jueves, 28 de enero de 2010

The road (La carretera) (U.S.A., 2009) (Apuntes sobre el cine que viene XIII)

Tiempos de crisis: buenos tiempos para el apocalipsis. El cine no es ajeno a esa corriente general que nos muestra, de manera clara, la buena acogida que, como fórmula o método de conjurar los miedos más elementales, los humanos “de a pie” otorgamos a las obras artísticas que giran alrededor de esa temática. Ya sea en su vertiente más catastrofista-espectacular —ésa en la que priman, gracias a generosísimos presupuestos (bien rentabilizados, por cierto, en términos de taquilla), acción a raudales y efectos especiales de relumbrón—, ya sea en su faceta más psicológica y/o introspectiva —explotando mecanismos más sutiles de generación del miedo, alejados del estrépito y el desenfreno—, el cine apocalíptico viene ofreciendo, en estos últimos años, numerosos títulos, que, si en algo vienen a coincidir (con contadísimas excepciones), es en su muy buena acogida por parte de un público muy amplio.
Bajo tales premisas, llegará a nuestras pantallas en próximas fechas, “The road (La carretera)”, film basado en la desazonante (y excelente) novela del mismo título del escritor estadounidense Córmac McCarthy, y con la cual se alzó con el premio Pulitzer en 1998. Dirigida por Peter Hillcoat (director acerca del cual carezco de toda referencia, con lo cual poca idea previa puedo hacerme de sus modos y maneras), y protagonizada por Viggo Mortensen (una excelente opción, sobre la cual poco, o nada, cabría objetar), las imágenes que nos muestra el trailer exhibido en salas de cine son bastante reveladoras de un buen trabajo de dirección artística, que ha logrado recrear, con angustiante y grisácea precisión, el mundo desolado y desolador en el que se desenvuelve la acción del texto literario. Harina de otro costal será, probablemente —y dado que se trata de empeño bastante más complicado—, el de la reproducción de esos otros elementos que recoge la novela, más intangibles, más etéreos, pero igual de necesarios si lo que se pretende es algo más que un mero ejercicio de intriga de tintes pura y duramente comerciales. ¿La solución a la incógnita? A partir del 5 de febrero...
PRONÓSTICO: iré a verla casi con toda seguridad.-
ACTUALIZACIÓN A 06-02-10: Acabo de verla y resulta tremenda, sobrecogedora. Eso sí, poco recomendable, desde el punto de vista emocional, para quien tenga hijos pequeños -salvo que se goce de una inmensa capacidad, llamemos, "evasiva"...-.
ACTUALIZACIÓN A 09-02-10: Crítica completa de la película en La Butaca.

miércoles, 27 de enero de 2010

La mujer sin piano (España, 2009) (Apuntes sobre el cine que viene XII)

Un director que empieza a labrarse un nombre importante, entre la hornada más “marciana” del cine español (ésa que, encabezada —en cierto modo— por Jaime Rosales y José Luis Guerín, integran gente como Albert Serra, Isaki Lacuesta o Marc Recha, entre otros), es Javier Rebollo. Y, afortunadamente, vamos a tener oportunidad, este próximo viernes, y tras su paso, bastante exitoso (al menos, en cuanto a repercusión entre la crítica) por el pasado Festival de San Sebastián, de acceder a su última entrega, “La mujer sin piano”, una suerte de revisitación (con muchísimos matices, naturalmente, y todas las salvedades que se quieran apuntar) de la mítica “Jo, qué noche” (“After hours”), de Scorsese, empezando por la nada baladí diferencia del género de su protagonista (el de Scorsese, un hombre; la de Rebollo, una mujer), y continuando por las nada convencionales fórmulas de guión y rodaje a las que el director español somete a su proyecto —y, por ende, al resultado final del mismo—, bastante alejado de los cánones imperantes en el cine que solemos ver en las pantallas comerciales, y muy apegado a la muy peculiar visión del cine de su autor.

