridamente, en casos como éste), no deja de sorprenderme la actitud, tan homogénea, de los chicos ante el plan de las chicas, sin resquicio alguno para una reacción ‘disidente’; en fin…

UNA SECUENCIA.- Aunque, por momentos, su combinación de fondo musical y composición de los cuerpos en plano pueda llegar a recordarnos algún spot publicitario de colonia juvenil, la secuencia en la que Trapé nos muestra cómo se consuma el plan pergeñado por las ‘chicas Makamat’ consigue un desarrollo fluido y ágil, en el que el dominio de la sugerencia sobre lo explícito, lejos de resultar pacato, se limita a obviar lo meramente morboso. Elegante y sorprendente.

CALIFICACIÓN: 6 / 10.-

lunes, 23 de julio de 2012

Diez negritos (And then there were none; U.S.A., 1945)


SINOPSIS ARGUMENTAL.- Convocados por un misterioso y desconocido Sr. Owen, diez personas (siete hombres y tres mujeres) de los más diversos origen y condición, pero con un elemento circunstancial en común (el ser, al parecer, culpables de algún crimen horrible por el que no han respondido ante la justicia), se dan cita para pasar un fin de semana en una mansión ubicada en una isla sin comunicación alguna con el exterior ni más habitantes que los inquilinos de la casa. Tras las ineludibles presentaciones y la ubicación de los invitados en la casa, se empiezan a suceder, sin prisa y sin pausa, y al ritmo que marca una popular canción infantil, sus muertes, causadas, sin duda alguna, por uno de ellos. ¿Quién…?

EN UN PÁRRAFO….- Basada en una popular novela de la celebérrima Agatha Christie (conocida en España como ‘Diez negritos’), que toma como hilo de su trama una canción infantil de principios del siglo XX, esta versión de René Clair lleva a la gran pantalla el texto de la novelista británica con un trazo ágil y fresco, configurando un ‘whodunit’ de manual en el que la maestría de los intérpretes (todos ellos, sin excepción, geniales) y la habilidad en la creación de su atmósfera (hay en ella un componente lúdico que sobrevuela a la acción y la dota de un punto de divertimento, a la par que le resta ominosidad) consiguen que sus poco más de noventa minutos transcurran en un auténtico suspiro. Altamente recomendable.

EN SU HABER.- 1, que en una cinta en la que, pese a su reducida duración, las muertes no son solo el elemento fundamental desde el punto de vista de la cantidad (hasta un total de ocho se producen), sino el auténtico eje de la narración, solo aparezca una en pantalla, no cabe más que considerarlo un verdadero alarde en el uso de la elipsis como mecanismo (no) visual, y una demostración de la maestría de su realizador; y 2, no menos impresionante resulta un elemento que llama especialmente la atención, y que es el hecho de que la reducción progresiva del número de invitados (a medida que el asesino va acabando con ellos) no merma (más bien al contrario, parece acrecentarlo) la incertidumbre acerca de quién pueda ser el autor de los asesinatos: con ello, el suspense queda salvaguardado y, con ello, el interés del espectador, sometido a un crescendo que no pierde comba en ningún momento.

EN SU DEBE.- 1, aun cuando su incrustación en el entramado narrativo resulta plenamente coherente, la secuencia en que Mischa Auer canta el famoso tema que da pauta a la trama (y que mi buen compa Josep glosó en fecha bastantereciente) demuestra que las dotes canoras del intérprete andan muy lejos de las declamatorias y gestuales; y 2, ¿era necesario que el final —ignoro sin con mayor o menor fidelidad al texto literario de base— hiciera una concesión tan descarada a un elemento afectivo que, hasta ese momento, no había pasado de ser un mero apunte sin mayor entidad? Igual sí, pero a mí no me terminó de convencer…

UN PLANO.- Cualquiera de los que se centra en la pieza de cerámica con los diez ‘indiecitos’, que, paulatina e inexorablemente, van disminuyendo en número, a medida que sus ‘trasuntos humanos’ van desapareciendo de la escena gracias al aplicado y métodico trabajo de uno de los concurrentes. Un mecanismo tan elemental como gráfico para marcar una pauta que no está sujeta al dictado del tiempo, sino a la voluntad del ejecutor.

