viernes, 29 de octubre de 2010

Vivir para siempre (España-Gran Bretaña, 2010)

¿Recuerdan “Mi vida sin mí”? La celebradísima película de Isabel Coixet, protagonizada (en un trabajo interpretativo soberbio) por la canadiense Sarah Polley, jugaba con la premisa argumental de la certeza de una muerte próxima y su “gestión emocional” por parte de la persona afectada en relación con su entorno personal más cercano. Huelga decir que un material temático de ese tenor es una auténtica bomba de relojería; pero ¿y si se encuentran con que cabe dar una vuelta de tuerca más, a nivel afectivo, a ese argumento? Por ejemplo, que ese protagonista afectado se trate de un niño que aún no ha alcanzado la adolescencia. Pues bien, tal planteamiento de inicio es el que nos ofrece una película como “Vivir para siempre”, coproducción hispano-británica (pareja poco usual, todo hay que decirlo...) y último título de Gustavo Ron, director que, tras un prometedor debú en 2006 con “Mia Sarah”, vuelve a asumir la puesta en imágenes de una historia de fuerte calado sentimental y con una clara vocación de convertirse en una auténtica campaña de apoyo a la venta de pañuelos: cabe poca duda de que el recurso a los mismos va a ser casi inevitable...


Aunque el film cuenta con un buen número de prestigiosos intérpretes en su elenco (ahí aparecen nombres como los de Ben Chaplin, Emilia Fox, Phyllida Law o Greta Scacchi), está claro que la principal baza con la que jugará es la de la capacidad de conmover a la platea que sea capaz de desplegar su protagonista, Robbie Kay, un preadolescente con escasa experiencia (por motivos naturales) pero que, a tenor de lo visto, no anda mal pertrechado de las dotes necesarias (frescura, naturalidad, desparpajo...) para que las posibles carencias técnicas queden perfectamente soslayadas. En suma, una suerte de versión masculina de la Nerea Camacho que nos deslumbrara con su luminosa presencia dando vida a “Camino” (film con el que, por cierto, éste guarda alguna que otra coincidencia en términos de trama). Por lo demás, también será interesante comprobar si las dotes de “orfebre” de Ron, que también asume el rol de guionista, dan de sí lo suficiente como para saber equilibrar, con las pertinentes pinceladas “desdramatizadoras”, una historia de tan devastador potencial entristecedor. ¿La solución a todo ello? A partir de hoy, viernes.

PRONÓSTICO; pues debe ser que no, pero nunca se sabe...

* APUNTE DEL DÍA: Feliz navidad y próspero año 2011 para todo el mundo; que más adelante, se me termina olvidando, seguro...

* Apuntes sobre el cine que viene LII.-

jueves, 28 de octubre de 2010

Los ojos de Julia (España, 2010)


Me había propuesto escribir unas notas sencillas sobre esta película sin hacer la más mínima mención a “El orfanato”; pero ya ven, amigos lectores, mis buenas intenciones no han sido capaces de ir más allá de la segunda línea... Chistes malos aparte, puedo decir, sin temor a errar, que la referencia no es exclusivamente atribuible a mi responsabilidad, sino que viene inducida por el equipo de promoción del film, que ya se encarga de recordarnos, en todo formato y soporte disponibles, que son las gentes que promovieron aquella cinta los mismos que se han encargado de levantar este proyecto. “Los ojos de Julia”, que a tal título responde la cinta de la que hablamos (y que, ya ven, después de casi ocho líneas, aún no habíamos mencionado...), se trata, pues, de un film de suspense, español por más señas, y que, bajo la dirección del joven Guillem Morales, lleva a la pantalla una historia de ese terror basado en los elementos canónicos del género: incertidumbre y amenaza bien mezcladas y dosificadas. Nada nuevo bajo el sol, pero tampoco creo que sea preciso.

