lunes, 27 de diciembre de 2010

ENTRELOBOS (ESPAÑA, 2010)

Los resultados en taquilla no siempre le acompañan, pero si hay una nota de la que cabe colegir que el cine español no anda tan mal de salud como algunos “negativistas” contumaces se empeñan en proclamar, es la de la diversidad de propuestas: lejos de los monocultivos de tiempos no tan pretéritos, los cineastas españoles empiezan a atreverse con todo, o casi todo. Y es en ese contexto en el que aparece en las pantallas una propuesta de un cineasta poco convencional, el cordobés Gerardo Olivares, que ofrece, con “Entrelobos”, una cinta que, más allá de su inserción inequívoca en un género tan extendido como el del drama biográfico, presenta peculiaridades que la hacen digna de atención.

“Entrelobos” nos narra los episodios más significativos de la vida de un personaje tan peculiar como Marcos Rodríguez Pantoja, que vivió buena parte de su infancia y primera juventud conforme a lo que literalmente señala el título del film, es decir, compartiendo espacio y prácticas vitales con las manadas de lobos que poblaban los parajes de Sierra Morena,  una hermosa tierra de picos suaves y frondosos, que se convierte, junto a su variada fauna, en uno de los princ ipales personajes (y atractivos visuales) de la película de Olivares. Al director cordobés, un reputado y veterano documentalista, se le advierten con profusión y claridad tanto su querencia por el terruño paisano como su buena mano para el rodaje de escenas naturales, de modo que, por momentos, podemos revivir las sensaciones experimentadas ante los legendarios documentales de un Félix Rodríguez de la Fuente, tal es la vivacidad y empaque con que se reflejan en el celuloide paisajes y criaturas.

Pero “Entrelobos” es algo más, bastante más, que ese despliegue de hermosas postales paisajísticas (que también es): es una historia de dramatismo profundo, que no sólo refleja la peripecia personal de su protagonista, sino que, con tal pretexto, ofrece un retrato, aun con un claro carácter de esbozo, bastante preciso de su entorno social; el de un mundo de miseria, de economía de supervivencia y desigualdades profundas, tan profundas como para permitir que seres humanos  plenamente capaces  y normales puedan vivir en el límíte de la animalidad (en cuanto a condiciones materiales de vida), sin que nadie –con la única excepción de una partida de bandoleros que pulula por la sierra, perseguida tenazmante por capataces de las fincas y guardias civiles- se cuestione nada al respecto.

Y, al hilo de tal relato personal, nos regala un par de interpretaciones cuajadas de encanto y ternura: la del debutante Manuel Ángel Camacho, una agradable sorpresa, que, como ya sucediera con la también novel Nerea Camacho, en “Camino”, hace un par de años, impacta por la naturalidad de sus gestos y sonrisas, y asume sin el más mínimo desmayo la nada sencilla carga de llevar el mayor peso interpretatitvo del film; y la del inmenso Sancho Gracia, que compone un personaje nada fácil (su Atanasio es una especie de eremita, alejado de la civilización, que, bajo una fachada inexpresiva y embrutecida, esconde un profundo –y totalmente justificado- dolor vital) con la solvencia a la que, desde hace años, nos tiene acostumbrados. Dos trabajos de gran nivel y que se disfrutan con la intensidad a la que se hacen acreedores.

¿Qué le falta –o sobra-, pues, a “Entrelobos” para resultar una propuesta redonda? Son dos los apuntes fundamentales que se pueden señalar en su debe; por un lado, cabe apuntar un cierto desequilibrio en el trazado temporal de la historia, cuyo desenlace, tras un recorrido pausado y detenido por su arranque, se presenta, trasuna elipsis extensísima, como demasiado abrupto y precipitado –transmitiendo la impresión de que, para no alargar en demasía el metraje, se hace preciso cerrar el mismo a toda prisa-; y, por otro, hay cierto momentos en los que Gerardo Olivares, en su ánimo de enfatizar el dramatismo de las situaciones, carga en exceso las tintas, incurriendo en cierto deslizamiento sensiblero que, posiblemente, constituya una concesión comercial comprensible, pero nada positivo para el espectador menos dado a dejarse “embaucar” por mecanismos emocionales extremos (y algo tramposillos...).

