viernes, 24 de junio de 2011

Hermano (Venezuela, 2010)

FAMILIA Y EQUIPO.-

Fútbol y balas. Y no, no me estoy refiriendo a ese penoso y trágico episodio que supuso el asesinato del defensa de fútbol colombiano Andrés Estrada, autor de un gol en propia meta en el Mundial de Estados Unidos de 1994 que le costó el ser ejecutado por la mafia de las apuestas de su país. Afortunadamente, en este caso nos encontramos en el territorio de la ficción, y ese binomio, de apariencia tan poco conciliadora, es el que se da cita, como pivote argumental, de “Hermano”, un film venezolano que firma el director Marcel Rasquin, y que, tras un periplo relativamente exitoso por numerosos festivales internacionales en todos los rincones del mundo (desde Moscú a Los Ángeles, pasando por Shanghai o Viña del Mar), llega ahora a las pantallas comerciales españolas, para ofrecernos la historia de dos hermanos cuyo sueño y aspiración es el triunfo deportivo, mediante la dedicación al fútbol profesional, como vía de escape respecto a un entorno familiar y social fuertemente degradado, cuajado de trampas y dificultades, y en el que la salida “natural” para jóvenes sin recursos ni esperanzas suele estar asociado a la pólvora y el crimen.

“Hermano” se inserta, pues, en esa línea de cine de tintes sociales, condimentados con un trasfondo de drama violento, en la que varios títulos del cine latinoamericano reciente (desde “Ciudad de Dios” hasta “Amores perros”, pasando por “María llena eres de gracia” o “Mundo grúa”, entre muchos otros) han conseguido un notable prestigio crítico a nivel mundial, así como una notoriedad que, probablemente, resulta mucho más difícil de alcanzar para propuestas inscritas en otras coordenadas temáticas y/o tonales. Y presenta, como otro de sus activos más interesantes, el de la encarnación de sus personajes protagónicos por parte de un elenco de jovenes actores, con especial mención para sus dos centrales (dicho sea sin segundas futboleras...), los dos hermanos a que se refiere el título, a cargo de Fernando Moreno y Eliú Armas; dos perfectos desconocidos, con escasos bagaje y experiencia, pero de los cabe esperar un trabajo tan fresco como intenso (a ello apuntan las referencias existentes). No será éste un film de público masivo, obviamente, pero sí puede ser una propuesta que, desde sus limitaciones, abra aún más el abanico de países de habla hispana que se incorporan a un mercado cinematográfico cada día más abierto.

* Apuntes sobre el cine que viene LXIII.-

Confucio (China, 2010)

A LO GRANDE.-

Los grandes personajes históricos siempre han sido un magnífico pasto para el celuloide: biografía contrastada y conocida garantizan un conocimiento previo del personaje que ya encarrila el trabajo argumental y asegura que habrá una masa importante de público que, como mínimo, estará espoleada por la curiosidad de constatar con qué grado de fidelidad, audacia o respeto ha sido tratado el mismo. Que Confucio es un gran personaje histórico, no cabe ninguna duda; pero también es bien cierto que su dimensión mítica y legendaria se proyecta, especialmente, en el ámbito geográfico en que desarrolló su existencia —o sea, China—, lo cual significa que, en contrapartida, para el público occidental, el acercamiento a su figura se hace mucho más distante e ignoto. ¿Equivaldrá ello a un menor interés por un film basado en su figura? La ocasión de comprobarlo nos la dará el estreno, el próximo viernes, de “Confucio”, una grandiosa superproducción de origen chino, que ha contado con el respaldo del gobierno de ese país, y que traslada a la narración fílmica un fragmento fundamental de la vida del personaje.

A cargo del director Mei Hu (un perfecto desconocido por estos lares), y con un reparto encabezado por un intérprete que, sin que pueda llegar a considerarse una estrella conocida del gran público, sí que goza del estatus de actor bien conocido entre los más aficionados, como es Chow Yun Fat, “Confucio” nos ofrece un metraje generoso, por encima de las dos horas; un diseño de producción nada parco en espectacularidad, con profusión de secuencias en grandilocuentes planos generales dedicados a paisajes de extensión interminable, que nos pueden recordar al cine de David Lean; y un acercamiento que, por vocación comercial, debe conjugar los aspectos más enjundiosos y reflexivos de la biografía del personaje con aquellos otros elementos más fácilmente insertables en episodios de acción (en este caso, batallas de volúmenes épicos, con ejércitos integrados por miles de soldados; todo un derroche...). ¿Suficiente? La película ya ha podido ser vista en varios países (en los que ya se ha estrenado) y festivales, y la expectació que ha levantado no parece haber sido excesiva. ¿Y aquí? Lo veremos a partir del viernes.

