viernes, 26 de noviembre de 2010

Chloe (U.S.A.-Francia, 2009)

No es mi caso, y no lo sé, por tanto, en base a la propia experiencia, pero supongo que, cuando se goza de talento creativo y éste se vuelca en empeños artísticos de escasa vocación comercial, hacen falta una determinación muy firme y una voluntad muy clara para no dejarse seducir por los cantos de sirena que, más tarde o más temprano, terminan llegando a tus oídos con la intención de que te pases al “lado oscuro”. En definitiva, que no abundan los casos como el de Godard... Atom Egoyan, realizador armenio-canadiense, es un director cinematográfico que goza de gran prestigio en los circuitos festivaleros de todo el mundo, pero cuyo cine, hasta la fecha, no había gozado del favor de un público amplio. Algo lógico, si se tiene en cuenta sus tintes fundamentalmente introspectivos, reflexivos y con cierta tendencia a la abstracción. Pero parece que ya llegó su hora, y, con “Chloe”, el film que llega este viernes a las pantallas españolas, efectúa su presentación, con todos los honores, en el ruedo del mainstream, aun cuando sea adornado con destellos de qualité dignos de su currículum.

No le faltan, desde luego, elementos atractivos a la propuesta, más allá del ya señalado, atinente a su director: una historia en la que destacan sus retruécanos sentimentales y sus vericuetos morbosos, con componentes de torridez elevada —no en balde, su guión está basado en el del film francés “Nathalie X”, dirigida en 2003 por Anne Fontaine, y que ya diera pie a cierto escándalo en ese aspecto—; y, muy especialmente, un reparto de auténtico lujo, en el que a una pareja que, a estas alturas, exhibe unas credenciales respetabilísimas, como es la formada por Julianne Moore y Liam Neesom (no sólo excelentes intérpretes, sino “sabios alternantes” de proyectos de grado de comercialidad variable), se suma ese reciente hallazgo que, si sabe enfocar su carrera con el mismo talento con que lo han hecho sus dos partenaires, está llamada a alcanzar altas cotas, y que atiende al nombre de Amanda Seyfried. Pronosticar, en base a todo ello, que la película pueda llegar a romper las taquillas quizá resultaría una temeridad, pero no cabe descartar que se convierta en una de estas sorpresas de “fin de temporada” a la que un potente “boca-oreja” puede proporcionar resultados más que estimables. Estaremos atentos...

* APUNTE DEL DÍA: Se me ha perdido un perrito. Atiende al nombre de "Tiempo". Si alguien tiene noticia de él, por favor, que me deje los datos en un comentario. Se gratificará...

* Apuntes sobre el cine que viene LV.-

viernes, 19 de noviembre de 2010

Amin Maalouf, 'El desajuste del mundo'

Acabo de terminar la lectura de un ensayo de Amin Maalouf, “El desajsute del mundo”, en el que el escritor franco-libanés hace un análisis amplio y generalizado de eso mismo que su título da a entender (o sea, el estado un pelín convulso de esta bola en la que andamos trasteando). En primer lugar, como apunte previo y antes de entrar en disquisiciones sobre su contenido, he de manifestar mi admiración y asombro ante la osadía del empeño, verdaderamente insólito en estos tiempos que corren, en que los autores con un cierto predicamento y conocimiento del gran público, salvo honrosísimas excepciones, han abdicado de su responsabilidad intelectual (la de extender sus privilegiadas reflexiones hacia todo aquello que les, y nos, rodea...), para refugiarse en un ejercicio permanente de fuegos de artificio “tertuliano” de corto alcance (y, eso sí, mucho mayor relumbrón). Desde ese punto de vista, vaya desde aquí mi más fervoroso y rendido aplauso al señor Maalouf.

En cuanto al contenido de la obra, hay que diferenciar dos partes, o vertientes, claramente diferenciadas —aun cuando en el orden expositivo no exista una partición claramente establecida, sino que ambas se van desplegando de forma simultánea—: la del análisis de la situación, y la de las propuestas de solución.

