domingo, 27 de marzo de 2011

PRIMOS (España, 2011)

Un atributo del que cualquier cinematografía con un volumen de producción suficiente, goza a buen seguro —y para algunos, entre los que me cuento, uno de los alicientes básicos para amar el cine sin mesura—, es el de la diversidad. La española, evidentemente, no es ajena a tal circunstancia, y, aunque cuesta, en esta apoteosis “torrentiana”, prestar atención a otras propuestas, éstas existen, persisten estoicamente en la cartelera y nos muestran que, como rezaría un slogan pensado para otro tipo de productos, otro cine es posible. Por ejempo, el de Daniel Sánchez Arévalo.

Su última cinta, “Primos”, constituye una muestra significativa de un cine de corte sencillo, intimista y cercano, volcado en historias personales, de seres de carne y hueso, con los que el espectador puede empatizar desde la identificación, bien propia, bien conocida por cercanía, y con un tono de vocación marcadamente amable. Una línea de creación ya exhibida desde su (agradablemente) sorpresivo debú, con “Azuloscurocasinegro”, y confirmada posteriormente en su siguiente film, la no tan lograda “Gordos”, que ahora se consolida, de manera plena y contundente, en esta tercera entrega: una historia típica de iniciación, de trazado de itinerarios personales —a partir de un aldabonazo existencial que se erige en pretexto argumental para el arranque de la trama—, y en el que, aun cuando no se obvia el desarrollo de una historia concreta, con su planteamiento, nudo y desenlace atenidos a cánones convencionales, pesa más el retrato de personajes que la urdimbre del relato.

En “Primos” comparecen, pues, y como corresponde a una cinta que podría erigirse en paradigma de eso que conocemos como comedia amable, no ciertos temas, sino “los” temas: el amor, la amistad, y cómo el paso del tiempo va condicionando nuestra percepción de lo que uno y otra suponen y constituyen, y cómo nos van moldeando y haciéndonos aquello que, antes o después, terminamos siendo, en un proceso de maduración siempre doloroso, por todo aquello que se pierde —con toda certeza— en contraposición a lo incierto de aquello que, al menos supuestamente, se gana. Pero estamos ante un dolor tamizado por un punto cómico permanente que, sin sarcasmos ni ironías amargas, siempre termina dulficicando incluso aquellas líneas de la trama (la de la relación entre el personaje del Bachi, un alcohólico de manual —interpretado con su habitual solvencia por uno de los “fijos” de Sánchez Arévalo, como es Antonio de la Torre—, y su hija, que trabaja en un “bar de lucecitas” cercano a pueblo —una Clara Lago que hace un esfuerzo notable por encajar en un papel para el que, probablemente, no es el suyo el perfil más apropiado—), que hubieran podido proporcionar, desde un enfoque más “negro”, una visión global más amarga.

Pero ya se apuntaba a que “Primos” es una comedia de personajes; los primos del título, un trío que, desde sus diferencias de perfil, sus idiosincrasias tan distintas y tan distantes, consigue, gracias, sobre todo, a la contribución de los personajes “complementarios” con los que traban relación (y que los completan, moldeando su dibujo, hasta convertirlos en arquetipos fácilmente reconocibles, con los que se sintoniza de manera natural), hacérsenos simpáticos, cercanos, “coleguillas” con los que a uno no le desagrada compartir esa hora y media, cada cual a su lado de la pantalla, pero en esa comunión que solo el cine propicia. Tres tipos que, cada cual a su manera, no son ni mejores ni peores que cualquiera de nosotros; seres humanos nada especiales, comunes, con experiencias vitales ordinarias. Y, además, bien intepretados por tres actores jóvenes, con una carrera aún en la rampa de lanzamiento y que, a buen seguro, y si siguen trabajando con continuidad, y puliendo los lógicos defectos que aún exhiben, habrán de darnos muchas satisfacciones: Quim Gutiérrez, Adrián Lastra y, brillando con especial intensidad (es también su papel el más agradecido, con ese puntito canalla), un Raúl Arévalo en el que no cuestan ver destellos y apuntes del cómico de raza que cierta línea de cine español siempre ha cultivado con especial deleite, y en cuyo olimpo, si no se tuerce en sus buenas hechuras, tiene un huequecito reservado.

La de “Primos” es, en suma, una propuesta liviana, simpática, sin mayores pretensiones de trascendencia que las que pretenda otorgarle aquel que quiera (si ése es su deseo, la película no se lo impide...) extraer de ella mensajes de cierto calado acerca de la vida, el amor, los engaños y los desengaños. Los que no pretendemos ni siquiera eso, nos podemos limitar a disfrutar de su espumante y complaciente retrato de un episodio, tan volátil como el recuerdo de aquel verano en la playa, con sus justas dosis de pasión, rebeldía, añoranza y cariño. ¿Suficiente? Y sobrado...

jueves, 17 de marzo de 2011

Tony Soprano: o, por lo menos, querible...

