jueves, 27 de mayo de 2010

Familystrip (España, 2009) (Apuntes sobre e cine que viene XXXIV)

 POR LOS VERICUETOS DE LA MEMORIA.-

En un contexto en que, por mor de un controvertido conflicto jurídico-político, del que se hace más que amplio eco toda la prensa generalista de nuestro paìs (y de buena parte del resto del mundo), el tema de la memoria histórica está de máxima actualidad, quizá no sea mal momento para la arribada a las pantallas de los cines de una propuesta como “Familystrip”, un documental obra del director catalán Lluis Miñarro, en el que, partiendo de un punto de arranque argumental sumamente simple —la elaboración de un retrato de sus padres a cargo de un pintor—, termina tejiendo todo un tapiz  urdido sobre la hilambre de sucesos y acontecimientos de la historia de nuestro país a lo largo del último siglo, tamizados por la personal visión de los protagonistas, que son los que, al fin y al cabo, desgranan ante la cámara su muy particular vivencia de tales hechos. Una propuesta, evidentemente, fuera de los caminos trillados y con una potencialidad comercial que, aun siendo benévolos en los pronósticos, ya se puede anticipar como pírrica —una circunstancia a la que, sin duda alguna, contribuirá bastante el hecho de que, cual pescadilla que se muerde la cola, el número de copias disponibles no llegará a un mínimo “potable”...—.

Planteado ya desde sus proclamas promocionales como “la memoria de una generación que desaparece”, este documental viene a aportar otro granito de arena, uno más, al vivísimo debate acerca de cómo podemos gestionar más adecuadamente los españoles el recuerdo y las secuelas de un tiempo duro y gris en relación al cual aún parecen quedar algunas heridas abiertas. Pero, más allá de sus connotaciones políticas (innegables, con independencia de que las mismas sean deliberadamente buscadas, o la mera consecuencia de un planteamiento artístico pretendidamente “neutro”...), lo verdaderamente importante para quien se acerque a este film en un ejercicio de disfrute cinematográfico estricto va a ser comprobar si, con el mismo, su autor (que ya, en su momento, llegá a confesar expresamente que no había sido su intención primigenia la de que las imágenes que lo integran llegaran a ser exhibidas públicamente), llega a trascender lo meramente íntimo y familiar para alcanzar un planteamiento de índole univesal y abierto.  Cabe suponer que los programadores de los numerosísimos festivales donde ya se ha proyectado debieron encontrar algo en esa línea con suficiente consistencia; es ahora al público “abierto” (por poco abundante que termine resultando) a quien corresponde juiciar y valorar. Se alza el telón...

martes, 25 de mayo de 2010

FRENESÍ (FRENZY; GRAN BRETAÑA, 1972)

**** ADVERTENCIA PREVIA: La presente reseña contiene comentarios que, por versar directamente acerca de aspectos relevantes de la trama del film, pueden suponer una molestia para aquellos lectores que tengan el deseo o la previsión de ver el mismo en fecha próxima.

Es doctrina bastante extendida entre los estudiosos de la creación artística la que predica que los autores (o, al menos, la inmensa mayoría de ellos) suele desplegar un único tema o motivo a lo largo de toda su obra; tema o motivo que se va formulando y reformulando, a veces bajo ropajes que les prestan una apariencia irreconocible, pero siempre, en esencia, el mismo. En el caso de Hitchcock, resulta bastante evidente –aunque, curiosamente, sólo una de sus películas lleva ese título- que ese tema es el del falso culpable, y Frenesí no supone sino un eslabón más (el penúltimo) de esa cadena, aunque presente algunas peculiaridades sobre las que merece la pena detenerse.

Estamos en 1972: el mago Hitch tiene ya 73 años, una salud bastante quebrantada (su sobrepeso crónico comenzaba a hacer estragos) y una carrera cinematográfica legendaria, plagada de éxitos impresionantes de crítica y público, y en la cual, sobre un nivel medio de producción extraordinario, sobresale un buen puñado de títulos destinado a constituir a referencia histórica del séptimo arte. Quizá, en tales circunstancias, se imponía un cierto punto de relax y, ciertamente, en Frenesí se advierten detalles y curiosidades que nos transmiten una sensación, un ánimo de divertimento –un puntito irónico, también, aunque esté jamás estuvo ausente de la obra hitchcockiana- que parecen más propios de un autor que ya está de vuelta que de un aspirante a la gloria.

De todos modos, tales apuntes no nos deben llevar a una apreciación desenfocada, o errónea: Frenesí es una buena película, un excelente thriller cuya trama se desarrolla con el vigor y la precisión que caracterizan toda la filmográfia hitchcockiana, y en el que podemos apreciar, aun con los matices ya apuntados, las constantes temáticas y estilísticas que impregnan la misma en su totalidad.

Por ejemplo, en el dibujo de los personajes principales: los dos protagonistas (o antagonistas, para ser más precisos) son figuras harto explotadas en películas anteriores de sir Alfred. Robert Rusk, el psicópata asesino, es un ser frío, calculador, fuertemente influido por su madre, aunque no sea ella –a diferencia de lo que sucedía con sus precedentes Bruno Anthony, en Extraños en un tren, o Norman Bates, en Psicosis-, al menos aparentemente, la motivadora o instigadora de sus impulsos criminales, que hallan su base en una patología psico-sexual que le lleva a convertirse en un auténtico asesino en serie. Por otra parte, tenemos a Dick Blaine, el prototipo del perdedor, destinado a convertirse en un "falso culpable" de manual –la concatenación de circunstancias, hábilmente dispuestas por el guión, lo empujan sin remisión a su condena-, con el que, paradójicamente, y en contraste con lo que suele ser reacción habitual frente a este tipo de personajes, no simpatizamos, debido a su carácter irascible y desabrido (Blaine empatiza muy poco, que diría un apóstol de la inteligencia emocional al uso). Alrededor de ellos, y junto a ellos, toda una pléyade de personajes secundarios de muy diversa entidad en el desarrollo de la historia y que tienden a desplegar situaciones y relaciones frecuentemente triangulares en cuyo vértice se sitúa uno de los dos protagonistas –sólo uno de los secundarios, el inpsector-jefe de policía Oxford, alcanza un cierto punto de autonomía: sin llegar a alcanzar el rango de trama secundaria, sus episodios culinarios domésticos sí que constituyen una vía de contrapunto humorístico ciertamente muy lograda-.

En cuanto al desarrollo de la trama, la misma se apuntala sobre cuatro hitos: tantos como los cadáveres de las víctimas que se producirán a lo largo de la historia, marcando los tránsitos de una a otra situación e impulsando la acción con ritmo metódico, hasta su desenlace final.

El primero constituye toda una tarjeta de presentación, y aparece al final de la secuencia con que se abre la película. Tras varios planos generales de los rincones más emblemáticos de la capital británica, acompañados de un fondo musical ligero y festivo, surge, fuera de campo, la voz de un discurso político; en ese momento, la cámara nos va acercando, en panorámica,a la figura de un responsable local que canta las excelencias de la limpieza efectuada en el Támesis, cuando, de pronto, una panorámica en sentido inverso nos lleva a la orilla de ésta para mostrarnos el cadáver de una mujer desnuda, boca abajo y con una corbata al cuello, entre las excalamaciones de asombro de la concurrencia. Todo un golpe de efecto al más puro estilo Hitch –para abrir boca-, que nos pone en la rampa de lanzamiento hacia lo que habrá de venir después, y nos arroja ya varias claves acerca de los impulsos y modus operandi del criminal –aunque ni hayamos contemplado el crimen ni sepamos quién es la víctima-.

