viernes, 27 de agosto de 2010

Antecedentes penales (o así empezó todo, más o menos...)

"Algunas acotaciones

Por Manuel Márquez - 27 de Diciembre, 2005, 11:48, Categoría: Un poquito de todo...

No voy a extenderme en disquisiones relativas al por qué de este blog: supongo que implicaría adentrarme en reflexiones de un calado más propio de un producto con pretensiones más sesudas que de esta suerte de divertimento personal (que es, en el fondo, de lo que se trata). Nos ahorraremos, pues, todos el esfuerzo:  yo, el de confeccionarlas; y ustedes, amigos lectores, el de afrontar su (previsiblemente, soporífera...) lectura.

Pero sí que me gustaría hacer algunos comentarios, sin excesivo orden ni sistema, acerca de aquello que pretendo, y que no pretendo, que sea materia de este blog. No se trata de hacer una guía orientativa, sino más bien una especie de declaración de intenciones: como todas ellas, me temo, será escrupulosamente traicionada, llegadas hora y ocasión propicias, pero, en principio, dejémosla jugar su papel de tal.

Este blog no nace con una vocación temática concreta, pero es bastante lógico que tenga una especial dedicación hacia aquellas cuestiones que son de la muy particular querencia de su autor: al fin y a la postre, es uno de los privilegios que confiere a este humilde escribiente el hecho de ostentar su titularidad. De todos modos, no por ello dejarán de ser bienvenidas y atendidas cualesquiera sugerencias que sus eventuales lectores tengan a bien querer hacerme llegar al respecto. Ojalá sean numerosas y frecuentes, porque una de las pretensiones que, desde este momento, confieso sin tapujo alguno es la de que este espacio abierto en la Red llegue a convertirse, fundamentalmente, en un foro de intercambio de opiniones, y no en un monólogo continuo (y, previsiblemente, algo soso) a cargo de su responsable.

El cine, ¿cómo no....? Una de mis grandes pasiones no va a dejar de tener su espacio en este blog, y a ella irá dedicado un espacio específico, aunque eso no signifique que todo el material que escriba sobre ese tema vaya a encontrar acomodo en este ámbito: colaboro desde hace algún tiempo con dos publicaciones temáticas en la Red –a las cuales pueden acceder a través de los enlaces que encontrarán en la opción correspondiente del menú-, y en ellas seguiré publicando, básicamente, críticas y artículos de opinión sobre este tema. No obstante, todo texto que no pueda encontrar espacio en tales webs, cualesquiera que sean los motivos de ello –y espero que no sea el de su falta de calidad-, será puntualmente publicado en el blog.

Más allá de tal dedicación monográfica, este blog será una suerte de cajita miscelánea, en la que habrá cabida para opiniones y reflexiones acerca de temas más o menos actuales (a veces, más; a veces, menos), con especial incidencia en los ámbitos de las cuestiones sociales y políticas (porque sí, ¿por qué no...?) y de la cultura (porque es un ámbito temático que me interesa, y mucho; como a ustedes, me consta). Como ven, nada original, o que se salga de caminos trillados, transitados por mil y un millón de los blogs que ya pululan por estos ciberpagos: espero que esa originalidad, y esas salidas del tiesto, las aporten ustedes, amigos lectores.

No hablaré en este blog de cuestiones personales: no por un sentido del pudor que resultaría bastante poco coherente con la tremenda impudicia que implica el escribir para un público objetivo indeterminado –como sucede en este caso-, sino porque entiendo que mi vida, como materia de relato, es algo tremendamente aburrido (lo cual no quiere decir que yo no me lo pase, en ocasiones determinadas y ciertos momentos, muy bien); ya les hablaré en otra ocasión de un magnífico artículo de Fernando Fernán Gómez, en el que, al hilo de un comentario más genérico sobre las películas biográficas, habla de eso, de la vida como materia de relato de ficción: una reflexión tremendamente curiosa, certera y que comparto en su totalidad.

Y esto es todo por hoy, amigos lectores. Desconozco cuál será la periodicidad de actualización de este blog: ni siquiera tengo muy claro si me gustaría que tuviera una frecuencia predeterminada, o no, que funcionara, mejor, al albur de los mil y un avatares que vayan surgiendo. El tiempo lo dirá, pero, no obstante, hasta pronto, siempre hasta pronto... “


Ése de arriba es el texto con el que comenzaba mi andadura bloguera, en la “cibercasa” de que disfruté con anterioridad a ésta, y a la que pueden encontrar, amigos lectores, un enlace en la columna izquierda de este blog, bajo el epígrafe “Otras webs que me cobijan” (El "viejo" glob de Manuel). Una cibercasa alojada en Zoomblog, y cuyo aspecto visual es el que pueden observar en la imagen que ilustra este artículo. Y una cibercasa a la que pienso dar cierre próximamente, una vez finalice esta tarea, a la que ahora doy comienzo con esta reseña, de trasladar todos sus contenidos a este blog.