* Esta entrada fue publicada en mi antiguo blog, bajo la etiqueta "Medios", el 31 de enero de 2006.-

Aunque no se trata de un fenómeno nuevo –ya había un número considerable de ellas editadas en soporte videográfico-, ha sido el DVD el que ha provocado una auténtica eclosión de ediciones de series televisivas, hasta el punto de que se hace inimaginable a día de hoy que una serie de televisión medianemente exitosa no sea lanzada al mercado, en un plazo de tiempo relativamente corto, para gozo y disfrute de aquellos televidentes que la hayan seguido en su emisión catódica.



Ante tal avalancha de ofertas, se hace preciso aplicar un criterio bastante selectivo, so pena de encontrarse, más pronto que tarde, en dos situaciones nada recomendables: primera, la de no encontrar ni un hueco en todas las estanterías de casa para poder encasquetar un simple cenicero; y segunda –y no por ello menos grave-, la de tener que escarbar en unos bolsillos esquilmados, al borde de la extenuación absoluta, para poder comprar una baguette integral con la que acompañar la pitanza diaria. Como ven, amigos lectores, situaciones ambas dos a las que nadie en sus cabales desea verse abocado, pero a las que no es nada complicado llegar –aunque no les hable por experiencia propia, los casos en mi entorno cercano son tan numerosos y horripilantes que darían para un artículo monográfico tremendamente jugoso-; se hace al respecto lo que buenamente se puede, y, hasta este momento, se ha conseguido, al menos, minimizar los daños, lo cual no es poco. De hecho, puedo presumir, con un puntito de vanidad, de que la única serie (concretamente, sus tres primeras temporadas) que ocupa un lugar en mi videoteca particular es ésa que ustedes pueden imaginar, a tenor del título que encabeza este artículo: sí, efectivamente, Los Soprano.

Que mi fascinación por el universo bizarro y lunático en el que se desenvuelve esta caterva de indocumentados que pueblan el "territorio Soprano" no es algo exclusivo ni personalísimo, ya me consta sobradamente, no en balde estamos ante una de esas series que se suelen calificar como "de culto". Lo que me cuesta más trabajo entender es de dónde puede partir tal fascinación, si tengo en cuenta que el personaje de Tony Soprano, esa especie de Rey Sol alrededor del cual giran todos y cada uno de los personajes –tanto los de su esfera, digamos, "profesional", como los del ámbito familiar- que pululan por su peculiar mundillo –y un personaje con el cual su intérprete, el simpar James Gandolfini, ha alcanzado un grado tal de simbiosis que se me hace imposible, a estas alturas, verlo creíble en un registro diferente-, viene a resultar un compendio de todos aquellos atributos que, de concurrir en un ser real, una persona de carne y hueso, harían que la misma me resultara alguien absolutamente abominable.

Tony Soprano es un hombre que, en un plano consciente, carece de la más mínima capacidad reflexiva acerca de su moralidad: él asume, de manera estricta, los códigos heredados de la más rancia tradición mafiosa, y entiende que el mantenimiento de su estatus –no tanto frente a sus adversarios (externos) como frente a sus potenciales enemigos (internos)- depende, básicamente, de dos factores: su capacidad para llevar a cabo un ejercicio totalmente brutal –desproporcionado, siempre, y gratuito, llegado el caso- de la violencia física (no hay imperio sin una demostración permanente de poderío: el amedrentamiento como vía hacia el respeto; ¿les recuerda a ustedes, amigos lectores, a algún país actualmente presente militarmente en suelo iraquí?), y su convicción de que todo aquello que cualquier mortal entiende que no es susceptible de transacción económica –la dignidad, el honor, la integridad y cualesquiera otras menudencias por las que se preocupan las gentes pequeñas-, se puede comprar con dinero.

Tony Soprano es capaz de apalear –por sí o por persona interpuesta, tanto da- a todo aquel que no se pliega a sus exigencias –generalmente, relacionadas con sus pingües (e ilegales) negocios-; Tony Soprano es un diligente esposo que no ve incompatible tal condición con el mantenimiento de una amante (más o menos estable) e innumerables ligues ocasionales (aquellas que han de dar cumplimiento a esas fantasías sexuales a las que no está bonito que dé rienda suelta una casta y cristiana madre de familia, la ejemplar y sufrida Carmela); Tony Soprano asimila el amor a sus hijos con la concesión de cualquier capricho (en lo material) contrapesado con un férreo control de todo aquello que atañe a sus deseos o anhelos (en lo afectivo). En conclusión, Tony Soprano es, parece, una auténtica joya.