* Apuntes sobre el cine que viene LXII.-

miércoles, 22 de junio de 2011

El fin es mi principio (Das ende ist mein anfang; Alemania-Italia, 2010)


Tono intimista y primacía de la palabra sobre la acción son dos elementos que, sin duda alguna, constituyen señas de identidad especialmente relevantes de una propuesta como “El fin es mi principio”, una coproducción italo-alemana, que, bajo la batuta del director germano Jo Baier (hombre curtido, sobre todo, en tareas de realización televisiva), lleva a la pantalla grande un texto literario del periodista y escritor italiano Tiziano Terzani —hombre de fuerte personalidad y experiencia vital rica e intensa— que, como en una suerte de memoria vital, plasma en el mismo la vivencia propia de los últimos tramos de su biografía, a través de un relato de iniciación del hijo, depositario de su legado espiritual y destinado a extraer del mismo una palanca desde la cual proyectar su propio trazado. Empeño nada fácil, en la medida en que estos textos en que prima la reflexión abstracta y la introspección personal no son la materia más frecuente del relato en celuloide, y siempre es sencillo que su plasmación en imágenes derive en lo plúmbeo y aburrido.

Para conjurar tal riesgo, nada más apropiado que el contar con un intérprete solvente, alguien capaz de manejarse con monólogos frecuentes y prolongados dotando a los mismos de enjundia y sensibilidad. Y, en este caso, Baier puede presumir de haber tenido a sus órdenes a uno de los grandes. Bruno Ganz, a sus setenta años, ha adquirido ya esa dimensión que lo sitúa a la misma altura de nombres legendarios de la escena —teatral y cinematográfica— europea, como Laurence Olivier, Vittorio Gassmann o Michel Piccoli; y, después de habernos regalado un trabajo tan estremecedor como el que cuajó en “El hundimiento”, dando vida a un Hitler desatado y furibundo, se sitúa ahora en un registro totalmente antitético, para solazarse en este personaje de perfil crepuscular, al que la conciencia de su próxima muerte, lejos de hundirlo en una comprensible desesperación, le impulsa a una “transmisión” serena y luminosa. A buen seguro que, aun cuando solo fuera para disfrutar del trabajo de Ganz, ya merecerá la pena acercarse a la sala oscura donde proyecten la cinta...

* Apuntes sobre el cine que viene LXI.-

lunes, 20 de junio de 2011

Europa, deudos y deudores


Me viene llamando la atención que, en estos últimos días, y en relación con el tema de la deuda europea y la crisis de ella derivada —con Grecia como mascarón de proa, y España de alumna aventajada (y avejentada)—, se esté empezando a mencionar a dos países de los que, hasta ahora, poco se había oído hablar en relación con este asunto. Uno es Italia. El otro, Bélgica.

El caso de Italia no me sorprende particularmente; aunque forme parte del G-8 y sea un país de potencial económico indudable, también es público y notorio que las finanzas italianas nunca han gozado de un aspecto verdaderamente sano, lastradas por diversas circunstancias (un volumen de deuda pública espantoso y un lastre de la infiltración mafiosa en todos los ámbitos de la economía, entre otras), lo cual, unido a su condición de “país del sur”, ha hecho que su candidatura a este dudoso “honor” siempre haya estado sobrevolando los mentideros económicos.

Pero el de Bélgica sí que me resulta algo más chocante. Y, además, creo que puede constituir un verdadero punto de inflexión en una cuestión crucial relacionada con el desarrollo de esta crisis, que es el de la postura de los dos “dueños del cortijo” —Francia y Alemania— a la hora de abordar su tratamiento. Bélgica no es un país de gran volumen, más bien al contrario, se trata de un país de dimensiones reducidas, y, por tanto, de peso económico proporcionalmente limitado; por lo demás, su proverbial inestabilidad política (lleva sin gobierno más de un año), que, paradójicamente, no da lugar a mayor conflictividad en otros ámbitos, se ha convertido en un caso curioso, digno de análisis y estudio.

