lunes, 27 de diciembre de 2010

ENTRELOBOS (ESPAÑA, 2010)

Los resultados en taquilla no siempre le acompañan, pero si hay una nota de la que cabe colegir que el cine español no anda tan mal de salud como algunos “negativistas” contumaces se empeñan en proclamar, es la de la diversidad de propuestas: lejos de los monocultivos de tiempos no tan pretéritos, los cineastas españoles empiezan a atreverse con todo, o casi todo. Y es en ese contexto en el que aparece en las pantallas una propuesta de un cineasta poco convencional, el cordobés Gerardo Olivares, que ofrece, con “Entrelobos”, una cinta que, más allá de su inserción inequívoca en un género tan extendido como el del drama biográfico, presenta peculiaridades que la hacen digna de atención.

“Entrelobos” nos narra los episodios más significativos de la vida de un personaje tan peculiar como Marcos Rodríguez Pantoja, que vivió buena parte de su infancia y primera juventud conforme a lo que literalmente señala el título del film, es decir, compartiendo espacio y prácticas vitales con las manadas de lobos que poblaban los parajes de Sierra Morena,  una hermosa tierra de picos suaves y frondosos, que se convierte, junto a su variada fauna, en uno de los princ ipales personajes (y atractivos visuales) de la película de Olivares. Al director cordobés, un reputado y veterano documentalista, se le advierten con profusión y claridad tanto su querencia por el terruño paisano como su buena mano para el rodaje de escenas naturales, de modo que, por momentos, podemos revivir las sensaciones experimentadas ante los legendarios documentales de un Félix Rodríguez de la Fuente, tal es la vivacidad y empaque con que se reflejan en el celuloide paisajes y criaturas.

Pero “Entrelobos” es algo más, bastante más, que ese despliegue de hermosas postales paisajísticas (que también es): es una historia de dramatismo profundo, que no sólo refleja la peripecia personal de su protagonista, sino que, con tal pretexto, ofrece un retrato, aun con un claro carácter de esbozo, bastante preciso de su entorno social; el de un mundo de miseria, de economía de supervivencia y desigualdades profundas, tan profundas como para permitir que seres humanos  plenamente capaces  y normales puedan vivir en el límíte de la animalidad (en cuanto a condiciones materiales de vida), sin que nadie –con la única excepción de una partida de bandoleros que pulula por la sierra, perseguida tenazmante por capataces de las fincas y guardias civiles- se cuestione nada al respecto.

Y, al hilo de tal relato personal, nos regala un par de interpretaciones cuajadas de encanto y ternura: la del debutante Manuel Ángel Camacho, una agradable sorpresa, que, como ya sucediera con la también novel Nerea Camacho, en “Camino”, hace un par de años, impacta por la naturalidad de sus gestos y sonrisas, y asume sin el más mínimo desmayo la nada sencilla carga de llevar el mayor peso interpretatitvo del film; y la del inmenso Sancho Gracia, que compone un personaje nada fácil (su Atanasio es una especie de eremita, alejado de la civilización, que, bajo una fachada inexpresiva y embrutecida, esconde un profundo –y totalmente justificado- dolor vital) con la solvencia a la que, desde hace años, nos tiene acostumbrados. Dos trabajos de gran nivel y que se disfrutan con la intensidad a la que se hacen acreedores.

¿Qué le falta –o sobra-, pues, a “Entrelobos” para resultar una propuesta redonda? Son dos los apuntes fundamentales que se pueden señalar en su debe; por un lado, cabe apuntar un cierto desequilibrio en el trazado temporal de la historia, cuyo desenlace, tras un recorrido pausado y detenido por su arranque, se presenta, trasuna elipsis extensísima, como demasiado abrupto y precipitado –transmitiendo la impresión de que, para no alargar en demasía el metraje, se hace preciso cerrar el mismo a toda prisa-; y, por otro, hay cierto momentos en los que Gerardo Olivares, en su ánimo de enfatizar el dramatismo de las situaciones, carga en exceso las tintas, incurriendo en cierto deslizamiento sensiblero que, posiblemente, constituya una concesión comercial comprensible, pero nada positivo para el espectador menos dado a dejarse “embaucar” por mecanismos emocionales extremos (y algo tramposillos...).