Pero, ¿qué es todo eso que Tony Soprano exhibe tan impúdica como brutalmente? Fachada, sólo la fachada tras la que se esconde un hombre vulnerable, un hombre que duda, un hombre que sufre. Ellos, esas personas que integran su mundo, no pueden verlo, porque él lo esconde; nosotros, sí: es la magia de la ficción televisiva. Por eso, porque sabemos que el oso no es el oso feroz, sino un grandullón y enorme osito de peluche, nos compadecemos de Tony Soprano. Por eso, porque sabemos que, aunque no sea blando, sí que puede que sea tierno, sentimos lástima por Tony Soprano. Y por eso, porque podemos reconocernos en su vulnerabilidad, en su debilidad, en su sufrimiento, nos identificamos con Tony Soprano. Eso, nada más (y nada menos) que eso, es lo que lo hace (como al elegido de la canción de Silvio Rodríguez) querible, ¿besable, amable...? Todo un tipo, mi Tony...

* APUNTE DEL DÍA: a día de hoy, las estanterías siguen estando atiborradas, y, entre ellas, luce, más bonita que ninguna,  la serie completa...

* Antecedentes penales (El viejo glob de Manuel) X.-


domingo, 13 de marzo de 2011

CISNE NEGRO (BLACK SWAN; U.S.A., 2010)

Pocos ejercicios de funambulismo más peligrosos (tan fina es la cuerda, tan escurridiza la pértiga...) que el que viene realizando un autor como Darren Aronofsky, desde su debú, allá por el año 1998, con esa rareza titulada “Pi, fe en el caos” (puro y duro cine experimental, sin aditivos, conservantes ni colorantes), hasta esta su última propuesta, “Cisne negro”: una cinta que lo sitúa, probablemente, aún a mitad de un camino que, en pura lógica, debe culminar en esa esperadísima “The wolverine”, un proyecto plenamente incardinable en los territorios de la comercialidad más descarada. Como todo (o casi todo) en esta vida, esta circunstancia comporta sus pros y sus contras —con la particularidad de que queda en el terreno de la más abierta controversia el determinar cuáles son los unos y las otras...—.

Pero, más allá de sacar la balanza para poner en sus platillos ambos componentes (y ver, después, dónde termina situándose el fiel de la misma), hay que empezar afirmando que “Cisne negro” efectúa, desde una perspectiva general, un retrato brillante y sobrecogedor de la neurosis del artista sometido a la máxima presión (en un mundo tan ultra exigente como es el de la danza, paradigma de la dureza y la competividad extremas), y, en un plano más particular, una composición de personaje en el que confluyen poliédricamente, en un proceso de destrucción implacable, un conjunto asfixiante de miedos, influencias y quiebras mentales; confluyendo ambos planos (dado que no hay separación de ambos en lo que respecta a la estructura narrativa de la cinta) en un desenlace abrupto, duro y ejemplarizante.

El retrato generalista se basa, sobre todo, en una historia que juega con la alternancia, a través de una progresión lenta, callada, sorda pero no por ello menos inexorable, de cruzamiento de realidades y ficciones, donde hay cabida tanto para un ejercicio de estrujamiento físico brutal como para la sicosomatización de heridas y dolencias, contando siempre, como telón de fondo, que va punteando y condicionando el desarrollo argumental, con la competencia aviesa y personal de la “alter ego” de la protagonista como amenaza siempre latente, un acicate que actúa tanto de motor de la acción como de componente emocional determinante del posicionamiento de los personajes alrededor de la misma —y es inevitable hacer, en este punto, referencia a todo un hito legendario en ese terreno, como es el de “Eva al desnudo” (All about Eve; U.S.A., 1950), muestra señera de esa línea argumental—.

En cuanto al aspecto más, digamos, “personal”, en la medida en que atañe al itinerario evolutivo, incardinado en el desarrollo de la trama, del personaje protagonista, Nina Sayers, hay en el mismo todo un estudio, casi entomológico, de cómo la represión e inhibición de instintos básicos (sexual, relacional) y el sometimiento a un mundo de coordenadas estrictas y cerradas termina llevando al desquiciamiento, a la incapacidad para afrontar retos vitales elementales. Y, por supuesto, cómo no resaltarlo, hay también un trabajo interpretativo de altísimo nivel a cargo de la actriz encargada de dar encarnadura al personaje, una Natalie Portman que se doctora “cum laude”, no tanto por su generoso esfuerzo a la hora de abordar un papel de requerimiento físico considerable (aspecto en el que brilla enormemente), sino, sobre todo, por su emocionante creación de un alma torturada hasta más allá de cualquier límite razonable, haciendónosla cercana y creíble.