CALIFICACIÓN: 7 / 10.-

lunes, 9 de julio de 2012

Katmandú, un espejo en el cielo (España, 2011)


SINOPSIS ARGUMENTAL: Laia, joven y entusiasta profesora barcelonesa, se embarca, con la única ayuda de una maestra local, Sharmila, en un proyecto educativo en una zona deprimida del Nepal, con el que pretende dotar a esos niños de una perspectiva de futuro que una realidad social muy adversa parece estar empeñada en negarles. Las numerosas dificultades que ha de afrontar no son más que un acicate para su férrea determinación, fruto de un carácter labrado en una infancia dura y precaria; pero hay un problema que se erige en un muro insalvable, y es el de la finalización de su permiso de estancia, algo que la obliga a tomar una decisión que, en principio, no estaba dispuesta a asumir: la de concertar un matrimonio de conveniencia que le permita permanecer en el país. A partir de ese momento, la relación de Laia con su esposo, Tsering, se convierte en un elemento que, por mor del carácter de él, va cobrando cada vez mayor peso en la vida de Laia. Pero no significa, ni muchísimo menos, el final de todos los problemas…

EN UN PÁRRAFO….- Profundizando y avanzando aún más en esa tendencia de cine social-internacional que ya iniciara con ‘También la lluvia’ —circunstancia en la que pesa sobremanera su pareja sentimental y coguionisa, Paul Laverty—, Iciar Bollaín se embarca en una nueva aventura lejos de nuestras fronteras (lejanía no solo física, sino, sobre todo y muy especialmente, mental y cultural), para, basándose en el texto literario de Victòria Subirana, ofrecer un drama intenso (rayano, puntualmente, en lo desaforado) en el que el leit-motiv argumental del trabajo educativo de su protagonista no pasa de ser un soporte temático sobre el que abrir un abanico (que a este escribiente se le llega a hacer, en un momento dado, excesivamente amplio) de cuestiones y episodios con un marcado sentido crítico progresista. Más allá de lo que uno pueda conectar emocional e ideológicamente con tales premisas (es mi caso…), el desarrollo narrativo se resiente, quizá, de la vieja enfermedad del mucho abarcar y poco apretar: conjugar la pretensión de profundidad con la multiplicidad de subtramas es lo que suele tener. Pero no se le puede negar valentía y arrojo a la autora, no…

EN SU HABER.- Verónica Echegui; su desempeño dando vida a la profesora Laia, con toda la carga de entusiasmo y capacidad de lucha que el personaje alberga, alcanza un nivel que llega a situarse incluso por encima del de la historia en el que se desarrolla, y termina arrojando como resultado final una creación creíble y convincente, incluso en aquellos pasajes en que, por lo radical de su dramatismo, hubiera sido esperable un cierto deslizamiento hacia el exceso. Aquí hay madera de gran actriz, y solo cabe esperar que sus elecciones profesionales la guíen por el camino más acertado para ello (también está lo de Hollywood, pero ya se sabe cómo suele terminar eso…).

EN SU DEBE.- Los flashbacks; en el ánimo (presunto o probable) de que los mismos no entorpezcan, ni ralenticen, el ritmo narrativo, Iciar Bollain los despacha con una celeridad absolutamente incompatible con el propósito al que han de servir en el contexto del relato (que no es otro que el de darnos información de referencia sobre el pasado de la protagonista que nos permita entender algunas de sus pautas de comportamiento en el presente de la narración). Entre la delectación morosa en ese pasado (que puede, efectivamente, hacer lenta o pesada la cinta) y las ráfagas a vuelapluma con que ‘Katmandú’ lo recoge (en las que, en la práctica, no te enteras de nada, o casi nada), hay un punto medio que, desde luego, no se ha alcanzado.

UNA SECUENCIA.- Laia y Tsering marchan a la boda de la hermana de éste, en las montañas de Nepal: un ritual sencillo y colorista pone una nota de frescura y felicidad en una trama en la que, precisamente, no sobran situaciones de perfil alegre. La postal turística merece la pena…

CALIFICACIÓN: 6 / 10.-

miércoles, 4 de julio de 2012

Un concurso cinematográfico

Haciéndome eco (aunque con un pelín de retraso; el sino de este verano abrasador...) de la convocatoria que me hace llegar el compañero Roberto, de la Guía del Ocio, recojo y difundo en esta humilde cibercasa la existencia de un concurso, patrocinado por dicha publicación, y que, bajo el título de 'Las 7 magníficas', invita a asistir al festival de Sitges a quien consiga acertar siete preguntitas de cultura cinematográfica. Nada, que lo tiran...