En cualquier caso, son apuntes que no empañan en demasía una valoración general positiva, y que no impiden que “Entrelobos” se erija como una propuesta comercial que se deja ver con agrado y que encierra más aciertos que errores en su concepción y realización, más aún si se tiene en cuenta que no se trata de una cinta enmarcable enlos cánones de lo usual, especialmente por lo que se refiere a su ambientación; además de dejar bien claro que a Gerardo Olivares, la vieja máxima hitchcockiana relativa al trabajo con niños y animales parece no afectarle lo más mínimo. Probado queda...

* APUNTE DEL DÍA: hace un par de días revisé "La última seducción", de John Dahl (U.S.A., 1994); no la veía desde su estreno en salas comerciales. La peli "me flojeó" un poco, pero la presencia de Linda Fiorentino me siguió pareciendo apabullante. Algo más larguillo habrá que escribir al respecto...

viernes, 17 de diciembre de 2010

El dueño del balón

Obama, Sarkozy, Merkel, Zapatero... Me hace muchísima gracia, y se me escapa una risita nerviosa, cuando oigo y leo en los medios de comunicación alusiones a su condición de “poderosos”. ¿Poder, poder...? Por favor, lo de esas personas, en tales términos, es una pura filfa, comparado con el auténtico poder, que es, amigos lectores, uno del que les voy a hablar a continuación.

El poder del dueño del balón; eso es poder, y no la nadería, alicorta y limitada, que esgrimen y enarbolan los grandes líderes políticos mundiales.

Finales de los años sesenta, principios de los setenta, del pasado siglo. A diferencia de lo que sucede a día de hoy, en que, pese a la crisis devastadora que tan acogotados nos tiene, cualquier hijo de vecino cuenta con un bien nutrido arsenal de lo que por aquel entonces llamábamos “balones de reglamento” (y, además, de marca sonora y coloración llamativa), por aquel entonces se podían contar con los dedos de la mano a los poseedores de un balón-balón, símil cuero reluciente y pentagonitos alternados blancos y negros: un tesoro que ríase usted del de Gollum... ¿Consecuencia? El que tenía EL balón, tenía EL poder. Y lo ejercía de manera absoluta, taxativa e impía.

Para empezar, el dueño del balón hacía los equipos, de forma que al suyo iban a parar todos los buenos peloteros (aunque él fuera un “manta” de pronóstico reservado), mientras que el contrario se poblaba de todos los “paquetes” disponibles. Las consecuencias de tan “equilibrada política distributiva de los recursos” (que diría un buen gestor de personal...) solían reflejarse en marcadores tan glorificadores (para el equipo del dueño) como sonrojantes (para el contrario). Pero era lo que había...

Para continuar, el dueño del balón marcaba las reglas del juego: un leve empujoncito a un jugador de su equipo a doscientos cincuenta metros de la portería contraria, penalti y expulsión; una cabeza arrancada de cuajo, o un peroné astillado, de un jugador contrario sobre la raya de la portería, bote neutral (nunca se había visto claro quién había pegado el hachazo...). Un dechado de justicia. Pero era lo que había...

Y para finalizar, el dueño del balón era el que disponía cuándo finalizaba el partido (no siempre, dicho sea en su descargo, por iniciativa propia: si su padre decía que se había acabado, pues se había acabado, y punto...). Esto implicaba que, si pese a todas las añagazas del comienzo y la continuación, el marcador estaba apurado, pero a favor, pues punto y final, y a celebrar la victoria —entre protestas y exabruptos de los derrotados, eso sí...—; mientras que, en cambio, si el marcador se ponía cuesta arriba, el partido podía prolongarse “ad calendas graecas”, hasta que los guarismos se dieran la oportuna vuelta. Un disparate, desde luego. Pero era lo que había...