Por lo que atañe a la primera, creo que Maalouf hace un esfuerzo de síntesis muy importante, y sus resultados se pueden calificar (al menos, a mí así me lo han parecido) de bastante positivos: si bien hay un claro énfasis en los análisis parciales del mundo islámico y el panarabismo —lo cual redunda en que se les dedica un sustancioso número de páginas tanto al uno como al otro; algo lógico, si se tiene en cuenta la afinidad que con tales temáticas puede guardar el autor, por obvias conexiones personales—, Maalouf extiende su mirada hacia todas las culturas y latitudes, y, a mi modesto entender (que no deja de ser el de un zopenco con aspiraciones, a qué engañarnos...), traza un arco lo suficientemente amplio, comprensivo y abierto de miras como para llegar a ofrecer una visión bastante certera y equilibrada de cómo anda el patio (que, por cierto, y aparte de revuelto, no anda nada, nada bien...), y que este humilde escribiente podría suscribir, en un elevadísimo porcentaje, sin el más mínimo atisbo de duda.

Harina de otro costal es la que hallamos en el otro “apartado” de la obra, el de las propuestas que Maalouf esboza como posibles soluciones a esos males que, en su opinión, aquejan hoy dia a nuestro mundo. Y es que, igual que los gurús económicos parecen hallarse en su salsa describiendo los mil y un desastres con que nos azota la actual crisis que cabalga sin freno por todo el ancho mundo, mientras que son incapaces de aportar una sola idea capaz de ponerle siquiera un parchecillo, también parece quedar bastante claro que el libanés lo tiene mucho más claro a la hora de hacer diagnósticos que a la de prescribir tratamientos, dado que estos últimos se plantean en términos tan vagos y genéricos que apenas si se quedan en esbozos, apuntes, meras ideas volátiles y sin cuajo. Se me podrá decir, no sin fundamento, que lo descomunalmente ambicioso del empeño (arreglar el mundo, ahí es nada: eso que usted, amigo lector, y yo solemos hacer todos los días tomando un vinito en la barra del bar, pero negro sobre blanco...) imposibilita la obtención de mayores concreciones. Pero, qué quieren que les diga, tras planteos teóricos bastante acertados, uno llega a hacerse ilusiones. En fin, otra vez será...

En todo caso, y más allá de esa pequeña decepción a la que aludía en el párrafo precedente, creo que, desde una perspectiva global, la propuesta ensayística de Amin Maalouf merece, y mucho, la pena: compendia información de mucho interés (quizá para un conocedor profundo de la historia universal, aporte poco en ese terreno; pero para los que no nos manejamos mucho en esa disciplina, sí que tiene un alto valor formativo) y la conjuga con una visión analítica clara y concreta, preñada de un realismo que, sin ánimo alguno de catastrofismo (algo que no asoma en ni una sola de sus páginas), nos alerta e incita a la preocupación reflexiva. Si, más allá de eso, hubiera dado con las recetas para “desfazer los entuertos” relatados, no quiero ni contarles...

* APUNTE DEL DÍA: una reseña de 'La caza', la mítica peli de Carlos Saura, en Suite 101. El enlace, aquí.

* Varietés artísticas y culturales XXII.-

miércoles, 17 de noviembre de 2010

18 comidas (España, 2010)