Sobre tales puntales, se erige un proyecto con un sello inequívocamente personal, o autoral, para que se entienda más claramente, pero no por ello desprovisto de una vocación comercial clara. De ahí que, en todo momento, sobrevuela sobre la cinta esa condición de obra que se mueve en la cuerda del funambulista a la que se aludía el principio, con lo que ello comporta, como más evidente, de riesgo de caída. Y de ahí, también, que me pueda atrever a calificarla de híbrido; carácter híbrido, en cuanto su naturaleza y perfil como proyecto, que se pone de manifiesto con rotundidad a través de un ejercicio bien simple, como es el de espigar, a través de sus muy variados elementos, aquellos que, en una realización de corte más convencional, o mainstream (con menos pretensiones autorales, en cualquier caso), se hubieran puesto igualmente de manifiesto, casi con toda probabilidad —motivo por el cual, además, chirrían un tanto en una cinta como ésta—: el dibujo del personaje del director del ballet, Leroy, de trazo demasiado grueso y excesivamente previsible en cuanto a intenciones y líneas de actuación; o el recurso quizá abusivo a golpes de efecto visual basados en el impacto del daño físico sobre la protagonista (en alguna que otra escena, francamente sobrecogedores); o la utilización de mecanismos de resolución de secuencias más cercanos al slasher canónico que a un film inscrito claramente en territorios de género bastante alejados de ése.

Estos apuntes, a juicio de este humilde escribiente, no tienen, en cualquier caso, la suficiente enjundia como para cuestionar, o menoscabar sustancialmente, la valía global del film. Es más, probablemente, puestos a señalar elementos sobre los que sí hubiera puesto algo más de coto, quizá prefiera hacerlo sobre lo que me parece un exceso de primeros planos cámara en mano de la protagonista (cuyo alcance dramático o tonal no alcanzo a comprender muy bien). Y, por encima de todo, son apuntes que no pueden esconder que “Cisne negro” se trata de una propuesta que, aun destinada a un público amplio, muy amplio, no por ello deja de estar sometida a un rigor y exigencia que la llevan a jugar en otra “liga”. La de las buenas películas; ésa en la que juegan pocas, muy pocas. Ésta lo hace, y con solvencia. Bienvenida, pues...

miércoles, 9 de marzo de 2011

Más cine en pequeñas dosis

* Esta entrada fue publicada originariamente, en mi antiguo blog, y bajo la etiqueta  "Grageas de cine", el 29 de enero de 2006.

- Ya está anunciado el estreno, para el próximo 17 de marzo, de la última película de Pedro Almodóvar,  Volver: un título que, según confesiones del propio director, recogidas en su web personal, supone una auténtica declaración de intenciones, en la medida en que este nuevo film marca el retorno a una serie de referentes del universo almodovariano (la coralidad femenina del reparto, la fuerte presencia del personaje materno, sus raíces natales en La Mancha...) que no hacen sino incrementar la expectación que, de unos años a esta parte, y coincidiendo con el reconocimiento generalizado de este director por parte de público y crítica, ya suelen suscitar todas sus nuevas entregas. Siento una especial veneración por el cine de Pedro Almodóvar, un director al que sigo desde sus inicios y que nunca -jamás de los jamases-, incluso en aquellas ocasiones en que la crítica ha considerado que alguna de sus películas quedaba lejos del nivel mostrado en sus más exquisitas creaciones, me ha defraudado en demasía. Y, despojando al personaje de la hojarasca con que se cubre en esa dimensión pública que no siempre ha cultivado de manera muy diplomática, me quedo con el enorme cineasta que es, y ha sido siempre; uno de los mejores que el cine español haya podido tener, y disfrutar, a lo largo de toda su historia. Consecuentemente, mi expectación también es fuerte, y espero que haya ocasión de hacerles llegar mis comentarios sobre el particular.

- Que no será tarea sencilla, amigos lectores. Pueden darse situaciones como la de esta semana, en que no haya ni una sola película sobre la que pueda darles referencia alguna -por breve que sea-, dado que no he tenido ocasión de ver ninguna -ni siquiera parcialmente; momento y ocasión habrá para extenderme un poquito más acerca de ciertas fórmulas de visionado que parecen ir marcadas por el signo de los tiempos, tanto en soportes como en disponibilidades-. A aquellos de ustedes que sean padres de hijos de corta edad, y, por tanto, sabedores de las veleidades del sueño infantil, es muy probable que no haya de darles excesivas explicaciones: así son las cosas, y (parafraseando a aquel legendario filósofo -¿o era un presentador televisivo de infausto recuerdo...?-) así se las cuento...