En cualquier caso, son apuntes que no empañan en demasía una valoración general positiva, y que no impiden que “Entrelobos” se erija como una propuesta comercial que se deja ver con agrado y que encierra más aciertos que errores en su concepción y realización, más aún si se tiene en cuenta que no se trata de una cinta enmarcable enlos cánones de lo usual, especialmente por lo que se refiere a su ambientación; además de dejar bien claro que a Gerardo Olivares, la vieja máxima hitchcockiana relativa al trabajo con niños y animales parece no afectarle lo más mínimo. Probado queda...

* APUNTE DEL DÍA: hace un par de días revisé "La última seducción", de John Dahl (U.S.A., 1994); no la veía desde su estreno en salas comerciales. La peli "me flojeó" un poco, pero la presencia de Linda Fiorentino me siguió pareciendo apabullante. Algo más larguillo habrá que escribir al respecto...

viernes, 17 de diciembre de 2010

El dueño del balón

Obama, Sarkozy, Merkel, Zapatero... Me hace muchísima gracia, y se me escapa una risita nerviosa, cuando oigo y leo en los medios de comunicación alusiones a su condición de “poderosos”. ¿Poder, poder...? Por favor, lo de esas personas, en tales términos, es una pura filfa, comparado con el auténtico poder, que es, amigos lectores, uno del que les voy a hablar a continuación.

El poder del dueño del balón; eso es poder, y no la nadería, alicorta y limitada, que esgrimen y enarbolan los grandes líderes políticos mundiales.

Finales de los años sesenta, principios de los setenta, del pasado siglo. A diferencia de lo que sucede a día de hoy, en que, pese a la crisis devastadora que tan acogotados nos tiene, cualquier hijo de vecino cuenta con un bien nutrido arsenal de lo que por aquel entonces llamábamos “balones de reglamento” (y, además, de marca sonora y coloración llamativa), por aquel entonces se podían contar con los dedos de la mano a los poseedores de un balón-balón, símil cuero reluciente y pentagonitos alternados blancos y negros: un tesoro que ríase usted del de Gollum... ¿Consecuencia? El que tenía EL balón, tenía EL poder. Y lo ejercía de manera absoluta, taxativa e impía.

Para empezar, el dueño del balón hacía los equipos, de forma que al suyo iban a parar todos los buenos peloteros (aunque él fuera un “manta” de pronóstico reservado), mientras que el contrario se poblaba de todos los “paquetes” disponibles. Las consecuencias de tan “equilibrada política distributiva de los recursos” (que diría un buen gestor de personal...) solían reflejarse en marcadores tan glorificadores (para el equipo del dueño) como sonrojantes (para el contrario). Pero era lo que había...

Para continuar, el dueño del balón marcaba las reglas del juego: un leve empujoncito a un jugador de su equipo a doscientos cincuenta metros de la portería contraria, penalti y expulsión; una cabeza arrancada de cuajo, o un peroné astillado, de un jugador contrario sobre la raya de la portería, bote neutral (nunca se había visto claro quién había pegado el hachazo...). Un dechado de justicia. Pero era lo que había...

Y para finalizar, el dueño del balón era el que disponía cuándo finalizaba el partido (no siempre, dicho sea en su descargo, por iniciativa propia: si su padre decía que se había acabado, pues se había acabado, y punto...). Esto implicaba que, si pese a todas las añagazas del comienzo y la continuación, el marcador estaba apurado, pero a favor, pues punto y final, y a celebrar la victoria —entre protestas y exabruptos de los derrotados, eso sí...—; mientras que, en cambio, si el marcador se ponía cuesta arriba, el partido podía prolongarse “ad calendas graecas”, hasta que los guarismos se dieran la oportuna vuelta. Un disparate, desde luego. Pero era lo que había...

¿Y había alguna forma de escapar a dictadura tan ominosa, atroz y abominable? Pues sí que la había, y bien sencilla: no jugar al fútbol. Pero, claro, nos gustaba tanto...

Por cierto, y a estas alturas, se preguntarán ustedes que a cuento de qué viene todo esto del poder y el dueño del balón. Ah, pues sí, ya recuerdo: lo que yo quería decirles, amigos lectores, es que los mercados, esos entes etéreos y maléficos (a los que ni siquiera, como al enemigo de Gila, se les puede llamar por teléfono...), son los dueños del balón. Ni más, ni menos. Felices fiestas...

* APUNTE DEL DÍA: con muchas ganas de ver "Balada triste de trompeta"; si no surge ningún imprevisto, ahí andaremos...