Los dos siguientes, incursos ya en pleno despliegue de la historia, sí aparecen ya claramente vinculados a la acción criminal que los genera: incluso, en el primero de ellos, el segundo del film, Hitchcock muestra, con una secuencia trabajadísima cuyo detallismo en la planificación nos remite a hitos legendarios (la escena de la ducha en Psicosis, o la muerte que constituye el leit motiv de Crimen perfecto –Dial M for murder-), y cerrada con un plano impactante por lo grotesco del mismo, el desarrollo íntegro del hecho, reservándose, incluso, un golpe de efecto final para el descubrimiento del cadáver (tras un ominoso e interminable silencio, un grito –de nuevo, fuera de campo- espeluzante). Por el contrario, el tercero no se nos muestra en imágenes, aunque Hitchcock vuelve a recrearse en un juego de movimiento de cámara –que se va alejando del escenario de su comisión en un silencio igualmente llamativo- que nos lo termina haciendo tan explícito como si nos hubiera sido mostrado; otro golpe de efecto más, aunque sea a costa de escamoternos la visión de un cadáver, que, no obstante, reaparecerá, algunas secuencias más tarde, no para confirmarmos un asesinato que ya sabemos claramente que se había producido, sino para darle ocasión al director de organizar uno de esos numeritos de tensión angustiosa a los que siempre fue tan aficionado (en esta ocasión, a costa de la necesidad del asesino de recuperar un objeto perdido cuyo hallazgo por otras personas podría depararle serios problemas).

En cuanto al cuarto y último, el que cierra la serie, es el que termina generando el desenlace de la trama, y recupera, cual si un periplo circular hubiéramos recorrido, con su alfa y su omega, las constantes del primero: víctima desconocida y cadáver que aparece de manera inopinada e impactante (aunque, a tenor del escalonamiento de hechos de la secuencia que lo precede, más o menos esperable). Un broche óptimo para un despliegue extraordinario de una carrera criminal intachable que se terminará yendo al garete –como no podía ser de otra manera- por un detalle nimio.

Ciertamente, Frenesí carece de la profundidad psicológica y la riqueza referencial que las más ilustres joyas de la filmografía hitchcockiana –aquellas que integran su nómina de títulos más prestigiosos, conocidos y reconocidos- exhiben. Pero no deja de ser una excelente muestra de suspense criminal, perfectamente concebida y ejecutada, y llevada a término con una maestría difícilmente igualable. La de un maestro indiscutible. Como Hitchcock: aun gordo, viejo y achacoso, lo seguía siendo –y ya nunca va a dejar de serlo....-.

miércoles, 19 de mayo de 2010

Reinventarse (Metablog XXXI)


En los cibermundos del Internet, o la Internet (a gusto del consumidor; ustedes, amigos lectores, eligen...), y como en la vida misma, uno tiene la facultad de mostrarse de una determinada manera, más o menos cercana a la que es su condición real (si es que eso, realmente, existe, que igual no...), y mostrar, y mantener, actitudes de lo más variopinto, sin que, necesariamente, éstas tengan por qué coincidir con las actitudes que uno suele mostrar, y mantener, en el mundo real (si es que eso, realmente, existe, que igual no...). Evidentemente, esas posibilidades que la Red ofrece conllevan un abánico casi infinito de opciones de falseamiento, ocultación y cualesquiera otras actitudes relacionadas con un trasfondo de engaño; algo que no valoro moralmente, me limito a constatarlo de forma más o menos objetiva.

No tengo muy claro cuál es la actitud que muestro, y mantengo, en mis “cibertrasteos”, si es que hay un rasgo más o menos definitorio, por lo claro y estable, que se pueda asociar a esa presencia. Yo tengo mi opinión, pero prefiero no prestarle demasiada atención, dado que, obviamente, peca de la más absoluta (y lógica) falta de objetividad, y, consecuentemente, no es nada fiable. Y supongo que aquellos que conmigo se relacionan frecuentemente (que no son muchos; no es éste humilde escribiente –y en eso coincide con lo que es su pauta de conducta en la vida real- persona de “agenda amplia”, por denominarlo de alguna manera) tendrán una cierta idea, una cierta imagen, forjada acerca de mí –igual que yo la tengo acerca de ellos (y ellas)-, y por la cual yo no les voy a preguntar (cuestión de formas; uno, señora, aunque no siempre lo parezca, es un caballero...), aunque, como bien pueden suponer, siento una enorme curiosidad por conocerla (con lo cual, de hecho, si me la cuentan, yo encantado...). Eso sí, este juntaletras, hasta la fecha, siempre ha prescindido, de manera radical, de cualquier opción de aquellas a las que apuntaba en el párrafo inicial –y no por ninguna cuestión de principios o por una exaltación de una ética de la verdad, o algo similar-, hasta el punto de que, por no usar, ni siquiera ha usado nunca un nick o sobrenombre que no hiciera alguna referencia a su nombre real

¿Y a qué viene todo esto –y a estas alturas, si es que hasta aquí han llegado...-, se preguntarán? Nada más lejos de mi intención que la de reivindicarme como un “pureta inmaculado” que jamás miente, oculta o engaña (algo que, por lo demás, sería mentira, valga la contradicción; lo hago como cualquier hijo de vecino, supongo...); porque el cuento al que viene toda esta cantinela es el de confesar que han sido, y son, innumerables las ocasiones en que este escribiente se ha visto, y se ve, tentado (y muchísimo) a, al amparo de la impunidad que al respecto ofrece el medio, “reinventarse”: abandonar todo rastro de su identidad actual (cerrar los blogs, anular todas las suscripciones, cancelar las cuentas de correo, darse de baja en redes sociales, etc...) y crearse una nueva identidad desde la que volver a contemplar todo su círculo “ciber”, si no con unos nuevos ojos –que, al fin y al cabo, no existen-, sí con la pillería socarrona del niño travieso que, escondido tras la cortina, puede contemplar a sus anchas qué es lo que hacen los mayores cuando piensan que nadie los ve.

Eso era, ni más ni menos. Así que avisados quedan...

La fotografía que ilustra el artículo proviene de la galería de Flickr de Sergon Photos, y se publica conforme a los términos de su licencia Creative Commons.

martes, 18 de mayo de 2010

Aurora boreal (Solstorm; Suecia-Finlandia, 2007) (Apuntes sobre el cine que viene XXXIII)

MÁS FRÍO AÚN....-

Que la sombra de Lisbeth Salander era alargada, era algo ya sabido; lo que quizá costaba más trabajo calcular era el calibre de ese alargamiento, y ya estamos comprobando que es grueso, muy grueso. No cabe explicar de otra manera el que, una semana más, volvamos a encontrarnos en la cartelera con otra propuesta de “tintes glaciales”, de forma que, si el pasado viernes llegaba a las salas “Reykjavik-Rotterdam”, en éste nos encontramos con un film aún más “veterano” que el anterior (ya son casi tres años los que hace que se estrenó en uno de sus países de origen, Suecia), y que responde al título de “Aurora boreal”, adaptación para la gran pantalla de una de esas novelas que, al hilo del “boom Millennium”, y con autoría de Asa Larsson, han inundado en el último año los estantes de nuestras librerías. Una trama de crímenes, con un trasfondo de podredumbre moral, toques de religión y retrato de colectividades impregnadas de un puntito de sordidez, que supongo que les suena, ¿verdad? Una más, una más...

¿Y qué es lo que puede aportar de novedoso, o interesante? Porque empieza a cundir una cierta sensación, cada día más extendida entre los medios especializados —y bastante frecuente, por otro lado, cuando se producen fenómenos de este corte—, de que, a medida que va transcurriendo tiempo desde el “pistoletazo de salida” y las propuestas van alejándose de sus referentes iniciales, el nivel de calidad va mermando en progresión directamente proporcional; está por ver si será ese el caso de esta película que firma el director Leif Lindblom, y habrá que comprobar si el producto que entrega supera el listón que pudiera marcar una producción televisiva aseadita para constituirse en una  propuesta cinematográfica solvente. En todo caso, con lo que sí que podemos contar, de manera incontestable, es con la presencia de un rostro de efímera fama (y bastante atractivo), como es el de Izabella Scorupco; lejos ya sus fulgurantes inicios como chica Bond, allá por el año 1995, la polaca parece haberse asentado en cinematografías geográficamente más cercanas, y ésta puede ser una buena oportunidad de comprobar si, más allá de su belleza, puede ofrecernos algo más. El viernes lo veremos...

PRONÓSTICO: lejos me pillará, seguro...