Información más detallada sobre el concurso, bases y demás, a su entera disposición en el siguiente enlace: http://www.guiadelocio.com/blogs/las-7-magnificas/bases-del-concurso-las-7-magnificas.

Que lo disfruten, amigos lectores, y mucha suerte.

martes, 3 de julio de 2012

La obsesión (Premature burial; U.S.A., 1962)


SINOPSIS ARGUMENTAL.- Guy Carrell vive obsesionado por la posibilidad de ser enterrado vivo; pese a lo que le señala su hermana, él está convencido de que así murió su padre, víctima de un proceso cataléptico, y piensa que puede sufrir el mismo trágico final. Pese a que esa idea recurrente le amarga y paraliza, Emily, su prometida, está empeñada en casarse con él y, a partir de ese matrimonio, ayudarle desterrar esa idea de su mente, contando para ello con la colaboración de Miles Archer, joven y apuesto médico que trabaja con su padre. Pero diversos incidentes parecen conspirar contra esas intenciones, y van abocando a que Guy, lejos de abandonar su obsesión, vea la misma cada vez más reforzada. Para intentar romper esa dinámica, decide enfrentarse al fantasma de su padre muerto, sacando su cadáver de la cripta en la que se encuentra para comprobar cómo murió efectivamente: una determinación aciaga que no hace más que precipitar una serie de acontecimientos funestos…

EN UN PÁRRAFO….- Milland, Corman, Poe. Un trío prolífico y fructífero que, en la primera mitad de los sesenta, ofreció un buen puñado de películas de terror sujetas a un patrón muy específico (y eficaz…): duración contenida, presupuesto en la misma línea, ambiente formal opresivo y apelación a mecanismos emocionales básicos para generar la reacción deseada (el pánico del espectador). Ésta, ‘La obsesión’, constituye, en ese sentido, una muestra canónica de tal línea de producto, y, en poco menos de noventa minutos, traslada a la pantalla un relato del simpar Edgar Allan Poe, en el que la angustia y la intriga, personificados en el rol que encarna un veterano y solvente Ray Milland, siempre moviéndose entre neblinas pantanosas y catafalcos plagados de cretonas y fieltros, termina instalándose en el corazón (y la tripa) de quien se somete a su visionado. Aceptadas sus premisas, formales y temáticas, uno no puede más que caer rendido a la evidencia: la fórmula funciona, vaya que sí…

EN SU HABER.- 1, la extremada armonía de los escenarios físicos (todos de estudio, y, en su inmensa mayoría, en interiores) en que se desarrolla la trama, un conjunto de estancias sobrecargadas y barrocas en las que, pese a lo abigarrado de su conjunto, nada chirría ni desentona, creando eso que un dominical de medio pelo llamaría, sin empacho alguno, un ‘marco incomparable’ y, sobre todo, especialmente adecuado para imprimir al tono del film esa pátina de oprobio y sobrecogimiento con que se induce al miedo: un acierto indudable; y 2, la introducción, en su cierre, y muy sorpresivamente, de un elemento propio de un género ajeno a aquel en que se ha desenvuelto toda la trama, lo cual proyecta una visión diferente sobre la misma; aunque pueda parecer algo abrupto, por el poco tiempo con que se sustancia, no quiebra el equilibrio general de la cinta.

EN SU DEBE.- Puestos a señalar algún punto débil en una propuesta tan ajustada, quizá quepa apuntar el de la tendencia de los personajes, en algunas secuencias puntuales, a moverse de manera un tanto espasmódica, con desplazamientos que no parecen obedecer a otra intención que la de expresar una desazón que no se corresponde con la situación dramática que se desarrolla en la pantalla. El baile de San Vito casa más propiamente con el género musical que con este del terror gótico…