Pero, sobre todo, Bélgica no es un “país del sur”; cuando los alemanes y los franceses piensan en ellos, su representación mental no es la de un hatajo de zanganos velludos, morenos y zarrapastrosos que se dedican todo el día a holgar y disfrutar del dolce far niente del que pueden gozar gracias, sobre todo, a esos fondos europeos que ellos, franceses y alemanes, se dedican a engordar con su esfuerzo y su talento. Bélgica es “uno de los suyos”, un pueblo de gente seria y trabajadora; sí, de acuerdo, con sus rencillas y controversias, pero, básicamente, un país serio. Y eso, amigos lectores, ya es otra historia. Seguro que Merkel y Sarkozy abordan la cuestión de otra manera. ¿O no? Estaremos atentos…

* A salto de mata LIII.-

Blitz (U.S.A., 2011)

“La ley termina donde empieza la justicia”. Una película cuya slogan promocional pregona tal aserto, está haciendo apología descarada del fascismo. Pero mucho me temo que esa judicatura que tan diligente anduvo para buscarle las cosquillas a Ángel Sala, director del festival de Sitges, por la exhibición de “A serbian film”, no va a mostrar tales niveles de sensibilidad y diligencia como para impedir que este engendro termine estrenándose en su fecha prevista, el próximo 24 de junio. Me estoy refiriendo a “Blitz”, el último vehículo para lucimiento de la estrella de acción Jason Statham, ese émulo de los míticos Bronson, Norris, Stallone o Van Damme, de los cuales no solo recupera su hieratismo descerebrado, sino sus modos espasmódicamente violentos al servicio de personajes que hacen de la exaltación de la violencia como método de resolución de problemas su leit motiv existencial. Francamente, uno pensaba, en su ingenuidad, que eso formaba parte de un pretérito cinematográfico para el que ya no había cabida en el cine actual, pero está claro que todo nicho de mercado (y éste, sin duda, lo es) termina encontrando a sus suministradores, eficientes y puntuales.

La historia, desde luego, no viene a ofrecer excesivos elementos novedosos: un asesino en serie tan insaciable como escurridizo, cuya única particularidad es la de hacer objeto de su inagotable sed de sangre a miembros del cuerpo de policía; y, para hacerle frente (y, como no podía ser de otra manera, acabar con él...), un policía problemático y con pocos escrúpulos en lo que se refiere a métodos, mecanismos y sistemas: todo vale si funciona. A lo largo del camino: ejecuciones sumarias llenas de efectismo y truculencia; persecuciones espídicas e inverosímiles por los sitios más inimaginables; y, como presunto telón de fondo dramático (buff...), el enfrentamiento entre nuestro héroe, más machote que un Geyperman hormonado, y su mando superior inmediato, que, desgracias de la vida, es “rarito”, además de tener reparos con esas tonterías de las normas, las leyes y otras estupideces y estorbos varios. Como pueden apreciar, amigos lectores, un ejemplar canónico, en tanto que no le falta ni uno de los elementos constitutivos del “género” ¿Qué más se podría contar? Pues nada, que ahí queda eso. En fin...

* Apuntes sobre el cine que viene LX.-

viernes, 17 de junio de 2011

Kung Fu Panda 2 (U.S.A., 2011)

Tanto en el cine de animación, como en el que no lo es, no se puede negar que las voces de los intérpretes constituyen un elemento artístico importante, aun cuando haya de estar subordinado a la imagen con la que se conjugan. Ése es el motivo por el que a algunos, desde el reconocimiento al extraordinario nivel de desempeño alcanzado por los dobladores en España, consideramos que el cine no debería ser nunca doblado, sino subtitulado: si no oímos las voces que, verdaderamente, aparecen en un film, se nos está hurtando una parte sustancial de la obra original. Pero una cosa es el reconocimiento de su importancia, y otra, bien distinta, la admisión de que un elenco de voces venga a constituirse en el principal señuelo con el que se promociona —especialmente, entre su público “subsidiario” (en este caso, el adulto)— una película de dibujos animados. Y éste es el caso (que, por cierto, ni es el primero, ni cabe esperar que sea el último) de “Kung Fu Panda 2”, la gran apuesta de Dreamworks para dar la batalla a otra secuela (qué hartazgo…) de relumbrón y cuya llegada está próxima, cual es “Cars 2”, de Pixar.

