viernes, 30 de abril de 2010

La boda de Muriel (Muriel's wedding; Australia, 1994) (Grageas de cine LXXII)

FRIQUI-PLANET EN LAS ANTÍPODAS.-

Aun con un acceso limitado a las pantallas, en cuanto a difusión (volumen de copias, y distribución geográfica de las mismas), hoy no es infrecuente encontrarnos en las carteleras con producciones cinematográficas de las más variadas e ignotas procedencias, de norte a sur, de este a oeste. Pero en 1995, ese fenómeno no se daba con la profusión y pujanza actuales; en ese contexto, no dejaba de provocar una profunda sorpresa, aun cuando viniera con el respaldo de una productora de ámbito multinacional, que llegara a las salas comerciales una pequeña comedia australiana carente de cualquier referencia previa. Una comedia articulada en los irrefrenables (y complicados) sueños de matrimonio de Muriel Heslop, un personaje fresco, contradictorio y vivo, muy vivo, que, lejos de cualquier estereotipo, y encarnado fantásticamente (y adóptese el término en su doble acepción) por Toni Collette (actriz desconocida hasta ese momento, y a la que este trabajo sirvió de carta de presentación para labrarse una discreta y sólida carrera en el cine estadounidense), se ve envuelto en una peripecia iniciática llena de giros rocambolescos, en los que la alternancia de lo cómico (hasta lo hilarante) y lo dramático (hasta el extremo contrario) tejen una historia que se degusta con la ligereza de un sorbete.

"La boda de Muriel" supuso un éxito comercial inesperado, a base de explotar con tanta sabiduría como falta de pretenciosidad una serie de bazas (la utilización a tutiplén de la música de Abba como vehículo acompasante del ritmo de la historia; o la articulación de un conjunto de personajes secundarios rayanos en lo atrabiliario, en tiempos en que ese friquismo tan en boga hoy aún no estaba tan explotado, y resultaba mucho más impactante) que, aún sin otorgar ningún marchamo de maestría, sí que la dotaron del punto suficiente de originalidad y frescura para constituirla en una oferta altamente sugerente. Tan sugerente como para que, revisada a día de hoy, sus disparatados episodios cómicos, sus alocados y enloquecedores personajes (esa familia Heslop que parece sacada de un manual de psiquiatría salvaje, o esas “amigas” de Muriel, cuya extrema ñoñez las acerca más a la caricatura que a la realidad), o la ambivalente personalidad de su protagonista (a la que uno, de pura candidez, le disculpa su instalación permanente en el bulo y la falsedad como “marca de la casa”) no hayan perdido ni un ápice de su valor, y sigan resultando enormemente entretenidos. Por algo será...

jueves, 22 de abril de 2010

De perros y de collares, o viceversa (Mi Buenos Aires querido XV)

Son curiosos, a veces, los mecanismos con que opera el ser humano a la hora de forjar sus convicciones; por ejemplo, hay fenómenos y situaciones de los que uno tiene absoluta certeza, pero, aún así, se siente especialmente reconfortado cuando ve plasmado su reconocimiento en boca de terceros. Viene esto al caso de una situación que viví hace algún tiempo, cuando uno de los ponentes de un curso de gestión empresarial en que anduve enfrascado, reconocía, con toda franqueza, que las nomenclaturas y denominaciones en ese terreno van cambiando periódicamente, de manera que se utilizan nuevas palabras (a ser posible, de sonoridad rotunda y atractiva —y, por supuesto, en inglés; faltaría...—) para denominar viejos conceptos sobre los que no se despliega ninguna reformulación. O sea, para entendernos, y como ya me barruntaba, lo de los perros y los collares.

Me considero un ferviente defensor del buen uso del lenguaje —y, en tal condición, me parece detestable, por ejemplo, la extensión del funesto lenguaje de los SMS más allá de su “territorio natural” (o sea, el teléfono móvil)—, pero tampoco me gusta incurrir, en ese terreno, en “talibanismos” innecesarios: el lenguaje es una herramienta viva, y, como tal, ha de mutar, evolucionar, contaminarse, mezclarse, es decir, someterse a todos aquellos procesos a los que, de manera ordinaria, se ve sometido un ser vivo (algunos, incluso a su pesar...). Pero este fenómeno del “jerging” (porque, y ése es otro aditamento que se me pasó mencionar en el párrafo precedente, lo de hacer terminar el “palabro” de marras en “ing” ya otorga el máximo caché...) creo, francamente, que tiene más que ver con cuestiones relacionadas con el vil metal que con evoluciones lógicas y coherentes del idioma.