VIRIDIANA (ESPAÑA-MÉXICO, 1961)

Envuelto en los ropajes temáticos y formales de un drama tórrido, pasional, surcado morbosamente por vetas de una religiosidad mortificada, lo que verdaderamente nos ofrece un film como Viridiana es un retrato poliédrico de las mezquindades humanas, no tan diferenciadas por sus calidades intrínsecas como por su plasmación en tipos y actitudes humanas distintas, pero que se asemejan en un fondo común tan execrable por su baja estofa moral como temible por lo complicado que resulta no verse identificado en alguno de ellos, tantos y tan variados resultan.

Es un terreno en el que un director como Luis Buñuel se desenvuelve con una comodidad y una maestría realmente envidiables, y en el que su querencia (y su mordacidad vitriólica) le permiten alcanzar resultados narrativos espectaculares, si partimos de un entendimiento del espectáculo alejado del que comúnmente se le suele otorgar a un cine excelentemente dotado en el plano de la alharaca formal, pero carente de la más mínima profundidad temática (más cercano, pues, al perfil de encefalograma plano que a los comerciantes del ramo les suele resultar más querido –por más rentable-, desgraciadamente). No es que Viridiana carezca de recursos formales de enorme atractivo, tanto desde una perspectiva genérica –por ejemplo, la fotografía, muy contrastada, en blanco y negro, y la dirección artística, que enmarca la acción en unos escenarios recargados y con un punto tétrico impresionantes, sirven a la intencionalidad del relato fílmico con una precisión impresionante- como descendiendo a una visión más particularizada de sus diferentes secuencias –puestos a elegir alguna genialidad, entre tantas, me quedaría con ese plano congelado con el que Buñuel establece una parodia sangrante de la última cena, a cargo del pelotón mugriento que la protagonista acoge entre los muros de la mansión solariega donde pretende poner en marcha su peculiar "experimento redentor"-.

Pero eso no debería hacernos olvidar que en Viridiana, el espectáculo lo pone, realmente, un catálogo de personajes encargados de mostrarle a esa aspirante a monjita, una chica cándida, muy poco hábil emocionalmente (de ahí su refugio en el mundo de seguridades sin fisuras que le ofrece un ejercicio de la religiosidad brutal e irreflexivo, inducido, sin duda alguna, por su prolongada estancia en un centro monacal) y desconocedora de los recovecos del alma humana, ya sean los más simples y evidentes o los más arteros y rebuscados, que sobre la faz de este planeta, las cosas (y, sobre todo, las personas) distan mucho de ser esos seres superiores a los que cierta divinidad dotó de cualidades morales que los ennoblecían y elevaban sobre el resto de productos de la creación. Ni a título individual ni a título colectivo, para que no quede sombra de duda.

Miseria individual del rijo y la concupiscencia: ésa es la que muestran (y con ella atormentan a la inocente novicia) dos seres tan antitéticos como don Luis, tío de la criatura –afectado, suave en las formas, pero prisionero de pulsiones sexuales morbosas no satisfechas que lo convierten en un desequilibrio andante-, y el señorito Jorge, el hijo de don Luis –bruto, directo, consciente de su magnético y animal ascendiente sobre el género femenino (la rendición incondicional a sus encantos de Ramona, la sirvienta, se muestra a través de dos secuencias magistrales, plagadas de miradas aviesas y simbolismos muy característicos del lenguaje buñueliano)-. Ambos tienen muy claro que la turbación que experimentan ante un ser tan atractivo (la belleza de Silvia Pinal juega un papel fundamental a ese respecto) sólo hallará salida con la consumación de sus (bajas) pasiones, algo que cada cual intentará con sus muy peculiares métodos y maneras. Un contraste genial y excelentemente plasmado y desarrollado por el trabajo de dos geniales intérpretes, Fernando Rey y Paco Rabal, que se sitúan, con su maestría habitual, en extremos opuestos de modos y talantes, para ofrecer una composición de personajes que, bajo una antítesis formal, terminan mostrando más similitudes que diferencias (¿es la influencia de la sangre...? Buñuel no sabe, no contesta...).

Y miseria colectiva de la pobreza, la traición, la vileza y el resentimiento: el cuadro de mezquindades (irredimibles y manifiestas, remarcadas además con ese trazo grueso con el que el monstruo de Calanda gustaba de recrearse a la hora de cebarse en el esperpento y lo grotesco llevado a sus extremos más sublimes –por lo terribles, claro está-) que exhibe el pelotón de desheredados al que Viridiana, en una especie de camino de redención sustitutorio de su abandonada vocación monjil, decide dar calor y cobijo, se erige en una de las muestras más tremebundas de las bajezas y ruindades de nuestra especie que se hayan podido encontrar jamás en una pantalla de cine. Es difícil, entre tanta maldad, violencia e inmoralidad, discernir el más mínimo atisbo de comprensión o conmiseración con aquellos y aquellas que se constituyen, simultáneamente y sin solución de continuidad, en víctimas y verdugos: ni su pobreza, ni su incultura ni su –en algunos casos- evidente falta de un mínimo cociente intelectual consiguen que Buñuel extienda sobre ellas el más ligero manto de justificación. Quedan, pues, desnudas y sometidas al juicio implacable de un espectador al que, posiblemente, no le costará mucho trabajo exorcizar determinados demonios a base de marcar las distancias con quienes, evidentemente, se hallan a años luz de sus coordenadas vitales de toda índole. Pero están ahí, y son humanas, que nadie se olvide de ello (en cuyo caso, ya se encargará el director maño de recordárselo en películas posteriores).

En definitiva, la contemplación de Viridiana no es, ciertamente, una experiencia agradable, si por tal entendemos aquello que nos produce sensaciones placenteras. Pero enriquece, vaya si enriquece; y, además, nos aporta una enseñanza complementaria de indudable valía: son frecuentes las ocasiones en que el crítico de cine, ya sea profesional, ya sea aficionado, recurre al socorrido tópico que se concreta en la expresión, tan manida, de la "potencia visual". Bien, el caso de esta obra maestra que es Viridiana rehúye completamente esa condición de tópico manido, desde el punto y hora en que cada vez que uno la ve, y muy especialmente al contemplar algunas de sus secuencias más impactantes, siente el mismo vacío desasosegante, angustioso en la boca del estómago. No debe ser casual...

viernes, 14 de mayo de 2010

A propósito de Elly (Darbareye Elly; Irán, 2009) (Apuntes sobre el cine que viene XXXII)

EL CINE QUE VIENE DE ALLÁ.-

Iraní. Si uno se encuentra con ese toponímico asociado a una película, se hace complicado no pensar en una serie de lugares comunes que se han ido asentando a lo largo de estos últimos años, en que producciones provenientes de ese país han tenido la posibilidad (aun con todas sus limitaciones de difusión) de llegar a nuestras pantallas: tempo narrativo lento; planos larguísimos, casi inacabables; historias muy despojadas formalmente, con escasez de sucesos dramáticos explícitos. Ésas, desde luego, son las señas de identidad de la mayor parte de las películas de los directores iraníes más renombrados (Abbas Kiarostami o Jaffar Panahi, sobre todo). Y algo parecen alejarse de las mismas, los modos narrativos que ofrece la última propuesta que, con esa “denominación de origen”, llega a las pantallas españolas, y que, con el título de “A propósito de Elly”, firma el realizador Asghar Farhady; una propuesta fílmica que obtuvo una magnífica acogida en la edición de 2009 del Festival de Berlín, y que, acogiéndose al viejo dicho aquel del “más vale tarde...” (¿cuándo se llegarán a estrenar películas de este corte sin retrasos tan tremendos...?), se estrena en España el próximo día 21.

Desde su propio cartel promocional ―de un diseño inequívocamente “occidental”, si se me permite la expresión (y bastante parecido, por cierto, al de “Amores perros”, de Iñárritu...)― hasta su reparto, plagado de rostros juveniles y de un perfil claramente urbano y moderno (más cercano, pues, al de una comedia teen usamericana, que al de esos mundos rurales y cerrados tan frecuentes en sus “precedentes históricos”...), el film de Farhady, que, por lo demás, se mueve en un registro argumental que nada tiene que ver con esos mismos precedentes, en la medida en que introduce, junto a elementos de drama convencionales, ciertas pinceladas de thriller muy poco usuales en estas cinematografías “exóticas”, parece moverse más en las coordenadas de un, digamos, Fatih Akim (y no es baladí, en ese aspecto, esa “conexión alemana” que también cabe encontrar en su trama) que en las de los venerables maestros cuya obra tanta admiración ha despertado siempre entre la cinefilia europea. O sea, que el cine iraní también se mueve, también se fusiona; será interesante tener la oportunidad de comprobar qué tal lo hace...