No les puedo negar que me sorprende una enormidad verificar cómo, pasados casi cinco años desde que escribí esas palabras, podría seguir, a estas alturas, suscribiéndolas con muy ligeros matices. Eso sí, no me pregunten si eso me parece bueno o malo: me siento absolutamente incapaz de contestar esa pregunta...

Otro apunte que creo obligado hacer; parto de la premisa de que pocos, por no decir que casi ninguno, de mis antiguos “lectores Zoomblog” me siguen todavía en mi andadura blogueril actual, con lo cual los contenidos les podrán resultar tan novedosos, interesantes o aburridos como cualesquiera otros, sin que sea la circunstancia de su repetición la que les provoque ningún tipo de hartazgo; en todo caso, si algún antiguo lector quiere refrescar la memoria con algún viejo texto, ésta es la oportunidad: no saben cuán curioso llega a resultar, a veces, el comprobar cómo hay historias a las que el paso del tiempo (no sé si para bien o para mal...) parece no afectarles.

No será ésta la única sección nueva (dicho sea lo de nueva sin ningún ánimo irónico...) que tengo previsto ir incorporando al blog en próximas fechas (poco a poco, aún es verano, y uno intenta prolongar al máximo el remoloneo). No sé si es éste buen momento (quien sigue con asiduidad este blog, ya sabe de mi escasa querencia por hitos, efemérides, aniversarios o cualquier otro elemento que suene a frontera marcada...), pero sí que les puedo asegurar que es buena la intención: que las mismas sean tan de su agrado, en su lectura, como lo serán del mío, en su escritura. Ni más ni menos. Resistan el calor, y sean felices...

* Antecedentes penales (El viejo glob de Manuel) I.-

jueves, 26 de agosto de 2010

Conocerás al hombre de tus sueños (You will meet a tall dark stranger; España/U.S.A., 2010)


Aunque existen muchas personas que piensan que el talento, al igual que la energía (según la manida formulación einsteiniana), ni se crea ni se destruye, y sólo se transforma, hay ciertos autores empeñados en rebatir, con su práctica en los últimos años, la veracidad de tal aserto. Es el caso de Woody Allen, un director que ha firmado algunas de las más memorables páginas cinematográficas de los últimos cuarenta años, pero que, manteniendo un ritmo de estrenos estajanovista, hace ya algún tiempo que pasó de generar una expectante ilusión entre la crítica cinéfila con motivo de cada uno de ellos a provocar un run-run temeroso, ante la constatación de que, lejos de remontar el vuelo creativo, cada uno de sus films termina echando una palada más de tierra con la que ensuciar y emborronar un historial que guarda títulos de brillantez inmensa. En tal tesitura, nos llega su última propuesta, “Conocerás al hombre de tus sueños”; y no es buen augurio que, a día de hoy, se venga hablando mucho más de algo tan meramente circunstancial como es su estreno mundial en nuestro país —en Avilés, concretamente— que de sus elementos más propiamente relativos al mundo del cine.

A la última propuesta de este neoyorquino militante —aunque cada vez le resulte más complicado poder rodar en sus tan caros (dicho sea en todos los sentidos...) escenarios de Manhattan y Brooklyn— no le falta ese reparto de campanillas al que siempre nos tiene acostumbrados —y que a cualquier otro director que no se llame Woody Allen le costaría horrores (y muchísimos millones de dólares...) reunir—, con nombres como los de de Naomi Watts, Anthony Hopkins, Josh Brolin o Gemma Jones (también figura en él Antonio Banderas, por cierto...); y los apuntes que constan en las informaciones disponibles acerca de sus componentes argumentales dibujan una historia que se mueve, también, en las constantes habituales del autor: enredos amorosos al hilo de infidelidades, insatisfacciones y una especie de huida permanente hacia adelante en busca de la felicidad en ese terreno. Pero, salvo reencuentro gozoso con un pulso narrativo perdido hace ya varios rodajes, es muy de temer (y ojalá anduviera tremendamente errado...) que poco haya disfrutable, más allá de algún destello aislado (por aquello de que el que tuvo, retuvo, fundamentalmente...). Demasiado poco para quien, en su día, hizo films absolutamente memorables. Una pena...
PRONÓSTICO: lo normal sería que no, pero siempre cuesta resistirse a un Woody Allen (aunque sea de éstos...).