¿Y había alguna forma de escapar a dictadura tan ominosa, atroz y abominable? Pues sí que la había, y bien sencilla: no jugar al fútbol. Pero, claro, nos gustaba tanto...

Por cierto, y a estas alturas, se preguntarán ustedes que a cuento de qué viene todo esto del poder y el dueño del balón. Ah, pues sí, ya recuerdo: lo que yo quería decirles, amigos lectores, es que los mercados, esos entes etéreos y maléficos (a los que ni siquiera, como al enemigo de Gila, se les puede llamar por teléfono...), son los dueños del balón. Ni más, ni menos. Felices fiestas...

* APUNTE DEL DÍA: con muchas ganas de ver "Balada triste de trompeta"; si no surge ningún imprevisto, ahí andaremos...

* A salto de mata XLIX.- 

martes, 14 de diciembre de 2010

CARAMEL (FRANCIA-LÍBANO, 2007)

“Buenrollista”.  Aunque la nueva edición del diccionario de la RAE aún no recoge el término (todo se andará…), podemos esbozar, sin riesgo de error, un intento de definición. Dícese de la actitud que, aplicada a cualquier orden de la vida, proyecta sobre el objeto de la misma, una mirada amable, tierna, alejada de conflictos y violencias. “Caramel”, opera prima de Nadine Labaki, es un film que se puede mostrar como prototipo de “buenrollismo” cinematográfico, una propuesta en la que, salvo algún apunte de escasa relevancia —el episodio en que el novio de  Nisrine se enfrenta con un policía y acaba detenido en comisaría—, todo (incluidas aquellas situaciones de las que pudiera derivar alguna componente negativa —preocupación, amargura, resentimiento—) destila suavidad y afecto, alrededor de un leit-motiv argumental (el amor) que, al fin y a la postre, se convierte en el verdadero protagonista central del relato.

Una opción tonal que, como cualquiera otra, depende de la voluntad del autor (en este caso, autora, dado que Labaki asume la triple condición de directora, guionista e intérprete principal —demostrando, por cierto, que, además de talento, goza de una belleza física impresionante—) y que, a priori, no es buena ni mala per se, y no condiciona el nivel de calidad de la propuesta: sólo la condiciona y le marca, en aras a la coherencia global de la cinta, un desarrollo formal determinado. En el caso de “Caramel”, podemos decir que sus elementos formales son plenamente congruentes con su planteamiento ambiental y temático, de modo que su caligrafía revela la misma suavidad y exquisitez que atribuimos al tono general del relato. Planificación y ritmo narrativo pausados; luces tenues, con claroscuros poco acusados;  y un fondo musical en línea similar con todo lo apuntado (aunque, en mi opinión, con excesiva presencia); en suma, “Caramel” termina resultando, desde el punto de vista visual, eso que comúnmente todos llamaríamos una “peli bonita”.

¿Buena, además de bonita? “Caramel” no es, ni muchísimo menos, una mala película; su sencillez y su falta de pretensiones no la privan de calidad, y su visión diversificada de la experiencia amorosa (amplio es el espectro de relaciones afectivas que cubre en su desarrollo argumental: desde la adúltera sin esperanza de futuro, hasta la de noviazgo abocada a un matrimonio convencional, pasando por la lésbica no explícita, la platónica no confesa o la otoñal imposible), aunque teñida en todo momento de esa pátina amable a la que se ha venido aludiendo a lo largo de toda la reseña, no deja de tener su punto de encanto. Pero queda la duda de si, al fin y a la postre, no viene a resultar una de esas propuestas que, en orden a su apreciación, se termina beneficiando de ese punto de exotismo del que le dota su origen, su proveniencia de una cinematografía claramente periférica, aspecto sin el cual, quizá, habría menos benevolencia en su contemplación.