PRONÓSTICO: ya me gustaría, ya...

Siempre hay tiempo (Héctor y Bruno) (España, 2009) (Apuntes sobre el cine que viene XXXI)


DE AMORES Y DE EDADES.-

Es el de los amores otoñales uno de esos temas que siempre “dan muy bien” en el cine; no hay que remontarse muchos años atrás, para recordar propuestas que han funcionado fenomenalmente a nivel de aceptación por el público, como fue el caso de “Elsa y Fred”, una coproducción hispano-argentina, que contó con la intervención protagónica de dos grandes de la interpretación del nivel de “China” Zorrilla y Manuel Alexandre. No desmerecen mucho de esos dos nombres los de Txema Blasco y Montse Carulla, que son quienes protagonizan una propuesta que se mueve en coordenadas temáticas y tonales muy similares a las del film de Marcos Carnevale, como es “Siempre hay tiempo” (de hecho, incluso su subtítulo —“Héctor y Bruno”—, aunque aluda a la relación entre abuelo y nieto, establece un paralelismo más que evidente entre ambas), película española que obtuvo una aceptación bastante estimable en el pasado Festival de Cine Iberoamericano de Huelva y que ahora espera convertirse en una de esas sorpresas inesperadas que, de vez en cuando, consigue sacar en taquilla una tajada con la nadie contaba.

No lo tiene fácil, dado que se trata de una propuesta que, más allá de sus valores intrínsecos, y pese a contar con el respaldo de algunas televisiones autonómicas, que figuran entre sus productoras, no cuenta con un despliegue promocional muy fuerte, y tampoco es de esperar que salga con un número de copias muy elevado. Tampoco juega a su favor el hecho de que, en su reparto, si bien es destacable la presencia de intérpretes de valía acreditada —junto a los protagonistas arriba reseñados, también aparecen en su cartel nombres como los de Sergi Calleja o Fermí Reixach—, quizá se echa en falta el contar con algún “peso pesado” de esos que, por su tirón en taquilla, llevan a la gente a las salas. Pero, al igual que en los torneos futbolísticos siempre surge algún grupo de valientes esforzados que, desde la molestia y la humildad, termina dando la “campanada”, ¿por qué no podrían ser las andanzas de Héctor y Clara objeto de uno de esos episodios de difusión boca-oreja que terminan haciendo de una película “pequeñita” un boom comercial...?

PRONÓSTICO: lo dudo...

jueves, 13 de mayo de 2010

Rosa y negro (Rose et noir; Francia-España, 2009) (Apuntes sobre el cine que viene XXX)

CINE DE COLORINES.-

Más allá de disquisiciones y debates sobre calidades generales en la producción cinematográfica actual ―asunto tan discutible como cualquier otro, y que daría para extenderse a lo largo de páginas y páginas―, sí hay algo que me fascina en este mundo (y que motiva, entre otras cosas, mi interés y mi atención hacia él), y es el de la tremenda diversidad genérica, estilística y temática que, como consecuencia del elevado volumen de propuestas que llegan a las pantallas de estreno, se puede encontrar. ¿De qué otra manera cabría explicarse que se estrene este viernes una comedia franco-española ambientada en el siglo XVI y cuyo personaje protagonista es un modisto homosexual? No me negarán que la historia pinta cuanto menos curiosa. Pues bien, ésa es la propuesta que nos llega del país vecino, y que esgrime como señuelo principal el de contar con Gérard Jugnot (en triple condición de director, autor del guión y protagonista) como alma máter de un invento en el que concurren elementos cómicos de suficiente calado como para trascender sus barreras temporales y decantarse en una historia que, por la universalidad de sus bazas argumentales, nos pueda resultar cercana y comprensible.

No será fácil que Jugnot consiga revalidar con esta "Rosa y negro" el tremendo éxito que conquistara hace no muchos años con “Los chicos del coro”, uno de esos films que, de manera totalmente inesperada, acabó no sólo arrasando en taquilla, sino que, trascendiendo los límites de la pantalla, llegó a convertirse en todo un fenómeno artístico-musical (incluyendo una extensa y triunfadora gira de los chicos de marras por buena parte de nuestro país).  Ésas son “cosas que pasan”, pero todos sabemos que no pasan todos los días. Y ni siquiera el acompañamiento, en reparto y cartelera, de un actor de tirón comercial en nuestro país, cual es el caso del inagotable Juan Diego, o la firma de la banda sonora a cargo de un autor que ya se ha ganado un prestigio importante, como es nuestro Roque Baños, aportan mayores garantías en tal sentido. O sea, que salvo que se dé una confluencia de casualidades totalmente imprevisibles, no cabe esperar grandes colas en la puerta de las salas. Pero es importante que propuestas como ésta cuajen y lleguen, porque también tienen su nicho de público y porque así, también con films pequeños, es cómo el cine se hace verdaderamente grande. ¿No creen...?

PRONÓSTICO: no sería mala opción, no...

Robin Hood (U.S.A., 2010) (Apuntes sobre el cine que viene XXIX)

TACHÍN, TACHÍN....-

Si hay un estreno que, esta semana, concita la atención generalizada y se erige, sin  el más mínimo género de duda, como el evento estelar del próximo viernes, ése es el de “Robin Hood”; una reedición, a cargo del tándem Ridley Scott-Russell Crowe, de la propuesta que, con excelentes resultados, ya desplegaron en “Gladiator (El gladiador)” hace diez años. Y es que es muy complicado no establecer un parangón entre ambas producciones, dada la enorme similitud en el perfil de las mismas, y el elevado número de componentes, tanto de estilo, género y temática como de índole más personal (buena parte del equipo técnico y artístico ha trabajado en ambas), que vienen a coincidir en ellas. Tampoco es preciso ser un avezado conocedor de los entresijos de la industria cinematográfica para pronosticar, sin excesivo margen de error, que ésta, al igual que su predecesora, hará reventar las taquillas, y, de esa forma, devolverá a Scott una buena parte de las plumas que, con sus fracasos comerciales más recientes, se había dejado en la alambrada. Tiempo al tiempo (y no hará falta esperar mucho...).

A diferencia de las peripecias del hispano Máximo, las andanzas del justiciero de Sherwood cuentan con tal volumen de adaptaciones cinematográficas previas que difícil no será que la propuesta de Ridley Scott se vea sometida, si no a juicio sumarísimo (que también...), a mil y una comparaciones. Obviamente, habrá aspectos en los que no estará a la altura de sus precedentes, pero de lo que cabe poca duda es de que hay otros —en particular, los atinentes a las facetas más estrictamente técnicas— en que los superará con amplitud: espectacularidad y aliento épico, desplegados a lo largo de un más que generoso metraje, no le van a faltar al film. ¿Dudas? Pues también; y algunas, especialmente significativas. ¿Ofrecerá, tal como se viene pregonando, el guión de Brian Helgeland un acercamiento a la historia de Robin Hood que poco tiene que ver con los aspectos más remarcados en las películas anteriores sobre su figura? ¿Funcionará la química entre Russell Crowe y Cate Blanchett a un nivel de intensidad suficiente como para insuflar algo de lírica al previsible derroche de luchas, batallas y hemoglobina que veremos en la pantalla? Las soluciones, a partir del viernes...

PRONÓSTICO: no lo tengo nada claro...

Reykjávik-Rotterdam (Islandia, 2008) (Apuntes sobre el cine que viene XXVIII)

FRÍO, FRÍO...