UNA SECUENCIA.- A Guy no se le ocurre fórmula más contundente para aplacar sus demonios interiores que la de construirse un mausoleo muy ‘sui géneris’, repleto de complementos y utilidades con las que poder evadirse de una hipotética situación de ‘muerte ficticia’, derivado de un accidente de catalepsia: todo un derroche de 'gadgets' decimonónicos con los que conjurar su temor más acendrado. Una pesadilla padecida tras una accidentada salida a los jardines de su mansión, le revelará lo absurdo de sus pretensiones: todas y cada una de sus ingeniosas soluciones se muestran absolutamente inanes y quedan desactivadas por el deterioro que el paso del tiempo ha impuesto sobre los objetos en que se basaban. Música hipnótica, imágenes borrosas y desesperación creciente, hasta el clímax final de la escena: no quisiera yo muchas pesadillas así para mis noches de mal dormir…

CALIFICACIÓN: 7 / 10.-

viernes, 29 de junio de 2012

Overmind (España, 2012)

La gente de Blue Goblin Studio me da cuenta de su última creación: 'Overmind', un corto (pero corto, corto de verdad: apenas supera los dos minutos de duración...) experimental, con un aspecto visual francamente llamativo. No es la octava maravilla del mundo, pero sí que resulta visualmente bastante curioso.

No sé si esto es una manera adecuada de romper la 'sequía escritora' que me viene aquejando (motivada por una mezcla de abulia, desgana, exceso de calores y sobrecargas de tareas variadas), pero, a falta de otra, espero que les valga a mis sufridos lectores. Que ustedes lo disfruten y tengan buen fin de semana.


martes, 12 de junio de 2012

Gangs of New York (U.S.A. y otros, 2002)


* NOTA PREVIA.- Después de muchísimo tiempo (casi cuatro años, ahí es nada...) sin publicar ninguna reseña correspondiente a esta sección, retomo la misma: algo lógico, si se tiene en cuenta que, en el tiempo transcurrido entre la anterior y ésta, mi ratio entre películas estrenadas y películas vistas (que ya era, para mi vergüenza, escandalosamente bajo), aún se ha reducido sustancialmente. En fin...

POR QUÉ NO LA HE VISTO (TODAVÍA...).-

- Porque una peli de 166 minutos (da igual si la firma Agamenón o su porquero; ah, que estos dos no tenían nada que ver el cine; perdón…) siempre es una peli muy, muy larga. Ya lo dijo aquel filósofo (¿o era un furgolista?): ‘Noventa minuti en el Bernabeu son molto longo’; y, ya ven, en este caso son, prácticamente, el doble (mejor no pensar en lo que hubiera terminado resultando, en ese aspecto, de no haber tomado cartas en el asunto la ‘tijera weinsteiniana’…).

- Porque yo no le voy a negar a Daniel Day-Lewis su condición de gran actor (mi osadía jamás llegaría a tanto, supongo…), pero verle con ese bigotazo y esa vestimenta de corte más bien payasesco, me causa un reparo estalístico que no sabría explicarles muy bien, pero que ustedes, amigos lectores, seguro que entienden perfectamente…

- Porque existe cierto consenso crítico a la hora de apreciar en la cinta un punto de desequilibrio entre lo visual y lo narrativo (a favor, obviamente, de lo primero —no hay que olvidar que, en lo formal, estamos ante una superproducción de altísimo caché—), y uno todavía tiene ese prurito (que sí, anticuado, ya lo sé) de que, si la historia no carbura (y no es que en este caso sea así exactamente, pero…), no hay parafernalia (ni director de arte) que levante el invento.

- Porque siempre hay alguna otra interesante que ver, y, total, ya habrá tiempo y ocasión, ¿no?

POR QUÉ QUIERO VERLA (Y LA VERÉ -UN DÍA DE ÉSTOS, SUPONGO...-).-

- Porque, más allá de la controversia que, inevitablemente, acompaña a todos los autores de renombre (y no creo que haya duda alguna de que Scorsese ostenta tal condición, aun cuando se le venga acusando de un cierto ‘bajón’ en estos últimos años), a los ‘grandes’ (también daremos por bueno que Scorsese lo es) siempre hay que acercarse desde el convencimiento de que, incluso en sus ‘patinazos’ (y tampoco está claro que éste lo sea), seguro que hay destellos y apuntes del cine que llevan dentro (o aquello de que el que tuvo, retuvo…).

