jueves, 29 de julio de 2010

TOY STORY 3 (U.S.A., 2010)

Los seguidores habituales —o, al menos, la mayor parte de ellos— de esta humilde "ciber-casa" son conocedores de mi condición de colaborador habitual (no tanto como quisiera; se hace lo que buenamente se puede, en función del tiempo disponible....) de una web de cine, La Butaca. Es algo que se remonta al ya lejano año de gracia de 2001 (madre mía, ya falta poco para que se cumplan 10 años, cómo vuela el tiempo...), una época en que esto de los blogs era aún algo, prácticamente, inexistente, y en que la expansión de Internet era bastante incipiente; algo, en cualquier caso, que no tiene nada que ver, en términos de volumen, con su pujanza actual.

Esas colaboraciones se extienden a varios apartados, de los cuales hay uno, el de las reseñas previas de estrenos (prejuicios puros y duros, he de confesarlo...), que reproduzco puntualmente (incluso por adelantado) también en este blog. Pero hay otro, que es el de la crítica de estrenos, del que, hasta la fecha, jamás había traído muestra alguna —aunque esas críticas se hallan disponibles en varias de las opciones de menú por las que se puede trastear en el lateral derecho de este "invento"; hay un enlace directo a La Butaca, y un desplegable que, bajo la etiqueta "Muchas pelis (aquí y en otros sitios...)", también ofrece acceso a ellas—.

He aquí que, como para los besos, o para el amor, siempre hay una primera vez. Y, puestos a hacer una excepción a la regla, bien está que la misma obedezca, razonablemente, a tal excepcionalidad. Les puedo asegurar, amigos lectores, que la ocasion lo merece. Películas como ésta no se estrenan todos los días. Vaya, pues, aquí el enlace a su crítica en La Butaca. Espero que las disfruten, ambas. La crítica y la película. Y ya me contarán...

jueves, 22 de julio de 2010

Concentración, dispersión (Metablog XXXII)

Hace sólo unos días, cancelaba mi cuenta de Twitter. Esperaba tener más interacción en esa red, pero el nivel al que la desarrollaba no me parecía satisfactorio, mientras que, en contrapartida negativa, me generaba una excesiva distracción (la atención a la línea de mensajes me robaba un tiempo del que prefería disponer para otros usos “internaúticos”). Estoy satisfecho de la decisión, dado que, gracias a ella, he conseguido ganar en un aspecto que me parecía especialmente interesante. Concentración.

Pero —ya ven ustedes, amigos lectores, las cosas de la vida— hace sólo unos días, me inscribía como colaborador en Suite101. Tuve noticia de este sitio colaborativo a través de un artículo en el suplemento de informática de El País (Ciberpaís) del pasado jueves; me picó la curiosidad, solicité el alta y... ¡voilà!: admitido. Ya he publicado mi primera reseña, y, si la experiencia me sigue resultando satisfactoria, espero poder publicar muchas más. Eso sí, siendo consciente de que la atención a este “nuevo frente internaútico” conlleva un incremento de algo que no me resulta generalmente grato. Dispersión.

Concentraciòn y dispersión. El ying y el yang de mis correrías cibernéticas, en tensión constante, y no siempre (más bien, casi nunca) equilibradas. En el “mundo real” (si es que eso existe; hay días en que, francamente, no lo tengo nada claro), tiendo a huir de lo espasmódico, de lo convulso, de lo acelerado. Pero en estos ciberpagos, me cuesta no ser presa de una tendencia permanente a trastear, a probar, a picar de aquí y allá. ¿El signo de los tiempos, los usos y pautas del común de los pobladores del ciberespacio? Supongo que la respuesta afirmativa vale para ambas cuestiones, pero de ello, amigos lectores, serán ustedes quienes me hayan de dar rendida cuenta. Si a bien lo tienen. En todo caso, y por adelantado, muchas gracias...

martes, 13 de julio de 2010

Ella, una joven china (She, a chinese; Gran Bretaña-China, 2009) (Apuntes sobre el cine que viene XL)