No hacía falta ser un lince para predecir que al calor (o, más bien, al frío...) de la saga Millonium (perdón, quería decir Millennium...), surgirían una miríada de productos, y no sólo literarios ―da miedo comprobar cómo los estantes de las librerías rebosan de productos nórdicos que nada tienen que ver con el salmón―, que, a rebufo del descomunal éxito literario de las novelas de Stieg Larsson, intentarían aprovechar el tirón de éste para llevarse su parte del pastel. Y cuando hablo de surgimiento, me estoy refiriendo, también, al rescate de producciones recientes y que, en su momento, nadie pensó en hacer llegar a nuestras pantallas. Es el caso de un film como “Reykjavík-Rotterdam”, una propuesta islandesa (esta semana parece estar abonada a los films provenientes de países en situación económica crítica...) estrenada en su país hace más de un año y medio y que, con total seguridad, de no haber mediado el éxito de la saga Salander (a cuyo amparo invoca desde su mismo cartel anunciador), jamás hubiera llegado a ser estrenada en nuestro país.

Una película que, firmada por el director Óskar Jonásson, ofrece a su público en potencia una  trama de intriga criminal que, según se desprende de la información que ofrece su distribuidora, resulta de corte bastante convencional ―lo suficiente como para que haya surgido la inevitable “adaptación usamericana”, con Mark Wahlberg en su papel protagónico (se ve que los estadounidenses, conscientes del bajo nivel de conocimiento del idioma islandés entre su población, prefieren, en vez de doblarla, hacer una nueva...)―, y que cabe esperar se desarrolle a buen ritmo narrativo y ofrezca una cierta solvencia en el nivel interpretativo de sus protagonistas (los cuales, y eso sin ningún género de duda, nos garantizan que no nos aburriremos por tener muy vistas sus caras). Pero son todas ellas suposiciones sin el más mínimo fundamento en precedentes ni de autor ni de cinematografía de origen, con lo cual, en supuesto de craso error, habrá que elevar las quejas (como se suele decir en estos casos) al maestro armero. Ojalá que no haya necesidad...

PRONÓSTICO: salvo milagro, me va a pillar lejos...

miércoles, 12 de mayo de 2010

Gentlemen Broncos (U.S.A., 2009) (Apuntes sobre el cine que viene XXVII)

¿Y ESTO DE QUÉ VA...?

Humor intelectual. ¿Pero no habíamos convenido que el humor es una cuestión fundamentalmente visceral, de una apelación más enfocada al sentimiento que a la razón? Pues no, parece ser que hay algunos cineastas que, siguiendo la estela marcada por el maestro en estas lides (el ínclito Woody Allen), andan empeñados en pergeñar propuestas que, moviéndose por los lindes de lo estrafalario, lo estrambótico o lo, lisa y llanamente, marciano, intentan mover a la risa a través de mecanismos narrativos que van más allá de los desplegados por el gag de respuesta inmediata. Es el caso de Jared Hess, director estadounidense cuyas dos películas anteriores (“Nacho libre” y “Napoleon Dynamite”) ya habían suscitado un cierto interés por parte de la crítica más exquisita ―y no tanto por parte de un público al que estas propuestas, no nos engañemos, no llegan a engatusar masivamente―, y que ahora reincide en fórmula y tendencia con su nueva entrega, “Gentlemen broncos”,en la que vuelve a ofrecernos un extenso catálogo de “friquis” inmersos en situaciones argumentales a cual más disparatada y absurda, una especie de comedia enloquecida con un barniz neuronal, poco glamouroso, pero con pretensiones.

¿Expectativas para productos de este corte? Muy limitadas. Más allá de la frontera que ya establece ese toque intelectual, y que suele comportar una vocación inequívoca de no funcionar como producto de público masivo (allá cada cual con sus planteamientos comerciales...), una película como “Gentlemen broncos” juega con un hándicap aún más fuerte, y es el de la lejanía de sus referencias sociales y culturales, demasiado apegadas a una especie de América profunda como para que un espectador europeo, en general, o español, en particular, pueda sintonizar de manera sencilla con ellas. Y es que si debe resultar bastante complicado hacer comprender a un estudiante de Minnesotta, o un repartidor de pizzas de Nebraska, la veneración que Torrente siente por el Fary (no se me ocurre un ejemplo más contundente...), tampoco debe resultar sencillo para un fontanero de Talavera, o un abogado de Monforte de Lemos, entender ciertas claves del comportamiento de Benjamin Purvis, Ronald Chevalier o cualquiera de sus acompañantes en la trama. Y sin entendimiento no hay empatía, y sin empatía, no hay conexión emocional, y sin... Entradas para otra sala, por favor...

PRONÓSTICO: vaya, ni por asomo...

martes, 11 de mayo de 2010

LA FLAQUEZA DEL BOLCHEVIQUE (ESPAÑA, 2003)

Hay realidades que parecen estar específicamente diseñadas para desmantelar aquellas convicciones con las que nos hemos podido manejar durante muchísimo tiempo. Concretamente, hay una que se llama María Valverde, y sobre la cual habría de dar alguna explicación, por somera que fuese. Uno sostiene la tesis –no sé hasta qué punto con mayor o menor fundamento técnico-, y bajo el dictado de  la misma suele desarrollar su ejercicio crítico, de que la obra cinematográfica no debe ser valorada como una mera suma de los diversos elementos que en ella confluyen, sino como un todo integral y unitario, cuya valoración ha de atenerse a tal condición. Bien, llega María Valverde, y su presencia es tan arrasadora, tan desarmante, que se hace difícil hacer cualquier valoración de La flaqueza del bolchevique que no pase por el tamiz de su ejercicio interpretativo: y no es una mera cuestión de calidades, sino, más bien, de magnetismo, algo –al igual que el glamour- tan intangible y tan difícil de definir.

De todos modos, sería una tremenda injusticia no hacer abstracción, por difícil que resulte, de una presencia tan fuerte, y no adentrarse en una apreciación de La flaqueza del bolchevique desde una pserspectiva global, porque lo cierto es que la ópera prima de Manuel Martín Cuenca supera, y con nota, la prueba que siempre supone el trasladar a la pantalla un texto literario de referencia que viene precedido de credenciales exitosas tanto a nivel de público como de crítica. Y lo hace gracias a la tremenda elegancia de sus formas y a la sutileza y adecuada progresión de su ritmo narrativo: un empeño que no resulta fácil cuando estamos ante una historia que transita por parajes, tanto físicos como humanos, que no son los más habituales de un cine español más apegado a una cierta tradición de feismo y estética bizarra que a la de una modernidad estética que, cuando se aborda, suele salir bastante malparada –especialmente, por el ánimo mimético de quienes trabajan con ella-.

Si a esas bondades formales, le añadimos que la historia ofrece un material dramático de excelente calidad –una trama central basada en esa relación de amor tan imposible como cierto entre dos personas a las que separan dos mundos y unen dos corazones, simplemente, convenientemente enmarcada en un contexto no excesivamente detallado, pero sí lo suficientemente como para que quede "desubicada"-, a la que sólo lo abrupto de su final (brusquedad que contrasta con la suavidad narrativa que impregna todo el metraje anterior) puede poner un mínimo pero; y que las interpretaciones de todo su cuadro actoral alcanzan un nivel excelente, haciendo creíbles situaciones con las que, pese a su cotidianidad, no nos solemos encontrar "en superficie" -con especial mención para un Luis Tosar que borda un papel complicadísimo (en el que todo su recorrido emocional, de una tremenda intensidad, ha de transcurrir soterradamente, dadas sus carencias de efusividad exterior y las circunstancias del caso...)-, terminamos encontrándonos ante un producto de excelente nivel, y una muestra de que nuestro cine, cuando trabaja con buenos mimbres, puede tejer cestos perfectamente homologables a los de cinematografías más potentes y con mayor tradición.

