lunes, 31 de enero de 2011

Violencia de género: no con mi silencio

Oía hace unos días una información radiofónica —y la sensación que me nacía al hilo de la escucha, oscilaba entre la sorpresa y la indignación— que mencionaba que más del sesenta por ciento de las llamadas que se recibían en el teléfono habilitado especialmente para la atención a las víctimas de violencia de género (el 016), correspondían a hombres que, sin identificarse (como corresponde con esa “valentía” que su forma de proceder pone de manifiesto...), se limitaban a proferir insultos y exabruptos. El hecho, en sí mismo, y más allá de la tremenda estulticia que revela por parte de quien así obra, no tendría mayor trascendencia, si no fuera porque no constituye más que la punta de lanza de una ofensiva que, convenientemente jaleada y espoleada por la caverna mediática, pretende minimizar la gravedad del fenómeno de la violencia de género en nuestro país, intentando venderlo como un invento de la progresía trasnochada e invasora de un gobierno que, incapaz de resolver los problemas “de verdad” (o sea, ese paro y esa crisis económica contra la que esa caverna y sus adláteres no mueven un solo dedo...), se dedica a airear espantajos contra los que sí muestra una combatividad potente y eficaz —o, al menos, lo intenta—.

El de la violencia de género, como todo fenómeno insidioso y difuso, no es sencillo de abordar ni de tratar; más bien al contrario, su complejidad, su multiplicidad de vértices, aristas y facetas, lo hacen escurridizo, una auténtica bomba de relojería para cuya “desactivación” todas las medidas de corte institucional, ya sea en el ámbito legislativo, gubernativo, o judicial, son, por supuesto, imprescindibles, pero no suficientes. Y me consta —es una convicción que comparto con muchísimos de mis conciudadanos—, que la única vía válida y positiva para una disminución, primero, y una erradicación, después, del mismo, pasa por un trabajo intenso en el ámbito educativo, un trabajo que incida en una percepción diferente de los roles de género, un nuevo paradigma sobre la cuestión y unas pautas de actuación coherentes con esa visión renovada. Algo que, naturalmente, no cuaja de la noche a la mañana, y que se proyecta en un trabajo a medio y largo plazo que no rendirá frutos inmediatos y no ofrecerá resultados visibles hasta que transcurra un margen más que prudencial. Mientras, por desgracia, las víctimas se van acumulando, y a ese “frente inmediato” también hay que acudir.

Un “frente inmediato” en el que las muertes violentas, aun con toda la repercusión mediática que su brutal irreversibilidad les confiere, no son más que la punta costera de un vastísimo territorio, un terreno yermo en el que campan a sus anchas las ruindades y vilezas más execrables que quepa encontrar en la condición humana, a lomos de un “cohete” desbocado cuyo combustible viene constituido por una mezcla mortífera de incultura, ignorancia, miseria y violencia previa (en dosis variables, según cada caso concreto), destilado y decantado todo ello en el laboratorio sin probetas de la vida cotidiana. Negar su existencia, o minimizar su amplitud, no es sólo un ejercicio malintencionado de ceguera: es la semilla con la que abonamos su prolongación a perpetuidad. Y eso hay que decirlo, alto y claro.

¿Que existen denuncias falsas? Quién lo niega... ¿Que el de los malos tratos ha sido un “expediente” al que se ha recurrido en ocasiones para “engrasar” una maquinaria judicial lenta y obsoleta en pos de un divorcio o una separación? Cómo se podría obviar tal circunstancia: por supuesto que así ha sido, así es y así seguirá siendo... Negar la existencia de episodios de ese tenor sería tan ingenuo como ignorar que son hombres y mujeres quienes se ven envueltos en ellos, y que, por tanto, su condición humana da de sí para tales mezquindades, y aún mayores y más reprochables moralmente. Pero la pretensión de hacer de tales casos una categoría general bajo la cual se sepulte la existencia de la violencia de género como un fenómeno específico de enorme gravedad nos devuelve al terreno de la maledicencia y la mala baba: ése en el que se mueven sus promotores y quienes les amparan. Dicho queda...