Aunque Belén Rueda, protagonista omnipresente a lo largo de todo el metraje —y candidata a convertirse, a base de repetir perfil, en la reina del terror hispano—, no sea Audrey Hepburn ni Ingrid Bergman, el film desprende, en su tronco argumental, efluvios inequívocos a precedentes tales como “Sola en la oscuridad” (no en balde, es la ceguera un leit motiv temático sobre el que gira todo el despliegue de la trama), o, más atrás aún en el tiempo, “Luz de gas” (con su paulatino cierre de círculo amenazante alrededor de la figura de la protagonista), si bien se distingue de ambos en su factura visual y su ritmo narrativo, plenamente acordes con este tiempo volátil y acelerado en que nos ha tocado a todos movernos, cada cual, obviamente, en lo suyo (los cineastas, haciendo sus películas; y los espectadores, intentando no dejarnos arrollar por ellas...). En todo caso, y tras su buena acogida en el Festival de Sitges, donde tuvo su premiere, las perspectivas comerciales de la cinta pintan de un color tremendamente halagüeño. Y no hará falta esperar mucho para comprobarlo: el viernes, estreno en las pantallas comerciales.
* APUNTE DEL DÍA: disponible en Suite 101 nota de preestreno de "Ché, un hombre nuevo", un interesante documental de Tristán Bauer. El enlace, aquí.
* ACTUALIZACIÓN A 1 DE NOVIEMBRE: Finalmente, tuve ocasión de verla. Para quien esté interesado, crític en La Butaca, en este enlace.
* Apuntes sobre el cine que viene LI.-

miércoles, 20 de octubre de 2010

Elsa Pataky (o sobre físicos y talentos)

La abundante presencia en los medios de comunicación, a lo largo de la pasada semana, de Elsa Pataky —promoción obliga—, con motivo del estreno, el pasado viernes, del último film de Bigas Luna, “DiDi Hollywood”, ha vuelto a poner sobre el tapete de la actualidad, esa letanía, ya cansina, sobre los inconvenientes del atractivo físico, la dificultad que supone para el reconocimiento del talento y todas esas zarandajas que, no por mil veces repetidas, sus protagonistas dejan de esgrimir cada vez que surge la ocasión. Y ya está bien, amigos lectores, ya está bien.

El de la relación entre físico y talento siempre ha sido asunto controvertido, y que ha dado bastante juego en los territorios colindantes al artisteo, en general, y al cine, en particular: el mito, o el tópico, de la guapa tonta (del que, quizá, haya constituido Marilyn Monroe el ejemplo más señero —de su reciente reivindicación “intelectual” hablaremos más en extenso otro día...—) es tan antiguo, o casi, como este mismo invento del celuloide. Y esa queja amarga de actrices con un poderoso atractivo físico acerca de cómo dichos dones sepultaban sus facultades interpretativas (reales o presuntas), y de la que Elsa Pataky  se ha hecho tan reiterado eco en estos últimos diás pasados, también es tan vieja como el propio cine. Pero la cuestión es que se trata de una queja “tramposa”.

Porque la del atractivo físico, amigos lectores, no es una condena perpetua e insoslayable, pese a que los lamentos de sus “sufridoras” parezcan darlo así a entender. Algo tan simple y elemental como dejar de asomar la esbelta osamenta por gimnasios y centros de belleza, y una ligerísima modificación en la dieta, durante, pongamos, un mes, o un mes y medio, acaba con el “problema” de manera tan sencilla como efectiva. Y, una vez liquidado el “problema”, hala, a exhibir el talento por platós y escenarios, sin riesgo de que unas curvas deslumbrantes o unas turgencias exageradas nos impidan apreciarlo en todo su brillo y esplendor.

Pero me temo que las cosas no son tan simples; y que ese talento camuflado o sepultado, probablemente, es más presunto (y pregonado) que real (y demostrado); al menos, a tenor de lo que de él se ha podido vislumbrar todavía. Y si más de ello hubiera , no hay nada que temer: la historia demuestra que no existen atributos, por muy “fermosos” y exhuberantes que fueren, capaces de tapar talento alguno. Reparen, si tienen alguna duda al respecto, en actrices como Sofia Loren o Meryl Streep. ¿Acaso son feas, o la madre natura las privó de méritos físicos más que estimables? Pues no. Y son dos actrices como la copa de un pino.