Tras una calurosa acogida en el Festival de San Sebastián, donde se efectuó su presentación, y una carrera comercial aceptable –dentro de los parámetros de ridiculez en que se mueve el cine español en la taquilla-, nunca es un mal momento para recuperar esta estimable pieza de nuestra cinematografía reciente: un claro ejemplo de que, más allá de clichés y encasillamientos, para hacer buen cine sólo se requieren trabajo y talento; dos elementos que no se echarán en falta en el visionado de este film. Ah, y no se sorprendan si, durante algunas noches posteriores, sueñan con ella: yo la ví hace mucho tiempo, y aún lo sigo haciendo...

lunes, 10 de mayo de 2010

Arroz amargo (Riso amaro; Italia, 1949) (Grageas de cine LXXV)

Más dramático que social, más erótico que mistérico. Un film como “Arroz amargo” se ha convertido, con el paso de los años, en un auténtico icono cinéfilo, y es muy probable que en su veneración pesen más, casi con total seguridad, elementos que no guardan tanta relación con sus bondades artísticas como con otros elementos, o, para ser más precisos, con otro elemento. O elementa, que diría la ministra Aído. Elementa que atiende al nombre de Silvana Mangano, y que, desde su primera —y explosiva— irrupción en pantalla (ese baile entre lánguido y desmadejado con el que concitaba la atención de sus compañeras de viajes y otros agregados de distinto pelaje...), hasta su última —y tremenbundamente dramática— aparición, conseguía, a base de combinar rotundidad carnal (agreste y sin el más mínimo pulimento) con falsa ingenuidad (bajo su superficie, un poso de pícara malicia imposible de tapar), que la temperatura ambiente alcanzara niveles de torridez difícilmente conocidos en una sala de cine con anterioridad. Más allá de esa presencia (generosamente explotada, en una profusión de planos muy, muy alta), la película de Giuseppe de Santis evoluciona en una especie de ensalada de géneros, sin terminar de definirse en ningún momento: su componente social está muy presente como trasfondo de la historia, pero ésta no deja de ser, en esencia, un drama noir.

Como tal drama en clave de suspense, “Arroz amargo” se acerca bastante más a un referente como el de la opera prima de Visconti (“Obsesión”) que al constituido por las obras señeras de los grandes popes (Rossellini, De Sica) del neorrealismo. Y, desde luego, no alcanza el grado de prospección ni la altitud de miras de tales títulos, frente a los cuales empalidece debido a una cierta dispersión narrativa y a la escasa contribución que al dibujo de sus personajes hace un cuadro de protagonistas tan peculiar, con su doble pareja italo-norteamericana, como indolente. Raf Vallone y Doris Dowling apenas aportan poco más que su agraciado físico —incluido el acusado contraste entre la rotundidad de él y la fina sutileza de ella—, mientras que la de Vittorio Gassman -pese a ser la suya, de largo, la interpretación más completa- no deja de ser una aparición que, más allá de su valor intrínseco, sólo cobraría su exacta medida con el paso de los años: este monstruo de las tablas apenas volvió a pisar un plató cinematográfico. Eso sí, siempre nos quedará, para enturbiar y enfebrecer nuestras noches en vigilia, ella, la Mangano: esas axilas sin depilar, y esos pechos enardecidos, aún se me aparecen en ciertos sueños sobre los cuales (teniendo en cuenta que, quién sabe, este blog puede tener lectores menores de edad...) mejor será no entrar en detalles. ¿No...?

domingo, 9 de mayo de 2010

Canino (Kynodontas; Grecia, 2009) (Apuntes sobre el cine que viene XXVI)

ALGO DIFERENTE.-

Aunque sólo fuera ante la circunstancia de hallarnos ante el primer elemento no relacionado con su galopante crisis económica que nos llega desde Grecia en mucho, muchísimo tiempo, ya habríamos de congratularnos por el hecho de que llegue a nuestras pantallas, la próxima semana, un film como “Canino”. Asociada, desde hace años, a la venerada figura de un director como Theo Angelopoulos —al fin y al cabo, único referente con proyección internacional de la misma—, la cinematografía helena nos ofrece ahora esta nueva muestra, que, desde luego, no parece que vaya a moverse, ni por asomo, en los parámetros temáticos y estilísticos (tan líricos como plúmbeos, todo hay que decirlo...) del provecto don Theo: este tercer largo de Yorgos Lanthimos, que ya tuvo su carta de presentación en nuestro país en la pasada edición del Festival de Sitges, juega las bazas de la sorpresa y el desconcierto para descolocar a un público que, más allá de lo abrumador que le pueda resultar la descomunal lista de presencias festivaleras de la propuesta, ha de ir preparado para encontrarse en la pantalla con algo que tiene poco que ver, tanto en fondo como en forma, con un relato convencional.

Muy poco convencional es la pauta de funcionamiento a que se atiene la familia (eso sí, de estructura canónica: padre, madre, tres hijos —dos chicas y un chico— con escasa diferencia de edad entre ellos...) que protagoniza la cinta, y  que se atiene a una situación de “encierro” que, más allá de lo estrambótico que puede resultar como punto de arranque argumental, ya nos permite pensar en que los posibles desarrollos de la trama se van a desenvolver, casi con toda seguridad, en esos territorios del desasosiego —mundos en los que siempre halla espacio y recorrido locura y otros desequilibrios similares— por los que han campado y campan con absoluta maestría, cineastas europeos de la talla de nuestro Luis Buñuel o, más recientemente, el finés Aki Kaurismäki. O sea, que es muy probable que vayamos a encontrarnos con una de esas propuestas despojadas en lo formal y desazonantes en su fondo, poco aptas para públicos reacios a todo aquello que no se atiene al más escrupuloso mainstream. Por cierto, y aunque supongo que ya lo suponían, no figura en su reparto Jennifer Lopez. Avisados quedan...

PRONÓSTICO: uf, complicado (todas son complicadas, pero ésta, aún más...)

viernes, 7 de mayo de 2010

Critico, que no ataco (A salto de mata XLIV)

Escuchaba hace unos días con estupefacción un corte radiofónico en el que la presidenta del Tribunal Constitucional de España, doña Emilia Casas, califica de “intolerables” y “terribles” las presiones e ingerencias que el tribunal que ella preside viene sufriendo en relación con la demora en resolver el recurso de inconstitucionalidad que el Partido Popular vino a plantear hace ¿digamos, un año...? ¿o son dos...? ¿o no vendrán más bien a ser tres, casi cuatro...? contra el Estatuto de Autonomía de Cataluña. Dejando a un lado la circunstancia, nada baladí, de que lo que me parece terrible e intolerable (y no sólo a mí, sino tengo por seguro que a buena parte de mis conciudadanos) es esa demora a la que antes apuntaba, lo que más preocupante me resulta no es el episodio puntual, sino cómo el mismo viene a incidir en una pauta de actuación que viene haciéndose cada vez más frecuente en determinados ámbitos orgánicos, tanto públicos como privados, y que consiste en una deslegitimación moral de las críticas adversas al socaire de la falta de respeto institucional  hacia el órgano criticado o cuestionado.

Y eso, amigos lectores, aun reconociendo lo encomiable del intento, pues ya no cuela. Criticar al Tribunal Constitucional por la exasperante lentitud con que están abordando la resolución del que, probablemente, constituya el asunto más complejo y peliagudo desde el punto de vista político sobre el que se haya tenido que pronunciar desde su constitución, no implica ningún cuestionamiento del órgano ni socava los cimientos de un tribunal que, desde sus orígenes, ha prestado excelentes servicios a la ciudadanía de este país, a través de una descomunal tarea de depuración e interpretación de los soportes constitucionales de nuestro ordenamiento jurídico, y por el que han pasado algunas de las mentes más preclaras que, en materia de conocimiento del Derecho, haya tenido este país, y cuya memoria y legado poco está honrando la presente hornada de magistrados del actual Tribunal, que es la receptora de las críticas generalizadas que hacia su desempeño se vienen realizando (ellos, las personas, que no la institución) y que es quien debería olvidarse y abstraerse del ruido circundante (aunque el aguantarlo, y soportar la presión que ello genera —no se olvide— también va en la paga...) y centrarse en la tarea a la que deben servir.