En primer lugar, porque en la inmensa mayoría de las salas en que se proyectará el film, se verá una versión doblada, con lo cual no va a ser posible disfrutar de ese reparto vocal estelar (sí se gozará, en cualquier caso, del doblaje de una estrella televisiva con amplia experiencia en estas lides, como es el de Florentino Fernández); y en segundo, porque, aun tratándose de una secuela (con lo que ello comporta de pérdida del factor sorpresa, en cuanto a personajes y entornos de desarrollo de la trama), todo el material promocional disponible apunta a que estamos ante una propuesta que, en línea con la constante evolución técnica del género a lo largo de los últimos años, ofrece un aspecto visual deslumbrante —y, si hablamos de cine, cabe entender que es la imagen lo que, en última instancia, ha de pesar más en la apreciación global de un film—. ¿Conclusión? Olvidémonos de Gary Oldman, Florentino Fernández y demás cuerpo de acompañamiento, y arrellanémonos en los asientos para disfrutar de las piruetas de este panda regordete y sus aguerridos compañeros de armas. Fiuuuunnnn…

* Apuntes sobre el cine que viene LIX.-

jueves, 16 de junio de 2011

Micmacs (Francia, 2009)


Si alguien le dijera al director galo Jean Pierre Jeunet que la expresión “morir de éxito” es una frase hecha, una fórmula usable a modo de muletilla afortunada en diversas situaciones, es probable que éste pudiera lanzar a su interlocutor una mirada poco bondadosa: él dirigió, en el año 2001, “Amèlie”, uno de los éxitos comerciales más impresionantes de toda la historia del cine europeo. Y sigue (cinematográficamente) vivo, pero no parece, vista su trayectoria posterior en las lides de dirección, que lo haya tenido nada fácil. Una sola película, en 2004 (“Largo domingo de noviazgo”), y ésta que ahora llega a nuestras pantallas (por cierto, con un retraso más que notable, dado que data del 2009): escaso bagaje, en términos cuantitativos, para quien, en comandita con su compañero Marc Caro, había debutado con una sorprendente “Delicatessen”, allá por el ya lejano 1991, y que, sin duda alguna, va a tener muy complicado reeditar esos laureles con los que fuera orlado en los albores de su carrera.

Porque, a decir verdad, esta su última entrega, “Micmacs”, no viene precedida de referencias excesivamente halagüeñas provenientes de nuestro país vecino, y aun cuando su aspecto visual (al menos, el que trasluce el material promocional contemplable en su web) parece moverse en terrenos (oscuros y bizarros) más próximos al de sus cuasi experimentales entregas al lado de Caro que al más luminoso y volátil aspecto que nos presentaba su heroína romántica, no por ello parece que haya conseguido captar la atención ni de crítica ni de público. Es más, me atrevería a maliciar que, si no se tratara por la presencia al frente de su reparto de un intérprete que ha conseguido cierta notoriedad posterior gracias a un megaéxito como “Bienvenidos al norte”, el ínclito Dany Boon, este film difícilmente hubiera llegado a las salas oscuras de nuestro país. En todo caso, y acogiéndonos a la teoría que asimila el talento a la energía (que, como saben, ni se crea ni se destruye, solo se transforma...), habrá que darle una oportunidad. Se verá...

* Apuntes sobre el cine que viene LVIII.-

miércoles, 15 de junio de 2011

El viaje del director de recursos humanos (Shlichuto shel hamemune al mashabei enosh; Israel, 2010)

Es la israelí una de esas (numerosas) cinematografías cuyo acceso a los mercados internacionales, pese a no provenir de un país “débil”, es enormemente limitado. No es fácil, ni habitual, el poder disfrutar de films de ese origen en nuestras pantallas, con lo cual ya sería ése motivo suficiente para congratularse de que este próximo viernes —y aunque con el número limitado de copias que es costumbre en estos casos— llegue a los cines españoles una propuesta como “El viaje del director derecursos humanos”, que, no nos engañemos, se beneficia claramente de la circunstancia de que la película precedente de su director, Eran Riklis, “Los limoneros”, alcanzara cierta repercusión en los circuitos cinéfilos. A diferencia de esta última, cuyo tono dramático y trasfondo político la dotaban de una densidad considerable, “El viaje...”, aun cuando también presenta una componente política evidente (cabe suponer que difícilmente evitable en un contexto social como el israelí), aporta un cierto contrapunto de comedia amable en el planteo de algunas situaciones —que nos remiten de manera clara a un film como “Guantanamera”, de Gutiérrez Alea, con ese “ataúd viajero” de largo alcance...—, gracias a la cual su carga emocional se hace algo más liviana.