* Apuntes sobre el cine que viene XLVIII.-

viernes, 13 de agosto de 2010

Centurión (Gran Bretaña, 2010) (Apuntes sobre el cine que viene XLVII)

UNA DE ROMANOS.-
 
No voy a entrar (hoy) en la discusión sobre las mayores o menores calidades de un film como “Gladiator”, de Ridley Scott: empiezo a sentir un cierto complejo de víctima —o de eso que siempre se ha calificado como abogado de causas perdidas— ante lo generalizada que está, entre mis “compinches” de “bloguerío”, una opinión bastante negativa acerca de una cinta que, para mí, sin llegar al nivel de obra maestra, sí que constituye una excelente muestra de cine-espectáculo (o, como diría aquel, “palomitero”...). En fin, pelillos a la mar... Lo que sí supongo que admite poca duda, a día de hoy, es que a la película del señor Scott le cabe el nada dudoso honor de haber revitalizado un género, el del peplum, al que, sin el tremendo éxito obtenido por ella, no le quedaba otro destino previsible que el de constituir un nostálgico recuerdo (muy socorrido, por cierto, para esos reportajes veraniegos, tan necesarios cuando la información escasea...) asociado a los cines de verano (y a alguna canción de Joaquín Sabina). Y que, sin ella, es muy probable que no estuviéramos hoy hablando de una película como “Centurión”.

Porque, en definitiva, “Centurión”, la última propuesta que llegará a nuestras pantallas del director británico Neil Marshall, no es ni más ni menos que eso: una de romanos; plagada, eso sí, de dosis de violencia, suciedad, sangre y adrenalina suficientes como para llenar no una, sino varias pantallas. Una propuesta, pues, nada complaciente con aquellos que no gusten de las emociones fuertes y de la acción a raudales, en un metraje bastante ajustado (con noventa minutos se basta el director para contarnos las cuitas entre romanos y pictos en el lejano territorio de la Britannia de los primeros siglos de nuestra era...) y con un diseño de producción que, sin llegar a los derroches a que, en los territorios de este género, nos tienen acostumbrados los grandes estudios usamericanos, ofrece un nivel bastante digno. Si a eso le añadimos un reparto en el que nombres como los de Michael Fassbender, Dominic West u Olga Kurylenko acreditan experiencia más que acrisolada en el género, pudiera ser que nos encontráramos ante uno de esos films destinados a pelear con toda solvencia en esa otra guerra, la de la taquilla, donde todos los fines de semana se libran batallas no por incruentas, menos duras. Habrá que verlo...

PRONÓSTICO: Pues no estaría de más echarle una visual...

jueves, 12 de agosto de 2010

Mi refugio (Le refuge; Francia, 2009) (Apuntes sobre el cine que viene XLVI)


UN DRAMA INTENSO.-
Casi tan prolífico como Woody Allen (nada menos que quince títulos —largometrajes—como director, en doce años de carrera), y casi tan diverso y disperso como Michael Winterbottom (capaz de firmar tanto un noir bajo formato de comedia musical —“8 mujeres”— como un drama con suspense criminal —“Swimming pool”—), si hay algo de lo que cabe poca duda es de que nuestro hombre, François Ozon, goza de una fuerte personalidad (al menos, en materia cinematográfica); tanta como para atreverse con producciones de un nivel de riesgo poco usual en la cinematografía comercial más habitual, como es el caso de la última estrenada en nuestro país (“Ricky”, una comedia protagonizada por un bebé volador; casi nada...). La película que ahora llega a las pantallas de nuestros cines, “Mi refugio”, fue presentada en la pasada edición del Festival de San Sebastián y, pese a haber obtenido el premio especial del jurado, ha tenido que esperar casi un año a su estreno —así pintan las cosas para el cine europeo...—; resta por ver si la misma nos ofrecerá las trazas del mejor Ozon o decepcionará a cuantos, hasta ahora, hemos seguido con interés su irregular carrera.

Se presenta “Mi refugio”, en cuanto a su planteamiento argumental, como un drama de alta intensidad, en el que se conjugan una serie de elementos concurrentes en sus personajes protagonistas (alta posición social, drogadicción, muerte, embarazo) de entidad (y, por llamarlo de alguna manera, “escabrosidad”) más que suficiente para, sobre ellos, armar un sólido entramado narrativo. Si a eso se añade, más allá de la mejor o peor mano personal del director para tratarlos, la habitual querencia del cine francés por desarrollos fílmicos que se mueven en tales territorios, deberíamos contar, a priori, con una propuesta solvente. Pero eso es algo a contrastar. También es cuestión a descubrir la del desempeño de sus dos jóvenes intérpretes principales, Isabelle Carré y Louis Ronan Choisy, guapos y atractivos, pero carentes de antecedentes (al menos, conocidos en nuestro país) que nos permitan formular una apuesta sobre ellos. En suma, estamos ante una propuesta sobre la que pesan más las expectativas que los referentes, de forma que, ante la misma, la alternativa más sensata es la de su verificación “sobre el terreno”; ojalá que sea la mejor versión de su controvertido autor la que podamos disfrutar con esta su penúltima cinta.
PRONÓSTICO: Me gustaría...