Y es que, en suma, las aventuras y desventuras de Layale, esa suerte de peluquera sin marido (y la cita no es meramente un juego pretendidamente ingenioso de palabras; no le falta a esta cinta libanesa más de un punto de contacto con el mítico film de Leconte...), y su cohorte de compañeras de andanzas laborales y sentimentales, no dejan de ser material narrativo cinematográficamente explotado en mil y una comedias románticas del Hollywood más rabiosamente mainstream: no sería justo que el hecho de que sea Nadine Labaki la que ocupe el hueco que, en otra tesitura, hubiera podido ocupar Anne Hathaway o cualquiera otra de sus compinches generacionales, dote a su film de una valoración más elevada. ¿Conclusión? Ésa se la dejo a ustedes, amigos lectores...

* APUNTE DEL DÍA: va creciendo un fuerte olor a azufre navideño en el ambiente. Más valdrá andar precavido...

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Un totum revolutum (eso sí, cinematográfico...)

* Este artículo fue publicado originariamente en El (viejo) glob de Manuel, el 15 de enero de 2006, con el título "Grageas de cine I" y bajo la etiqueta Grageas de cine.-

- Shelley Winters, in memoriam: me desayuno con la noticia del fallecimiento, en su residencia de Beverly Hills y por causas naturales, de Shelley Winters. Tenía 85 años y un historial de actuaciones cinematográficas verdaderamente apabullante por su volumen. Nunca fue una estrella al uso, porque su perfil físico no se lo permitió, pero sí una actriz de carácter y tremendamente valiosa a la hora de dotar a sus personajes de matices y recovecos enriquecedores de su perfil. Y aunque siempre será recordada por sus secundarios, con ribetes de protagónico, en dos obras maestras como La noche del cazador (The night of the hunter, 1955) o Lolita (1962), yo me quedo, quizá porque constituye un paradigma de su condición (la de secundaria que adornaba y engrandecía aquel film en el que hacía aparición), con su Pat Kroll, esa prostituta ingenua y vulnerable que termina convirtiéndose en la víctima del protagonista de Doble vida (A double life, 1947), una extraña y fascinante obra menor de George Cukor. Hasta siempre, Shelley... 

- Lo profesional y lo personal: sin entrar en valoraciones acerca de sus méritos artísticos, me da la impresión, visionando en su reciente pase televisivo por TVE-2 Soldados de Salamina, que a su director, David Trueba, se le ha ido la mano (y muy largamente), en el recreo y solaz basado en primeros y primerísimos planos de su bien amada Ariadna Gil. No me parece ni bien ni mal –además, he de confesarlo, siento por Ariadna Gil una franca admiración, me parece enormemente atractiva-, y no tengo juicio de valor alguno acerca de tal circunstancia, pero me planteo la pregunta de si se hubiera reproducido en términos similares en el supuesto de que el personaje de Lola Cercas hubiera estado interpretado por cualquiera otra actriz. Creo, sinceramente, que no...

- Campanella, o las bondades de una fórmula: tuve ocasión de ver hace unos días Luna de Avellaneda, el último largo del director argentino –del que, actualmente, y con marchamo estelar, Tele 5 emite su serie Vientos de agua- Juan José Campanella, y volví a disfrutar de una comedia dramática, o drama cómico (ya sé que en la jerga anglicista tan bienamada por los perseguidores de "palabros" a eso se le llama dramedy, pero me resisto, hasta donde me sea posible, a pasar por ese aro), entretenida, consistente, tierna, efectiva y talentosa. Campanella trabaja con un coguionista (Fernando Castets) con el que elabora unos entramados de situaciones y diálogos enormemente ingeniosos y eficaces, basados en unas constantes de situación muy sugerentes (un protagonista en situación familiar y profesional inestable, alrededor del cual gira un universo humano diverso y antitético, y un entorno social en crisis) y cuenta con una dupla de actores fija (Fernando Darín y Eduardo Blanco), alrededor de los cuales dispone a otros elementos de peso y personalidad variables (pero siempre enormente enriquecedores), y con ambos elementos, sabiamente mezclados en su probeta, obtiene la fórmula: películas que, desde la ternura y la apelación a la inteligencia del espectador, resultan tremendamente accesibles y, en consecuencia, comerciales. Luna de Avellaneda es, tras el bombazo de El hijo de la novia (2001) –el que le confirmó la buena mezcla de sus ingredientes-, un paso más en la senda que ya abriera, en 1999, El mismo amor, la misma lluvia. Queremos más...

