jueves, 28 de abril de 2011

FISH TANK (Gran Bretaña, 2009)


A estas alturas, resultaría cicatero —y, probablemente, poco serio— cuestionarle a Ken Loach su condición de referente señero e inequívoco de eso que se viene a etiquetar comúnmente como cine social. Pero resulta también evidente que no constituye su único exponente, y que, al calor de su (relativo) éxito, son numerosos los cineastas que consiguen cuajar proyectos en los que la dimensión social adquiere un especial relieve. Es el caso de Andrea Arnold, y su film ‘Fish tank’.

‘Fish tank’ nos ofrece la historia de Mia, una adolescente taciturna, incluso con un punto agresivo, que, en un entorno familiar profundamente desestructurado aun sin caer en lo marginal—, busca, refugiándose en su única pasión identificable (el baile), un espacio vital en el que reconciliarse consigo misma y abordar algo parecido a un proyecto de existencia, lejos de una madre de la que solo recibe, desde la frialdad formal más absooluta, un rechazo rayano en lo patológico, y una hermana pequeña que, aun queriéndola, es totalmente incapaz de articular mecanismos afectivos explícitos que escapen de ese ambiente de odio soterrado y jerigonza cuartelaria en que se desenvuelve su cotidianidad.

Para desarrollar tal historia, Arnold se sirve de un guión propio, sencillo, de estructura lineal, cuyo eje central se basa en el devenir vital de Mia, y cómo el mismo se ve fuertemente condicionado por la presencia de un elemento ajeno al núcleo básico familiar (Connor, el último novio de su madre, que se erige como antagonista principal de Mia, con la cual entabla una relación tan intensa como difícil), al hilo de la cual van surgiendo episodios puntuales de impacto que marcan los puntos de inflexión del desarrollo narrativo, hasta llegar a un desenlace totalmente abierto, muy en línea con la indefinición que preside la actitud personal de la protagonista, víctima de una desorientación asociada no solo a su edad, tan complicada, sino a su personalidad, tortuosa y arisca.

Y, a tono con ese universo argumental, un equipaje lingüístico ad hoc: diálogos lacónicos, que reflejan una comunicación siempre bajo sordina, y en la que siempre es más lo que se calla que lo que se cuenta; secuencias breves y trazadas con movimientos de cámara funcionales y precisos, alejados de cualquier floritura formal; escenarios urbanos y naturales que, sin alcanzar la categoría de lo sórdido, tampoco muestran traza alguna de brillo o esplendor. En suma, marcas identificativas de esa línea de cine social a la que se apuntaba al principio, y que impregnan al film, dotándolo de un sello identificativo muy claro, y que, si bien no cabe calificar como de muy original, tampoco carece de un cierto interés para ese sector de público que manifiesta mayor querencia por esta línea de cine.

¿Lo mejor? Sin ningún género de dudas, la interpretación de su jovencísima actriz protagonista, Katie Jarvis: todo el hastío y desesperanza que impregnan la existencia de su Mia, se reflejan de manera espléndida en las miradas, declamaciones y movimientos con que los encarna esta chica. Un hallazgo brillante, el de una intérprete destinada, con papeles más ricos y complejos, a cuajar trabajos de alto nivel. Quizá no sea suficiente para hacer de ‘Fish tank’ una propuesta de idéntica brillantez, pero sí que la convierten en una pieza en la que, teniendo en cuenta todas las premisas previamente señaladas, merece la pena invertir los noventa minutos de su visionado.

viernes, 15 de abril de 2011

GLADIATOR (U.S.A., 2000)

Perfil, tono, pretensión, objetivo... Ante mi (cada vez) mayor incapacidad para decantarme por juicios de valor categóricos acerca de la calidad de las películas (lo cual no sé si denota un incremento de mi sabiduría o de mi ignorancia —mucho me temo que la disyuntiva se decanta por la segunda...—), no me queda más remedio que apelar a conceptos con una mínima componente evaluatoria, pero que eluden pronunciamientos rotundos al respecto. ¿Y a qué viene todo esto, se preguntará el lector avezado...? ¿Con qué milonga mañanera pretende despistarme ahora este juntaletras patanzuelo...? ¿De qué pretende hablar? Pues nada, amigo lector, que hoy quiero hablar de “Gladiator”, esa película con la que el señor Scott resucitó un genero, el del peplum, que había vivido su época gloriosa con la irrupción de los grandes formatos panorámicos, a partir de mediados de los cincuenta del pasado siglo, y que parecía condenado al ostracismo, al olvido.