Otro punto de indudable interés será el de comprobar si la interpretación de Carmen Machi (que sustituye en la posición de protagonista femenina a una Lola Dueñas que había participado en todos los proyectos precedentes de Rebollo) brilla a la altura del nivel de exigencia marcado por su presencia casi continua tanto en plano como en trama —algo sobre lo que, a priori, habría que albergar pocas dudas, dado que esta actriz ya ha demostrado sobradamente, especialmente en las tablas teatrales, cuál es el grado real de su valía, muy superior a la mostrada en ciertos papeles televisivos que, aunque le hayan otorgado una popularidad sin parangón, distan mucho de la variedad y riqueza de matices que pueden conferir otro tipo de trabajos—. Las imágenes que de ella nos muestra el trailer de la película, con esa peluca morena tan abolutamente “demodé” y esa vestimenta de maruja desubicada, invitan, desde luego, a abrigar serias esperanzas de que, por fin, veremos a una Carmen Machi dando de sí todo lo que su talento le permite (o sea, muchísimo).

PRONÓSTICO: Haré todo lo posible por verla.-

lunes, 25 de enero de 2010

Chéri (Gran Bretaña, 2009) (Apuntes sobre el cine que viene XI)

Hay películas cuyo planteamiento promocional deja poco lugar a dudas sobre las bazas con las que pretenden jugar y los argumentos con que pretenden captar a un público más o menos incauto. En el caso del último film de Stephen Frears, “Chéri”, que llega a nuestras pantallas el próximo viernes, parece bastante claro -basta con ver el cartel que se reproduce ilustrando esta reseña- que el precedente de “Las amistades peligrosas” (la celebérrima incursión del director en su debú hollywoodiense, tras haberse labrado un prestigioso cartel de autor rompedor de marcada tendencia social en sus primeros films, realizados en sus británicas islas, con posterioridad a una extensa carrera en el medio televisivo), incluida la presencia estelar en su reparto de Michelle Pfeiffer, viene a constituir el leit-motiv de la partitura de ese solo de flauta “hamelinero” con el que Frears intentará alinear a un numeroso público camino de la sala oscura, presto a disfrutar de su propuesta.

Este veterano director británico exhibe, en su historial -aunque en el mismo tampoco falten fiascos bastante sonados, y films lejos de la altura de sus mejores entregas (y, entre ellos, este humilde plumilla tendría que incluir el último anterior a éste, “The queen”, extrañamente celebrado de manera generalizada por la crítica, y en el que no he sido capaz de encontrar otra nota de interés que no fuera la extraordinaria caracterización “isabelina” de su protagonista, Helen Mirren)-, credenciales más que sólidas como para poder confiar en su buen hacer a la hora de abordar un proyecto de este corte. Pero duda mucho este escribiente cinéfago de que sea un film de estas coordenadas temáticas y estilísticas, el más apropiado para revivir los momentos de gloria al que el género llegó en las décadas de los ochenta y noventa del pasado siglo de la mano de otro ilustre correligionario del señor Frears, el hoy octogenario (y, pese a lo que su filmografía pudiera indicar, estadounidense de pura cepa...) James Ivory.

PRONÓSTICO: Dudo que vaya a verla...

NOTA INFORMATIVA: Voy a proceder, a lo largo de los próximos días, a retocar los títulos de las reseñas relativas a títulos cinematográficos, con ojbeto de facilitar el posicionamiento y localización de las mismas en los buscadores. Ello supondrá que todos aquellos lectores que sigan este blog a través de algún agregador de feeds, se encontrarán con actualizaciones que, realmente, no son tales. Como se suele decir en estos casos, el problema se debe a motivos técnicos ajenos a nuestra voluntad (ejem...); rogamos disculpen las molestias...




viernes, 22 de enero de 2010

Teresa el cuerpo de Cristo (España, 2007) (Grageas de cine LXVIII)

No sé si realmente lo soy, pero me considero a mí mismo persona de gusto cinematográfico amplio y diverso. Me gustan muchísimas películas de muy diversos tipos, géneros y estilos –tengo eso que se suele denominar como “tragaderas anchas”, dentro de unos límites, eso sí-, y soy de los convencidos de que en la sala oscura hay tanta cabida para un Dreyer como para un Jackie Chan, sin que el hecho de que se trate de cines tan diferentes tenga por qué invalidar a ninguno de ambos. ¿O es que un amante de los melodramas de Sirk tiene que descalificar, necesariamente, el cine de Peckinpah, por citar dos nombres bien dispares? En fin, valga la disgresión precedente para establecer, de antemano, mi predisposiciòn positiva, vistas las referencias disponibles –críticas, comentarios e informaciones diversas-, a un film como “Teresa, el cuerpo de Cristo”. Mas mi gozo en un pozo: la biografía de la santa de Ávila filmada y firmada por el escritor Ray Loriga, aun cuando apunta algún destello formal brillante en varias de sus secuencias, no llega a cuajar como un producto a la altura de sus intenciones.

