Si uno ve en la calle a esta mujer
joven, ni su aspecto indumentario (abrigo largo, falda por debajo de
la rodilla, gafas de vista) ni su apariencia física (una belleza
moderada y convencional; una figura poco curvilínea; un rostro
adusto, incluso anodino) invitan a pensar que estamos en presencia de
una prostituta. Pero Hanae se dedica a traficar con su cuerpo en una
casa de citas del barrio rojo de Tokio; su esposo padece tuberculosis
y ha sido despedido del trabajo (no pudiendo optar a otro, debido a
su precario estado físico) y ambos son padres de un bebé al que han de mantener y que constituye el único referente que les
empuja a sobrevivir, a no dejarse vencer por la desesperación que
les corroe, ante la falta de alternativas y de perspectivas de
futuro.
Tampoco corren buenos tiempos para su
“ramo laboral”: las autoridades niponas se están planteando la
adopción de medidas restrictivas respecto a la prostitución, y,
ante esa posibilidad, el panorama vital de Hanae —a la que, incluso
al amparo de un establecimiento asentado y de prestigio, le cuesta
mucho trabajo captar clientela— se ensombrece aún más si cabe.
Todo un cúmulo de desgracias e inconvenientes, que, en suma, harían
perfectamente entendible que esta mujer tuviera una actitud de
amargura y resentimiento frente a las personas que le rodean.
Pero nada más lejos de eso: Hanae se
muestra cariñosa y atenta con sus compañeras, para las que siempre
tiene una palabra de consuelo y un gesto de cariño —cuando han de
afrontar las difíciles situaciones personales y familares que
aparecen en sus trayectorias vitales—, y a las que incluso no tiene
problema alguno en recibir en su casa, en una fiesta agridulce con la
que darse un pequeño respiro, un breve paréntesis de esa
cotidianidad repleta de clientes rijosos, exigencias soberbias y un
desprecio siempre al fondo que ennegrece y degrada a la mujer que
constituye su objeto, y que convierte su dignidad en pura entelequia.
¿De dónde salen las fuerzas que
mantienen a Hanae no solo viva y en pie, sino que la dotan de un
talante positivo y animoso? De su convicción de que la tarea con la
que se ve forzada, por las circunstancias, a ganarse la vida, solo
somete a su cuerpo, no a su alma. Los cuerpos pueden comprarse o
venderse; los espíritus que los sustentan, no. Y el de Hanae es un
espíritu libre y luchador, un espíritu que la eleva sobre sus
miserias materiales y la dota de dignidad y orgullo; la engrandece y
la purifica. ¿Un cuerpo mancillado? Sí. Pero no más…
* N. del A.: esta reseña va especialmente dedicada a Puerta de Babel, que fue quien me puso sobre la pista (bueno, para ser más exactos, quien puso a disposición, servida en pantalla) de esta película de Mizoguchi.
* Los buenos buenosos XI.-


8 comentarios:
Me la apunto raudo y veloz, porque de Mizoguchi, ¡ay! no he visto ninguna, y está claro que ya va siendo hora y tal como la insinúas, apetece.
Un abrazo.
Manuel, gracias por esa dedicatoria. La película, aunque no está exenta de moralina, es una joyita a modo de microcosmos de la sociedad nipona de la época, trasladable a otras "en crisis". Hay muchas formas de "prostitución", y además del personaje de Hanae, que parece que te impactó más y es el eje central de la película, las (y los) demás no tienen desperdicio...
Un saludo
Tampoco te creas, compa Josep, que tengo yo muy controlado a Mizoguchi, más bien al contrario, solo he visto de él esta y El intendente Sansho (que también me gustó mucho). Los directores japoneses, incluso los más celebrados y conocidos -hasta cierto punto, claro...- por estos lares (Kurosawa, Ozu, Mizoguchi, Kitano), no son fáciles de controlar; por lo general, filmografías muy amplias y no demasiado accesibles. Pero cuando alguna se pone a tiro, no suele ser mala opción, no...
Un fuerte abrazo y buena semana.
Las gracias te las he de reiterar a tí, compa Babel; sin tu referencia no habría llegado a "rascar peli" (o a saber cuándo lo habría hecho, si es que hubiera sido ése el caso...). No creas que el personaje de Hanae fue el que me impactó más (todas y cada una de las prostitutas protagonistas, como arquetipos en que Mizoguchi las convierte, tienen su punto de interés), aunque sí es quizá el que más se ajusta a ese perfil "buenoso" que pretendo que tengan los personajes a los que doy "bola" en esta sección del blog. Y la peli, dentro de su premisa de sencillez, creo que está bastante bien.
Un fuerte abrazo y buena semana.
Muy buena la conclusión final a la que nos transporta esta película. Una historia que merece la pena, sin duda. Un abrazo Manuel.
La historia, compa MARCOS, aun dentro de su sencillez, sí que está bastante bien, te lo puedo asegurar.
Un fuerte abrazo y buen miércoles.
Mizoguchi vale mucho mucho. Ésta me falta, pero os recomiendo vivamente "Cuentos de la luna pálida de agosto"; su mirada, su sensibilidad, es tremenda.
Un abrazo
De Mizoguchi, compa ALFREDO, como ya apuntaba en algún comentario previo, no tengo yo mucho controlado, aunque de ésa que tú señalas no solo tengo magníficas referencias, sino una copia en DVD de una colección que El País sacó hace unos años en coedición con Cahiers du Cinema; así que, como se suele decir, a huevo lo tengo, y solo me resta hacerle el huequecito y ponerme al disfrute...
Un fuerte abrazo y buen miércoles.
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