SINOPSIS ARGUMENTAL.-
Vidal Ayuste, un niño
bien, hijo de un prestigioso y acaudalado abogado barcelonés, lleva
una vida indolente y no encuentra estímulo alguno en la molicie y
comodidades cotidianas. Aburrido y hastiado de todo lo que le rodea,
decide buscar alicientes peligrosos para su existencia, y, para ello,
monta una banda de atracadores, para la cual captará a dos muchachos
de condición humilde, el “Compare” y el “Cachas” , que se
convertirán en los secuaces de sus correrías. Lo que comienza como
un divertimento delictivo de poca monta se va complicando cuando los
golpes van adquiriendo dimensiones mayores, y empiezan a surgir los
temores y remordimientos, agravados por las pretensiones de Vidal de
trabar relación con Isabel, la hermana pequeña, y un tanto ingenua,
del “Cachas” Ramón, que se opone a esa relación, dado que la ve
como un divertimento más para el señorito. La tensión va
creciendo y terminará por estallar en un final de dimensiones
absolutamente trágicas.
RESEÑA CRÍTICA.-
Sólo desde su
ubicación periférica –en esa Barcelona bastante menos pacata y
pudibunda, y bastante más abierta y cosmopolita, que su Madrid
coetáneo-, se puede entender sin dificultad el que, a principios de
los años sesenta, se pudiera hacer en España una película con los
perfiles y connotaciones que nos presenta esta estimable obra de
Rovira Beleta, Los atracadores:
tan estimable como para permitirle el acceso a un festival de
primerísimo nivel, como es el de Berlín (tampoco hubo de ser ajeno
a ello el hecho de que, encabezando su reparto, figurara una joven
figura alemana, Pierre Brice, por aquel entonces aún muy verde, pero
que habría de cuajar una carrera bastante extensa y exitosa en su
país de origen).
Rovira Beleta ya se hallaba al borde de
la cincuentena cuando abordó la realización de esta película, y su
carrera previa ni había sido muy amplia (aparte de sus trabajos como
asistente de dirección en los años 40, sólo había firmado siete
películas anteriores a ésta) ni particularmente brillante; pero con
Los atracadores dio muestras de una capacidad y una valía
bastante superiores a las que cabría suponerle a tenor de sus
propios precedentes, y que posteriormente se vería refrendada con
algunos títulos de indudable interés.
Los atracadores no resulta
especialmente audaz desde un punto de vista formal: su realización
se atiene a los cánones más convencionales del lenguaje fílmico,
y, quizá como único punto especialmente reseñable, quepa destacar
el de su dirección artística, que igual aprovecha sabia e
intensamente escenarios naturales variados, aunque con especial
predominancia de la ambientación urbana –se desarrollan casi todos
ellos en la ciudad de Barcelona, profusamente mostrada a lo largo del
metraje-, como decorados interiores perfectamente conseguidos, y que
marcan de manera significativa las (tremendas) diferencias sociales
en que se mueven los tres integrantes de esta tan peculiar banda.
Donde radica el verdadero interés de
la película es en el planteamiento de su trama, que aborda
conflictos humanos de distinta naturaleza, desde los socio-económicos
(y es ahí donde esboza sus aspectos más críticos, aunque tal
crítica se haga con sordina), que se dibujan en el abismo de clase
que separa a los miembros de la banda, abismo bajo el cual se va
larvando un odio y desconfianza soterrados que hacen que el
equilibrio de la relación siempre sea muy inestable (elemento que
aporta un tremendo suspense a la historia: ¿cuándo se romperá un
hilo tan delgado...?), hasta los morales, ése continuo batallar
entre el bien y el mal que se desarrolla en la conciencia de cada uno
de los dos parias que secundan, con una mezcla de fascinación
embobada y resignación fatalista, las correrías de ese psicópata
desahogado que atiende al nombre de Vidal, el prototipo del niño
bien, que no está dispuesto a admitir una negativa ante ninguno de
sus caprichos. Son esos conflictos, y las tensiones que generan, los
que dotan a la historia de una consistencia y una densidad casi
asfixiantes, sin necesidad de recurrir a una especial sordidez de
episodios y situaciones, y hacen de la película un recorrido en
crescendo, cuyo final –si le “perdonamos” la componente de
moralina que implica el tremebundo castigo que se impone a los
protagonistas: una suerte de concesión tributaria del guionista a
las exigencias judeo-cristianas más ortodoxas...- marca un clímax
perfectamente acorde con todo el desarrollo anterior. Particularmente
sobrecogedora esa secuencia final, de la cual evitaré entrar en
detalles, pero que deja un nudo en el estómago difícil de disolver
(y, puestos a dar alguna pista, todos aquellos que hayan visto El
verdugo, de Berlanga, tienen aquí una oportunidad de ver una
visión sin el más mínimo punto de edulcoración cómica de la pena
de muerte...).
