sábado, 19 de noviembre de 2011

El juez (Dommeren; Dinamarca, 2005)


Hay constantes en el cine danés que, presentes ya en la obra seminal del indiscutido maestro de sus orígenes, Carl Theodor Dreyer, parecen impregnar la obra de cualquier autor con un sello tan característico como inconfundible: el tono serio, hasta lo reconcentrado; una pulsión dramática lindante con lo trágico; y una percepción del espíritu humano como recipiente de sentimientos nada amables hacia sus semejantes. De todo ello, y en dosis más que estimables, encontramos en 'El juez', film dirigido en 2005 por Gert Fredholm —director que, pese a su veteranía (64 años en el momento en que dirigió este film), cuenta con una filmografía limitada a solo ocho títulos—, y que, pese a sus buenas hechuras, se hace de difícil digestión por la acumulación de episodios y situaciones de dureza que, a lo largo de su trama, va efectuando sin la más mínima concesión al acongojado ánimo de su espectador.

La cinta —haciendo escrupuloso honor a su título (hay que reconocer que, en esto, no hay el más mínimo engaño)— se centra en el personaje de un juez, Jens Christian, hombre reservado y solitario, volcado de manera obsesiva en su carrera profesional (único elemento por el que manifiesta algún interés vital), y que desempeña un importante cargo en la estructura judicial de su país, en su condición de presidente de la comisión encargada de resolver las peticiones de asilo y refugio. Un puesto que le va a situar en la difícil tesitura de resolver un caso especialmente complejo, el de un activista que, según las informaciones de que dispone, ha estado implicado en hechos delictivos gravísimos; su polémica resolución desencadena un terremoto político y mediático en cuyo centro se ve implicado, y que le someterá a una fuerte presión externa.

Con tal situación se entremezclan (en el desarrollo de las dos subtramas con que el film completa su despliegue argumental) su relación sentimental, bastante peculiar, con una compañera profesional —algo que complica, aún más si cabe, su delicada situación— y la aparición de un hijo adolescente con el que no había mantenido vínculo alguno hasta ese momento, por determinación propia, y cuya atención le abocará tanto a una recuperación del contacto con una familia a la que ignoraba totalmente, como a un replanteamiento de algunas de sus convicciones vitales que terminarán derivando en la toma de decisiones de gran trascendencia.

Fredholm se desenvuelve con soltura y agilidad en el despliegue y entrecruzamiento de las tramas principal y secundarias, y la película, pese a la acumulación de situaciones que se mueven en ámbitos totalmente diferenciados, no resulta, en cuanto a su ritmo, ni farragosa ni densa —además de estar resuelta en unos nada plúmbeos ochenta y seis minutos—; los trabajos de planificación y montaje están solventados con eficiencia y nula concesión a la espectacularidad, y ello da un lugar a un resultado final que no cabe calificar de brillante, pero en el que no hay reproche alguno que hacer al respecto.

También constituye un acierto evidente la elección del actor protagonista, Peter Gantzler, un intérprete que, aunque no se haya prodigado en producciones con gran proyección internacional, sí que cuenta con una amplia y sólida carrera en el cine nórdico, y que demuestra capacidad más que suficiente para cargar sobre sus hombros (fuertes y poderosos, por cierto, también en su apariencia física, de auténtico leñador centroeuropeo...) el peso de una cinta que, al fin y a la postre, orbita de manera casi exclusiva alrededor de las vicisitudes que atañen a su personaje; un personaje al que dota, inicialmente, de ese halo de frialdad y concentración que deriva naturalmente de su particular idiosincrasia, muy poco dada a efusiones ni a desviaciones fuera de su estricto ámbito de interés (ceñido a lo laboral), pero que, poco a poco, ha de ir incorporando matices de apertura, a medida que la relación con su hijo “reaparecido” va agrieteando la solidez de su edificio vital. Gantzler solventa la papeleta sin mayores alardes, pero con total eficacia.