Quizá no estaría de más, por parte de todas esas actrices (no es Elsa Pataky la única que esgrime este discurso, aunque sí una de las más señaladas) un plus de consciencia de las propias limitaciones (artísticas), sin que ello suponga el cuestionar sus esfuerzos y su afán de superación (cuando lo hay, que no siempre es el caso...), y de gratitud por poder disfrutar de un estatus profesional al que acceden, precisamente, gracias a ese físico del que tanto parecen renegar. Tampoco pienso yo que tengan que pedir disculpas por ser tan hermosas, que no es culpa suya; pero, por favor, que no nos cuenten milongas pretendidamente dignificadoras de su nivel actoral. ¿Qué les parece a ustedes, amigos lectores...?

APUNTE DEL DÍA: este último fin de semana, no hubo cine, pero el anterior, sí. Y tocó una de dibujitos: "Gru: Mi villano favorito". La crítica de La Butaca, aquí, en este enlace.

* Varietés artísticas y culturales XXI.-

viernes, 15 de octubre de 2010

De Nueva York a Roma, sin escalas

- En la languidez de la tarde del día de Año Nuevo, esa tarde cansina y resacosa (aun cuando no hayas probado una gota de alcohol en las setenta y dos horas precedentes), un canal temático por cable dedicado a la música pop, con especial predilección por artistas de las últimas decadas del pasado siglo, me regala un especial dedicado a los grandes éxitos (reflejados en sus correspondientes videoclips) de Blondie.

De forma rápida, barata y nada contaminante, me siento transportado a un tiempo que conocí, el de finales de los 70" y principios de los 80", y un espacio que jamás hollé, el Nueva York frenético y espasmódico de la época (¿y en qué época pudo haber sido Nueva York de otra manera...?), y revivo la veneración por esa diosa rubia que atendía al nombre de Debbie Harry, una suerte de aparición fantasmagórica de fantasías musicales (más o menos calenturientas) de quinceañero con un punto desesperado, y la fascinación por un sonido de guitarras desenfrenadas y ritmos acelerados, tamizados y personalizados por el órgano Farfisa con el que Chris Stein supo personalizar y dotar de una identidad inequívoca a la troupe de la superdiva, que, transcurridos veinticinco años desde su surgimiento, suena con una intensidad y una vigencia que la inmensa mayoría de grupos de pop anglosajón que la prensa especializada intenta vender como la reencarnación agiornada de los Beatles, no llega siquiera a atisbar.

También descubro, para mi pasmo, y a través de su página web oficial, que el grupo sigue vivo y coleando, aunque con una formación bastante retocada: es más, actualmente se encuentra embarcado en una gira por Europa. Una lástima: los experimentos de resurrección de glorias pasadas, si no cuentan con la garantía de la absoluta imposibilidad del retorno del muerto (como sucederá, por ejemplo, y afortunadamente, con el aluvión mozartiano que nos espera al hilo del 200º aniversario de la muerte del genio de genios), suelen deparar escenas en las que prima el patetismo por encima de cualesquiera otros elementos.

o-o-o-o-o-o-o

- Continúa la emisión, en Cuatro, las noches de los martes, y en entregas dobles, de la serie Roma. Un producto televisivo a disfrutar, capaz de aglutinar bajo su manto (más bien, túnica, dado el contexto) un catálogo exhaustivo de las líneas bajo las que se desarrollan las nuevas tendencias televisivas, especialmente en lo que se refiere al rubro de series de ficción.
Series que se acercan, cada vez más, a los cánones cinematográficos: un cuidadísimo diseño de producción, seguidor (de manera evidente) de los cánones marcados por el Gladiator de Ridley Scott (atención especial, en ese aspecto, a la fotografía, cuyos tonos terrosos impregnan la imagen de una calidad rayana en lo mágico); un armazón dramático centrado y consistente, en el cual se ha buscado (y, francamente, creo que encontrado) un punto de equilibrio entre el elemento histórico y el elemento personal, entre lo público y lo privado, que no siempre es fácil de concretar; y un elenco intepretativo de gran nivel: solvencia sin fisuras en el cuadro artístico británico que encarna a unos personajes que reconocemos y asumimos como propios desde los primeros compases de la trama.