¿Que sería mucho mejor que el Tribunal Constitucional pudiera desarrollar sus tareas sin el más mínimo ruido mediático al fondo, y sin la trifulca política permanente como “coro de acompañamiento”? Quién lo duda.... ¿Que no son sus miembros los únicos responsables del empantanamiento actual a que se ve sometido asunto tan sensible -y que, por otra parte, hay que tener claro que no cabe resolver en un par de meses...-? Por supuesto que sí... También es sabido que las críticas escuecen, aun cuando se admitan de buen grado, y que a todos nos gusta más recibir parabienes y elogios hacia nuestros hechos, dichos y demás vainas, que ser puestos en la picota. Pero hay que asumir que, sin llegar a lo delictivo (falsedades, calumnias, injurias y derivados...), cada cual es muy dueño de criticar, con mayor o menor fortuna, lo que considere conveniente y cómo le parezca más oportuno. Y hay que respetar ese ejercicio de la libertad de expresión. Y punto. Apelar a defensas numantinas desde una supuesta vulnerabilidad institucional y unas proclamas de respeto poco conciliables con el derecho de libre opinión ligado a la libertad de expresión antes apuntada, es un ejercicio un pelín tramposo, y no exento de ciertos peligros (los que conlleva el tensar algunas cuerdas e incendiar ciertos ánimos).

Que ya lo dijo el filósofo aquel (¿o era un furgolista...?): menos samba (y menos toros...), y más trabajar. Todo lo demás, milongas...

La fotografía que ilustra el artículo proviene de la galería de Flickr de Jaume D'urgell, y se publica conforme a los términos de su licencia Creative Commons.

miércoles, 5 de mayo de 2010

Habitación en Roma (Room in Rome; España, 2010) (Apuntes sobre el cine que viene XXV)


EN LA CAMA DE MEDEM.-

Tras su paso por el Festival de Cine Español de Málaga, poniendo broche final a un ciclo dedicado a su autor, llega a las pantallas comerciales la última, y muy polémica, propuesta de Julio Medem, que, tras el batacazo a todos los niveles (público y crítica), de su anterior entrega, “Caótica Ana”, presenta ahora “Habitación en Roma”; una propuesta que, al menos en lo que más obvio y explícito se nos muestra, parece desenvolverse por los mismos caminos por los que ya transitara la que, hasta la fecha, ha resultado la más exitosa de las películas del director vasco (estamos hablando, naturalmente, de “Lucía y el sexo”), aunque con una serie de particularidades que, lejos de rebajar el listón de la dificultad, parecen situarlo en un escalón aún más alto. Es el tributo, probablemente, a pagar por mantener el status formal y material de “creador con mirada propia”: nunca vale el empeño estandarizado, siempre hay que ir un paso más allá; y Medem va, con decisión y valentía, y con el riesgo consiguiente de volver a pegarse un golpe de dimensiones sonadas, y volver a estar en el ojo del huracán, sometido a unos niveles de (auto)exigencia que no son muy habituales en nuestro cine.

Porque, a diferencia de esos otros creadores de mirada mucho más radical, aún, si cabe —los Rosales, Recha, Serra, etc...—, a los que una buena acogida en varios festivales de prestigio “gafapástico” consolidado y un par de críticas en medios de altísima especialización, ya les puede suponer la “salvación de los muebles” (y la financiación del próximo proyecto), Medem, está claro, hace ya años que juega en otra “liga”, una “liga” en la que se exigen resultados de taquilla más o menos decentes (eso sí, proporcionados al perfil del proyecto: no van a ser padres acompañados de sus pequeños los que abarroten salas en las que se proyecta lo que no deja de ser, aun con toda la exquisitez formal del mundo, un glamuroso festival lésbico...). Y no lo tiene fácil, desde luego. Cuenta con un par de beldades como señuelos de alta intensidad (y, además, en el caso de Elena Anaya, de clase interpretativa probada —está por ver lo que, en ese terreno, ofrece la rusa Yarovenko...—) y con el morbo, inevitable, que las connotaciones eróticas de su propuesta ofrece. Pero, ¿le bastará con ello? Ojalá, el riesgo siempre merece una compensación; pero hay que ganarla con la calidad del empeño. Veremos y contaremos...

PRONÓSTICO: me gustaría...

Estigmas (España, 2010) (Apuntes sobre el cine que viene XXIV)

¿VALIENTE O TEMERARIO?

Rodada en blanco y negro; protagonizada por un prestigioso atleta de élite (que jamás, antes de ésta, se había visto en otra igual: es decir, un debutante...); basada en un cómic de culto (el de mismo título, de los italianos Mattotti y Piersanti);  y con un leit-motiv temático cercano a los mundos del misterio y de lo paranormal (tan en boga en estos últimos tiempos —y tan polémicos siempre—). A la opera prima de Adán Aliaga se le podrá reprochar cualquier cosa, menos cobardía, tal es el puñado de riesgos que se echa a sus espaldas, hasta un punto en que cabría pensar que estamos más ante la temeridad del novato (en ejercicio del aserto aquel de la osadía de la ignorancia...)  que ante un ejercicio calculado de provocación, dado el perfil tan poco comercial de un proyecto como éste. No arriesga mucho quien pronostique que un film como “Estigmas” está destinado a convertirse en una propuesta que pasará sin pena ni gloria por las pantallas comerciales, pero que bien podría llegar a convertirse, con el paso del tiempo, en uno de esos films de culto venerado por un reducto de fieles irredentos.

En cualquier caso, las incógnitas que se ciernen sobre una propuesta como ésta —y sus señuelos para iniciados...— no dejan de tener su interés para cualquier seguidor habitual del cine español (que, en principio, ya podrá verificar cómo, una vez más, las frecuentes acusaciones de repetitividad no tienen fundamento alguno): comprobar, por ejemplo, si a un hombre como el leonés Manolo Martínez le será suficiente con ese carisma que siempre derrochó en sus presencias públicas durante su prolongadísima carrera atlética para dar la talla en un papel de tanta rotundidad (y no sólo física); disfrutar de la ductilidad y el magnetismo de Marieta Orozco, una de esas actrices que, con su rostro tan personal y la intensidad que vuelca en sus trabajos, está llamada a ser una de las grandes (actrices, que no estrellas...) del cine español; o averiguar cómo se las han apañado Aliaga y su equipo técnico —más allá de lo obvio de la fotografía— para trasponer la turbiedad siniestra del imaginario de las viñetas al desarrollo en celuloide. Atentos, pues, que ya queda poco...

PRONÓSTICO: está complicado...

martes, 4 de mayo de 2010

La guerra de los mundos (The war of the worlds; U.S.A., 1953) (Grageas de cine LXXIV)

MARCIANADAS DE COLORINES.-

Hay tentaciones que no siempre resultan fáciles de vencer. El cine fantacientífico estadounidense de los años cincuenta del pasado siglo, ése que encontró su combustible y su caldo de cultivo en la ominosa amenaza nuclear que comenzaba a cobrar cuerpo al calor de la guerra fría (valga la contradicción), se nos ofrece, en la actualidad, revestido de una pátina inocente y naif que, en muchas ocasiones, nos hace contemplarlo con un cariño –y su consiguiente condescendencia- que no debería, en ningún caso, ocultar o maquillar sus manifiestas carencias. Carencias que, por otro lado, no derivaban de una falta de savoir faire (la maquinaria de Hollywood estaba, a esas alturas, más que rodada...), sino más bien de una clara vocación de producto menor, con dotaciones presupuestarias en consonancia con tales vuelos. Repartos donde no había un atisbo de presencia estelar que pueda considerarse tal; directores de segunda fila a los que se encargaba una tarea tan eficiente como meramente funcional; o elementos de atrezzo (efectos especiales, decorados, etc...) manifiestamente mejorables, cuando no rayanos en lo chapucero. Articular sobre esas bases un discurso crítico que revindique esos films no deja de ser, en muchos casos –si no se marca la debida distancia-, un puro y duro ejercicio de esnobismo (que, para ser francos, este humilde escribiente ha podido cometer en alguna que otra ocasión; eso sí, quien esté libre de pecado...).