- No es ingenua la mirada: a alguien que no haya visto Solas (1999), los cantos a la dignidad, la incorruptibilidad y la integridad personales que se desprenden de las actitudes de uno de los protagonistas de Habana Blues (2005) –concretamente, el personaje de Ruy, al que da vida el actor cubano Alberto Yoel- pueden resultarle, en el contexto de una situación social como la cubana, un rasgo de ingenuidad excesiva, o el producto de una mirada intencionadamente naïf, fruto mayormente de la simpatía que por la isla caribeña profesa abiertamente el director y guionista del film, Benito Zambrano. Pero resulta indudable que un autor novel que ha sido capaz de trasladar al celuloide una mirada sobre el mundo tan amarga, descorazonadora y tremenda como la que, magistralmente, refleja Solas, puede ser calificado con muchos epítetos, pero no con el de ingenuo. En Habana Blues hay, simplemente, una mirada a través de otros cristales (que también son auténticos y reales, no una mera invención del autor: gracias por regalarnos una Habana sin mugre ni desconchones en las paredes, también existe, como el sur...).

* APUNTE DEL DÍA: actualizo esta nota para incluir un enlace a mi crítica (más extensa) de Biutiful, en La Butaca.

* Antecedentes penales (El viejo glob de Manuel) V.-
* Grageas de cine I.-

viernes, 26 de noviembre de 2010

Chloe (U.S.A.-Francia, 2009)

No es mi caso, y no lo sé, por tanto, en base a la propia experiencia, pero supongo que, cuando se goza de talento creativo y éste se vuelca en empeños artísticos de escasa vocación comercial, hacen falta una determinación muy firme y una voluntad muy clara para no dejarse seducir por los cantos de sirena que, más tarde o más temprano, terminan llegando a tus oídos con la intención de que te pases al “lado oscuro”. En definitiva, que no abundan los casos como el de Godard... Atom Egoyan, realizador armenio-canadiense, es un director cinematográfico que goza de gran prestigio en los circuitos festivaleros de todo el mundo, pero cuyo cine, hasta la fecha, no había gozado del favor de un público amplio. Algo lógico, si se tiene en cuenta sus tintes fundamentalmente introspectivos, reflexivos y con cierta tendencia a la abstracción. Pero parece que ya llegó su hora, y, con “Chloe”, el film que llega este viernes a las pantallas españolas, efectúa su presentación, con todos los honores, en el ruedo del mainstream, aun cuando sea adornado con destellos de qualité dignos de su currículum.

No le faltan, desde luego, elementos atractivos a la propuesta, más allá del ya señalado, atinente a su director: una historia en la que destacan sus retruécanos sentimentales y sus vericuetos morbosos, con componentes de torridez elevada —no en balde, su guión está basado en el del film francés “Nathalie X”, dirigida en 2003 por Anne Fontaine, y que ya diera pie a cierto escándalo en ese aspecto—; y, muy especialmente, un reparto de auténtico lujo, en el que a una pareja que, a estas alturas, exhibe unas credenciales respetabilísimas, como es la formada por Julianne Moore y Liam Neesom (no sólo excelentes intérpretes, sino “sabios alternantes” de proyectos de grado de comercialidad variable), se suma ese reciente hallazgo que, si sabe enfocar su carrera con el mismo talento con que lo han hecho sus dos partenaires, está llamada a alcanzar altas cotas, y que atiende al nombre de Amanda Seyfried. Pronosticar, en base a todo ello, que la película pueda llegar a romper las taquillas quizá resultaría una temeridad, pero no cabe descartar que se convierta en una de estas sorpresas de “fin de temporada” a la que un potente “boca-oreja” puede proporcionar resultados más que estimables. Estaremos atentos...