Y series que asumen que hoy día es difícil fijar la atención del telespectador si no se añade algún picante morboso: uno de los señuelos de Roma es su generosa profusión de escenas de violencia y sexo, escenas con un grado de explicitud bastante amplio y que, desde luego, hubieran resultado impensables en producciones de este corte (y pretensiones) no muy alejadas en el tiempo pasado. Potencial innovador que no se extiende al dibujo moral de los personajes: el maniqueísmo sigue imperando, y redunda en una caracterización ética poco acorde con un escenario complejo y difuso. Los tiempos cambian, ma non troppo...
En cualquier caso, no dejen de verla, si tienen ocasión...

* Este artículo fue publicado originariamente en El (viejo) glob de Manuel, el 3 de enero de 2006, bajo el título "Varietés artísticas I".-

* APUNTE DEL DÍA: Mi último descubrimiento en la galaxia blogueril: Letraceluloide, un blog dedicado a la conexión cine-literatura. Ahí andamos, destripándolo poquito a poco...

* Antecedentes penales (El viejo glob de Manuel) III.-

miércoles, 6 de octubre de 2010

EL DÍA DE LA BESTIA (ESPAÑA, 1995)

Desconozco si los importantes premios que ha conquistado en el reciente Festival de Venecia suponen para la carrera cinematográfica de Álex de la Iglesia una consagración, un colofón o un espaldarazo; una carrera abierta siempre plantea incógnitas a ese respecto. Pero sí parece estar bastante claro que comportan un reconocimiento a una trayectoria que, a estas alturas, muestra ya una cierta amplitud de arco, un buen puñado de films y una diversidad y nivel de calidad que la hacen merecedora de atención. Esa carrera, en lo que a largos se refiere —tras un par de cortos de gran calado y veneración entre la troupe cinéfila—, se había iniciado, en 1993, con una “marcianada” —pocas veces mejor dicho...— titulada “Acción mutante”, recibida por público y crítica con una mezcla de estupor y alborozo, pero se vio catapultada a otra dimensión con su segundo film, “El día de la bestia”.

“El día de la bestia” se presentaba como una especie de pastiche satánico-quijotesco, una propuesta descacharrante en la que un gamberro Álex de la Iglesia laminaba las fronteras entre géneros y ponía en marcha una historia con cabida para el drama y la denuncia sociales, la comedia costumbrista y el terror demoniaco, un tour de force concentrado en un solo día que transcurre a ritmo de vértigo, sin tiempo para el más mínimo respiro, y que cuenta, como telón de fondo, con una ciudad sobrecogedora, oscura, sucia e inhóspita, el reverso de esa   urbe luminosa que suele predominar en el imaginario colectivo, y desde la que, según reza el veterano slogan, se va en línea directa hasta el cielo; en este caso, no, más bien de Madrid al infierno —si es que este mismo no está situado en los territorios del oso y el madroño...—.

Con esas premisas, el joven director venía a contarnos en su película el estrambótico empeño de Ángel Berriartúa, un catedrático de teología convencido de la llegada del anticristo a Madrid el 24 de diciembre de 1994, y determinado a acabar con él. Quijotesca empresa, imposible de abordar sin la necesaria cooperación de un fiel escudero, un colega encontrado circunstacialmente y que se convierte en el Sancho Panza ideal (y no sólo por su apariencia física, tan cercana a la del célebre personaje cervantino) para guiar al despistado sacerdote por los veriecuetos de una ciudad en la que el mal aparece detrás de cada esquina, pero casi siempre difuso en su encarnación (al menos, hasta el final). De esa forma, ambos trazarán un recorrido enloquecido, preñado de episodios a cual más estrafalario y absurdo, y en el que juegan un papel de peso elementos tan dispares como las drogas, los cálculos esotéricos, la telebasura y los conjuros luciferinos, en una suerte de batiburrillo que, pese a todo, se plasma coherentemente en la narración fílmica, y, además, resulta furiosamente entretenido. ¿Hay quien dé más...?