* A salto de mata XLIX.- 

martes, 14 de diciembre de 2010

CARAMEL (FRANCIA-LÍBANO, 2007)

“Buenrollista”.  Aunque la nueva edición del diccionario de la RAE aún no recoge el término (todo se andará…), podemos esbozar, sin riesgo de error, un intento de definición. Dícese de la actitud que, aplicada a cualquier orden de la vida, proyecta sobre el objeto de la misma, una mirada amable, tierna, alejada de conflictos y violencias. “Caramel”, opera prima de Nadine Labaki, es un film que se puede mostrar como prototipo de “buenrollismo” cinematográfico, una propuesta en la que, salvo algún apunte de escasa relevancia —el episodio en que el novio de  Nisrine se enfrenta con un policía y acaba detenido en comisaría—, todo (incluidas aquellas situaciones de las que pudiera derivar alguna componente negativa —preocupación, amargura, resentimiento—) destila suavidad y afecto, alrededor de un leit-motiv argumental (el amor) que, al fin y a la postre, se convierte en el verdadero protagonista central del relato.

Una opción tonal que, como cualquiera otra, depende de la voluntad del autor (en este caso, autora, dado que Labaki asume la triple condición de directora, guionista e intérprete principal —demostrando, por cierto, que, además de talento, goza de una belleza física impresionante—) y que, a priori, no es buena ni mala per se, y no condiciona el nivel de calidad de la propuesta: sólo la condiciona y le marca, en aras a la coherencia global de la cinta, un desarrollo formal determinado. En el caso de “Caramel”, podemos decir que sus elementos formales son plenamente congruentes con su planteamiento ambiental y temático, de modo que su caligrafía revela la misma suavidad y exquisitez que atribuimos al tono general del relato. Planificación y ritmo narrativo pausados; luces tenues, con claroscuros poco acusados;  y un fondo musical en línea similar con todo lo apuntado (aunque, en mi opinión, con excesiva presencia); en suma, “Caramel” termina resultando, desde el punto de vista visual, eso que comúnmente todos llamaríamos una “peli bonita”.

¿Buena, además de bonita? “Caramel” no es, ni muchísimo menos, una mala película; su sencillez y su falta de pretensiones no la privan de calidad, y su visión diversificada de la experiencia amorosa (amplio es el espectro de relaciones afectivas que cubre en su desarrollo argumental: desde la adúltera sin esperanza de futuro, hasta la de noviazgo abocada a un matrimonio convencional, pasando por la lésbica no explícita, la platónica no confesa o la otoñal imposible), aunque teñida en todo momento de esa pátina amable a la que se ha venido aludiendo a lo largo de toda la reseña, no deja de tener su punto de encanto. Pero queda la duda de si, al fin y a la postre, no viene a resultar una de esas propuestas que, en orden a su apreciación, se termina beneficiando de ese punto de exotismo del que le dota su origen, su proveniencia de una cinematografía claramente periférica, aspecto sin el cual, quizá, habría menos benevolencia en su contemplación.

Y es que, en suma, las aventuras y desventuras de Layale, esa suerte de peluquera sin marido (y la cita no es meramente un juego pretendidamente ingenioso de palabras; no le falta a esta cinta libanesa más de un punto de contacto con el mítico film de Leconte...), y su cohorte de compañeras de andanzas laborales y sentimentales, no dejan de ser material narrativo cinematográficamente explotado en mil y una comedias románticas del Hollywood más rabiosamente mainstream: no sería justo que el hecho de que sea Nadine Labaki la que ocupe el hueco que, en otra tesitura, hubiera podido ocupar Anne Hathaway o cualquiera otra de sus compinches generacionales, dote a su film de una valoración más elevada. ¿Conclusión? Ésa se la dejo a ustedes, amigos lectores...

* APUNTE DEL DÍA: va creciendo un fuerte olor a azufre navideño en el ambiente. Más valdrá andar precavido...

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Un totum revolutum (eso sí, cinematográfico...)