No sé si es la omnipresencia (puede tener su explicación: al fin y al cabo,a la protagonista de un film biográfico ya se le debe “descontar” esta circunstancia) de una Paz Vega manifiestamente sobreactuada; no sé si es un exceso de esteticismo quietista en muchas de sus secuencias, en las que el autor se recrea bastante más en la composición formal de las imágenes que en transmitirnos, realmente, un impulso narrativo a la historia; no sé si es el desequilibrio de su ritmo, muy descompensado en relación con el desarrollo argumental (casi parado en su tramo inicial; desbocado, en plan “turbo”, en su parte final). Supongo que será la suma de todas los elementos apuntados los que me hacen considerar la propuesta de Ray Loriga un intento bienintencionado, y hermoso en cuanto a sus formas, pero bastante insatisfactorio, visto desde una perspectiva general. Bien está que en nuestro cine, siempre tendente, en líneas generales, a un cierto desaliño visual -en el mejor de los casos, poca atención a esos aspectos que son los que terminan de pulir una propuesta fílmica-, surjan films como esta “Teresa...”, con otras pretensiones. Pero no se debe olvidar nunca que el cine que cuenta historias, ha de contar, ante todo, historias; y contarlas bien. A buen entendedor...

martes, 5 de enero de 2010

Saigo (Cartas desde Iwo Jima; U.S.A., 2006) (Los buenos buenososVIII)



Pocas peripecias humanas de las que la pantalla cinematográfica ha tenido, y tiene, ocasión de retratar, sobrecogen más que la de la guerra; algo lógico, en la medida en que la guerra nos traslada al territorio de lo peor de lo que el ser humano es capaz: la muerte, la destrucción, la imposición, la barbarie. Muchos maestros del cine la han adoptado como objeto de sus relatos, componiendo sobre sus elementos cuadros humanos imponentes, en los que tan importante como su reflejo objetivo, material -las acciones de combate, los disparos, las explosiones...- es la mirada subjetiva desde la que se aborda lo que más cuenta, porque ésa es la que nos da la dimensión humana del fenómeno, la que (cuando el narrador goza de la maestría necesaria; y, a estas altura, el viejo tío Clint ya ha demostrado andar más que sobrado de ella) capta lo insondable y nos lo acerca al corazón.


Así es cómo, sin serlo, uno se puede sentir un joven y humilde panadero japonés, que, en contra de su voluntad y sus querencias, ha de marchar al frente, dejando en la soledad a su joven y enamorada esposa, que, además, está embarazada de la primera hija de ambos; un joven pacífico y sencillo, en cuyo espíritu hay poca cabida para el más mínimo sentimiento belicoso.


Así es cómo, sin serlo, uno se puede sentir un joven y humilde soldado que, lejos de sentir su pecho henchido de ardor guerrero y su corazón inflamado de amor a la patria inmortal y gloriosa, no tiene el más mínimo empacho en confesar pública y abiertamente sus deseos de que toda aquella locura acabe cuanto antes, aun cuando sea a costa de la victoria de ese enemigo al que todos odian desde la ignorancia. ¿Cobardía? Quizá, quién sabe; ésa imputación siempre fue el privilegio de los valientes.


Así es cómo, sin serlo, uno se puede sentir un joven y humilde muchacho, cuyo único objetivo inmediato es sobrevivir a una loca orgía de sangre, metralla, cascotes y cadáveres por doquier, aun cuando sea rindiéndose a ese enemigo al que no conoce ni quiere conocer, al que no odia ni quiere odiar; jugándose la vida para hacerlo -aunque, en una partida perdida, ¿qué más da jugar o no jugar...?-; y apurando los cartuchos de una suerte que, a través de un hombre de principios y valores firmes, le será propicia, como las negativas de Pedro, hasta en tres ocasiones consecutivas.


Así he podido sentirme el joven y humilde Saigo, ¿Sin serlo...?

Creative Commons License
Los textos de esta obra están bajo una licencia de Creative Commons.