Una resurrección propiciada por un éxito comercial descomunal, aunque éste no viniera acompañado, ni por asomo, con igual entusiasmo crítico: “Gladiator” ha sido, generalmente, valorada como un film mediocre y vulgar, cuando no lisa y llanamente malo, o nefasto. Y, francamente, no lo entiendo. Puedo convenir en que no estamos ante una obra maestra del séptimo arte, y estoy en condiciones de enumerar, o apuntar, más de un aspecto manifiestamente criticable (o que, al menos, a mí así me lo parece) en la propuesta de Scott. Pero mi valoración global dista mucho de ser negativa; más bien, al contrario, pienso que “Gladiator” se trata de una cinta notable, y, correctamente enfocada —es decir (y ahora volvemos al principio), vista bajo el prisma de su pretensión básica (entretener), del tono buscado por su autor (espectacular), y de su perfil como producto cinematográfico (descaradamente comercial)—, me atrevería a calificarla de brillante.

¿Que su maniqueísmo es excesivo? Pues sí, cómo cabría negar que el dibujo de los dos antagonistas (ese emperador Comodo —cobarde, rencoroso, infantiloide, psicópata, envidioso, cruel— y el general legionario-gladiador Máximo Meridio, alias “el Hispano” —noble, fuerte, leal, valiente, solidario—) huye de cualquier trazo fino para marcar dos arquetipos excesivamente monolíticos desde el punto de vista emocional (recurso facilón para generar adhesiones de ésas que antaño se solían calificar de inquebrantables). ¿Que hay un exceso de recurrencia a imágenes digitales para la composición de escenarios? Más allá de lo mejor o peor conseguidos que resulten (hay que tener en cuenta que, en el momento de su realización, las técnicas de digitalización, si no en pañales, sí que distaban de haber alcanzado el nivel que exhiben actualmente), es evidente que los planos de “cartón-píxel” han sido utilizados con generosidad sin tasa. ¿Que su metraje es excesivo? Puede que sí, aunque, en este punto, y siendo indulgentes, podríamos llegar a catalogar tal circunstancia como de guiño cinéfilo, homenaje inconfeso al género en el que se inscribe la cinta (¿o no sería casi una falta de educación facturar un péplum con solo dos horas de duración...?)

En fin, que a “Gladiator” se le podrán poner muchas objeciones, pero difícilmente se podrá negar su espectacularidad: ése es su punto fuerte, explotado de forma machacona e insistente en la mayor parte de su desarrollo y en una buena parte de sus secuencias. Desde la batalla de apertura, una auténtica orgía de sangre, violencia y testosterona, hasta las numerosas luchas de gladiadores que se van desplegando a lo largo del itinerario de búsqueda y venganza del protagonista (hasta cuajar en el clímax final, no por tan puerilmente previsible, menos intenso), todo en la cinta de Scott apunta hacia lo grandilocuente y lo excesivo; de hecho, incluso en esas escenas de tono más íntimo, que se desarrollan en los lujosos interiores palaciegos o en las tiendas de los militares, y que, más allá de su aporte al tronco argumental, sirven, desde el punto de vista del ritmo del relato, a proporcionar algunas treguas en ese frenesí furioso, hay siempre una tendencia hacia el dramatismo exacerbado, hacia la exageración y el forzado de las situaciones. ¿Defecto o virtud? Esto no es un drama intimista, es una de romanos. ¿No...?

* APUNTE DEL DÍA: hace unos días ví la última entrega de Torrente. Se exhibe en salas oscuras, sobre una pantalla grande, y está filmada, supongo, en celuloide, de donde se deduce que podría tratarse de una película. Pero yo no me atrevería a asegurarlo -aunque haya llegado a introducir ese término, película, en el encabezamiento de un artículo sobre ella-. En fin...

lunes, 4 de abril de 2011

CLEOPATRA (U.S.A., 1963)

El reciente fallecimiento de ElizabethTaylor ha dado lugar —como viene siendo de rigor en estos casos— a un aluvión de repasos y rememoraciones de su vida, obra y milagros (sustancia no faltaba, desde luego…); un maremágnum informativo en el que no podía faltar lugar para su filmografía, una colección bastante amplia de películas entre las que, a nivel de calidades, bien se puede decir que hubo de todo. Fueron dos las que le proporcionaron el máximo galardón, de corte comercial, a que una actriz puede aspirar (alcanzó el Oscar a la mejor interpretación protagonista femenina por "Una mujer marcada" y "¿Quién teme aVirginia Woolf?"), y hubo otras en las que brilló a gran altura ("La gata sobre el tejado de zinc", o "Gigante"). Pero es probable que en ninguna como en "Cleopatra", su resplandor personal se proyectara tanto, hasta un punto en que, probablemente, cualquier otra consideración quedaba eclipsada.