'El juez' es, pues, en suma, un film pulcro en las formas y de interesante desarrollo temático, si bien cabe apuntar, quizá, en su debe —y siempre que uno no esté dotado de una vena masoquista especialmente marcada— el que no disponga de la más mínima vía de escape (salvo el apunte, casi anecdótico, de una secuencia que marca el único contrapunto humorístico a tanto drama) respecto a un ambiente especialmente denso y opresivo, que , por momentos, llega incluso a acogotar. A este torpe escribiente, al menos, llegó a acogotarlo. ¿Ustedes, amigos lectores? Avisados quedan...

8 comentarios:

Josep dijo...

Me la apunto, Manuel, porque de vez en cuando me gusta meterme entre pecho y espalda platos densos como el que nos diseccionas de buena manera.

Eso sí, avisado, aguardaré a momento propicio, porque lo cierto es que la tremebunda seriedad de las películas nórdicas me las hacen particularmente difíciles para mí, que busco en el cine evasión inteligente, a poder ser... pero evasión al fin y al cabo, porque la vida ya es lo bastante seria como para rebasar el cupo...

Un abrazo.

Manuel Márquez Chapresto dijo...

Gracias, compa JOSEP, una vez más, por tus cariñosas palabras; éste sí que es, desde luego, plato de enjundia, con reflexiones de peso y cargas de profundidad (para ver con la cabeza limpita, que si no…). Me supongo que estas gentes, la evasión la reservan para otros “territorios”, porque, desde luego, lo que es en el cine, madre mía…

Un fuerte abrazo y buena semana.

Marcos dijo...

Gracias por el post. Me encantan las películas norteeuropeas, son una buena vía de escape al típico cine comercial de Hollywood y demás. A mí me ayuda a ver el mundo del cine desde otro punto de vista y conocer mejor su forma de vida.

Manuel Márquez Chapresto dijo...

Las gracias a tí, compa MARCOS, por pasarte y comentar; las pelis nórdicas, efectivamente, como las de cualquier otra cinematografía que no sea ÉSA, siempre aportan un soplo de aire fresco, más allá de la calidad que puedan tener (o no), o del tono y género en que se desenvuelvan; ya ves, incluso por el hecho de ver caras que no sean las de siempre, ya merecen la pena. En cuanto a tomarlas como referente para el conocimiento de otras realidades, entiendo que también es una perspectiva añadida, pero que hay que tomarse con ciertas precauciones; no hay que perder de vista que, al fin y al cabo, no dejan de ser ficciones...

Un fuerte abrazo y buena semana.

39escalones dijo...

Me la apunto; me gusta zambullirme de vez en cuando en el cine nórdico, en esa aparente frialdad que no es más que la cumbre helada de un volcán a punto de ebullición. Aunque a veces sean fallidas, estas películas siempre conservan un lenguaje visual muy meticuloso y un cuidado muy especial por ambientaciones, localizaciones y fotografía. Eso, de entrada, es más de lo que se puede esperar de otras geografías.
Un abrazo.

Manuel Márquez Chapresto dijo...

Pues ésta, compa ALFREDO, no está nada mal, aunque tampoco llegue (para mi gusto, claro...) a la intensidad de las mejores propuestas de Susanne Bier. Son pelis, eso sin duda alguna, en las que prima el contenido sobre la forma, y en las que se da más realce a la historia en sí que al modo de contarla (sin que ello signifique que sean desastres narrativos, que tampoco es eso). Si algún día tienes ocasión, ya nos cuentas...

Un fuerte abrazo y buen martes.

Marcos Callau dijo...

Anotamos la recomendación y creo que será la primera película danesa que vea. Admirable tu conocimiento cinéfilo, Manuel. Un abrazo.

Manuel Márquez Chapresto dijo...

El cine danés (sorprendentemente, dado el tamaño del país) ofrece mucho y bueno, con lo cual puedes disfrutar de un buen puñado de magníficas pelis. ¿Empezar por ésta? Bueno, como hay que verlas todas, tampoco hay mayor problema; las hay mejores, desde luego, pero ésta no está nada mal. Te agradezco, también, esas elogiosas palabras sobre mis conocimientos en la materia, pero, francamente, ando muy lejos de tales niveles. Voluntad, eso sí, se le echa, pero los resultados distan de estar a la altura...

Un fuerte abrazo y buen jueves.

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