Los toros y Cataluña, o viceversa (A salto de mata XLVI)

Si ha habido un tema de actualidad (no necesariamente rabiosa, aunque aquí el adjetivo sí que vendría bastante a pelo...) en el raquítico (como siempre) panorama informativo de nuestro país de estas recientes fechas veraniegas, es el de la abolición de las corridas de toros en Cataluña a partir de 2012, en base a lo aprobado por el Parlamento autonómico de esa comunidad hace unos dias. Tema sobre el que, francamente, no tengo una opinion formada, y sobre el cual me van a permitir, amigos lectores, que, amparándome en esa libertad de opinión que a mí, como a todos mis conciudadanos, me reconoce la Constitución, no me la forme (no tengo ni interés ni intención en ello). No me gustan los toros, no me interesan y no los sigo, pero no me planteo, personalmente, si deberían ser prohibidos o no.

Esto último no es obstáculo para que esté siguiendo con interés y atención el debate suscitado alrededor del tema, y a cuyo hilo pro-taurinos y anti-taurinos esgrimen, como es preceptivo en todo debate que se precie, sus argumentos y razones, cada cual en apoyo de su postura correspondiente. Algunos me resultan convincentes; otros, no tanto. Pero hay una idea —en la que se viene insistiendo machaconamente por parte de los pro-taurinos—, que me ha llamado poderosamente la atención y que es la de la proscripción genérica, en nombre de la libertad, de las prohibiciones. Estoy totalmente en desacuerdo con ella.

¿Por qué? Muy sencillo. Vivimos en sociedad —no por gusto, ni capricho, sino por mera necesidad—, y no hay sociedad en la cual se pueda organizar una convivencia mínimante potable sin un sistema de normas. O sea, sin un sistema de prohibiciones. Prohibiciones que garantizan tanto el respeto a unos estándares morales comúnmente aceptados por la mayoría del cuerpo social sobre el que operan como la posibilidad del ejercicio simultáneo y armonioso de los derechos y libertades personales de todos y cada uno de sus miembros. Y sin las cuales esto se convertiría en un pandemonium insufrible que nos garantizaría la autodestrucción (como los mensajes de las historietas de Mortadelo y Filemón) en un visto y no visto (o menos, quizá).

Bien es cierto que es socialmente muy saludable que tales prohibiciones se vean sometidas a dos principios básicos, elementales: el de intervención mínima (o sea, cuántas menos, mejor; las estrictamente indispensables, a ser posible), y el del consenso (o sea, cuánta mas aceptación social, mejor; la unanimidad es un imposible, pero, cuanto más amplia sea la mayoría que la apoya, mejor). Pero, una vez asegurados (en la medida en que humanamente es posible; ya sabemos que lo de los humanos y la perfección funciona como funciona...) ambos estándares, está claro que, no siendo la condición humana capaz de garantizar una hipotética Arcadia bucólica y pastoril, en la que todos, voluntaria y armónicamente, hagamos siempre lo recto y correcto, lo bueno y lo respetuoso, no nos queda otra que admitir, del mejor grado posible, la existencia de tales prohibiciones, y respetarlas y acatarlas.

Esgrimir, como argumento en contra de la prohibición de los toros, que dicha medida es un atentado contra la libertad del aficionado, supone ignorar el fundamento legitimador de la prohibición, y que radica en la legitimación democrática del órgano que la aprueba (y que –dejando aparte el tema de los mecanismos de representatividad política, que daría para (otro) debate mucho más amplio—, supongo que es difícilmente cuestionable); además de abrir una peligrosísima espita para dar cobertura a la proscripción de otras prohibiciones. ¿O es que también atenta la prohibición de la conducción bajo el influjo de bebidas alcohólicas contra la libertad del conductor amante del buen rioja? ¿Socava la prohibición de hacer ruido excesivo la libertad de ese vecino al que le encanta reventar los altavoces de su equipo estereofónico con los aulllidos de Lady Gaga? Son ejemplos a los que apelo (me abstengo de utilizar otros mucho más tremedistas, a fin de evitar identificaciones tan indeseadas como indeseables de los aficionados a los toros con otras figuras mucho más deleznables), para ilustrar cuán peligroso puede resultar el deslizarse por según qué pendientes —y partiendo de la premisa de que, al igual que la tauromaquia a lo largo de extensos tiempos y lugares, también dichas conductas que, a día de hoy, nos parecen moralmente intolerables (por eso se castigan...), fueron socialmente admitidas en ciertos contextos espacio-temporales (o, al menos, hubo con ellas una indulgencia que ya no se mantiene)—. Y es que ésa sería otra cuestión, la de la evolución de la percepción social acerca de lo que debe ser prohibido, y lo que no. Que, como no podía ser de otra manera, varía, por supuesto que varía, en funcion de culturas, entornos y un largo etcétera.

