jueves, 25 de febrero de 2010

El último vuelo (Le dernièr vol; Francia, 2009) (Apuntes sobre el cine que viene XVI)

Cine francés en dosis doble para la cartelera de este fin de semana: junto a la celebrada “Un profeta”, llega también a nuestras pantallas “El último vuelo”, propuesta que, con la firma de Karim Dridi, reune en sus dos papeles protagónicos a Marion Cotillard y Guillaume Canet (con un apunte rosa: pareja por partida doble, en esta ficción cinematográfica y en la vida real). Un drama de aviación pionera y rescate en condiciones extremas, cuyas imágenes nos remiten, de manera casi automática —e inevitable—, a un ilustre precedente, como es el de “El paciente inglés”, la película con la que el malogrado Anthony Mingella alcanzó un éxito descomunal (y nada más y nada menos que nueve estatuillas doradas, incluida la suya personal, como mejor director), y con la cual guarda no pocas similitudes —aunque la Cotillard, más allá de compartir su condición de actriz oscarizada y una incipiente carrera internacional en ascenso, no sea Juliette Binoche...—.

Dando por descontado que podremos disfrutar tanto con escenarios naturales de gran fastuosidad —la que ofrecen las grandes planicies del desierto, marco en el que se desarrolla la acción del film— como de elementos complementarios particularmente cuidados (música, vestuario, atrezzo y demás), queda por averiguar si ese regocijo visual irá acompañado de una historia bien contada y bien interpretada —con lo cual tendría un sentido cinematográfico justificado—, o si, por el contrario, y como tantas veces suele suceder en estos casos, nos topamos ante un mero ejercicio formal de grato visionado y escaso interés, poco acorde con las expectativas que un cine como el francés, aun en aquellas líneas de producto de corte más comercial (y éste, no lo olvidemos, es un proyecto de presupuesto holgado y expectativas de taquilla amplias), suele despertar cuando llega a nuestras salas. Quedamos, pues, a la expectativa...

PRONÓSTICO: No creo que vaya a verla...

martes, 23 de febrero de 2010

Un profeta (Un prophète; Francia, 2009) (Apuntes sobre el cine que viene XV)


No termino de tener muy claro si el hecho de que una distribuidora —en este caso, Alta Classics— decida colocar a una película, en su cartel anunciador, bajo la advocación de “El padrino”, es un espaldarazo, una catapulta que la puede proyectar hacia un éxito sonado, o una losa bajo la que sepultarla de manera irremediable. Sea lo que fuere, el caso es que “Un profeta”, la muy premiada y celebrada última propuesta del francés Jacques Audiard, llega el próximo viernes a las pantallas de nuestro país, y lo hace con la vitola de film de largo aliento (no en balde, su metraje se alarga hasta las dos horas y media) y producto respaldado por una excelente acogida tanto en nuestro país vecino —algo que, a priori, no debería sorprendernos, habida cuenta que el público francés siempre muestra una especial querencia por la producción propia—, como en aquellos festivales en los que se ha exhibido, con el muy particular broche de oro que implica el que se encuentre entre las cinco películas nominadas a la mejor de habla no inglesa en la próxima edición de los premios de la Academia de Hollywood.

¿Y qué se puede esperar del film de Audiard? En principio, y sobre todo, una historia de alta intensidad emocional, en la que se da cabida a elementos de suspense criminal y de drama carcelario, aspecto este último que debería alejarla de los modos estilísticos del polar, esa peculiar fórmula de cine negro francés que hiciera fortuna, especialmente, en las décadas de los sesenta y setenta del pasado siglo. Además de ello, tampoco es desdeñable, como punto de interés, y especial atención prestaremos al trabajo interpretativo de su protagonista, Tahar Rahim, joven actor de corta carrera previa, y que, gracias al peso de su personaje (Malik El Djebena), alrededor del cual gira toda la trama, se destapa en este film como una promesa que dará mucho que hablar en próximos trabajos. ¿Suficiente? Ojalá que sí; no son numerosas las entregas de cine europeo que asoman a la cartelera con un potencial comercial de cierto calado, y esas contadas oportunidades hay que aprovecharlas. El resto queda encomendado a ese trabajo de “boca-oreja” que tan excelentes resultados suele dar. Aquí empezamos...