* APUNTE DEL DÍA I: ví el pasado sábado "El discurso del rey", y me gustó. Bastante. Una crítica amplia, en este enlace.

* APUNTE DEL DÍAII: nueva prescripción facultativa. Poetas en la red, un blog promovido por el Instituto Cervantes de Varsovia, en el que un puñadito selecto de poetas vierten sus reflexiones sobre escribires internaúticos e hierbas similares. Muy, muy recomendable.

* A salto de mata LI.-

viernes, 28 de enero de 2011

Más apuntes breves sobre temas de cine

* Esta entrada fue publicada originariamente, en mi antiguo blog, y bajo la etiqueta  "Grageas de cine", el 22 de enero de 2006.

- Movido por la curiosidad surgida tras el visionado reciente de Eros -proyecto del cual fue principal impulsor, amén de autor del primero de sus capítulos-, me dispuse, hace unos días, a ver, en pase televisivo, Blow-up -prescindiré del sobretítulo que le "asestó" la distribución española de la misma (Deseo de una mañana de verano): las navidades ya han terminado, y los anuncios de perfumes guardan un merecido (para sus sufridores) descanso...-, el celebradísimo film que, a mediados de los 60' del pasado siglo, consagrara a Michelangelo Antonioni como director internacional de culto con el marchamo de "Autor", así, con mayúsculas. Poco menos de dos horas después, ya había podido comprobar, amén de mi catadura de auténtico super-héroe (les aseguro, sin ánimo de parecer presuntuoso, que llegar hasta el final despierto sólo está al alcance de quienes ostentan tal condición), que la infumabilidad no era algo que el cine del director italiano hubiera adquirido con el paso inexorable de los años, sino que se trataba de una característica que ya estaba inscrita en sus "genes fílmicos", y que, por tanto, afectaba de manera plena a su producción de cuarenta años atrás. Si Antonioni pretendía, con su película, reflejar algunos elementos de la condición humana particularmente caros a una buena parte de la intelectualidad de la época -el hastío existencial, el vacío vital, la desorientación personal (anímense, y, sin necesidad de excesivo esfuerzo, añadan dos ó tres más de tenor similar: es divertido...)-, y ofrecer un retrato fiel de ciertas tendencias estéticas (sobre todo, en el campo de la moda), doy fé de que lo consiguió, y de manera rotunda. Eso sí, no hubiera estado de más que, además de la deslumbrante presencia de una casi debutante Vanessa Redgrave, hubiera añadido alguna ligera partícula de eso que el común de los mortales entiende por cine. Hubiera sido muy digno de agradecimiento, y, además, es muy probable que el celuloide utilizado no hubiera envejecido de una manera tan inclemente. En fin...

- El pasado 13 de enero, en Málaga, daban inicio las representaciones -que se desarrollarán, a lo largo de los próximos meses, en diversos puntos de la geografía española- de la obra teatral 84 Charing Cross Road, que, basada en una recopilación epistolar de la escritora estadounidense Helene Hanff, cuenta con la dirección de Isabel Coixet y las interpretaciones de Carme Elías y Josep Minguell.

Sabedor del inmenso amor por la palabra que la directora catalana profesa (no sólo en la medida en que ella así lo ha manifestado, reiteradamente, sino a través de las demostraciones que de ello hace su cine), así como de su talento para contar historias (y en ésta ha debido afrontar un reto verdaderamente difícil: no es sencillo poner en pie un armazón narrativo basado en un intercambio de dos cartas entre dos personas, por muy interesantes y valiosos literariamente que tales textos puedan llegar a ser), no me cabe ninguna duda de que la obra ha de merecer la pena, y mucho. Y, en cualquier caso, más allá de sus calidades -que ardo en ganas por contrastar y sopesar personalmente-, la actitud de la Coixet denota un arrojo envidiable: si poco frecuentes son las alternancias habituales entre cine y teatro a nivel interpretativo, menos aún lo son (ni siquiera con carácter puntual o episódico) las que atañen a los responsables de la tarea de dirección. Vaya pues, desde aquí, mi aplauso y reconocimiento.