En todo caso, atribuir el exclusivo mérito de las bondades de “El día de la bestia” a su firmante como director, sería una injusticia manifiesta con su dupla protagonista, esa “extraña pareja” que conformaron Álex Ángulo y Santiago Segura. El primero ya había trabajado con De la Iglesia en sus proyectos anteriores, y ofrece en éste una excelente muestra de sus capacidades, trasladando a su personaje ese hálito de perplejidad que despierta entre todos aquellos con quienes se cruza, incapaces de asimilar cómo ese curita de aspecto apocado, tímido y bondadoso puede moverse con tal grado de determinación supuestamente maligna. Pero el que se erigió como auténtica revelación y se proyectó hacia cotas de estrellato a partir de este trabajo, fue su partenaire, Santiago Segura. Ese Josemari, satánico y de Carabanchel, al que mueve una mezcla de pulsión psicotrópica y compasión infantil en su ánimo de convertirse en guardián protector de su frágil y vulnerable compañero de andanzas, ofreció el perfil más histriónico y desaforado de un Segura que, aun con sus limitaciones, se convirtió a partir de aquí en una estrella mediática destinada a proyectarse en otros ámbitos de actividad.
  
Que “El día de la bestia” (además de ser una de mis películas predilectas, como habrán podido advertir a lo largo de los párrafos previos...), terminara constituyendo, además de todo lo ya apuntado, uno de los films con mejor funcionamiento comercial de la historia reciente del cine español, no hace más que confirmar algunas tesis —que algunos, o muchos, sustentamos (no siempre con fortuna)—:  que, con talento y valentía, calidad y éxito no son elementos incompatibles por definición; que se pueden transmitir mensajes de calado y compromiso (las andanadas contra los movimientos racistas y xenófobos, o la denuncia de la —por entonces incipiente— proliferación de la basura televisiva, son muy, muy explícitas) a través de vehículos narrativamente ligeros;  y que el cine español, ni ahora ni antes (y cabe esperar que tampoco en el futuro), es mejor ni peor que otros cines. Les puedo asegurar, amigos lectores, que ni el mismísimo Satanás podría convencerme de lo contrario.

* APUNTE DEL DÍA; mi crítica de estreno semanal en La Butaca, destinada esta semana a "Buried (Enterrado)". Poco recomendable para claustrofóbicos convictos y confesos...

viernes, 1 de octubre de 2010

El Ajax de Cruyff

Hace unos días, veía el partido de vuelta, correspondiente a la última ronda previa de la Liga de Campeones, disputado entre el Ajax de Amsterdam y el Dynamo de Kiev. Dos antiguos “grandes” —con un historial de éxitos amplísimo— bastante venidos a menos. Me fijé especialmente en el Ajax de Amsterdam: un equipo aseadito, de nivel medio, aunque con un hombre, el uruguayo Suárez, capaz de desbaratar un partido en un par de arreones —que es, a falta de más “combustible”, de lo que el equipo holandés suele vivir últimamente—. Pero no es de este Ajax del que quería hablarles hoy, amigos lectores. Al conjuro de esa mágica camiseta rojiblanca (¿de qué otro color podría ser...?), siempre es inevitable pensar en el gran Ajax de los setenta; o para ser más exactos, de la primera mitad de esa década.

Un Ajax de Amsterdam —al que, por cierto, veíamos en blanco y negro; el color de su equipación había que averiguarlo vía “As Color”...— que contaba con una pléyade de jugadores (Krol, Haan, Mühren, Rep, Keizer, Neeskens...) increíble. Cualquiera de ellos tenía calidad más que suficiente para haber sido piedra angular sobre la que edificar un buen equipo, serio y competitivo. Pero en el Ajax, al fin y la postre, no pasaban de ser los ilustrísimos “escuderos” de uno los más grandes “caballeros” que la “Orden del balón redondo” haya alumbrado jamás: Johann Cruyff.

Como sus dos grandes predecesores (Di Stéfano y Pelé) y sus dos ilustres sucesores (Maradona y Messi), Cruyff aglutinaba los dos dones más preciados que un furgolista pueda atesorar: juego y gol. Cruyff no era el más alto, ni el más fuerte, ni el más rápido; pero su sentido estratégico del juego, unido a un toque exquisito y a una habilidad inmensa con el balón, lo hicieron grande entre los grandes. Si a ello se le une la facilidad con que “hacía barraca” —por lo demás, casi nunca con goles “patateros”, algo que hubiera chirriado con la plástica furgolera que solía desplegar—, no es de extrañar que este maestro sinfónico llevara a su Ajax a conquistar tres Copas de Europa consecutivas (1971, 1972 y 1973), asombrando a todo el mundo con un juego que, hasta entonces, parecía reservado sólo a los “fantasistas” brasileiros y demostrando que también desde el frío norte europeo se podía hacer arte con el balón.