LOS RECOVECOS VITALES.-

Dentro del cine proveniente de geografías calificables como lejanas, o exóticas, hay una rama, o vertiente, que siempre suele despertar un interés muy peculiar, y que es ésa que me gusta denominar como cine “intoxicado”; hablamos de esos films en cuyas producción y/o autoría concurren tanto elementos de esa periferia territorial como otros de ámbitos más cercanos, dando, con ello, origen a una especie de híbridos en los que cabe apreciar la huella mezclada de mundos culturales bien diversos. ¿Ejemplos...? Films como “El olor de la papaya verde”, de Ahn Hung Trahn“El vuelo del globo rojo”, de Hou Hsiao-hsien; o las películas de Fatih Akim, serían buenas muestras de este cine al que hago referencia. Y en él vendría a inscribirse una película como “Ella, una joven china”, co-producción chino-británica (aunque con participación, también, franco-alemana) acogida al “marchamo Sundance”, y centrada en la nada plácida peripecia personal de su protagonista, Li Mei, ésa a la que el título hace explícita alusión, y que se embarca, a caballo entre las decisiones propias y los golpes de timón que el destino le va propinando, en un viaje iniciático cuyo recorrido no sólo es físico, sino, sobre todo, emocional.

De ese viaje iniciático cuyos diversos hitos van constituyendo los elementos argumentales sobre los que la directora Xiaolu Guo construye la historia —al parecer, con fuertes concomitancias personales respecto a su propia trayectoria vital—, no les daré mayores detalles (para no chafarles la posible experiencia), pero, ¿a quién no le suena el planteamiento? Serán, pues, la habilidad y el buen pulso en el trazo las que habrán de determinar si una producción como ésta, a la que si hay algo que no le falta es una “dosis de caballo” de interculturalidad, termina por alcanzar un hueco relevante y digno de recuerdo entre el aluvión de propuestas que, con un armazón argumental similar, nos llegan cada año a las salas oscuras de la vieja Europa; o, por el contrario, acaba engrosando la larga lista de empeños voluntariosos pero incapaces de trascender la condición de “fruta de temporada” sin mayor valor añadido. Algo en lo que también habrá de tener influencia, y no poca, el desempeño de su protagonista, Huang Lu, la joven actriz sobre la cual, guión obliga, recae el mayor peso en el rubro interpretativo del film: una oportunidad espléndida para el lucimiento, desde luego, pero siempre y cuando se esté a la altura exigible. ¿La comprobación? Muy pronto...

PRONÓSTICO: me temo que no habrá opción...

lunes, 12 de julio de 2010

El circo de los extraños (Cirque du freak: The vampire's assistant;: U.S.A., 2009) (Apuntes sobre el cine que viene XXXVIII)

CUÁNTO VAMPIRO.-


Apenas había transcurrido un par de años de esa década ominosa, marcada por la Gran Depresión y el arranque de unos vientos de opresión y totalitarismo que terminarían desembocando en los conflictos bélicos más sangrientos del pasado siglo, cuando la mente, y el oficio cinematográfico, de Tod Browning alumbraban la que, a día de hoy, sigue siendo una de las más desazonantes y perturbadoras propuestas fílmicas que jamás hayan llegado a las salas oscuras: “Freaks” —estrenada en España como “La parada de los monstruos”—, todo un compendio de horror malsano y de alegorías finamente hiladas con una historia de venganza amorosa como telón de fondo de su trama. Más allá de la coincidencia terminológica, radicada en esa misma palabra, no parece que “El circo de los extraños” (“Cirque du freak”, en su título original), film estadounidense que llega esta semana a nuestras pantallas, guarde mayor relación con su ilustre predecesora que el de la presencia, en su tronco narrativo, de un puñado de personajes circenses altamente estrafalarios y sorprendentes: por lo demás, ni sus premisas argumentales, ni, fundamentalmente, su tono parecen acercarse a la insania escalofriante que la película de Browning destilaba en cada uno de sus fotogramas.