* Este artículo fue publicado originariamente en El (viejo) glob de Manuel, el 15 de enero de 2006, con el título "Grageas de cine I" y bajo la etiqueta Grageas de cine.-

- Shelley Winters, in memoriam: me desayuno con la noticia del fallecimiento, en su residencia de Beverly Hills y por causas naturales, de Shelley Winters. Tenía 85 años y un historial de actuaciones cinematográficas verdaderamente apabullante por su volumen. Nunca fue una estrella al uso, porque su perfil físico no se lo permitió, pero sí una actriz de carácter y tremendamente valiosa a la hora de dotar a sus personajes de matices y recovecos enriquecedores de su perfil. Y aunque siempre será recordada por sus secundarios, con ribetes de protagónico, en dos obras maestras como La noche del cazador (The night of the hunter, 1955) o Lolita (1962), yo me quedo, quizá porque constituye un paradigma de su condición (la de secundaria que adornaba y engrandecía aquel film en el que hacía aparición), con su Pat Kroll, esa prostituta ingenua y vulnerable que termina convirtiéndose en la víctima del protagonista de Doble vida (A double life, 1947), una extraña y fascinante obra menor de George Cukor. Hasta siempre, Shelley... 

- Lo profesional y lo personal: sin entrar en valoraciones acerca de sus méritos artísticos, me da la impresión, visionando en su reciente pase televisivo por TVE-2 Soldados de Salamina, que a su director, David Trueba, se le ha ido la mano (y muy largamente), en el recreo y solaz basado en primeros y primerísimos planos de su bien amada Ariadna Gil. No me parece ni bien ni mal –además, he de confesarlo, siento por Ariadna Gil una franca admiración, me parece enormemente atractiva-, y no tengo juicio de valor alguno acerca de tal circunstancia, pero me planteo la pregunta de si se hubiera reproducido en términos similares en el supuesto de que el personaje de Lola Cercas hubiera estado interpretado por cualquiera otra actriz. Creo, sinceramente, que no...

- Campanella, o las bondades de una fórmula: tuve ocasión de ver hace unos días Luna de Avellaneda, el último largo del director argentino –del que, actualmente, y con marchamo estelar, Tele 5 emite su serie Vientos de agua- Juan José Campanella, y volví a disfrutar de una comedia dramática, o drama cómico (ya sé que en la jerga anglicista tan bienamada por los perseguidores de "palabros" a eso se le llama dramedy, pero me resisto, hasta donde me sea posible, a pasar por ese aro), entretenida, consistente, tierna, efectiva y talentosa. Campanella trabaja con un coguionista (Fernando Castets) con el que elabora unos entramados de situaciones y diálogos enormemente ingeniosos y eficaces, basados en unas constantes de situación muy sugerentes (un protagonista en situación familiar y profesional inestable, alrededor del cual gira un universo humano diverso y antitético, y un entorno social en crisis) y cuenta con una dupla de actores fija (Fernando Darín y Eduardo Blanco), alrededor de los cuales dispone a otros elementos de peso y personalidad variables (pero siempre enormente enriquecedores), y con ambos elementos, sabiamente mezclados en su probeta, obtiene la fórmula: películas que, desde la ternura y la apelación a la inteligencia del espectador, resultan tremendamente accesibles y, en consecuencia, comerciales. Luna de Avellaneda es, tras el bombazo de El hijo de la novia (2001) –el que le confirmó la buena mezcla de sus ingredientes-, un paso más en la senda que ya abriera, en 1999, El mismo amor, la misma lluvia. Queremos más...

- No es ingenua la mirada: a alguien que no haya visto Solas (1999), los cantos a la dignidad, la incorruptibilidad y la integridad personales que se desprenden de las actitudes de uno de los protagonistas de Habana Blues (2005) –concretamente, el personaje de Ruy, al que da vida el actor cubano Alberto Yoel- pueden resultarle, en el contexto de una situación social como la cubana, un rasgo de ingenuidad excesiva, o el producto de una mirada intencionadamente naïf, fruto mayormente de la simpatía que por la isla caribeña profesa abiertamente el director y guionista del film, Benito Zambrano. Pero resulta indudable que un autor novel que ha sido capaz de trasladar al celuloide una mirada sobre el mundo tan amarga, descorazonadora y tremenda como la que, magistralmente, refleja Solas, puede ser calificado con muchos epítetos, pero no con el de ingenuo. En Habana Blues hay, simplemente, una mirada a través de otros cristales (que también son auténticos y reales, no una mera invención del autor: gracias por regalarnos una Habana sin mugre ni desconchones en las paredes, también existe, como el sur...).

* APUNTE DEL DÍA: actualizo esta nota para incluir un enlace a mi crítica (más extensa) de Biutiful, en La Butaca.

* Antecedentes penales (El viejo glob de Manuel) V.-
* Grageas de cine I.-
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