Bajo esas premisas, un film como “La guerra de los mundos”, aunque toma su base en un relato de H.G. Wells muy anterior cronológicamente, se inscribe de forma clara en la tendencia general de la época, con su mensaje apocalíptico de destrucción y sometimiento y su apelación a los miedos más elementales que pueden aquejar al ser humano: ése mismo que, aterrado y despavorido, se vio convulsionado, hasta el punto de lanzarse a una huida loca y exasperada, por aquella experiencia tremebunda del Mercury Theatre de Orson Welles dos décadas antes, basándose en el mismo texto de referencia. En este caso, la explicitud de las imágenes (esas ofidiaceas naves, con sus lucecitas verdes y rojas, sus mortíferos rayos desintegradores y sus campanas protectoras –más propias de un reloj ornamental que de un arma de destrucción masiva-) conjura, a base de mezclar candidez y artificiosidad, cualquier posibilidad de incertidumbre, y, con ello, de pavor ante lo ignoto. Y, por supuesto, hace que, ante el calibre y formulación de la “amenaza”, uno pueda esbozar una sonrisilla irónica y seguir degustando con toda tranquilidad la copita y el aperitivo con que suele acompañar estas otras "degustaciones". En previsión de lo que pueda venir...

El último verano de la Boyita (Argentina, 2009) (Apuntes sobre el cine que viene XXIII)

DE BÚSQUEDAS Y HALLAZGOS.-

Que Juan José Campanella y su magnífica “El secreto de sus ojos”, gracias a la obtención del Oscar a la mejor película de habla no inglesa, hayan vuelto a concitar la atención de los “focos cinéfilos” sobre la cinematografía argentina, es algo que, sin duda alguna, va a ayudar a que producciones de un perfil comercial más bajo —y que, consecuentemente, a priori, tendrían menos posibilidades de difusión en salas de cine— consigan salida. Puede ser el caso del  nuevo film de la directora Julia Solomonoff, que, tras debutar cinco años atrás con “Hermanas”, vuelve a encontrar un hueco en la cartelera española para su nueva entrega, “El último verano de la Boyita”, proyecto respaldado por la participación en la producción del mismo de la “factoría Almodóvar” (El Deseo), y que, tras un paso poco más que discreto por la pasada edición del Festival de San Sebastián, aborda una historia de iniciación vital y descubrimientos básicos, en la que cobra especial peso argumental el tema de las identidades sexuales, con concomitancias más que evidentes con una propuesta también argentina, y relativamente reciente, como es “XXY”, de Lucía Puenzo .

Más próxima probablemente, en cuanto a tono y enfoque, a los aires cercanos e intimistas del cine de Juan Carlos Sorín —otro referente ineludible cuando de hablamos de cine argentino con buena acogida en los circuitos “festivaleros”— que al hermetismo y excentricidad de las propuestas de Lucrecia Martel —con la cual, sin embargo, sí que guarda cierto paralelismo en lo referente a ubicación física de la historia—, el film de Julia Solomonoff no lo tiene fácil para encontrar una acogida amable entre un público no siempre con la mejor de las disposiciones hacia historias en las que pesa más la reflexión sobre los acontecimientos que el propio desarrollo dramático de éstos. Aún así, siempre resultará interesante comprobar el juego que es capaz de extraer la directora argentina de una pareja protagonista infantil —ya saben aquello que contaba el mago Hitch sobre los niños y los animales en los rodajes...— que, visto lo visto, sí que garantiza frescura, espontaneidad y desparpajo; con menos mimbres se han llegado a tejer cestos aceptables. ¿Su oportunidad? A partir del 7 de mayo; estaremos atentos...

PRONÓSTICO: ya quisiera, ya...

lunes, 3 de mayo de 2010

El plan B (The back-up plan; U.S.A., 2009) (Apuntes sobre el cine que viene XXII)

SUPERLOPEZ EN ACCIÓN.-

En la era “pre-Internet”, las películas aquellas que iban acompañadas de la etiqueta de “vehículo comercial al servicio de...” cumplían una misión de enorme valor para aquellos mitómanos seguidores del detentador de los anteriores puntos suspensivos, que era la de brindarles una ocasión de disfrutar intensamente de su ídolo durante un par de horas (generalmente, de exhibición impúdica de los talentos, reales o presuntos, del susodicho o susodicha, a base de aparecer en la práctica totalidad de los planos, preferiblemente solo/a ―sin la engorrosa compañía de esos “robaplanos” tan molestos― y siempre en el perfil y plano más favorecedor). El ejército de seguidores, a quien la existencia de un guión o algo que hiciera sus veces le traía bastante al fresco, salía de la sala al borde del éxtasis lisérgico; y los muñidores del producto, incluida la estrellita de los suspensivos, sin tiempo para otra cosa que no fuera contar la descomunal pila de billetes “capturados” en la taquilla, contentos y felices. Pero en éstas llegó el Youtube, y se acabó el cuento: sin salir de su habitación, el mitómano se podía pasar tardes enteras viendo al sujeto de sus filias y pasiones, en exclusiva y sin pasar por taquilla. Houston ―o, más bien, Hollywood...―, tenemos un problema...

¿Lo resuelve adecuadamente “El plan B”? Pues todo parece apuntar a que no. Jennifer Lopez ―si su talento interpretativo estuviera a la altura de la turgencia y esplendor de su trasero, Bette Davis no le llegaría ni a la suela de las zapatillas (pero, no se asusten, no es el caso...)― se monta un chiringuito en el que previsibilidad, obviedad y conservadurismo brillan como las cúpulas de un templo oriental, y en el que hallar la más mínima brizna de algo parecido a la originalidad puede resultar tarea reservable para los pobladores del Olimpo. O a eso es, al menos, a lo que apunta todo el material promocional que cabe encontrar en cualquier medio y/o soporte, y que juega con el reclamo exclusivo de la diva boricua como elemento de enganche con el que empujar al personal a las salas de cine; dado que, como decía la vieja canción, donde no hay engaño, mal puede haber desengaño, todo aquel espectador potencial que no beba los vientos por J.Lo. debería tener en cuenta la circunstancia apuntada: cuando termina el video promocional, ya no se proyecta ninguna otra película más...

PRONÓSTICO: ni encañonado...

El pequeño Nicolás (Le petit Nicolas; Francia, 2009) (Apuntes sobre el cine que viene XXI)

OH, LAS, LAS....-

A diferencia de un cine español de corte más comercial ―es decir, el que no se ciñe a los títulos de los nombres señeros (Almodóvar, Amenábar, Trueba) o con especial prestigio en los circuitos de festivales (Rosales, Recha, Serra, etc.)―, cuya dificultad para traspasar nuestras fronteras es bien reveladora de las carencias de nuestra industria, el cine francés lleva ya bastantes años demostrando su pujanza no sólo en los excelentes resultados que obtiene en su mercado interior, sino en su capacidad para extender su difusión más allá de éste. En ese contexto, llega a nuestras pantallas un film como “El pequeño Nicolás”, basado en la novela ilustrada del mismo título obra del tándem Sempé-Goscinny, y de cuya publicación se cumplía hace unos meses un cincuentenario que constituía referencia más que apetitosa para dar cobertura amplia a la película que lo transfería al celuloide; una propuesta de corte cómico-familiar, concebida como una suerte de “colorín” en tonos pastel, y con un perfil que, de tan amable, puede llegar a incurrir en ese “abismo ñoño” por cuyos bordes se pasea.

Aunque siempre sea bastante incierto ―pese a la vecindad geográfica, las diferencias de idiosincrasia humorística entre galos e hispanos no son menores...― el resultado en taquilla que un producto como éste puede obtener en nuestro país, no cabe duda de que algunos precedentes permiten abrigar esperanzas más que fundadas a su distribuidora; ahí está el caso de la (si se me permite la expresión) “francesísima” “Bienvenidos al norte” ―en la cual, por cierto, también tenía un papel protagónico Kad Merad, actor dotado de una vis cómica excepcional, y que aquí vuelve a ofrecer, según todas las referencias, un muy meritorio trabajo―, que consiguió en el pasado 2009 unos números bastante estimables, lo cual no deja de constituir una tremenda sorpresa en la medida en que se trata de una película que pivota (y basa buena parte de su potencial cómico) alrededor de un universo muy específico y particular. Probablemente, las peripecias de Nicolás (especialmente, ese “coro de acompañamiento infantil” destinado a ser uno de los puntos fuertes de la propuesta) ostentan un carácter bastante más universal y, desde ese punto de vista, propicios para el acercamiento de un público más amplio a las salas. Algo a verificar pronto, muy pronto...

PRONÓSTICO; será difícil que vaya  a verla...
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