Tan celebrada en otros territorios artísticos (pocas experiencias tan jugosas como una jam-session jazzística o bluesera, o un monólogo teatral que se va por los cerros de Úbeda...), no es la improvisación una invitada muy bien vista en los del cinematógrafo: escaleta, guión técnico, dietario de producción, script, marcas de rodaje; salvo en los terrenos del cine experimental y de vanguardia, todo parece conspirar en un rodaje y sus aledaños contra cualquier apunte no previsto y controlado. Por eso resulta particularmente sorprendente encontrarse con un proyecto, como el último del gallego Jorge Coira, “18 comidas”, que hace de la improvisacion —junto a una estructura formal basada en el tan en boga últimamente “cine de episodios”, o de historias cruzadas— su santo y seña identificativo: el film de Coira se presenta como un conjunto de pequeñas historias, más o menos conexas, y con la comida como temática aglutinante, en cuyo desarrollo interpretativo se da un amplio margen a actores y actrices para que desplieguen sus personajes en condiciones de libertad. ¿Señuelo —sin fundamento real— para suscitar la atención de un sector de público predispuesto a estos “guiños” experimentales, o ejercicio efectivo de riesgo? Sólo a la vista del resultado final, podremos salir de dudas.

Más allá de eso, el film de este joven director gallego, especialmente curtido en lides televisivas y no tanto en las cinematográficas, en las cuales su única experiencia previa se remonta al ya algo lejano 2004 (con “El año de la garrapata”), presenta algún otro atractivo, como puede ser el de combinar en su reparto (necesariamente coral y numeroso, en función de la arquitectura dramática de la cinta), la presencia de un puñado de actores poco conocidos fuera de su Galicia natal con el de algunos nombres ya consolidados en el panorama del cine español, con especial mención para Luis Tosar, cuya implicación, por otro lado (al fin y al cabo, también ostenta la condición de coproductor), parece extenderse bastante más allá de su mera presencia en pantalla. ¿Garantía de éxito? Difícilmente cabe esperarlo: el nombre de Tosar puede constituir un reclamo interesante, pero no dota a esta producción, sencilla y sin excesivas pretensiones, de un vuelo comercial mucho más alto del que suele estar reservado para films de este corte. Quizá la presencia de un Ferrán Adriá, o de un Argiñano, dada su temática, le hubiera resultado mucho más interesante. Cuestión de maridajes...

* APUNTE DEL DÍA: Lluvia. Poco más...
* Apuntes sobre el cine que viene LIV.-


lunes, 15 de noviembre de 2010

Carta abierta a Joan Puigcercós

Estimado señor Puigcercós:

Soy andaluz y vivo en Andalucía. Como la mayor parte de mis conciudadanos andaluces, yo tampoco exhibo el más mínimo fervor nacionalista –ni andaluz, ni español, ni de ningún otro lugar-; no obstante lo cual, en una posición que, en muchas ocasiones, me ha granjeado no pocas incomprensiones e incluso alguna que otra antipatía, siempre he sido muy condescendiente, por decirlo de alguna manera, con los nacionalismos periféricos españoles, más concretamente, con el vasco y el catalán. Resulta evidente que, “gracias” a personajes como usted, mi postura ya llega a parecer absurda, incluso para mí mismo.

Que en Andalucía no paga impuestos ni Dios.... Usted sabe perfectamente que eso es falso. Tan falso como que en su tierra todo el mundo se maneja con la misma “desenvoltura economica” que exhibe ese gran prócer de la patria que atiende al nombre de Félix Millet. O tan falso como que en Cataluña toda la clase política se dedica al noble cultivo del celebérrimo “3 per cent”que tanto se aireara en el Parlament hace algún tiempo. Por eso, yo niego las dos últimas afirmaciones. En cambio, usted no tiene empacho alguno en dejarse caer con la primera.

Ya sé, ya sé que la refriega política se presta más al trazo grueso que al fino estilismo en el uso de la palabra; y que si la refriega se desarrolla en el contexto de una campaña electoral, ese trazo grueso llega a alcanzar, más bien, las trazas de un pegote de pintura largado a brochazo limpio. Pero no todo vale, no todo es admisible todo tiene un límite: y usted lo ha rebasado con holgura. También me consta que ni va a rectificar ni va a pedir disculpas, hasta ahí podríamos llegar; me temo que, dadas las circunstancias, lo del calentón o el exceso verbal, tan socorrido en situciones de este tipo, difíicilmente colaría: lo suyo, me temo, tiene, como rezaba el título de la película aquella, raíces profundas (y nada benignas, por cierto...).