¿Vil metal? Pues sí, amigos lectores. No hay, en este mundo moderno y acelerado, corriente dominante, ni línea de imposición de hábitos y costumbres, sea en el terreno que fuere, que no genere, a su alrededor, toda una industria destinada a servirla (y a sacar de ella generosos réditos, claro está). Y al igual que, pongamos el caso, en cuestiones de estética, el dictado de un canon determinado (que se concreta en la tiranía de los pechos monstruosos, el imperio de las delgadeces enfermizas o las exigencias “ultradepilatorias” a las que se refería mi compa Noemí Pastor en su blog hace tan sólo unos días...) acarrea el surgimiento de centros y clínicas especializadas que, cual hongos otoñales, surgen acá y acullá de manera acelerada a fin de “cubrir la necesidad” (¿!!!?), el “jerging” y sus derivados da soporte y aliento a toda una línea editorial que, a través de la publicación espasmódica de títulos y más títulos, fagocita estanterías, cual termita dopada, a ritmo de vértigo (las novedades duran en ellas lo que un caramelo a la puerta de un colegio...). Poderoso caballero, ya se sabe...

Por lo demás, uno se plantea qué posición adoptar ante fenómenos de este tipo. Evidentemente, y en primer lugar, se ha de intentar llevar a cabo (en la medida en que resulte factible sin mayores perjuicios; no siempre se puede, ojo...) un ejercicio de libertad, desde la razón y la coherencia: a mí no me gusta, y yo, a eso, no juego. Más allá, hay otras posibilidades, sin necesidad de tener que recurrir a las leyes penales (al fin y al cabo, esto no es ningún delito, que conste...). La beligerancia militante, más allá de su carácter quijotesco y testimonial, puede resultar reconfortante para la conciencia, pero, reconozcámoslo, bastante poco eficaz (ésas son, al menos, la sensación y la percepción que a mí me embargan —y que también experimento, por ejemplo, en relación con la telebasura—); y, si ante la constatación de tal evidencia, uno opta por la pasividad y la indiferencia, tampoco se termina de quedar tranquilo. ¿Conclusión? Escribamos en un blog, y quejémonos amargamente. Total, menos da una piedra...

La fotografía que ilustra el artículo proviene de la galería de Flickr de Megyarsh, y se publica conforme a los términos de su licencia Creative Commons.

lunes, 19 de abril de 2010

Que se mueran los feos (España, 2010) (Apuntes sobre el cine que viene XX)

Y QUE REVIENTEN LAS TAQUILLAS...

Si la fórmula funciona, ¿por qué no reincidir en ella...? Después del excelente juego que dio en taquilla el pasado año un film como “Fuera de carta”, la “facción cinematográfica” de Antena 3 vuelve a la carga con una comedia de producción propia, a cuyo cargo, en labores de dirección, sitúa nuevamente al realizador Nacho G. Velilla, y al frente de cuyo reparto sitúa a un primer actor acreditado y solvente como es Javier Cámara; es decir, el mismo tándem que tan magníficos resultados obtuviera en la antes mentada película, y que en esta nueva entrega, “Que se mueran los feos”, no parece que vaya a moverse en parámetros estilísticos ni genéricos muy diferentes a los ya mostrados en la anterior, aun cuando ésta se mueva en un entorno radicalmente diferente —mientras “Fuera de carta” era una comedia plenamente “urbanita”, esta “Que se mueran los feos” transcurre en un mundo rural de cerrazón bastante acendrada— y parezca, a priori, y a la vista de lo extenso y prestigioso del reparto, moverse en unas coordenadas de mayor “coralidad actoral” que su predecesora (que, al fin y a la postre, no pasaba de ser una exhibición, un tour de force impresionante por parte de Cámara).

¿Expectativas? Producciones de este corte no suelen engañar, y, salvo fallos estrepitosos de casting o de guión —que haberlos, cómo no, haylos...—, suelen ser tremendamente funcionales; y proporcionan aquello que prometen de manera sencilla y efectiva: evasión garantizada, entretenimiento fácil y (algo tremendamente cotizado en este mundo de tribulaciones sin tasa...) unas risas. Por lo demás, y descartando de antemano que vayamos a encontrar en el film de García Velilla los grandes alambiques conceptuales que tampoco necesita (y, aún así, seguro que algún “compañero del gremio” se topará con la yuxtaposición de lo icónico y lo alegórico, o algo similar...), para el aficionado más conspicuo siempre quedarán apuntes curiosos a los que prestar atención: el contraste (brutal) entre la anterior presencia en pantalla grande de Carmen Machi (en la marciana “La mujer del piano”) y su papel en este film; el estajanovismo al que se viene prestando últimamente Juan Diego (¿este hombre no para nunca...?); o el número total de tacos que saldrá de la boca de los intérpretes (no se debe descartar la posibilidad de que caiga algún record Guinness sobre el particular). Ya saben, el que no se consuela, es porque no quiere...