Pero, aun con tales contrapuntos, o matices, esta última cinta de Riklis tiene todo el aspecto de una propuesta destinada a hacer reflexionar a su público, utilizando la fórmula argumental, no por poco novedosa menos eficaz, del “doble viaje”: el físico, o geográfico (nuestro protagonista, el director de marras, viajará desde su país de origen, Israel, hasta Rumanía, impelido por un incidente episódico que se erige en punto de arranque de la trama) y el introspectivo, ese mítico “viaje interior”, que será el que recorrerá ese mismo personaje principal a la búsqueda de un sí mismo un tanto desorientado; viaje al hilo del cual habremos de sufrir con sus cuitas, cuestionarnos nuestras premisas a la par que él se cuestiona las suyas, y gozar con la catarsis que el (previsible) reencuentro final suele traer consigo. Es el mismo mecanismo que un film tan hermosamente sencillo como “Un tipo genial” (“Local hero”) nos mostraba, y que, salvando las distancias, habremos de encontrar en éste. ¿Para bien? En la medida en que Eran Riklis haya sabido desplegar su relato con talento y mesura, así debería ser. Y ojalá que así sea...

* Apuntes sobre el cine que viene LVII.-

lunes, 13 de junio de 2011

Algo prestado (U.S.A., 2011)


Lejos de ceñirse al ámbito estricto de su adaptación cinematográfica literal, la influencia de las series televisivas más exitosas se viene proyectando, a lo largo de estos últimos años, mucho más allá, generando líneas y tendencias a nivel argumental y tonal que impregnan a infinidad de producciones destinadas a la pantalla grande. Entre esas series de enorme éxito, se cuenta la veterana (y ya cerrada) 'Friends'; una serie cuyo éxito, al menos aquí en España, siempre fui incapaz de entender, dada mi nula empatía con lo que siempre me pareció un grupo de pijos desahogados y acampados en el vacío cerebral más absoluto. Misterios de la televisión, supongo. Pero dado que mi gusto personal no guarda, en esta ocasión, la más mínima relación con la repercusión del producto (lo contrario sería ceguera o mala baba, y tampoco es eso...), no puedo negar que su influencia aún sigue desplegándose en comedias de corte temático y estilístico muy cercano a su impronta. Como, por ejemplo, 'Algo prestado', comedia usamericana de amigas, tíos buenos, cuernos, patrañas e inestabilidades emocionales varias. Impepinable: el sol sigue saliendo, todos los días, por el mismo sitio...

Al mando de la función en pantalla, tenemos a una pareja protagonista integrada por Kate Hudson —una estrella de la que me cuesta trabajo pensar que alguien pueda recordar su nombre dentro de diez años...— y Colin Egglesfield —una especie de clon de Tom Cruise (eso sí, sin alzas) con un prestigio labrado fundamentalmente en el medio televisivo—, acompañados por una tercera en discordia a la que da vida Ginnifer Goodwin (y de la que, más allá de la hermosa sonoridad de su nombre de pila, no tengo la más míníma referencia); también anda ahí, en labores de producción, la “bioscarizada” Hillary Swank (que bien se ha cuidado de no dejarse ver en pantalla, hay una reputación que guardar). Y lo que cabe esperar de una producción de este corte es... nada que no hayamos visto ya en sus mil y una predecesoras, sin que, pese a repetir de manera impía argumentos y episodios más que manidos, eso parezca afectar a un público cuyo número siempre es suficiente para justificar futuras reincidencias. Eso sí, qué malo que es el cine español. En fin...

* APUNTE DEL DÍA: he vuelto a Twitter, y, aunque me cuesta ponerme al día, ahí andamos, trasteando...
* Apuntes sobre el cine que viene LVI.-

miércoles, 8 de junio de 2011

NACIDAS PARA SUFRIR (España, 2009)

Cine sencillo. Comedia amable, con un puntito de acidez (incluso mala baba, llegado el caso). Fijación por un mundo de pueblo, poco glamouroso, alejado de la sofisticación de lo urbano. Y una especial querencia por dirigir la mirada hacia un universo cerradamente femenino. Ésas son las claves bajo las cuales Miguel Albaladejo, un cineasta ya asentado y con un bagaje que empieza a adquirir un volumen respetable, manufactura su última propuesta, “Nacidas para sufrir”: un film de bajo vuelo, una comedia agridulce que, sin aspavientos ni estridencias, nos ofrece una historia a ras de tierra cuajada entre seres comunes, de ésos con los que convivimos a diario sin que su peripecia personal merezca mayores atenciones de nuestra parte.