No vaya usted a pensar por ello que mi respeto y mi estima por sus conciudadanos va a mermar un ápice; creo que es mucho y bueno lo que de Cataluña, por cuyo común de sus gentes siento una profunda admiración, podemos y debemos aprender, no sólo en mi tierra, sino en muchas otras tierras, y no sólo en materia económica, sino en otros muchos aspectos. No se puede arruinar la reputación de un pueblo por lo ignominioso de la actitud de alguno de sus miembros, pero está claro que ayudan poco al establecimiento de unas sanas relaciones de mutuo respeto y cordialidad entre los habitantes de distintos territorios, episodios tan penosos como éste.

En todo caso, si, como proclaman recientes encuestas –encuestas que, por otro lado, y en una demostración más de la sabiduría de los catalanes, apuntan a una fuerte caída de la fuerza política a la que usted tan sombríamente representa-, son mayoría los ciudadanos catalanes que, en consonancia con sus proclamas ideológicas, desean la independencia de Cataluña respecto a España –algo a lo que no tengo la más mínima objeción que plantear-, ya tengo claro que habrá un motivo por el que tal determinación me pueda producir una alegría, aun cuando sea puntual, y es la de que, en tal tesitura, ya no tendré que compartir la condición de convecino con alguien capaz de mostrar una actitud tan lamentable como la que usted ha mostrado.

En todo caso, y a falta de otros méritos más dignos de estima, ya puede usted apuntar entre sus logros el que este humilde blog, que, durante algún tiempo, tuvo cierta dedicación a la actualidad política, posteriormente abandonada, la haya retomado. Eso sí, también puede apuntar en su debe que haya de hacerlo desde la indignación y el cabreo más profundos. Una pena...

* A salto de mata XLVIII.-

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Del Facebook, la R.A.E., las normas y todo lo que ustedes quieran

No sé hasta qué punto las campañas (de apoyo, de oposición) que surgen, cual setas en otoño, en el “territorio Facebook” son significativas acerca de la dimensión real de la cuestión a la que atañen en el “mundo real” (suponiendo que el territorio Facebook y el mundo real son entidades diferenciadas, algo que uno ya pone en duda en algunos momentos...). Lo que sí constato claramente es que no hay asunto relevante que se precie que no termine suscitando, más pronto o más tarde, un grupo a su favor o una campaña en su contra en el invento del amigo Zuckerberg: la última de la que tengo noticia es una contraria a las nuevas normas que la RAE ha aprobado recientemente –las cuales,por cierto, aún no he tenido el gusto de conocer con detalle-.

¿Conclusión inicial –valga la contradicción-? Sobre lo que no se conoce, más prudente es no pronunciarse: ergo, no me pronuncio.Pero sobre lo que sí tengo opinión es sobre la cuestión, más general, de los cambios y evoluciones normativas, no sólo en el terreno lingüístico, sino en cualquier otro (y especialmente, en el del derecho, que es aquel en el que son más propias, frecuentes y naturales, dado que hablamos de un mundo en el que la norma es, por decirlo de alguna manera, su “materia prima”). Hablemos, pues, amigos lectores, de ello.

Los cambios normativos siempre dan origen a controversias; es algo natural, en la medida en que siempre habrá quien, estando conforme con el status quo existente en la materia de que se trate, preferible es dejarlo como está, mientras que aquellos a quienes no convence dicho status verán con agrado, en principio (y digo en principio, porque harina de otro costal es el de si esa deseada modificación está acorde con los anhelos y pretensiones de los partidarios del cambio), esos cambios. De cajón (de madera de pino).