* APUNTE DEL DÍA: Se me ha perdido un perrito. Atiende al nombre de "Tiempo". Si alguien tiene noticia de él, por favor, que me deje los datos en un comentario. Se gratificará...

* Apuntes sobre el cine que viene LV.-

viernes, 19 de noviembre de 2010

Amin Maalouf, 'El desajuste del mundo'

Acabo de terminar la lectura de un ensayo de Amin Maalouf, “El desajsute del mundo”, en el que el escritor franco-libanés hace un análisis amplio y generalizado de eso mismo que su título da a entender (o sea, el estado un pelín convulso de esta bola en la que andamos trasteando). En primer lugar, como apunte previo y antes de entrar en disquisiciones sobre su contenido, he de manifestar mi admiración y asombro ante la osadía del empeño, verdaderamente insólito en estos tiempos que corren, en que los autores con un cierto predicamento y conocimiento del gran público, salvo honrosísimas excepciones, han abdicado de su responsabilidad intelectual (la de extender sus privilegiadas reflexiones hacia todo aquello que les, y nos, rodea...), para refugiarse en un ejercicio permanente de fuegos de artificio “tertuliano” de corto alcance (y, eso sí, mucho mayor relumbrón). Desde ese punto de vista, vaya desde aquí mi más fervoroso y rendido aplauso al señor Maalouf.

En cuanto al contenido de la obra, hay que diferenciar dos partes, o vertientes, claramente diferenciadas —aun cuando en el orden expositivo no exista una partición claramente establecida, sino que ambas se van desplegando de forma simultánea—: la del análisis de la situación, y la de las propuestas de solución.

Por lo que atañe a la primera, creo que Maalouf hace un esfuerzo de síntesis muy importante, y sus resultados se pueden calificar (al menos, a mí así me lo han parecido) de bastante positivos: si bien hay un claro énfasis en los análisis parciales del mundo islámico y el panarabismo —lo cual redunda en que se les dedica un sustancioso número de páginas tanto al uno como al otro; algo lógico, si se tiene en cuenta la afinidad que con tales temáticas puede guardar el autor, por obvias conexiones personales—, Maalouf extiende su mirada hacia todas las culturas y latitudes, y, a mi modesto entender (que no deja de ser el de un zopenco con aspiraciones, a qué engañarnos...), traza un arco lo suficientemente amplio, comprensivo y abierto de miras como para llegar a ofrecer una visión bastante certera y equilibrada de cómo anda el patio (que, por cierto, y aparte de revuelto, no anda nada, nada bien...), y que este humilde escribiente podría suscribir, en un elevadísimo porcentaje, sin el más mínimo atisbo de duda.

Harina de otro costal es la que hallamos en el otro “apartado” de la obra, el de las propuestas que Maalouf esboza como posibles soluciones a esos males que, en su opinión, aquejan hoy dia a nuestro mundo. Y es que, igual que los gurús económicos parecen hallarse en su salsa describiendo los mil y un desastres con que nos azota la actual crisis que cabalga sin freno por todo el ancho mundo, mientras que son incapaces de aportar una sola idea capaz de ponerle siquiera un parchecillo, también parece quedar bastante claro que el libanés lo tiene mucho más claro a la hora de hacer diagnósticos que a la de prescribir tratamientos, dado que estos últimos se plantean en términos tan vagos y genéricos que apenas si se quedan en esbozos, apuntes, meras ideas volátiles y sin cuajo. Se me podrá decir, no sin fundamento, que lo descomunalmente ambicioso del empeño (arreglar el mundo, ahí es nada: eso que usted, amigo lector, y yo solemos hacer todos los días tomando un vinito en la barra del bar, pero negro sobre blanco...) imposibilita la obtención de mayores concreciones. Pero, qué quieren que les diga, tras planteos teóricos bastante acertados, uno llega a hacerse ilusiones. En fin, otra vez será...