Más bien al contrario, esta película de Paul Weitz ofrece, junto a, eso sí, un puñado de intérpretes  en su reparto verdaderamente digno de tener en cuenta (desde un John C. Reilly que asume aquí un protagónico pintoresco, hasta Willem Dafoe, pasando por Salma Hayek y Ken Watanabe), un corte narrativo bastante convencional, y un buen aluvión de deslumbrantes efectos especiales, más próximos, en sus modos y maneras, a los de la saga Crepúsculo que a los de otras películas de onda más bizarra (y, de hecho, incluso su propio protagonista “juvenil”, Chris Massoglia, también nos ofrece un perfil bastante más cercano al de sus compañeros “crepusculares” que al de otros personajes de impronta más propiamente terrorífica). En definitiva, una propuesta con un enfoque profundamente comercial y que juega a explotar elementos actualmente en el candelero cinematográfico, mezclándolos en una suerte de pastiche intergenérico que siempre tiene más probabilidades de acabar en el despeñadero del fracaso que en las cumbres del éxito. Habrá que ver qué sucede en este caso...

PRONÓSTICO: no creo, no creo...

martes, 6 de julio de 2010

Mario Vargas Llosa (Mi Buenos Aires querido XVII)


He arrancado hace algún tiempo la lectura de las obras completas del escritor peruano Mario Vargas Llosa (en la excelente edición que, desde hace unos años, viene publicando Círculo de Lectores, y que alcanza ya cinco volúmenes de los nueve proyectados), y, con ello, además del placer intrínseco de la pura y dura lectura de la misma, comienzo a saldar una vieja deuda de gratitud que mantengo con este autor, gracias al cual una querencia por la literatura que, en los años de mi primera adolescencia, empezaba a flaquear -zarandeada por esas otras “aficiones” más propias de tal edad-, no sólo se vio rescatada del abismo, sino consolidada y reubicada. Con Vargas Llosa -un autor del que, con el paso de los años, jamás he renegado, aunque sí he de confesar que no sigo su obra actual con la pasión y veneración de antaño, quizá (indebidamente) condicionado por unos desacuerdos de planteamientos ideológicos bastante rotundos- descubrí, más allá del placer que ya implicaba la “inmersión” en una temática inequívocamente adulta (algo que, en esa edad, ya conlleva un punto de atractivo enorme), que la novela no tenía por qué ser un continuum lineal, un relato sujeto a una estructura rígida y simple, sino que podía jugar con estructuras espacio-temporales mucho más libres y abiertas. No sé lo que sintió Pablo de Tarso cuando cayó del caballo aquel del que habla la leyenda, pero no debió ser algo muy distinto a lo que sentí yo en aquel entonces, leyendo La ciudad y los perros, Pantaleón y las visitadoras o La tía Julia y el escribidor.

Como estos acontecimientos (casi) nunca son casuales, bien está que aproveche estas líneas para saldar públicamente otra deuda de gratitud, no por cercana, menos onerosa, y que es la que mantengo con la culpable de tal desaguisado, la profesora de Literatura con la que el destino tuvo a bien que me cruzara hace ya la friolera de, en fin, pongamos que bastantes años, y que fue la que, en una rápida visita a la biblioteca del instituto en la que ambos trasteábamos, cada cual en su respectiva ocupación —ella, la de intentar desasnar a aquel conjunto de recipientes hormonales al borde del colapso químico permanente que formábamos mis compañeros/as de clase y yo; este humilde escribiente, la de intentar sacar algo en claro de aquella maraña confusa de saberes nuevos (los de los libros y los otros...) y sentires viejos en la que andaba enfrascado—, me proporcionó los primeros ejemplares de obras de este autor, en el convencimiento de que me iban a llevar al rescate de una pasión que nunca había dejado de estar ahí, aunque transitoriamente anduviera sepultada bajo el peso de otras “circunstancias”. Los avatares de la vida nos han hecho coincidir posteriormente en mil y un saraos de bien diverso pelaje, nada dignos de olvido, pero nunca a la altura de lo que para mí supuso el hecho de que me descubriera a este peruano que tan bien trovaba sus historias. María Jesús Monedero es su nombre, y vaya desde aquí mi eterno agradecimiento, negro sobre blanco, y para la posteridad (las cervezas, supongo, habré de pagármelas en otro momento...).