- Tras una larga temporada sin tener ocasión de aparecer por una sala de cine (mi última asistencia a una de ellas se remontaba al mes de noviembre del pasado año: llover, ha llovido muy poco, por desgracia, pero tiempo sí que ha pasado...), tuve ocasión, por fin, de volver a disfrutar de tal placer el pasado jueves. ¿La elección? Cuando uno es consciente de que los cartuchos en la canana son, a todas luces, escasos (por no decir que de una pobreza pírrica), no queda más remedio que intentar hilar muy fino, y, fundamentalmente, apostar sobre seguro. Así que no había mucha alternativa: la última de Woody Allen. Por mucho que el maestro ande flojeando en sus últimas entregas, siempre cabe esperar de un mago que se saque algún conejo de la chistera, ¿no?. Pues bien, amigos lectores, ni mago, ni chistera, ni nada que se le parezca. Match point me decepcionó, y de forma contundente, sin paliativo alguno. Sin entrar en profundidades ni detalles, sobre los cuales me extenderé en una crítica más amplia, sí que he de manifestar mi profunda tristeza ante la constatación de una decadencia (¿pasajera? ¿definitiva?) que siempre duele más cuando atañe a un autor con cuya obra se ha disfrutado enormemente. Una auténtica pena.

- Y, para terminar, una recomendación. A todos aquellos de ustedes, amigos lectores, que tengan acceso a las emisiones de TVE-2, quisiera rogarles encarecidamente que, si las circunstancias se lo permiten (y, en caso contrario, no dejen de tirar del manual de instrucciones de sus magníficos aparatos de grabación-reproducción de imagen, sea en el formato que sea...), y no la han visto aún (y, si lo han hecho, tampoco hay excesivo problema en repetir el visionado), no se pierdan la película que esta próxima madrugada (concretamente, a las 0'35 horas), y dentro del ciclo dedicado al genial director aragonés Luis Buñuel, programará dicha cadena: El ángel exterminador. Les dejo aquí un enlace a un artículo dedicado, parcialmente, a ese film (publicado recientemente en Ciberanika), y en el cual me extiendo en algunas consideraciones acerca del mismo (sin entrar, tampoco, en excesivas profundides), pero, en todo caso, se trata de una de las obras más demoledoras y vitriólicas de un director que, muchos años antes de que se inventara la etiqueta esa de lo "políticamente correcto", ya se encargaba de aplicarle cañonazo tras cañonazo (y sin la más mínima misericordia). Siéntense, disfruten y feliz semana, amigos.

* APUNTE DEL DÍA: arranca el fin de semana. No sería mala cosa, no, dejarse caer por alguna sala de cine (aunque la cartelera, francamente, no sea demasiado entusiasmante).

* Grageas de cine II.-
* Antecedentes penales (El viejo glob de Manuel) VII.-

viernes, 21 de enero de 2011

Calvero (Candilejas; U.S.A., 1952)

Es duro adquirir la conciencia de que el declive ha llegado, de que ya pasó la edad de la sazón, y lo que resta es un camino en rampa descendente, acerca de la cual sólo se ignora cuál será su extensión y el grado de la pendiente. Calvero, sabio y lúcido, lo sabe y lo asume, pero no le resulta sencillo: su clarividencia y su talento le hacen ver con claridad, pero no le eximen de las angustias que acongojan a todo humano.

Su lucha por mantener un estatus y un prestigio de cómico que llegaron a alcanzar cotas muy elevadas, no es la del que se aferra a la gloria pasada con más patetismo que empeño, sino una voluntad firme, a la par que resignada, sabedora de que esa lucha está destinada al más completo fracaso. El mundo gira, sigue dando vueltas, y Calvero ya no puede correr al ritmo que marca ese eje.