Y nos la ofrece con la suavidad, buen pulso y cariño con que, incluso en aquellos casos en que se ha adentrado en historias más “bizarras”, por llamarlas de alguna manera (como podía ser el caso de “Cachorro”, o “Rencor”), acostumbra a desenvolverse Albaladejo, un director alérgico a los golpes de efecto y que siempre prefiere dejar que sus historias se desarrollen sobre el despliegue pausado y bien contado de episodios que se encadenan en un proceso ordenado, carente de cualquier alarde o extravagancia formales, y donde se fía más el enganche emocional del espectador al trabajo interpretativo y a la enjundia de los diálogos que a otros aspectos más impactantes.

“Nacidas para sufrir” es la historia de una relación sui generis, la que se entabla entre Flora, una solterona irredenta, sacrificada, bastante chapada a la antigua y un tanto rácana, y Purita, su asistenta, una chica simple, trabajadora hasta la extenuación y de mundo tan limitado como sus entendederas. Dos personajes que se desenvuelven en un pequeño pueblo de la España profunda, en el que su vulnerabilidad solo se expone a un peligro cierto ante amenazas externas (en un principio, las sobrinas de Flora, interesadas en que ésta abandone su casa –y a Purita-; más adelante, la reaparecida madre de Purita –un obstáculo entre ésta y su interesada bienhechora—), situación ante la que Flora decide buscar un “blindaje” bastante particular (y del que no daré detalles, por respeto a todo aquel que desee ver la película sin que le haya sido excesivamente destripada).

Esa historia, tan simple, tan de andar por casa, nos la ofrece el bueno de Albaladejo con un despliegue argumental bien trabado, en el que hay cabida para episodios más y menos cómicos , y en el que siempre hay contrapunto para el tono que el relato va adoptando, de forma que siempre aparece un punto de humor en las situaciones más duras, igual que surge el matiz acre, incluso siniestro, en aquellos pasajes más cómicos. Hábil jugada, en ese terreno, la del director alicantino, que consigue, de esa forma, que la trama se mantenga en un equilibrio tonal permanente, aunque en él predomine, inequívocamente, la pauta amable, simpática.

Tan hábil como la de rodearse de un conjunto de actrices —la mayoría de ellas, presencias habituales en la filmografía previa del director (desde su musa, Mariola Fuentes, hasta su hermana, Geli Albaladejo, pasando por Marta Fernández Muro o una magnífica Malena Alterio)— de nivel más que notable, con especial mención para las dos protagonistas. PetraMartínez, veterana curtida en mil y una batallas televisivas y cinematográficas, compone una Flora comedida, casi hierática, y no por ello carente de una emoción contenida que se transmite en miradas penetrantes, silencios adustos y llantos callados de una forma magistral; y, para darle la réplica, como esa Purita que de puro simple raya en lo celestial, también lo borda, a tono con su nivel habitual, esa Adriana Ozores a la que su perfil de anti-estrella impide que se le suelan reconocer sus enormes méritos, que aquí pone una vez más en la palestra, componiendo un nada fácil personaje con una solvencia que para sí quisieran algunas de nuestras divas internacionales más celebradas.

La de “Nacidas para sufrir” constituye, pues, y en suma, una experiencia cinematográfica tan grata como apetecible, que, ciertamente, no deslumbra, pero deja un regusto a cine hecho con cercanía y sensibilidad, que no resulta demasiado abundante, ni en nuestro cine ni en ningún otro, y que, aunque solo fuera por ello, ya merecería la gratitud del espectador hacia su autor. Un Miguel Albaladejo que, lejos de esos relumbrones hacia los que ha ido derivando el cine de otro autor con el que siempre ha cabido encontrarle ciertas coincidencias (el manchego Pedro Almodóvar), sigue manteniendo, cuál guardián de las esencias, una fidelidad a ultranza hacia su particular mirada: bien está que así sea, mientras que la siga proyectando con la misma ilusión...