Para cerrar, amigos lectores, habré de confesar que bien me consta, a través de lo que por aquí y por allá, en páginas de información literaria y blogs amigos, voy descubriendo, que son otros los autores que, a día de hoy, gozan del favor mayoritario del público y/o de la crítica. Así es la vida, nada es eterno, todo muta. Pero tampoco creo que nadie se llame a extrañeza si le recuerdo que, al igual que uno jamás olvida el rostro de aquella chica a la que dio el primer beso, tampoco estaría bonito mostrarse desdeñoso con aquel que, en su día, nos hizo algo parecido en los avatares de la letra impresa, ni con aquella, que, como buena celestina, nos facilitó el amorío. Don Mario, doña María Jesús, muchísimas gracias. 
La fotografía que ilustra el artículo proviene de la galería de Flickr de dadevoti, y se publica conforme a los términos de su licencia Creative Commons.
 

lunes, 5 de julio de 2010

Gainsbourg (Vida de un héroe) (Gainsbourg (Vie heröique); Francia, 2009) (Apuntes sobre el cine que viene XXXVII)

EL MITO BIOGRAFIADO.-

Nunca tengo muy claro, ante una biografía cinematográfica, qué es lo fundamental y qué, lo accesorio —si es que tiene algún sentido entrar en ese tipo de categorizaciones—: la fidelidad a la biografía real (?) del personaje protagonista; el acierto en la elección de los pasajes más significativos de su vida que han de constituir el tronco dramático de la propuesta; el parecido de los actores con los personajes reales a los que dan vida en pantalla (que, por cierto, en el caso del actor protagonista de ésta —Éric Elmosnino—, alcanza un nivel asustante). Es evidente que todos ellos son elementos que tienen un peso, una enorme influencia en la valía final del producto que se plasma en el celuloide. Pero ninguno de ellos puede hacernos olvidar que, al fin y a la postre, eso que vemos es una ficción cinematográfica; o sea, sin un guión bien pergeñado y sin un trabajo acertado de puesta en escena y despliegue narrativo, todo lo que tendremos serán vanos fuegos de artificio: más o menos sorprendentes en un primer golpe de efecto, pero poco eficientes a la hora de armar una propuesta sólida. Ésa, y no otra, pues, es la gran incógnita que, en términos estrictos de valoración fílmica, me plantea una película como “Gainsbourg (Vida de un héroe)”.


Pero no es la única: hay otras, en aspectos “colaterales”, que también despiertan mi curiosidad. Muy en especial, la relativa al atractivo que puede despertar una figura como la de Gainsbourg en un país que no sea la Francia que lo convirtió en un mito viviente, fuera de la cual buena parte de ese hálito legendario se disuelve en el ácido del desconocimiento y la lejanía; y más concretamente en esta España donde tan reacios somos a la mitificación de los artistas, no por ningún prejuicio de orden moral o consideraciones de índole filosófica, sino por la querencia tan fuerte que tenemos por hacer leña de todo árbol, incluso mucho antes de que dé la más mínima muestra de ir a caerse.  Si ya costaría llevarnos a las salas al calor de alguna figura de renombre nacional, ¿cuál puede ser el gancho comercial de un hombre que, probablemente, y a día de hoy, sea más conocido como el padre de su hija Charlotte que por sí mismo? Una duda razonable. Tampoco deja de tener su interés el comprobar si el enésimo autor de cómics que da el salto al timón cinematográfico (Joann Sfar, director del film) demuestra idéntica solvencia narrando con imágenes en movimiento que con sus tiras sobre papel. Otra duda igualmente razonable. ¿Soluciones? El próximo viernes....

PRONÓSTICO: no será por falta de curiosidad...
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