Para eso está Theresa, esa chica desesperada y desvalida a la que Calvero salva (en principio, la vida; más adelante, sus anhelos e ilusiones...), para proyectarla hacia ese futuro del que él, que no quiere engañarse, y confundir la compasión con el amor, ya no puede formar parte. Es el relevo generacional, es el devenir del mundo, es la ruleta que asigna posiciones conforme a ciclos marcados. Y, al hilo de eso, reflexiones siempre acertadas y precisas sobre él, sobre ella, sobre nosotros.

Porque Calvero no sólo es la proyección personal de un Chaplin crepuscular, que está haciendo resumen y epítome de una larga y exitosa carrera, y asumiendo que ésta arrostra ya sus últimas andanzas. Calvero somos, un poco, todos los que arrojamos una lágrima cuando lo vemos sufrir.

* APUNTE DEL DÍA: después de ver "Candilejas", no me "salía" un texto crítico más o menos convencional. Pero sí me pedía el cuerpo esto...

* Los buenos buenosos IX.-

miércoles, 19 de enero de 2011

Radio (perdoná si al evocarte, se me pianta un lagrimón...)

Ése que ven ahí arriba, en la imagen, es un viejo aparato de radio Philips (creo que, a estas alturas de la película, a una marca tan icónica como ésa, mencionarla no le hace publicidad, sino justicia...) que me acompaña desde el ya algo lejano año de gracia de 1993, en que, de viaje con mi mujer por tierras del norte, y alojado en un hotel bastante modesto, lo adquirimos en Santander, en una pequeña tienda de electricidad cuyo nombre y ubicación sería incapaz de recordar ahora, con objeto de que hiciera lo que, desde entonces, viene haciendo con admirable constancia y sin el más mínimo fallo (además de con una calidad de recepción de señal y de sonido difíciles de creer en un aparato de sus características, alejadas de las virguerías digitales que hoy adornan hasta al más humilde de los ingenios audiovisuales que pueblan cualquier hogar): acompañarme en mis quehaceres diarios, como un fondo balsámico y tranquilizador de sonidos familiares, ya sean de palabras o de músicas. Desde hace bastante tiempo —no podría precisar cuánto—, reside en mi despacho del trabajo y la aguja del dial permanece anclada en la sintonía de la cadena SER; pero esto solo ha sido el final de un largo y variado periplo, tanto de ubicaciones físicas materiales como de localizaciones en las ondas hertzianas.

Hace solo unos días, leía en El País Semanal un reportaje sobre los motivos (confesos; quién sabe si, además, certeros, o reales...) de cincuenta prestigiosos escritores para su dedicación a la escritura. El abanico es, como cabe imaginar, bastante variado; pero llama la atención la recurrencia e insistencia en un argumento, el de la ineludibilidad, que, por lo demás, siempre ha sido muy socorrido a la hora de abordar estas cuestiones. Algo parecido me sucede a mí con la radio. Nunca me paré a calcular cuántas horas, al cabo del día, la tengo como telón de fondo, como eso que, en plan cursilón (y tan manido en publicidades al uso), se podría llamar “banda sonora de mi vida”. Pero les puedo asegurar que son muchas; en cualquier caso, y en términos relativos, bastantes más de las que paso sin ella. No siempre, como bien se puede suponer, prestándole la mínima atención que me permita enterarme con detalle de lo que se emite; pero no por ello tan despistado como para no prestarla cuando algo me sorprende y me pone, cual liebre recelosa de la cercanía del galgo, con las orejas alzas.

Ya me consta que no se trata de ninguna experiencia extraordinaria, ni anómala: es una vivencia que comparto con millones de congéneres, igualmente subyugados por la magia que conlleva, para los legos en los arcanos de la ciencia, que de un objeto inanimado puedan emanar voces y armonías. Pero como toda circunstancia común y cotidiana, cada cual vive la suya propia y la vive de su peculiar e intransferible manera: contarla, como hago yo ahora, no se trata sino de una burda y torpe manera de intentar transmitirla, con resultado, como mínimo, incierto; porque, aunque el sonido se exterioriza y su percepción física es abierta (de manera que se puede compartir), el sentimiento que genera se recluye en los recovecos de nuestro cerebro, y ahí se queda. Yo sólo puedo asegurarles, amigos lectores, que, sin la radio de fondo, siento que me falta algo importante; no necesario, pero sí placentero y aportador de un sentido de la calma y del orden del mundo que me asienta y me estabiliza (aunque lo que el locutor esté contando sea una tragedia en cualquier rincón del mundo).