miércoles, 17 de febrero de 2010

Camino (España, 2008) (Grageas de cine LXIX)

Con motivo de la próxima entrega de los premios Goya -circunstancia que ha propiciado su pase televisivo en una cadena de ámbito nacional-, he tenido ocasión de ver aquella que fue, con un total de seis estatuillas, la gran triunfadora de la edición del pasado año: Camino, de Javier Fesser. Una propuesta, sin duda alguna, diferente, a contracorriente de las líneas más habituales de nuestro cine, y muy, muy llamativa; además de una conjunción de aciertos y fallos que hacen que su valoración final se haga muy complicada.

¿Aciertos? Lo arriesgado de su propuesta argumental, una historia centrada en un episodio de religiosidad extrema, frente al cual es difícil no posicionarse (sobre todo, ideológicamente), con rotundidad -algo que, curiosa y milagrosamente (dicho sea sin segundas intenciones...), el film sí consigue-; las magníficas elecciones de los intérpretes que integran su reparto, con especial mención para una sobrecogedora Carmen Elías (algo esperable, dado el nivel de desempeño profesional habitual de esta actriz) y una sorprendente Nerea Camacho, todo un descubrimiento, pleno de frescura, espontaneidad y buen hacer; o el tratamiento de la imagen, con una fotografía en claroscuro muy contrastado (un trabajo excelente, a cargo de Alex Catalán) que dota al relato de un clima formal muy acorde con el desarrollo de su trama.

¿Fallos? Las inserciones de imágenes correspondientes a los sueños de la protagonista, que, aun cuando puedan resultar brillantes y espectaculares en algunos casos, no terminan de encajar demasiado bien con la trama principal -contribuyendo más a cierta pérdida de ritmo que a un enriquecimiento del film-; o el auténtico desmelene con el que, a nivel de exacerbación de sentimientos, y muy especialmente en su tramo final, nos “regala” Fesser, que convierte su historia en un dramón de dimensiones colosales, de forma que, lejos de “echar el freno” en los episodios más tremebundos del mismo, parece regocijarse en colocar un ladrillo encima del acelerador, para, de tal manera, alcanzar un clímax no apto para personas de cierta sensibilidad -o, para entendernos entre nosotros, aquellos espectadores de “kleenex fácil”...-.

¿Conclusión? Un film estimable y que, probablemente, si hubiera pulido mínimamente esos excesos antes apuntados, podría haber alcanzado el estatus de película grande; ése al que tanto, tantísimo, le cuesta llegar a la mayor parte de la producción cinematográfica actual -y no sólo española, desde luego-; en todo caso, una propuesta que sitúa a Javier Fesser como un cineasta consolidado y del que caben esperar nuevas entregas capaces de aunar solvencia técnica y comercialidad, a partes iguales -algo de lo que la industria del cine español anda muy necesitada-. Ojalá se cumplan los vaticinios.

jueves, 11 de febrero de 2010

Sexo sexo sexo (Metablog XXIX)

No, amigos lectores, ni me he vuelto loco, ni esta su cibercasa pretende ningún cambio radical de enfoque. Considero, humildemente, que no despierto la más mínima sospecha acerca de mi total entrega a la causa de Internet, desde la cual siempre he pregonado sus bondades y ventajas; pero, eso sí, procuro no perder el horizonte acerca de las cuestiones para las que Internet, sí; y aquellas otras para las que Internet, no. Y el sexo, inequívocamente, y al menos en mi caso, entra totalmente en la segunda categoría.

Simplemente, me apetecía comprobar si esa suerte de “leyenda urbana” que viene corriendo, desde hace bastante tiempo, por los mentideros internaúticos acerca de la omnipresencia de ciertos términos en los buscadores más comúnmente utilizados (y me abstendré de dar nombres ante lo obvio de la cuestión...), se basa en datos reales, o es un mero lugar común. Y en ello estamos.