En todo caso, me consta que el tema no es sencillo, y seguirá siendo, sin duda alguna, objeto de encendido debate durante bastante tiempo. ¿Cómo lo ven ustedes, amigos lectores...?

La fotografía que ilustra el artículo proviene de la galería de Flickr de Miki Queen of Planet Goodaboom, y se publica conforme a los términos de su licencia Creative Commons.

martes, 10 de agosto de 2010

Los mercenarios (The expendables; U.S.A., 2010) (Apuntes sobre el cine que viene XLV)


FESTIVAL DE BÓTOX.-

Ni ruso ni moro. Un sudaca asqueroso había de ser. ¿Chávez, Morales, Correa? Tanto da. A falta de originalidad en los planteos argumentales, reciclaje político raudo y adaptación al medio inmediata: Hollywood nunca anduvo torpe a la hora de subirse al carro de la más rabiosa actualidad en materia de estrategias geopolíticas y orientaciones ideológicas; mucho antes de que se inventara el GPS, los grandes estudios ya señalaban siempre al malo con un margen de error de menos de veinte centímetros...Y aquí el malo es un dictadorzuelo sudamericano al que un grupo de mercenarios ha de derrocar, para el bien de su pueblo (cómo no...) y la grandeza de la causa democrática en el universo (cómo tampoco...).¿A alguien se le ocurriría un nombre más apropiado para tal tarea que el del ínclito Sylvester Stallone? Pues ya está. Blanco y en botella. Se junta a un reparto de viejas y nuevas glorias del género, bien repleto de testosterona; se “perpetra” un guión trufado de sentencias patibularias, a cual más fatua y vacilona; y se llena la pantalla de explosiones y cadáveres en tal grado que a mitad de película ya no puedas contarlos ni con la ayuda de una hoja de cálculo. Misión cumplida...

A diferencia de esos otros films de tono crepuscular, que basan su gancho comercial en la reunión de un conjunto de estrellas veteranas, que, entre bromas y veras, se dedican a hacer recordar a sus seguidores viejas anécdotas y memorables interpretaciones, a base de guiños y referencias constantes —recuerdo ahora, por ejemplo, la simpatiquísima “Space cowboys”, de Clint Eastwood—, me temo que esta “Los mercenarios” pretende mostrarnos a unos “machacas” —al fin y al cabo, con más papel o con menos, están prácticamente todos...— que aún ejercen en plenitud de facultades (más allá de algún chistecillo facilón que pretenda ironizar con su supuesta merma de capacidades atléticas, o de otro tipo...), demostrando, con ello, bastante menos respeto por ese público potencial al que va destinada —y que, no me cabe duda alguna, abarratorá las salas en busca de su ración de violencia FX debidamente condimentada—, que el que pueda mostrar este humilde escribiente con sus prejuicios hacia un producto de un corte que nunca le terminó de hacer tilín (o, más bien, dado el volumen estruendoso de las deflagraciones en pantalla, tolón...). En fin...

PRONÓSTICO: salvo encañonamiento por el equipo completo...

lunes, 9 de agosto de 2010

Killers (U.S.A., 2009) (Apuntes sobre el cine que viene XLIV)

¿EL SEÑOR Y LA SEÑORA QUÉ...?

Soy de los que piensan que toda obra artística —entendida en sentido amplio; es decir, las canciones de Georgie Dann, por ejemplo, irían incluidas en este concepto...— es contingente, no necesaria, y, por tanto, perfectamente prescindible. Pero como me consta que tal opinión no es, ni muchísimo menos, compartida por mucha gente, no me queda otra que entrar en el debate sobre la delimitación entre lo que son obras prescindibles y obras imprescindibles. ¿Y qué criterio aplicamos? Bien, veamos. Desde la perspectiva de la historia general del arte cinematográfico —ya sé, suena un poco pomposo, pero son exigencias del guión...—, supongo que el ¿95, 96, 97? por ciento de las películas que se estrenan todos los años son perfectamente prescindibles, en la medida en que nada significativo aportan al mismo. Pero ¿estarían ustedes dispuestos a rebatirle a ese batallón de mozuelas (hormonalmente, al borde del apocalipsis nuclear) que atiborran sus álbumes de Tuenti y sus fondos de escritorio con las angelicales (y no tanto) imágenes de Ashton Kutcher, la absoluta imprescindibilidad de un film como “Killers”? ¿A que no? Pues eso; yo, al menos, no lo intentaría....