El sueño acabó con el traspaso de Johann Cruyff al F.C. Barcelona en el verano de 1973. Tras muchos años de cierre, el furgol español volvía a abrir sus fronteras, permitiendo la contratación de dos jugadores extranjeros por club. Y el Barça —martirizado por una sequía tan pertinaz como las que pregonaba ese que todos sabemos, y durante la cual su acérrimo enemigo blanco se dedicó a acumular, de manera inclemente, cuánto título cabía en vitrina— lo tuvo muy claro. Se ficha al mejor, cueste lo que cueste. Y vaya si costó: ciento veinte millones de pesetas de las de la época; unos 720.000 euros, que hoy suenan a ridiculez, pero que constituyeron, hasta el fichaje de Zidane por el Real Madrid casi treinta años después, el récord absoluto en ese terreno. Eso sí, plenamente rentabilizados: el Barcelona, tras un comienzo dubitativo, arrasó en la Liga 1973-74, y Cruyff nos deslumbró a todos con su juego de ensueño.

De todos modos, la historia de ese Ajax triunfal aún tuvo un colofón casi esplendoroso (eso sí, a través de equipo interpuesto). Tras su magnífica temporada con el Barcelona, Cruyff volvió a su país para capitanear a la selección holandesa que se aprestaba a disputar el Mundial que ese año se iba a celebrar en la República Federal de Alemania (el muro aún tardaría en caer...). Y esa selección demostró ser un digno y rendido tributo a ese Ajax, del que, de hecho, venía a constituir una especie de “trasunto reforzado”, dado que su columna vertebral estaba constituida por las grandes estrellas del equipo de Amsterdam, complementadas con otra buena plétora de excelentes jugadores del Feyenoord. Y, como guinda del pastel, don Johann. Nacía una leyenda. Nacía “La naranja mecánica”.

Lo de la selección holandesa en el mundial alemán fue de auténtica traca. La apoteosis del furgol colectivo que el Ajax había abanderado, y mostrado por los campos europeos, durante los años precedentes, se convirtió en un aluvión de juego que cristalizó durante ese Mundial, dando lugar a un recital de exhibiciones en las que, como en el circo y su “más difícil todavía”, la de cada partido parecía dejar en pañales a la del partido anterior. Así fue Holanda sumando victorias incontestables hasta alcanzar la final, en la que una más pragmática y correosa Alemania (además de, todo hay que decirlo, con un equipo extraordinario) le hizo morder el polvo, y le birló un título que, en justicia (algo que en el furgol se puede encontrar en igual proporción que en la vida misma; o sea, muy poquita...), le hubiera correspondido, y hubiera puesto el merecido broche de oro a un capítulo de la historia de este invento memorable.

Holanda volvió a jugar la final del Mundial, cuatro años después, y sin Cruyff, pero ya no fue lo mismo —de ese mal sueño, ese hatajo de quebrantahuesos, que disputó hace un par de meses la final con España, mejor olvidarse, y pronto; qué espanto, qué forma de mancillar una camiseta...—. Y el Ajax de Amsterdam, tras unos años de “travesía del desierto”, también volvió a tener un momento brillante a primeros de los años noventa del pasado siglo, en los que volvió a conquistar el máximo título europeo, pero tampoco fue ya lo mismo. Y es que, en la retina de ese niño que aún no tenía diez años, y que ahora, con bastantes años más, les escribe estas torpes líneas, lo que permanece es el imborrable recuerdo (aunque fuera en blanco y negro) de una máquina armoniosa de hacer el furgol más bello que jamás haya podido ver (y al que sólo el Barcelona, por motivos obvios, se ha llegado a acercar en los últimos años). A su frente, un paladín espigado de melena lacia y movimientos de ballet al que no podría darle otra cosa que no fuera un rendido agradecimiento. En mi nombre, y en el de todos los que aman este deporte, don Johann, muchísimas gracias.



APUNTE DEL DÍA; mala semana para la escritura. Poco, poco, poco. Ay, el tiempo...

* Pasión furgolera XIV.-
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