Quizá hubiera sido el resultado final
más brillante si Rovira Beleta hubiera contado para dar encarnadura
a los personajes de su historia con actores de mayor calidad: los
tres protagonistas (el ya mencionado Pierre Brice, Julián Mateos
–que posteriormente se convertiría en un afamado galán en
producciones de medio pelo- y Manuel Gil –un futuro secundario de
carrera vacilante-) hacen un trabajo digno, e incluso, en algunas
secuencias particularmente intensas, echan el resto y consiguen dar a
su trabajo una brillantez superior (es el caso de Manuel Gil en la
secuencia final: la expresión de su rostro adquiere un dramatismo
bastante conseguido), pero sus prestaciones quedan lejos de las que
hubieran podido conseguir intérpretes de más valía, dadas su
evidentes limitaciones: agarrotados en ocasiones, sobreactuados en
otras, el film les viene un tanto grande, y, con ello, lastran en
gran medida el nivel del producto que vemos en la pantalla.
No obstante, y en resumidas cuentas,
nos encontramos ante una película sorprendente y que, salvo en el
capítulo interpretativo, tiene poco que envidiar a dramas de
suspense pergeñados en cinematografías más potentes
industrialmente –y con mayor tradición en el género- que la
nuestra: eso es lo que la convierte en una rara avis, de la que se
debe disfrutar con fruición e intensidad.


11 comentarios:
No conocía este título pero parece interesante por lo que nos cuentas. Habrá que darle una oportunidad. Me gusta el género.
Un abrazo.
Me gusta el cine español y éstas pequeñas joyas poco conocidas, al menos para éste lado del Atlántico se hacen muy apetecibles, me gusta que no sea efectista evitando el recurso fácil y atrae esa crítica social que mantiene tensión. Espero descubrirla. Te agradezco la mención. Saludos.
Sí que tiene su interés, compa KINE, sin duda alguna; eso sí, no sé si estará accesible por alguna vía (yo la ví en la tele hace unos años, y no sé cómo andará de edición/distribución...). En todo caso, es una muestra de que no todo era ranciedumbre y adocenamiento en el cine español de la época (aunque fuera eso lo que predominara...).
Un fuerte abrazo, gracias por pasar y comentar y buen fin de semana.
Muchas gracias, Mario, por tu visita y tu comentario. Sí que se trata de una propuesta bastante interesante, pero me temo que difícil de encontrar para su visionado, más aún allá en tu país (aunque no sé cómo andareis allá en materia de edición videográfica); si tuvieras ocasión, ten por seguro que le ibas a encontrar méritos y valores más que curiosos...
Un fuerte abrazo y buena semana.
Este cine adolece de unas limitaciones bárbaras en cuanto a sus posibilidades ante la censura. Hay grandes películas de este periodo, y anteriores, cuyas conclusiones, obligadas a la fuerza, estropean las obras hasta dejarlas en la intrascendencia. A pesar de eso, algunas películas se mantienen, sobreviven, como la genial "Surcos" o ésta. Buena reseña, sí señor, y buen rescate.
Un abrazo
Volver al buen cine, al auténtico, es lo mejor que puede haber, y te agradezco mucho que nos lo hagas saber a nosotros, que gracias a nuestra generación no hemos tenido mucha oportunidad de conocerlo.
Saludos popfilácticos
http://popfilaxis.blogspot.com
Gracias, compa Alfredo, por tus elogiosas palabras; animan, y mucho. Tema potente y espinoso ese que apuntas, el de la censura, y sobre el que nunca se debatirá lo suficiente. Eso sí, me alegra que tengas claro que fue algo nefasto para nuestro cine, lejos de lo que, durante tantos años, ha venido afirmando cierto discurso que, sin justificarla ni validarla moralmente, sí que le concedía un efecto benefactor como elemento que sirvió de acicate para el ingenio de los creadores que, habiendo de esquivarla, se veían en la tesitura de exprimirse el cráneo para escapar a sus tentáculos. Tan absurdo como pensar en lo beneficioso que sería poner a entrenar a nuestros atletas olímpicos bajo el fuego cruzado de francotiradores de élite; la de medallas que iban a ganar luego en la pista, ¿no…? En fin…
Un fuerte abrazo y buena semana.
De Rovira Beleta recuerdo siempre la que siguió a ésta, Los Tarantos, porque un paisano trabajó en el rodaje.
Esta que reseñas con fuerza y pasión no la recuerdo y creo que debo imputarlo a mi poca memoria porque en el cine club (de hace ya muchos años) era frecuente dar repasos a ese cine tan próximo.
El problema de la interpretación me parece, Manuel, que se debe a la escasez del presupuesto, porque en 1962 bien que había grandísimos actores españoles capaces del empeño más allá de las capacidades de mateos y compañía...
Un abrazo.
Pues ya ves, compa JOSEP, Los tarantos, pese a ser tan celebradísima peli, no la he visto... Ésta supongo que se exhibiría, en su momento, en circuitos como el que señalas, de cineclubs, pero a día de hoy me temo que no es nada fácil echársela al coleto. Y en cuanto a lo de la interpretación, gracias por el apunte: me apunto (valga la redundancia) al mismo, dado que es de toda lógica...
Un fuerte abrazo y buen martes.
No teníua ni idea de la existencia de esta película, Manuel. Gracias por dármela a conocer.
No es de extrañar la circunstancia, compa MARCOS; ciertamente, no se trata de una peli ni siquiera mínimamente conocida, salvo para muy iniciados (ojo, que yo la descubrí casualmente; o sea, que tampoco me cuento entre ellos...).
Un fuerte abrazo y buena tarde.
Publicar un comentario en la entrada