Y es que “Killers”, cuya acumulación de topicazos y memeces por centímetro cuadrado de celuloide debería ser estudiada en un laboratorio, bajo un microscopio, y no en una revista de cine —tal es su desmesurado volumen—, entra de lleno en la simpar categoría de vehículo de lucimiento al servicio de la estrellita de turno —que para eso, y  no otra cosa, pone los cuartos el chaval...—, y sus “tabletosos” y “chocoláticos” abdominales, que luce tan generosa como inopinadamente, a falta de otros talentos más “técnicos” que esgrimir. Y es que a esta joven promesa, que cada día es menos joven (a la fuerza ahorcan: el reloj no hay cuenta corriente que lo frene...) y que dejó de ser promesa hace ya bastantes años (y films), confirmando que no hay más cera que la que arde, parece ser que no le basta con ser el ilustre acompañante (conyugal) de otra ex-estrella, como Demi Moore, y se empeña en pepetrar (con la complicidad delictiva de otras gentes del gremio, como la guapísima Katherine Heigl), propuestas en las que no es posible encontrar un solo átomo de talento u originalidad, quizá con el único objetivo de seguir engordando una chequera que no debe andar precisamente tísica, o de promocionar las bondades de los gimnasios angelinos. Él sabrá...

PRONÓSTICO: salvo error u omisión, como decía aquel...

Jugada perfecta (Just wright; U.S.A., 2010) (Apuntes sobre el cine que viene XLII)

DE NEGROS, CON NEGROS, ¿PARA NEGROS...?

No es cuestión de atractivo físico —sólo—, ni es cuestión de calidad interpretativa —exclusivamente—. Eso de la presencia en pantalla (como lo del glamour, la química; en suma, esos conceptos que, si en terreno de estadísticas baloncestísticas anduviéramos inmersos, llamaríamos “intangibles”...) es algo difícil de definir, en un plano conceptual, pero que todos tenemos muy claro cuando de lo que se trata es de aplicarlo a algún caso en concreto, con nombre y apellidos (aunque sean artísticos). Y lo de Queen Latifah es una cuestión, precisamente, de eso, de presencia en pantalla. Sin el más mínimo empacho en seguir mostrando su poderosa (y voluminosa) anatomía, totalmente alejada de los modelos estéticos (dictatorialmente) imperantes en su mundo “laboral”, pero con la misma rotundidad y magnetismo que siempre ha exhibido, aparece ahora en su última entrega, “Jugada perfecta”, una comedia romántica que cuenta con pocos avales más consistentes que los de su presencia al frente del reparto —dado que ni el resto de integrantes del mismo, ni su directora, Sanaa Hamri, son mínimamente conocidos en nuestro país—.

¿Suficiente? Es difícil que una figura que, pese a ser bastante conocida entre el público cinematográfico general, no tiene el rango de primerísima estrella, pueda, fuera de su país de origen, “tirar” de una producción de nivel medio hasta convertirla en una propuesta solvente y con aspiraciones de obtener resultados estimables en taquilla. Y más aún si la producción que ofrece, más allá de lo que evidencia su material promocional en cuanto a previsibilidad (muy elevada) y convencionalismo (otro tanto de lo mismo), parece, por el perfil y entorno de sus personajes principales, buscar, sobre todo, un nicho de público más identificado por distintivos raciales que de otro corte. Algo que, en los últimos años, parece funcionar muy eficazmente en el mercado usamericano —y ahí está el reciente ejemplo de un film como “Precious” para confirmarlo—, pero que, por motivos obvios, ofrece la contrapartida de sus limitaciones en mercados externos. Algo que aquí podremos comprobar a partir del próximo viernes...

PRONÓSTICO: pues debería ser que no...

sábado, 7 de agosto de 2010

EL HALCÓN MALTÉS (THE MALTESE FALCON; U.S.A., 1941)


He de empezar por el reconocimiento de una circunstancia que no creo empañe en lo más mínimo la valoración que pueda merecer esta reseña (por lo demás, tengo la certeza de que es compartida por miles de cinéfilos y cinéfagos del más diverso pelaje): siento una especial debilidad por el cine negro, siento una especial debilidad por Humphrey Bogart, y siento una especial debilidad por El halcón maltés; hasta el punto de que basta la mera aparición de ese insigne pajarraco (por otro lado, perfectamente colocable en la estantería de cualquier bazar “todo a un euro” sin desmerecer en absoluto del resto de la oferta comercial del establecimiento...) para que mis papilas gustativas cinéfagas empiecen a salivar como las de perro pavloviano al borde de un ataque nervioso.