De esa forma, podemos estar de acuerdo en que, dado que todo cambio va a generar cierto grado de polémica, es mejor abstraerse de ella –descontada por inevitable-, y ceñirse a si el cambio es necesario, útil o conveniente. Una modificación normativa siempre atenderá a tales exigencias si se adapta al entorno social en el que la norma modificada ha de operar, como elemento regulador; o, por el contrario, se podrá calificar como innecesaria, inútil o inapropiada en la medida en que no atienda a dicho entorno.

Pero, ¿qué es lo que sucede, en este mundo repleto de imperfecciones y miserias humanas? Pues que las modificaciones normativas no siempre se promueven a partir de una demanda social de las mismas, sino que se adoptan en base a intereses de otro tipo (cada cual que ponga aquí los adjetivos que más feliz le hagan). Y ahí surge ya otro problema, que va más allá de lo antes apuntado, y que implica que el cambio, lejos de solucionar un problema existente, lo que hace es crear un problema allá donde no lo había. No sé si es este último el caso que nos ocupa ahora, con las nuevas normas de la RAE; si así fuera, mal negocio. Y, sobre las normas en sí, pues ya me pronunciaré cuando las conozca, llegado el caso: ya saben cuánto me gusta desperdiciar toda buena oportunidad de guardar silencio...

* A salto de mata  XLVII.-

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Agnosia (España, 2010)

Lo desconozco, pero, teniendo en cuenta que, en estos tiempos que corren, todo se estudia, analiza, desbroza y desmenuza, es bastante probable que exista algún estudio acerca de hasta qué punto y en qué medida un título atractivo puede influir en el éxito comercial de un film. ¿Cuántas personas, sin tener información alguna acerca de una película, sacan una entrada para verla atraídos exclusivamente por la sonoridad de su título? Supongo que bastantes. Y, de ser así, no me cabe duda de que un título como “Agnosia” resulta un buen reclamo. De todos modos, sería injusto pensar que ése puede ser el único señuelo de taquilla de una cinta, la última del realizador alicantino Eugenio Mira, que, además de inscribirse en una corriente de género claramente en auge dentro de nuestro cine —el del cine de suspense/terror, del que sólo hace unos días se ha estrenado, por ejemplo, “Los ojos de Julia”—, ofrece, a priori, elementos lo suficientemente atractivos como para que no falte un buen puñado de espectadores dispuestos a acercarse a las salas a disfrutar de la propuesta.

Aunque su acogida en el pasado Festival de Sitges, donde fue presentada por primera vez, distó de ser un gozoso acontecimiento, y la crítica no ha sido muy benevolente con la valoración general del film, todos han sido parabienes en relación con su aspecto formal, que muestra un diseño de producción de auténtico lujo (algo que, en cierta manera, viene impuesto por el marco geográfico y temporal en que se sitúa la acción, la Barcelona de fines del siglo XIX), así como ha habido también coincidencia en alabar lo ambicioso del proyecto desde el punto de vista artístico, con una historia que pretende ir más allá de una temática ceñida a lo que sería material estrictamente de suspense o misterio, para adentrarse en meadros también de drama, romance y retrato social. Y, en cuanto al reparto, tampoco falta, en ese joven elenco que integran sus tres intérpretes principales (Eduardo Noriega, Bárbara Goenaga y Félix Gómez), frescura, talento y un innegable atractivo físico (algo que, querámoslo o no, también suma...). ¿Mimbres suficientes para un cesto compacto? Pues habrá que verlo, y la oportunidad llegará dentro de poco. Estaremos atentos.

* APUNTE DEL DÍA: otra notra de preestreno, la de "Caza a la espía (Fair game)", en Suite 101. El enlace, aquí.

* Apuntes sobre el cine que viene LIII.-

lunes, 1 de noviembre de 2010

Jesús Quintero: loco, pero no tonto...