- Porque, sin cuestionar los méritos de sus intérpretes principales (Leo DiCaprio, Daniel Day-Lewis y Cameron Diaz), hay tres nombres en su reparto que ya me hacen abrigar expectativas más que elevadas: Brendan Gleeson, Jim Broadbent y John C. Reilly. Si ponemos el talento de los tres en una báscula, le reventamos los muelles, vaya que sí…

-Gran manzana y gran batalla; ninguno de los dos territorios es ajeno a las querencias más acusadas del amigo Martin, de manera que ya solo el cariño garantiza que algo apetitoso ha de salir de ahí, aun cuando la manzana poco tenga que ver, dada la distancia temporal, con la que habitualmente ‘mastica’ Scorsese, y la batalla también cuente con unas connotaciones muy particulares (nada que ver con las peripecias de La Motta; aquí, el ring se expande a dimensiones mucho más abiertas).

- Porque hay que verlas todas, ¿no...?

* Las que no he visto VIII.-

lunes, 4 de junio de 2012

Escalofrío en la noche (Play misty for me; U.S.A., 1971)


SINOPSIS ARGUMENTAL.- Dave Garber es un joven y atractivo locutor radiofónico, presentador de un programa musical nocturno en una emisora de Carmel (California). Su palmito y su labia le granjean el favor de un elevado número de chicas, con las que él mariposea en devaneos sin mayores pretensiones, y a ellas viene a sumarse una nueva admiradora, Evelyn, que le pide noche tras noche el tema musical ‘Nebuloso’. Dave y Evelyn terminan conociéndose en el bar en el que él suele tomar la última copa antes de llegar a casa, y, dada la falta de prejuicios de ambos al respecto, acaban solazándose en la cama. Una muesca más en el cabecero, para Dave; pero no es ésa la visión que del episodio tiene Evelyn, que aspira a algo más, mucho más, de manera que lo que empieza siendo solo un pequeño engorro para las aspiraciones de Dave de asentarse sentimentalmente (entablando una relación de noviazgo convencional con Tobie, una joven y bella artista plástica), alcanza muy pronto las dimensiones de un serio problema, que aún adquirirá tintes más dramáticos que los que, en un principio, cabría esperar.

EN UN PÁRRAFO….- Cuando su carrera como actor ya había marcado varios hitos importantes, Clint Eastwood debutaba en lides de dirección con este thriller ‘psicopático’ de factura tersa, limpia e intensa, demostrando unas maneras que aún habrían de mejorar sustancialmente (hasta alcanzar la maestría derramada en sus obras magnas de los últimos veinte años), pero que ya permitían vislumbrar que talento cinematográfico no era algo de lo que Clint anduviera escaso. Una pieza de entretenimiento con un fuerte componente musical (tanto en lo temático como en lo ambiental), y en la que el suspense de corte hicthcockiano se alterna con audacias de índole erótico-festiva muy propias de esa época de aperturismo (los 70’ de camisas floreadas y campanas de pantalón de tamaño catedralicio…) en que surgía la propuesta (aunque tampoco le falten apuntes de un pretendido romanticismo, que, vistos a día de hoy, quizá quedan un tanto ñoños). Más allá de sus numerosos guiños visuales al corpus cinematográfico de sir Alfred, muy interesante…

EN SU HABER.- 1, la dosificación de la información (y de la acción), manejada con un tempo que, aun siendo pausado, no resta agilidad a la evolución narrativa, de manera que el relato avanza con brío e intensidad; un mecanismo de relojería (incluso en sentido literal) a cuyo correcto funcionamiento, tratándose del género del suspense criminal, se encomienda la suerte de la cinta (y que aquí se gestiona con notable acierto); y 2, la concepción del personaje antagonista, una psicópata de manual que, bien interpretada (salvo algún exceso puntual) por la televisiva Jessica Walter, avanza, con una modernidad galopante, la configuración de un arquetipo que el cine de décadas posteriores explotaría, con notable éxito comercial, hasta la saciedad (y el aburrimiento, también…).