No es para menos: El halcón maltés pasa por ser, de manera casi unánimemente reconocida, obra fundacional de ese género –o subgénero, si lo queremos enmarcar como una tendencia o corriente dentro del cine de suspense- conocido como negro, y, además, uno de sus exponentes señeros, en la medida en que plasma fiel y brillantemente todos los atributos que comúnmente se asocian al mismo. Una historia turbia y truculenta, plagada de engaños, violencias, miserias y ambiciones; unos personajes que, en consonancia con las características de la historia, se mueven bajo idénticas señas de identidad; y una puesta en escena destinada a crear una atmósfera ambiental y visual acorde con el juego a desarrollar, y que dé al mismo el realce e intensidad requeridos. Se puede afirmar, sin empacho alguno, que El halcón maltés no ofrece la más mínima fisura en ninguno de los tres rubros.

La historia, basada en la novela homónima de Dashiell Hammett (el ínclito creador de policiacos que diera vida al simpar Sam Spade), que ya había sido versionada por Roy del Ruth en 1931 (un año después de la publicación de la novela ; versión, obviamente, bastante menos conocida), gira alrededor de una curiosa estatuilla, con la figura de un halcón que, según cuenta la leyenda (o lo que de ella conocen sus infatigables perseguidores), está hecho de oro y brillantes que quedan ocultos por una capa de esmalte negro. En pos de la misma marcha un grupo de estraperlistas (de guante más o menos blanco) que, tras una apariencia de modales inmaculados y presencia impecable, no tiene el más mínimo escrúpulo en amenazar, extorsionar y, llegado el caso, matar a quienquiera que se interponga en su camino hacia la preciada pieza alada, con la particularidad de que unos y otros tampoco tienen excesivo problema en intentar “despistar” a sus compañeros de juego con el fin de no tener que repartir tan suculento botín, aunque todas sus añagazas y engañifas quedarán abortadas gracias a la intervención de Spade; y aquí es donde entran en juego engaños, traiciones y cinismos que van salpicando la trama de forma tan implacable como armónica, hasta componer un fresco de las miserias de la condición humana magníficamente desplegado en un guión muy bien trabajado por el propio Huston: claro y conciso, sin concesiones al excurso o la digresión, no peca por ello de esquemático o pobre, y constituye la primera piedra sobre la que edificar un edificio fílmico tremendamente sólido.

En cuanto a los personajes, su dibujo es de una viveza extraordinaria, y, servidos en su encarnadura por un cuadro de intérpretes de excelentes prestaciones, constituyen el vehículo perfecto para desarrollar una historia de meandros y vericuetos tan tortuosos como es ésta.

El “cuarteto de los malos” nos ofrece un póker de variedad y versatilidad, con una presencia femenina tan ambigua e inquietante como la de Mary Astor, al servicio de una Brigid O’Shaughnessy que, sobre sus miedos (más aparentes que reales) y sus pesares (más fingidos que ciertos), va enredando sutilmente a un desconcertado Spade (o, al menos, así lo parece en ciertos momentos); un Peter Lorre que encarna a un Joel Cairo tan fatuo como asustadizo, víctima propiciatoria de su misma inconsistencia; Elisha Cook jr., un característico de carrera extensísima y que, dando vida al matón Wilmer Cook, es la viva estampa del hampón apocado y lacayuno, siempre apto para convertirse en carne de cañón cómoda y sencilla; y un veterano y magnífico Sidney Greenstreet que da vida al mefistofélico Kasper Gutman, el más sutil y manipulador de los miembros de la banda.

Y frente a ellos, el héroe absoluto y solitario (o casi), el dueño incontestable de la función, un Sam Spade que, no estando destinado inicialmente a quien finalmente se encargaría de interpretarlo (el candidato elegido había sido George Raft, pero éste lo rehusó), terminaría convirtiendo a Bogart –que, con este papel, abandonaba el bando de los “malvados”, a los que había venido interpretando de manera habitual- en una auténtica estrella, y lo situaría a ciernes de pasar a constituir todo un icono cinematográfico (tras su consagración “marroquí” de Casablanca). Motivos sobrados había para ello, a la vista del fabuloso trabajo desplegado por el bueno de Humphrey, todo un prodigio de sobriedad expresiva al servicio de un personaje siempre analítico, frío, calculador, sardónico y, a la vez, capaz de enamorarse (o algo bastante parecido a ello) de una peligrosísima vampiresa por una simple caídita ocular: sus movimientos, sus muecas, su rictus facial, siempre en esa indefinible posición desde la cual uno no sabe si sufre o goza, constituyen un alarde que, condimentado con unas líneas de diálogo siempre aceradas e ingeniosas (si para muestra, un botón, sus intercambios dialécticos –puro fuego cruzado bajo su cándida inocencia: eso es temperatura caldeada...- con su fiel secretaria –¿y qué mas...?- Effie son de auténtica antología), hacen de su Sam Spade una creación de las destinadas a engrosar las hornacinas santificadas de las más prestigiosas catedrales fílmicas.