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* Este artículo fue publicado originariamente en El (viejo) glob de Manuel, el 10 de enero de 2006, con este mismo título y bajo la etiqueta Medios de comunicación.-


Tras una temporada de descanso, posterior a la finalización de la emisión en Canal Sur TV de sus Ratones coloraos, vuelve, en horario estelar y en la cadena de cadenas –por más que los índices de audiencia se empeñen en marcar tendencias contrarias a tal consideración-, la primera de TVE, el inefable Jesús Quintero, más conocido antaño, y aun a día de hoy –y qué difícil que le está resultando descolgarse de la "denominación de origen"- como el loco de la colina.

Loco, pero no tonto. O sea, que más bien diría que se lo hace. El loco, digo... Jesús Quintero se ha convertido, en la actualidad, en una especie de referente de un perfil, el suyo propio –personal, intransferible-, al que, sin embargo, traiciona en lo sustancial de manera inmisericorde, muy lejanos ya aquellos tiempos en que, desde su púlpito radiofónico, a primeros de los años ochenta del pasado siglo, creara escuela, otorgando a las hasta entonces lánguidas madrugadas de radio el rango de objeto de interés y especial seguimiento, a base de congregar a todo un pelotón de oyentes ávidos por saborear su especial manejo de los silencios, sus estentóras carcajadas, con ese puntito socarrón y maquiavélico, y su extraña, casi alquímica, capacidad para, cumpliendo el viejo sueño de Sylock, arrancar libras de carne sin derramar una sola gota de sangre de sus invitados-entrevistados.

Ese Quintero, que en su momento trasladó sus esquemas radiofónicos al formato televisivo, con evidente acierto (algunos de sus programas forman parte ya, por méritos propios, de la pequeña –o grande, quién sabe- historia de la televisión en España) y sin viaje de retorno (jamás ha vuelto a dicho medio), además de un éxito bastante notable -en consonancia con lo acertado de su trabajo-, logró cuajar una maniobra que, según nos enseña la experiencia más que reiterada, no siempre alcanza buen puerto, dado lo complicada de la misma (de cadáveres exquisitos está lleno el puente que enlaza a ambos soportes comunicativos, ahí están las hemerotecas para atestiguarlo).

Pero su última aventura televisiva, esos Ratones coloraos que tan excelentemente han funcionado en la televisión pública andaluza, nos han mostrado a un Quintero tramposo, un loco muy poco loco y con una doble faz bastante cínica: la de aquel que, pretendiendo erigirse en paladín de la lucha contra la telebasura –a base de diatribas en su línea más lisérgica y mefistofélica: abstracciones a base de mucha filosofía de barra de bar, puros fuegos de artificio-, no dudó en edificar sus magníficas ratios de público sobre la base de exprimirle el jugo (o, al menos, intentarlo: en muchos casos, ciertamente, no había zumo alguno que sacar de tales "frutas"...) a toda esa caterva de personajes que constituían (y aún constituyen, y no sabemos qué cuerda le quedará a este relojito...) el sustento de toda la bazofia que llena el espectro catódico de las grandes cadenas generalistas.

A eso, por más que se vista el muñeco con la (bastante presuntuosa, por cierto) pretensión de buscar el "lado oculto", esa faceta humana que los carroñeros (los otros, qué gracia...) no son capaces de sacar (y él sí, qué gracia...), le llamamos en mi tierra, que es también la de Jesús Quintero, echarle mucho morro. Pero, en fin, amigos lectores, como siempre cabe la posibilidad de que aquel que ha tenido (talento, y mucho, y grandes dotes para la comunicación televisiva, aunque también esos ratoncitos coloraos nos ofrecieron a un Quintero bastante aliviado –prácticamente, con el piloto automático-), algo haya retenido, habrá que esperar y ver si, para esta nueva singladura televisiva, aún dispone de algún conejo que sacar de la chistera. Ojalá, y suerte...

* APUNTE DEL DÍA: cine de fin de semana, con propuesta española: Los ojos de Julia. Mi crítica en La Butaca, en este enlace.-

* Antecedentes penales (El viejo glob de Manuel) IV.-
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