En todo caso, y más allá de esa pequeña decepción a la que aludía en el párrafo precedente, creo que, desde una perspectiva global, la propuesta ensayística de Amin Maalouf merece, y mucho, la pena: compendia información de mucho interés (quizá para un conocedor profundo de la historia universal, aporte poco en ese terreno; pero para los que no nos manejamos mucho en esa disciplina, sí que tiene un alto valor formativo) y la conjuga con una visión analítica clara y concreta, preñada de un realismo que, sin ánimo alguno de catastrofismo (algo que no asoma en ni una sola de sus páginas), nos alerta e incita a la preocupación reflexiva. Si, más allá de eso, hubiera dado con las recetas para “desfazer los entuertos” relatados, no quiero ni contarles...

* APUNTE DEL DÍA: una reseña de 'La caza', la mítica peli de Carlos Saura, en Suite 101. El enlace, aquí.

* Varietés artísticas y culturales XXII.-

miércoles, 17 de noviembre de 2010

18 comidas (España, 2010)


Tan celebrada en otros territorios artísticos (pocas experiencias tan jugosas como una jam-session jazzística o bluesera, o un monólogo teatral que se va por los cerros de Úbeda...), no es la improvisación una invitada muy bien vista en los del cinematógrafo: escaleta, guión técnico, dietario de producción, script, marcas de rodaje; salvo en los terrenos del cine experimental y de vanguardia, todo parece conspirar en un rodaje y sus aledaños contra cualquier apunte no previsto y controlado. Por eso resulta particularmente sorprendente encontrarse con un proyecto, como el último del gallego Jorge Coira, “18 comidas”, que hace de la improvisacion —junto a una estructura formal basada en el tan en boga últimamente “cine de episodios”, o de historias cruzadas— su santo y seña identificativo: el film de Coira se presenta como un conjunto de pequeñas historias, más o menos conexas, y con la comida como temática aglutinante, en cuyo desarrollo interpretativo se da un amplio margen a actores y actrices para que desplieguen sus personajes en condiciones de libertad. ¿Señuelo —sin fundamento real— para suscitar la atención de un sector de público predispuesto a estos “guiños” experimentales, o ejercicio efectivo de riesgo? Sólo a la vista del resultado final, podremos salir de dudas.

Más allá de eso, el film de este joven director gallego, especialmente curtido en lides televisivas y no tanto en las cinematográficas, en las cuales su única experiencia previa se remonta al ya algo lejano 2004 (con “El año de la garrapata”), presenta algún otro atractivo, como puede ser el de combinar en su reparto (necesariamente coral y numeroso, en función de la arquitectura dramática de la cinta), la presencia de un puñado de actores poco conocidos fuera de su Galicia natal con el de algunos nombres ya consolidados en el panorama del cine español, con especial mención para Luis Tosar, cuya implicación, por otro lado (al fin y al cabo, también ostenta la condición de coproductor), parece extenderse bastante más allá de su mera presencia en pantalla. ¿Garantía de éxito? Difícilmente cabe esperarlo: el nombre de Tosar puede constituir un reclamo interesante, pero no dota a esta producción, sencilla y sin excesivas pretensiones, de un vuelo comercial mucho más alto del que suele estar reservado para films de este corte. Quizá la presencia de un Ferrán Adriá, o de un Argiñano, dada su temática, le hubiera resultado mucho más interesante. Cuestión de maridajes...