Para poner digno broche a este dechado de virtudes, la puesta en escena constituye una auténtica maravilla visual, en la cual todos y cada uno de los elementos (iluminación –el juego con las fuentes de luz fuera de plano es sublime-, encuadres, textura fotográfica –excelente el contraste entre la tersura y claridad de los interiores, frente a la turbiedad de los (contadísimos) exteriores- , decorados, vestuarios, composición de planos...) conjugan eficacia (siempre al servicio de la creación de la ambientación y el clima adecuados) y brillantez (las imágenes subyugan y atrapan por sí mismas, aun fuera de contexto, tal es el magnetismo que emanan), haciendo de esta película un auténtico regalo para los sentidos, muestra de un magnífico y cuidadísimo trabajo de creación formal al servicio de unos modos y maneras de narrar sólo al alcance de los maestros del celuloide.

En definitiva, una auténtica obra maestra, cine del grande, más allá de su adscripción concreta a un género determinado, que, finalmente, ha terminado viendo sus valores reconocidos de manera unánime: aún duele comprobar cómo el venerado crítico francés (y, por otra parte, en su faceta como director, admiradísimo por mí) Eric Röhmer calificaba a John Huston como un cineasta sin talento, poco menos que un artesano de segunda. Si alguien capaz de hacer una película como El halcón maltés –aun cuando, y no es el caso, no hubiera vuelto a dirigir un solo film decente a lo largo de toda su carrera-, no tiene talento para esto del cine, ¿quién puede presumir de tal....? Cosas veredes y leyeres...

domingo, 1 de agosto de 2010

Airbender: El último guerrero (The last Airbender; U.S.A., 2009) (Apuntes sobre el cine que viene XLI)

SHYAMALAN "JACKSONIZADO".-

Hubo un tiempo, hace no muchos años, en que me aficioné a leer las notas de producción de las películas. Y siempre me llamó la atención el hecho de que, tras leer cientos de ellas, jamás, ni una sola vez, llegara a encontrar la más mínima insinuación por parte de un director de que el film en cuestión lo hubiera rodado, única y exclusivamente, por dinero —algo que sólo confiesan en sus memorias, muchos años después y cuando ya no tienen  expectativas de volverse a poner detrás de la cámara—. No es un reproche moral, ojo: si ustedes me preguntan (delante de mi jefe) qué es lo que pienso acerca de esas órdenes que él imparte y yo ejecuto, confesaré, sin el más mínimo rubor, que me parecen fenomenales, ajustadas, óptimas y equilibradas. Lo cual, naturalmente, no siempre es el caso. Ya lo aclararé, yo también, llegado el momento, cuando escriba mis memorias... Y bien, ¿de qué estábamos hablando —aunque, hasta ahora, no lo parezca...—? Ah, sí, de “Airbender: El último guerrero”. Y de M. Night Shyamalan. Dos nombres cuya conjunción no parece haber dado muy buen resultado en su país de origen, y que ahora aterrizan en la cartelera de nuestro país.

Una película, la primera, que se publicita, a bombo y platillo, como un material “Juan Palomo” (ya saben, aquel que se lo guisaba y se lo comía; en este caso, su “compinche” de origen indio se ocupa de guión, producción y dirección...) del segundo. Un segundo que, hasta el día de la fecha, había firmado una obra más que interesante y, por encima de todo, controvertida, caracterizada por una fuerte impronta personal, tanto en lo formal como en lo temático. Y que, con esta nueva cinta, sí hay algo que parece bastante claro es que no transita por esos mismos derroteros: es éste un megaproyecto espectacular más cercano a las grandes sagas de acción y aventuras que, al calor de los anillos aquellos, tanta fortuna han hecho en el cine comercial de los últimos años, que a esos films de factura mucho más sencilla y menos alquitarada en su apariencia formal —aunque, en contraste, con mucha más enjundia temática y tonal— que Shyamalan ha firmado a lo largo de su carrera previa. ¿Un experimento fallido, un batacazo previsible?  Poco nuevo parece ofrecer el film, desde luego; no es un buen presagio...

PRONÓSTICO: supongo que va a ser que no...
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