Ése es el motivo por el que en mi vivienda, como ya pueden imaginar, si hay algo que no falta en número generoso, son aparatos de radio —incluyendo en el cómputo al ordenador, convertido habitualmente en un sintonizador más, dando fondo al “cibertrasteo” del que esta reseña es sólo un ejercicio puntual más...—. Pero ninguno tan antiguo y afinado como el que ilustra esta reseña, y al que hoy, con estas líneas, quiero rendir el homenaje que ya se iba mereciendo. Muchas gracias, amigo...

APUNTE DEL DÍA: el trabajo me atosiga. Pero mejor así, mejor...
* Mi Buenos Aires querido XVIII.-
 

martes, 11 de enero de 2011

Un breve apunte sobre las nominaciones a los Goya 2011

La Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas de España ha dado a conocer, a las 11 de la mañana de hoy, las nominaciones a los premios Goya 2011; noticia de la que se han hecho eco, amplio y profuso, todos los medios de comunicación, tanto generalistas como especializados, y ya sea en formatos convencionales o digitales, por lo cual, y para evitar reiteraciones innecesarias, no entraré en la relación pormenorizada de las mismas —pueden consultarlas, por ejemplo, aquí, en este enlace—.

Mi impresión personal es la de que no hay grandes sorpresas: está, más o menos, todo lo esperado, todo aquello con lo que se había venido especulando puntualmente, a medida que los estrenos iban arribando a las pantallas y poniendo sus cartas boca arriba, aunque siempre habrá quién, desde un conocimiento profundo del panorama cinematográfico español del pasado 2010 —o sea, habiendo visto un porcentaje cuantioso de los films estrenados—, podrá poner sobre el tapete alguna crítica puntual: esa película, intérprete o integrante de equipo técnico y/o artístico al que se echa en falta, o bien, a la inversa, el (o la) que se ha colado inopinadamente en el cuarteto de los agraciados.

No es ahí, pues, donde puedo encontrar algún motivo de queja, protesta o disconformidad. Pero sí en una cuestión muy concreta, y que les expongo a continuación: lo que a este humilde escribiente le chirría enormemente —aunque no se trate de una circunstancia nueva, sí que se ha agudizado brutalmente en esta edición— es el hecho de que personas que ostentan cargos de responsabilidad en la entidad que organiza los premios (y no en posiciones menores, sino nada menos que la presidencia y la vicepresidencia), opten a los mismos (y, además, en un volumen considerable) con sus últimas creaciones. Es el caso de Álex de la Iglesia e Iciar Bollaín.

No se trata de algo que afecte a la valoración que, desde el punto de vista de sus bondades cinematográficas, puedan presentar sus films: tengo por seguro que tanto “Balada triste de trompeta” (que aún no he visto) como “También la lluvia" (que sí), ostentan méritos más que sobrados, en el contexto en que se enmarcan sus nominaciones, para poder optar a las mismas. Pero no me negarán que, desde el punto de vista “estético”, no resulta muy ejemplarizante el hecho; y que, quizá, sería positivo (no ya de cara a esta edición, que se habrá de solventar con las reglas previamente establecidas, pero sí para lo sucesivo) que las reglas bajo las que se conceden los Goya, no dieran pie a que el mismo se pudiera repetir: es una pauta habitual que las claúsulas que rigen la concesión de premios en cualquier ámbito excluya la posibilidad de que accedan a los mismos aquellos que los conceden (o sus familiares directos). Algo así debería regir también en este ámbito. O, al menos, a mí así me lo parece. 

* APUNTE DEL DÍA: como ya señalaba, ví hace unos días "También la lluvia", de Iciar Bollaín, y me decepcionó un poco. Esperaba más, algo más...