* APUNTE DEL DÍA: supongo que ya era hora: las reseñas dedicadas a pelis españolas irán agrupadas bajo una nueva etiqueta, "Cine español". Qué menos...

* Cine español I.-

viernes, 3 de junio de 2011

Educación diferenciada: imitemos al cangrejo...

Educación diferenciada. El tema no es nuevo, pero no dejan de surgir, acá y acullá, nuevas acometidas que pretenden —a base de glosar sus (supuestas) bondades científicas— extender la implantación efectiva del mismo. La última de que tengo constancia corre a cargo de una entrevista a una neuróloga, Anne Moir, publicada por la web www.educaciondiferenciada.com,  y del que tengo noticia a través de mi amigo “facebookero” Juan José Romera, seguidor impenitente y avisado de todo cuánto se mueve en la red acerca de cuestiones educativas. A mí, qué quieren que les diga, amigos lectores, eso de la educación diferenciada me parecería una solemne chorrada, si no fuera por el devastador potencial involucionista que alberga en su mandorla. ¿Base científica? Ni me consta ni me interesa: hay asuntos en los que entiendo que las consideraciones de orden moral y social han de estar más allá de cualquier argumentación técnica. Y éste es uno de ellos.

Sé bien cómo funciona eso de la educación diferenciada; no por lo que haya podido leer en publicaciones especializadas o conocer en prestigiosos seminarios y simposios, sino porque la viví en carne propia durante todo mi largo periplo por lo que, en aquel entonces, era la Educación General Básica (E.G.B.), desde su primero hasta su octavo. Naturalmente, y como no se le escapará a cualquier lector avisado (especialmente, por cuestión de edad), la “diferenciación” no se realizaba al amparo de ningún criterio científico de excelencia, selección o similar, sino que era algo tan simple y tan burdo como todo lo que generaba aquella moral pacata y represiva con la que se articulaba en nuestro país no solo la educación formal, o académica, sino cualquier otro aspecto de nuestra vida en sociedad. Como pregonaba aquel bodrio ¿musical? pergeñado por el ínclito Fernando Esteso, los niños, con los niños; las niñas, con las niñas. Y aunque por aquel entonces, el régimen dictatorial ya empezaba a agonizar, y los rigores con que se perseguía la transgresión de tan particular “apartheid” no eran tan severos (de la sarta de varetazos en patio público se había pasado a la bronca estentórea –eso sí, también en patio público-), no hace falta ser un lince para imaginar los perniciosos efectos que esa impregnación de culpabilidades, morbos y tabúes nos pudo generar a unos y otras (de hecho, a día de hoy, aún me sigo preguntando si los polvos —dicho sea sin segundas...— de las torpezas que puedo mostrar en el manejo de mis afectos respecto a las mujeres, no vendrán de aquellos lodos...).

La educación mixta, en consecuencia, devino en una conquista social, una más de tantas y tantas conseguidas a lo largo de un duro y espinoso camino (ríase usted del largo y tortuoso, al que cantaban los Beatles en las postrimerías de su carrera...), plagado de esfuerzos, batallas, sinsabores y empeños de muchos y muchas durante mucho tiempo. Y como todas las demás, y a salvo de lo que sean capaces de conseguir al respecto esos movimientos que en las últimas semanas se vienen desplegando en diversos lugares de España, empieza a tambalearse, mecida entre la inercia y la desidia de todos los que, en un momento dado, con la panza llena y el mando a distancia en el regazo, las dimos por conquistadas para los siglos de los siglos (y amén), sin querer darnos cuenta de que todo lo que se conquista siempre está expuesto a la amenaza de la voluntad de aquel de quien, en su momento, se arrancó (y cuyo objetivo, confeso o no, siempre será el de recuperar el status quo perdido, tan pronto como la coyuntura se lo facilite sin merma de sus poderes y caudales).

No sé si las andanadas de todos cuantos, con sus estudios de pretendido rigor científico, pretenden socavar los cimientos de un sistema educativo mixto, paritario e igualitario, llegarán a conseguir algo en ese sentido. Espero que hayamos aprendido de las torpezas y errores que, en el pasado, se pudieron cometer, al calor de tesis segregacionistas, basadas en el fundamento que fuera (raza, sexo, religión...), y haya un consenso social que ponga coto a tales dislates. Pero, si así llegara a ser, no lo será con mi anuencia, con mi tácita conformidad de borreguito silencioso: mi protesta, tan pacífica (el único arma cuyo gatillo sé apretar es la palabra...) como enérgica, constará donde corresponda. Dicho queda...