En todo caso, y como diría un oficinista de corte “larriano”, sirva la presente para reabrir una sección de este blog que, en su día, dí por cerrada, y que, actualmente, me apetece retomar, dado que no faltan temas relacionados con la misma sobre los que, a buen seguro, me va a apetecer echar una parrafada próximamente -y así se hará, siempre y cuando las circunstancias, de toda índole, no lo impidan-.

Y, sobre lo del título, pues ya les contaré. Prometido queda...

(La imagen que ilustra este post ha sido tomada del Flickr del usuario SeptemTrionis, a quien le expreso mi más sincero agradecimiento, y está publicada bajo una licencia Creative Commons)

jueves, 4 de febrero de 2010

Mitos y leyendas (Varietés artísticas y culturales XX)



Los artilugios de Apple; el Bulli; Nelson Mandela. Se preguntarán ustedes, amigos lectores, qué pueden tener en común esos tres nombres -el de un conjunto de cacharros más o menos interesantes; un restaurante ultravanguardista y una figura política legendaria- con tan escasas (aparentemente) concomitancias. Pues bien, vienen a coincidir en dos aspectos: uno, meramente circunstancial, que es el de haber estado de bastante actualidad –y consiguiente presencia en los medios- en estos últimos días, por mor de diferentes circunstancias; y otro, más, digamos, “estructural”, que es el de suscitar una extraña unanimidad entre el común de los mortales acerca de sus bondades y excelencias, hasta el punto en que plácemes y parabienes alrededor de los mismos se convierten en moneda tan corriente como difícil (por no decir que imposible) llega a ser el encontrar el más mínimo apunte crítico a su costa. Y es sobre esta segunda cuestión sobre la que hoy quería extenderme (o explayarme, o enrollarme, tanto da...).

Gozamos de la inmensa fortuna (y esto es así porque, desgraciadamente, no son tantos los países en que sus ciudadanos pueden presumir de lo mismo) de poder disfrutar de una libertad de expresión comme il faut: amplia y con mecanismos de garantía suficientes y adecuados; en función de eso, uno puede escribir en este país lo que le dé la gana, y decir de cualquiera (persona y/u objeto) aquello que piensa, opina o considera, sin más límites que los impuestos por el necesario respeto a otros derechos concurrentes (como son el del honor y la propia imagen de la contraparte, en virtud de lo cual no no es dada la posiblidad de injuriar, calumniar o insultar —o, al menos, de hacerlo impunemente—). Pero, ay, ojo con lo que escribes acerca de según quién o qué, porque repercusiones penales no te acarreará lo que escribas, pero la manta de palos que se te puede venir encima (y, además, desde los cuatro puntos cardinales) te obliga a tentarte las vestiduras antes de decidir si te pones, o no, a la tarea.

En un principio, será la incomprensión, de la que nace el estupor. Nadie terminará de entender muy bien cómo se puede criticar algo o a alguien, si ese algo o alguien no tiene absolutamente nada que se pueda criticar. Cuestión de blancos y negros. Malos tiempos para los grises (y no me refiero a aquellos que los más viejos de lugar podrían identificar fácilmente con...; en fin, ya saben...). Pero lo peor aún estará por llegar: pasado el estupor, llegará la reacción, y, en condiciones normales, ésta no va a ser excesivamente amable.; al incauto crítico le esperan imputaciones que, en el común de los casos, apuntarán a una de las dos siguientes líneas.

Opción uno: el crítico es un resentido o un envidioso (o ambas dos cosas). Incapaz de alcanzar, con sus cortos talentos, las elevadas cotas obtenidas por aquellos a quienes vitupera con sus torpes e insidiosas palabras, no le queda más triste alternativa que la de verter su bilis y su inquina contra aquel a quien nunca, jamás de los jamases, y pese a que ése sea el más ferviente deseo que anhela su corazón, conseguirá emular. A la hoguera con él.

Opción dos: el crítico es un provocador o un snob (o ambas dos cosas). Incapaz de alcanzar, con sus cortos talentos, la atención de aquellos a quienes aspira a epatar con sus nulas habilidades, y consciente de ello, decide llamar la atención a base de salirse del tiesto, desbarrando y aspirando a que su remar contracorriente le reporte, al menos, esos quince segundos de gloria que a todo mortal le están reservados. Garrote vil para el mal bicho.