* Grageas de cine LXXVI.-

domingo, 9 de enero de 2011

Política "a la contra"

Fíjense en su cara (aunque esté lejos de ser George Clooney...) y retengan su nombre, amigos lectores: Darrell Issa. Ése es el hombre: para el gran público, a nivel internacional y hasta el día de hoy, se trata de un perfecto desconocido; pero en pocos meses, y si consigue avances significativos en lo que constituye su objetivo específico y declarado (convertirse en el azote de Barack Obama, desde su cargo de presidente del Comité de Control y Reforma del Gobierno del Congreso estadounidense), no tengan la más mínima duda de que se convertirá en toda una celebridad. Tiempo al tiempo.

Y es que ejercer la política “a la contra” siempre ofrece réditos inmediatos, cómodos y sustanciosos: nada genera adhesiones ni simpatías más incondicionales que la de transmitir una imagen de que se trabaja contra el poder establecido, sea éste cual sea (recordarán los más viejos del lugar aquella vieja proclama, lanzada en los momentos en que los entusiasmos de los albores de la transición empezaban a mitigarse, de que “contra Franco vivíamos mejor”...). Debe ser la condición humana, de la que surge esa vena, ese impulso, que nos hace ponernos, al menos en el plano de los afectos, siempre del lado del, aparentemente, más débil, y más aún si éste se erige en paladín de la lucha contra el poderoso, en voluntarioso y esforzado David enfrentado al Goliat de turno.

Esa labor “a la contra” es fundamental, básica, para la buena salud de la vida política de la comunidad en que se ejerce. Sin oposición, sin crítica, los ejercientes del poder terminan instalándose en un colchón, cálido y blandito, de autocomplacencia, desde el cual su (distorsionadamente positiva) visión de la realidad en la que se mueven, les lleva al apalancamiento, la inercia y el inmovilismo. Una posición en la que el trabajo en pos del bienestar del común queda postergado por intereses y prioridades de otro jaez. Sea bienvenido, pues, todo látigo fustigador de los poderes establecidos: son, como proclama la vieja salmodia, justos y necesarios.

Pero no nos equivoquemos: no siempre (o, para ser más precisos, casi nunca) ese ejercicio crítico se hace con un afán de mejora de la situación, sino que, generalmente, las causas e intenciones son otras bien distintas, y lo que se pretende no es sino el desgaste del criticado, como vía a través de la cual ocupar finalmente su lugar (o sea, aquello del viejo cha-cha-cha, del “quítate tú pa’ ponerme yo”...), o propiciar que lo ocupen aquel, o aquellos, a quienes se sirve, o de cuyo grupo se forma parte, de lo cual siempre se termina obteniendo algún tipo de beneficio. ¿Invalida eso el ejercicio crítico desde un punto de vista moral? Probablemente, no, o, al menos, no de manera absoluta; pero está claro que sí que lo enturbia, más aún cuando, una vez alcanzado el objetivo último, de reemplazar al criticado, se terminan reproduciendo pautas de conducta muy similares a las que, en su momento, se consideraron tan negativas o inadmisibles.

Suerte, señor Issa, y que le vaya bonito: escrute usted a fondo, revise cuanto haya de revisar y critique concienzuda e impíamente, tanto a Obama como a su porquero. Pero no olvide aquello de que arrieros somos (aunque, eso sí, va todo a tal velocidad, que las riendas son cada vez más difíciles de manejar —incluso para el arriero de marras—). En fin...

* APUNTE DEL DÍA: hoy he revisado "Mejor imposible" ("As good as it gets"), y he vuelto a disfrutar, una vez más, de una historia con un guión admirablemente bien construido (aunque le sobre algún exceso meloso, para mi gusto particular), además de una interpretación fabulosa de Jack Nicholson. No se hacen muchas pelis así, no...