Y no es que a un proyecto como “Cleopatra” le falten elementos resplandecientes; al fin y al cabo, si hay un aspecto por el cual se le puede definir sin miedo a errar o resultar exagerado, es el de la desmesura: en su metraje, que se extiende hasta las cuatro horas (después de un trabajo de desbroce y recorte que, para queja y lamento de su director, Joseph. L. Mankiewicz, redujo lo que, inicialmente, era una doble entrega que superaba las ocho horas de duración…); en la fastuosidad y opulencia de toda su parafernalia artística (decorados, vestuario, maquillaje, peinados, movimientos masivos de objetos y personas…), desde la cual se explica —más allá de la influencia de otros rubros económicos— que se convirtiera (en su momento) en el film más caro de la historia del cine; y, sobre todo, en el histrionismo y grandiosidad de los personajes protagonistas de la historia, ese triángulo formado por Julio César, Marco Antonio y, cómo no, Cleopatra (encarnados, a su vez, por tres intérpretes que no le iban muy a la zaga, en cuanto a volumen de ego e histrionismo, a sus tres personajes: Rex Harrison, Richard Burton y la susodicha).

Pero bien sabido es que, en materia cinematográfica, ni el brillo depende solo de las estrellas, ni la bondad de una cinta guarda relación directa, de manera ineludible, con el calibre del presupuesto. Es el caso de “Cleopatra”: su grandiosidad no deriva indefectiblemente en su grandeza, y sus fastos y oropeles, más allá del impacto visual que pueden generar en un primer golpe de efecto, se diluyen en la torrencialidad de un relato inacabable y respecto al cual, una vez agotado el espectador ante el kilométrico desfile de peinados y trajes que exhibe la descendiente de Isis (diabólicamente bella en todos y cada uno de los numerosísimos planos en que se prodiga), se termina pidiendo, casi mendigando —cual equipo victorioso por la mínima embotellado en su propia área, y aunque aquí no haya de pitar arbitro alguno—, la hora.

Como cabe suponer lógicamente, en tales generosidades, de metraje y presupuesto, hay ocasión para que “Cleopatra” albergue un sinfín de escenas de todo tipo y pelaje (salvo cómicas: parece que no entraba en los planes de ninguno de los numerosos guionistas que anduvieron trasteando por el proyecto el introducir el más mínimo apunte que pudiera introducir algo de liviandad entre tanta densidad...) : románticas, de acción, dramáticas, bélicas, políticas, filosóficas. Pero no significa eso que nos encontremos ante una película equilibrada; la alternancia de tipos de escena termina produciendo, más bien, una sensación de cierto abigarramiento, que, eso sí, se ve paliada, en cuanto al orden estructural del relato, por la clara división de la historia en dos partes perfectamente marcadas y delimitadas: la primera, centrada en el romance entre Julio César y Cleopatra; y la segunda, dedicada a glosar los amoríos de la reina egipcia con el general Marco Antonio. Y si hemos de volver a recurrir al símil futbolístico para comparar ambas mitades (con su intermedio incluido, para que la partición quede bien clara), no cabe sino concluir que la primera, mucho más fluida y dinámica, se impone a una segunda, en la que el exceso de escenas monologadas de suma profundidad de discurso terminan lastrando cualquier atisbo de agilidad.

Estamos, en suma, ante un peplum de dimensiones colosales, un divertimento cinematográfico que ha pasado a la historia más por factores ajenos al celuloide (como el nacimiento del romance entre dos de sus protagonistas, Richard Burton y Liz Taylor, pasto del papel couché a lo largo de toda la década subsiguiente) que por sus valores estrictamente artísticos, que, sin duda, no le faltan, pero que, también está claro, quedan lejos de los que hubieran podido llegar a ser si otras hubieran sido las circunstancias. Pero de esos avatares -dicho sea sin segundas ni “cameronianas” intenciones-, llena está la historia del cine...


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