Y no es eso, amigos lectores, no es eso. No seré yo quien cuestione (a tanto no llega mi ingenuidad) la existencia de críticas –repletas de la más mala de las babas- lanzadas desde el egoísmo, el resentimiento, la provocación y el esnobismo (hay quien, por cierto, vive más que holgadamente gracias a la práctica continuada de tal ejercicio); es más, acogiéndome a aquello de que el que esté libre de pecado, y tal, y tal, habré de confesar que yo mismo, en alguna que otra ocasión, y aunque ahora sea incapaz de recordar algún episodio concreto, habré cometido alguna fechoría de ese jaez. Pero no es mi caso el que a mí me pone de los nervios    –al fin y al cabo, a mí me leen…; pero no se preocupen, ustedes son pocos, pero son los mejores…-; lo que me rebela es que se organicen auténticas orgías de tiro al blanco, en las que la “diana” es acribillada desde todas las posiciones por el simple hecho de discrepar de la alabanza unánime hacia el intocable de turno –se llame Jobs, Adriá, Mandela o San Apapucio Bendito…-. No me parece ni ético ni estético; y, además, ¿ya se nos olvidó el glamour de la disidencia? Malos tiempos, en fin, para la lírica –y para la épica, ni les cuento…-.

martes, 2 de febrero de 2010

Precious (U.S.A., 2008) (Apuntes sobre el cine que viene XIV)

Lo de la gordura y el cine nunca fue, por lo general, una historia de avenencia y concordia. Más allá de algún que otro caso ilustre (cómo olvidar nombres como el de Charles Laughton —o, más recientemente, y aun sin tanto relumbrón, John Goodman—), las delgadeces imperantes como canon de referencia estética en el cine de corte comercial (vinculado, desde muy tempranas fechas, a un sistema de estrellas en el que, por motivos obvios, la presencia física era fundamental para alcanzar la cumbre —y los papeles protagónicos—) han confinado tradicionalmente a los actores y actrices “de peso” a determinados géneros, especialmente el cómico (desde Fatty Arbuckle u Oliver Hardy a los más recientes John Candy o Jack Black, sin contar con sus especímenes más grotescos —caso de la ínclita Divine—), con el permiso de nuestro amigo Daniel Sánchez Arévalo. Quizá sea ése el motivo por el que resulta tan llamativo, y concita tanta atención sobre la figura de su sorprendente protagonista, un proyecto como el de “Precious”, que arriba este vieners a las pantallas comerciales de nuestro país, una propuesta que viene avalada por un auténtico aluvión de premios y reconocimientos en su país de origen, Estados Unidos, pese a su corte de producción independiente y de bajo presupuesto (o quizá, paradójicamente, por eso).

“Precious” cuenta con algunos señuelos sobre los que los medios generalistas han hecho especial hincapié (lo tremendista de sus premisas argumentales, basadas en una historia de una crudeza poco habitual; o la presencia, a través de los tan manidos y socorridos cameos —o similares—, de “ilustrísimas” del calibre de Mariah Carey o Lenny Kravitz), pero que, a qué engañarnos, exhibe como elemento más destacado el de la figura de su protagonista, Gabourey Sidibe, una actriz debutante a cuyo lado la mismísima Queen Latifah pasaría por ser una auténtica sílfide escurrida, y sobre la cual la inmensa mayoría de aquellos que ya han tenido ocasión de disfrutar del visionado del film (estamos hablando de una película que data del año 2008), hablan excelencias sin tasa: talento, frescura, espontaneidad, verismo, aplomo son términos que se repiten una y otra vez cuando a ella se hace alusión, y parecen disipar las dudas que cualquiera podría abrigar acerca de si su único aval para un papel de este corte sería el de su aspecto exterior. ¿Y continuidad? Pues quizá sea pronto para poder hacer cábalas sobre ese particular; y en todo caso, ella no tendrá que someterse a una rigurosísima dieta para asegurársela. Ventajas de no llamarse George Clooney o Robert de Niro...

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