* A salto de mata L.-

martes, 4 de enero de 2011

Fidelidades televisivas

* Este artículo fue publicado originariamente en El (viejo) glob de Manuel, el 17 de enero de 2006, con este mismo título  y bajo la etiqueta Medios de comunicación.-

Un suelto en un diario del pasado domingo: Silvia Jato, una de las presentadoras estelares de Antena 3, abandona esta cadena para pasar a su más directa competidora, Tele 5 (no especifica de qué tipo de programa se hará cargo, aunque cabe suponer que las perspectivas serán las de asumir la presentacion de algún programa de entretenimiento, dado que ha sido en tales formatos en los que la orensana ha aportado mejores registros). Que una noticia de este tenor, que no hace tantos años hubiera generado un cierto revuelo "metamediático" (válgame el "palabro", hermanos...), pase actualmente desapercibida, sin pena ni gloria, obedece, sin duda alguna, al hecho de que se ha convertido en un fenómeno tan habitual, tan cotidiano, que no genera sorpresa alguna. Una más, un nuevo caso. ¿Qué ha pasado, en una televisión que devora iconos a velocidad de vértigo, para que los otrora "buques insignia", las estrellas cabeza de cartel, se hayan convertido en el objeto de un baile frenético, más parecido al de San Vito que a otros de ritmos más reposados, que les hace perder su condición de tales?

Y es que, no nos engañemos; hoy día, el único referente indicador de una cadena televisiva con ciertos visos de estabilidad (ma non troppo: también se cambia cada cierto tiempo, aunque con algo más de mesura) es la "mosca de la esquina": los programas y sus protagonistas están tan tremendamente sometidos a la dictadura del audímetro que resulta impensable que una cadena esté dispuesta a mantener más allá de un periodo mínimo (concepto indeterminado, éste del periodo mínimo, que si por algo se caracteriza, es por su cada vez menor duración) a cualquiera de ambos que no esté cubriendo las expectativas (y no meramente subjetivas, o aproximativas, sino cuantificadas en cifras muy concretas y rigurosas) fijadas de antemano. De ahí a que el "mercado de fichajes" televisivo se convierta en un magma convulso en el que todo se mueve a una velocidad de espanto, un solo paso. Y ya se dio.

¿El signo de los tiempos? Posiblemente: la aceleración, digna de estudio einsteniano, de los cambios televisivos no hace sino acompasarse a un vértigo social generalizado en el que hasta la mismísima obsolescencia se hace obsoleta en un pispás; vértigo que, en todo caso, no tiene este humilde escribiente muy claro si no resultará excesivo incluso para los individuos más integrados en la dinámica social predominante. Y que, desde luego, sí que resulta claramente incompatible con el mínimo de estabilidad y asentamiento que, para la fidelización y anclaje de una audiencia respecto de un programa o una figura determinadas, se requiere en condiciones normales. Pero, claro está –y ésta no es, amigos lectores, una pregunta retórica...-, ¿cuáles son las "condiciones normales"?

La cuestión es que hablar de fidelizaciones y familiaridades en esta agitada coctelera, en la que no resulta extraño oír hablar de nichos de audiencia, segmentación de mercados y zarandajas de ese tenor como si fueran conceptos ordinarios, "de los de toda la vida", quizá resulte hasta ingenuo, o de un tierno romanticismo, pero uno no deja de tener su corazoncito, y, sin ánimo de ponerse en tesitura "batallitera", recuerda con cierta nostalgia aquella época en que los grandes comunicadores imprimían a una cadena televisiva un sello, un marchamo identificativo, más asociado a cuestiones de espíritu que a índices estadísticos (bien es cierto también que, en un régimen de cadena única, era imposible un planteamiento de mercado abierto). ¿Sería posible, quizá, y en beneficio de todos, un punto equidistante entre regímenes de funcionamiento tan distantes, tan dispares? A eso, amigos lectores, contesten ustedes, si son tan amables...


* APUNTE DEL DÍA: el episodio concreto ha perdido toda su vigencia, pero la reflexion genérica sigue siendo plenamente válida...

* APUNTE DEL DÍA 2: cuesta trabajo retomar la actividad con el trastoque de hábitos que imponen las fiestas navideñas. Pero se intenta, amigos lectores, se intenta...

* Antecedentes penales (El viejo glob de Manuel) VI.-
Creative Commons License
Los textos de esta obra están bajo una licencia de Creative Commons.