EN SU DEBE.- 1, alguna concesión (comprensible, por otro lado) al exhibicionismo del protagonista (y director; he ahí el quid de la comprensión), que pasa buena parte del metraje en paños menores, para disfrute de la vista de sus admiradores de uno y otro sexo —aunque bien mirado, de todos modos, y teniendo en cuenta el vestuario que suele utilizar el personaje (algo que también valdría para su némesis, la enloquecida Evelyn), igual esta circunstancia habría que consignarla más bien en el haber…—; y 2, la secuencia en que Dave Garber pasea románticamente junto a su amada Tobie, con el fondo musical de un meloso tema de Roberta Flack: esas florecillas, esa puesta de sol; un contrapunto quizá excesivo al tono ominoso en que se mueve la línea argumental básica del film (y un apunte sensiblero que ha envejecido con escasa fortuna).

UNA SECUENCIA.- Tras una noche de 'intenso debate', Dave y Evelyn se despiden, con las primeras luces del día, en la puerta de la casa de él. En ese momento, aparece un vecino que les increpa porque no le dejan dormir con sus voces, y, ante la sopresa (preocupada) de Dave, Evelyn se revuelve contra él con una agresividad tan inusitada como injustificable. Es una escena sencilla, y sin aparente trascendencia, pero que marca un punto de inflexión en una relación aún incipiente y que ya 'apunta maneras' en cuanto a las complicaciones que acarreará para nuestro 'hombre de la radio'. A partir de ahí, un crescendo suave, pero implacable...

CALIFICACIÓN: 7 / 10.-

miércoles, 30 de mayo de 2012

Celos (España, 1999)

AITANA, MON AMOUR... 

* Este artículo fue publicado originariamente en mi antiguo blog (El (viejo) glob de Manuel) el 1 de mayo de 2006, bajo el epígrafe Grageas de cine.

Varios años después de su primer visionado, vuelvo a ver Celos (1999), la última película "no histórica" que dirigió Vicente Aranda -tras ella, vendrían Juana la Loca, Carmen y Tirante el Blanco- y un ejercicio demostrativo de la comodidad con que se desenvuelve este veterano director en historias de este corte: tórridas, pasionales, y con el sexo como motor de la acción (y no me refiero a la mayor o menor explicitud -siempre suele ser mayor...- con que se muestra en pantalla, sino al peso que el mismo cobra como elemento determinante en las decisiones de los personajes que hacen avanzar la trama). 
 
Y, al igual que ya sucediera en Amantes -film con el que muestra concidencias numerosas, tanto en lo sólido de su pulso narrativo como en los elementos argumentales que comparte con él (triángulo de personajes implicados en una relación -aunque, en este caso, a diferencia de aquél, en planos temporales diferenciados-, maniobras y engaños de unos y otros en pos de sus particulares objetivos...)-, también en Celos el rubro interpretativo es de un primerísimo nivel: Daniel Giménez Cacho hace una interpretación soberbia, y, al igual que su compatriota Arturo de Córdova en la mítica Él (1952), de Luis Buñuel, aunque con un puntito menos histriónico, consigue trasladar a la pantalla toda la angustia enloquecedora que los celos incontrolados pueden provocar en un hombre inseguro, tímido e introvertido; Aitana Sánchez-Gijón le responde a idéntica altura, componiendo una Carmen que alterna sus arrebatos salvajemente pasionales -lo cual, por otro lado, nos brinda unas exhibiciones físicas que nada tienen que envidiar a las tan celebradas por los mitómanos eróticos de las mucho más "habituales" Maribel Verdú o Victoria Abril- con una cotidianidad cuya templanza y sencillez rutinaria hacen difícilmente imaginables los anteriores; y los secundarios -especialmente, María Boto, con un trabajo deliciosamente solvente, pero también, en papeles bastante más reducidos en presencia y extensión, Alicia Sánchez y Luis Tosar-, que no desmerecen en lo más mínimo a los dos protagonistas.

En suma, una propuesta interesante y digna de atención, a la cual, si hay que ponerle algún pero, es la de un final excesivamente truculento, cuyas pretensiones (especialmente, en lo que se refiere a su resolución desde el punto de vista visual) se le escapan por completo al autor de estas líneas, aunque le resultan excesivamente grandilocuentes, y, en consecuencia, poco congruentes con el tono general de la película. Un borrón que no empaña la valoración global, positiva, pero que deja un regusto desagradable en el momento más inoportuno. Aun así, muy recomendable, amigos lectores. Tengan feliz semana...

* Antecedentes penales (El (viejo) glob de Manuel) XX.-

* Grageas de cine XII.-
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