* APUNTE DEL DÍA: disfrutando de una tarde de tenis de altísimo nivel en Roland Garros: Nadal, Murray, Federer, Djokovic. No es casual que sean los cuatro primeros del ránking de la ATP, qué bien juegan los tíos...
* A salto de mata LII.-

miércoles, 1 de junio de 2011

PÀ NEGRE (España, 2010)

Siempre me ha hecho muchísima gracia que gente que jamás vio problema alguno en que, en Hollywood, la conquista del Oeste llegara a convertirse (a fuerza de acumular cientos de films dedicados al tema) en un género específico, se queje amargamente de la supuesta fijación del cine español con el tema de la Guerra Civil. Quejas que me parecen injustificadas, entre otros motivos (¿a partir de cuántas películas se debe considerar que existe una dedicación excesiva...?), porque entiendo que ése, como leit-motiv argumental, tiene un poder y un vigor más que suficientes como para que se le dediquen cintas que lo aborden desde los más variados primas, ángulos, perspectivas y miradas.

En ese sentido, “Pà negre”, la última cinta de Agustí Villaronga —coronada como la gran triunfadora en la última edición de los Goya, gracias a su conquista de nueve premios—, no deja de ser una más de esas películas que sitúa su propuesta argumental en ese entorno, el de la Guerra Civil, pero, sin duda alguna, lo trasciende con largueza, desde el punto y hora en que su alcance va mucho más allá, y el mensaje que nos traslada, por universal, se haría aplicable a cualquier otro contexto geográfico y temporal en que la radical ambivalencia de la condición humana (ésa que es capaz de lo más sublime y lo más perverso) pueda ponerse de manifiesto con la mayor de las crudezas.

Un mensaje que se articula a través de una trama densa, la que se teje alrededor de la peripecia personal, con su despertar a la vida, de un niño, Andreu (cuya interpretación, por cierto, borda el novel Francesc Colomer), un preadolescente que vive en la miseria que se ha enseñoreado de las zonas rurales de la España más profunda, arrasadas después de un conflicto cainita que ha dejado marcados a sangre y fuego a todos sus habitantes, y que tiene en la figura de su padre a un referente vital y moral de primer orden, condicionado por un aura de luchador que despierta en el pequeño un sentimiento profundo de admiración y orgullo, pero con un trasfondo de ausencias y silencios (íntimamente conectados a un episodio turbio que recorre, a modo de subtrama, todo el desarrollo argumental) que empañan ese aura y tiñen de dudas sus afectos.

Desde tales premisas argumentales, Villaronga, un director que siempre (ya desde un principio, con esa impactante y opresiva opera prima que fue “Tras el cristal”) se ha movido con soltura en un registro tonal en el que sordidez y dureza campan a sus anchas (o, en todo caso, con la riendas bastante sueltas), construye un drama de impacto, un drama que acoge, a través de una panoplia de personajes de representatividad sobrada (en edad, en género, en posición social: el abanico es amplio) y de situaciones poco complacientes, tanto una reflexión política de calado (y que cabría resumir en la tesis del encanallamiento moral al que termina abocando todo régimen instaurado sobre la venganza y la violencia) como un dictum ético acerca de la condición humana, y lo delgada que siempre es la línea que separa la representación (falsa) de una imagen esculpida sobre la mentira y el dolor que provoca el desengaño a que da pie esa contradicción insana. Políticamente, el guión de Villaronga deja muy claro de parte de quién está la legitimidad y la legalidad (en su opinión, que comparto, del bando de los vencidos); en cambio, desde una perspectiva moral, su mirada es mucho más ambigua, y, consecuentemente, despiadada (solo el territorio de la infancia —y transitoriamente— se muestra libre de mácula).

No es pues, una propuesta amable, ni un film de digestión ligera, pero, en todo caso, y más allá de sus coordenadas políticas y/o morales, “Pà negre” brilla como drama intenso y compacto, perfectamente 'legible' más allá de su circunstancia histórica y geográfica concreta, y se erige como propuesta destinada a ganar empaque y aprecio crítico con el paso de ese tiempo que tan benévolo tiende a ser con la obra artística que ha apostado por no ceñirse a lo trillado, a lo fácil, a lo comercialmente más viable. Y que ustedes, amigos lectores, y el que esto escribe, lo veamos...


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