PRONÓSTICO: a saber...


viernes, 16 de abril de 2010

Ruta suicida (The gauntlet; U.S.A., 1977) (Grageas de cine LXXI)

CLINT ON THE ROAD.-

Antes de convertirse en un icono cinéfilo de magnitud enorme, gracias, sobre todo, a varias películas que, pese al poco tiempo transcurrido —en términos relativos, claro— desde su estreno, ya han venido a ser reconocidas como obras maestras imperecederas —y sólo en un futuro más o menos lejano sabremos si tal juicio de valor resulta, o no, excesivo o bien calibrado—, Clint Eastwood se dedicó, a lo largo de un extenso periodo, a, digamos en plan benévolo, “otras cosas”, tanto en lo que se refiere a sus tareas de intérprete (donde marcó hitos como los westerns de Sergio Leone, o el inmortal personaje de Harry el Sucio, bajo cuya franquicia Don Siegel lo convirtió en un referente de violencia y misoginia tan de su época) como en lo atinente a las lides de dirección (en la que su carrera, ya desde el principio, apuntó a una mayor diversidad de temas y géneros). Si hay una película que, en todo caso, puede resumir, o condensar, a la perfección ese periodo, dándole, de alguna manera, finiquito —y constituyendo, pues, eso que algún erudito podría definir como un epítome, en la medida en que viene a reunir todos esos elementos de manera ejemplar, y, además, marca un punto de inflexión en su carrera—, ésa es “Ruta suicida”, un thriller policiaco de una contundencia que, más allá del caso de algún francotirador con bula (léase un tal Tarantino, por ejemplo), hace tiempo que no goza de las mayores bendiciones ni de público ni de crítica.

En “Ruta suicida”, Eastwood auna ambas facetas, la de protagonista (dando vida a Ben Shockley, un policía cuyo perfil es tan cercano al del ínclito Harry, que resulta difícil no considerarlo un mero trasunto del mismo, del que asume la práctica totalidad de rasgos definitorios —rudeza de formas, misoginia de fondo y una concepción de la integridad moral y la legitimación de la ley algo más que discutibles, bañadas, eso sí, en generosas dosis de alcohol y testiculina—) y la de director (con un evidente gusto por las caligrafías poco complejas, y una tendencia a lo funcional que dota a su film de un sentido del ritmo altamente estimable), al servicio de un vehículo que, más allá del lucimiento propio (que, obviamente, brilla, y no por su ausencia), también nos ofrece, además de una subtrama amorosa bastante previsible y convencional —desde los cánones del género y la época—, todo un carrusel espectacular de tiroteos y persecuciones —muy bien filmado, por cierto— capaces de hacer las delicias, por una contudencia rayana en lo exagerado, del más consumado seguidor del género. No es cine de altos vuelos, faltaría más, pero hay en él, más allá de todas las imputaciones que se le puedan a hacer en terrenos estrictamente éticos (está claro que, desde los parámetros de corrección política actual, un producto así es hoy, de todo punto, imposible de filmar….), cine digno de ver. Un maestro, al fin y al cabo, se estaba incubando…

martes, 13 de abril de 2010

Pájaros de mal agüero (A salto de mata XLIII)

Como no hay desgracia (colectiva) de la que no haya alguien que saque algún beneficio (particular), habré de confesarles, amigos lectores, que la actual crisis económica que asuela el universo mundo ha tenido una repercusión positiva, al menos para mí, y que es la de haberme despertado un cierto interés por una materia, la economía, en la cual, hasta la fecha, apenas había reparado someramente. Y, desde ese interés, me llama mucho la atención la proliferación, en medios de todo tipo y pelaje, da igual cual sea la “pata de la que cojea” o el soporte en que se desenvuelva, de esos que cabría calificar como “predictores profesionales de catástrofes”: un auténtico batallón de entendidos en la materia, que no para de anunciar los más terroríficos apocalipsis financieros y de pronosticar toda suerte de males y desgracias de índole pecuniaria, allá y acullá.

No voy a entrar en el mayor o menor fundamento de tales proclamas: asumo que todos estos señores (y digo señores, porque la presencia del género femenino entre tales huestes es poco más que testimonial...) son técnicos del ramo, y algo, o mucho, más bien, deben entender de ella. Tampoco entraré en disquisiciones sobre si esas profecías surgen ahora, al calor de una crisis galopante (qué fácil es avisar de catástrofes cuando la tierra tiembla, caen chuzos de punta y todo se tambalea...), y no antes, cuando hubiera sido mucho más beneficioso haber guardado ciertas cautelas y adoptado ciertas prevenciones (la mayoría rebatirá, con mayor o menor fundamento, que ellos ya avisaban; tema distinto es el de la difusión que se le daba a lo que decían....). Por último, también me abstendré de reproches éticos acerca de cuán más beneficioso sería aplicar, por parte de esta gente, tan denodado esfuerzo intelectual a la búsqueda de soluciones (para el futuro) más que al diagnóstico de lo que ya tenemos ante nosotros (en el presente): son los médicos, y no los economistas, los que viven de curar las enfermedades, y no de lamentarse de lo malitos que estamos...