- Aun a pesar de tales consideraciones, no quería cerrar la prescripción facultativa de esta semana sin hacer referencia (más bien, sentido homenaje) a Pascale Bussières (la chica que aparece en la foto que pueden ver ustedes en la pantalla, ahí arriba). Esta intérprete canadiense, nacida en Quebec en el año 1968, no es una actriz muy conocida -no llega, desde luego, al rango de estrella-, y tampoco sus dotes artísticas destacan especialmente, pero consiguió que una película que apenas cabe calificar como discreta (Cuando cae la noche, de Patricia Rozema) se convirtiera para mí en una experiencia impresionante. Un fenómeno similar al que les comentaba en una reseña crítica reciente sobre La flaqueza del bolchevique, respecto a dicho film y su protagonista, María Valverde: no soy partidario de las "visiones parciales", pero hay ocasiones en que esta visión refulge con tal brillo, que se hace difícil concretar una mirada sobre lo que se despliega alrededor. Desde aquí, Pascale, besos admirativos. Y a ustedes, amigos lectores, feliz semana.

- Crédit photo: © Monic Richard.

* APUNTE DEL DÍA:  Qué complicado me sigue resultando encontrar un hueco para escribir. Y el material de almacén no me va a durar toda la vida. Resignación...

* Grageas de cine III.-

* Antecedentes penales (El viejo glob de Manuel) IX.-

miércoles, 2 de marzo de 2011

Guarrerías furgolísticas

Desconozco si el furgol necesita de las polémicas para subsistir (abrigo serias dudas al respecto...), pero lo que sí parece claro es que los que las necesitan, y como agua de mayo, son los medios especializados en la materia. La última, en el ámbito del furgol patrio, es la planteada por la actuación, por partida doble (furgolística y “actoral”), del aguerrido defensa valencianista David Navarro en el partido que su equipo disputaba el pasado domingo frente al Athetic de Bilbao: a su amplio y variado repertorio de golpes (yo, en su lugar, me plantearía seriamente la posibilidad de pillar metal en Londres 2012 dedicándome al taekwondo...), unió una “performance” teatral que ni la mismísima reencarnación de Marlon Brando hubiera solventado con mayor garbo y eficiencia.

En todo caso, lo que más me ha llamado la atención en relación con este asunto ha sido la apelación, por parte del protagonista principal de los hechos, a esa especie de código de honor del césped en virtud del cual se esgrime, por parte de quienes defienden a ultranza su vigencia, que lo que sucede en el campo, en el campo queda. No es el primero que lo hace, ni, sospecho, será el último: precedentes gloriosos tuvo, entre los que cabría citar, como ejemplar señero, a ese Hugo Sánchez que, junto a su enorme calidad furgolística y su capacidad goleadora estratosférica, siempre mostró una conducta muy poco deportiva, llegando a convertirse en uno de los contados casos de “temor inverso” de la historia de este deporte (en el furgol, es lo acostumbrado que sean los delanteros los que teman las tarascadas y tropelías de las defensas; en cambio, a Hugo Sánchez lo temían todas las defensas, de una punta a otra del planeta...), y que siempre plantaba por delante, como eximente de sus desmanes, el código de marras.

Y no sé a ustedes, amigos lectores; pero a mí, francamente, no me cuela. Lo que un furgolista hace en el campo es el fruto de sus decisiones y determinaciones, y una plasmación fáctica de su forma de ser, su idiosincrasia, su visión del mundo y de la vida. Es probable, no lo sé, que David Navarro sea un chaval espléndido en su vida cotidiana, un muchacho de conducta intachable y totalmente normal; pero, viendo cómo se comporta en el campo, cuesta bastante menos trabajo pensar en todo lo contrario. Y, en todo caso, esa “dualidad” no le exime de responsabilidad respecto a sus acciones sobre el césped, de ninguna de las maneras. En fin, que a mí me costaría mucho trabajo, incluso echándole toda la buena voluntad del mundo, tomarme unas cervecitas con quien unos minutos antes me ha dejado medio zombie de un codazo (sin que, por otro lado, se le vea muy compungido ni arrepentido por ello). ¿Cosas del furgol? Esa etiqueta prefiero reservarla para las “cosas” que hace gente como Messi, Xavi o Iniesta. Mejor. ¿No creen...?

* Pasión furgolera XV.-
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