La impresión que yo tengo, y que no sé si ustedes compartirán, o no –se admiten apuestas...-, es que tal toma de posición resulta bastante ventajista, y juega con un sutil y jugoso conocimiento de la condición humana (no olvidemos que estos señores son, en la mayoría de los casos, gente de cierta talla intelectual). Y me explico. Si terminan acertando en sus predicciones –y ojalá que eso no ocurra-, sacarán pecho (“¿ven, ven cómo tenía yo razón en lo que venía avisando...?”) y se colgarán las pertinentes y consabidas medallas (que, como a nadie se le escapa, van acompañadas, más allá del simple reconocimiento moral o afectivo, de pingües contrapartidas económicas). Y si no lo hacen (o sea, si como vulgarmente se suele decir, la “cagan”...) –y ojalá que eso ocurra-, el estado de exaltación generalizada, esa mezcla de euforia y alivio con la que todos recibiremos tal circunstancia, hará que nos olvidemos repentina y aceleradamente de todos estos negros vaticinios, hasta tal punto que, contra toda lógica, nos parecería hasta mezquino pedir cuenta de los mismos a sus infaustos “facedores” (pasado el susto, ¿para qué regodearse en los peligros esquivados...?).

¿Conclusión? Que yo también lo veo muy complicado, que esto se hunde, que esto es una ruina, que vamos en picado, que no tenemos arreglo. En fin...

(La imagen que ilustra esta reseña ha sido tomada del Flickr del usuario nando.quintana, a quien le expreso mi más sincero agradecimiento, y está publicada bajo una licencia Creative Commons)

domingo, 11 de abril de 2010

Alicia en el país de las maravillas (Alice in Wonderland; U.S.A., 2010) (Apuntes sobre el cine que viene XIX)

VISIONES MUY PERSONALES.-
 
Hay películas que suscitan una expectación previa a su estreno de tal calibre —basada, comúnmente, en la confluencia de diversos factores (y en el caso que nos ocupa, la relación sería abrumadora, yendo desde el director hasta el protagonista, pero pasando, sin ningún género de dudas, por el precedente literario en que se basa, leit-motiv de “todo lo demás”...)— que se hace difícil acercarse a ellas sin tener la sensación de que será complicado decir algo sobre las mismas que no haya sido ya dicho (y, en ese caso, ¿para qué ser reiterativo...?). Si a eso se añade la circunstancia —tan incomprensible en estos tiempos en que la industria no para de lanzar amargas quejas acerca de los estragos de la piratería internaútica en sus cuentas de resultados— de que el film ha sido estrenado ya en numerosos países, y que, por lo tanto, existe todo un cúmulo de referencias críticas sobre el mismo, ¿apaga y vamonos...? Pues no; habrá que intentar abstraerse del “ruido ambiental” y esbozar algún apunte de expectativa —al fin y al cabo, ilusionada: los antecedentes dan pie para ello— sobre el gran estreno que se nos avecina, y que no es otro que el de "Alicia en el país de las maravillas".

El “ruido ambiental” al que antes aludía no sólo es enorme, sino, además, diverso y disperso, lo cual abona aquello que más puede interesar a los promotores comerciales del producto: la controversia; siempre arrastran más público a las salas los dimes y diretes acerca de la calidad de un film (y cuánto más discordantes, mejor...), que la unanimidad valorativa, tanto da si se concita en positivo o en negativo. Pero, más allá de todo ello (o por encima, o por debajo...), hay algunos elementos sobre los que cabe albergar escasas dudas: que contemplaremos un espectáculo visual de pirotecnia desbordante (con un aditamento tecnológico brutal, cómo no); que veremos a un Johnny Depp desmelenado, quintaesencia de ese outsider al que sólo un pirata jocoso (con la inestimable ayuda de un generoso talonario, repleto de cheques por encima de la veintena...) devolvió al redil de la industria; y que difícilmente el amigo Tim Burton se haya privado de volcar sobre el inmortal relato de Carroll un cúmulo de pinceladas propias de su particular imaginario visual. ¿Suficiente como para dotar a la propuesta de un nivel a la altura de lo esperable? Habrá que ver y comprobar...

PRONÓSTICO: difícil será no dejarse caer por la sala más cercana...
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