* APUNTE DEL DÍA: Lluvia. Poco más...
* Apuntes sobre el cine que viene LIV.-


lunes, 15 de noviembre de 2010

Carta abierta a Joan Puigcercós

Estimado señor Puigcercós:

Soy andaluz y vivo en Andalucía. Como la mayor parte de mis conciudadanos andaluces, yo tampoco exhibo el más mínimo fervor nacionalista –ni andaluz, ni español, ni de ningún otro lugar-; no obstante lo cual, en una posición que, en muchas ocasiones, me ha granjeado no pocas incomprensiones e incluso alguna que otra antipatía, siempre he sido muy condescendiente, por decirlo de alguna manera, con los nacionalismos periféricos españoles, más concretamente, con el vasco y el catalán. Resulta evidente que, “gracias” a personajes como usted, mi postura ya llega a parecer absurda, incluso para mí mismo.

Que en Andalucía no paga impuestos ni Dios.... Usted sabe perfectamente que eso es falso. Tan falso como que en su tierra todo el mundo se maneja con la misma “desenvoltura economica” que exhibe ese gran prócer de la patria que atiende al nombre de Félix Millet. O tan falso como que en Cataluña toda la clase política se dedica al noble cultivo del celebérrimo “3 per cent”que tanto se aireara en el Parlament hace algún tiempo. Por eso, yo niego las dos últimas afirmaciones. En cambio, usted no tiene empacho alguno en dejarse caer con la primera.

Ya sé, ya sé que la refriega política se presta más al trazo grueso que al fino estilismo en el uso de la palabra; y que si la refriega se desarrolla en el contexto de una campaña electoral, ese trazo grueso llega a alcanzar, más bien, las trazas de un pegote de pintura largado a brochazo limpio. Pero no todo vale, no todo es admisible todo tiene un límite: y usted lo ha rebasado con holgura. También me consta que ni va a rectificar ni va a pedir disculpas, hasta ahí podríamos llegar; me temo que, dadas las circunstancias, lo del calentón o el exceso verbal, tan socorrido en situciones de este tipo, difíicilmente colaría: lo suyo, me temo, tiene, como rezaba el título de la película aquella, raíces profundas (y nada benignas, por cierto...).

No vaya usted a pensar por ello que mi respeto y mi estima por sus conciudadanos va a mermar un ápice; creo que es mucho y bueno lo que de Cataluña, por cuyo común de sus gentes siento una profunda admiración, podemos y debemos aprender, no sólo en mi tierra, sino en muchas otras tierras, y no sólo en materia económica, sino en otros muchos aspectos. No se puede arruinar la reputación de un pueblo por lo ignominioso de la actitud de alguno de sus miembros, pero está claro que ayudan poco al establecimiento de unas sanas relaciones de mutuo respeto y cordialidad entre los habitantes de distintos territorios, episodios tan penosos como éste.

En todo caso, si, como proclaman recientes encuestas –encuestas que, por otro lado, y en una demostración más de la sabiduría de los catalanes, apuntan a una fuerte caída de la fuerza política a la que usted tan sombríamente representa-, son mayoría los ciudadanos catalanes que, en consonancia con sus proclamas ideológicas, desean la independencia de Cataluña respecto a España –algo a lo que no tengo la más mínima objeción que plantear-, ya tengo claro que habrá un motivo por el que tal determinación me pueda producir una alegría, aun cuando sea puntual, y es la de que, en tal tesitura, ya no tendré que compartir la condición de convecino con alguien capaz de mostrar una actitud tan lamentable como la que usted ha mostrado.

En todo caso, y a falta de otros méritos más dignos de estima, ya puede usted apuntar entre sus logros el que este humilde blog, que, durante algún tiempo, tuvo cierta dedicación a la actualidad política, posteriormente abandonada, la haya retomado. Eso sí, también puede apuntar en su debe que haya de hacerlo desde la indignación y el cabreo más profundos. Una pena...

* A salto de mata XLVIII.-

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Del Facebook, la R.A.E., las normas y todo lo que ustedes quieran

No sé hasta qué punto las campañas (de apoyo, de oposición) que surgen, cual setas en otoño, en el “territorio Facebook” son significativas acerca de la dimensión real de la cuestión a la que atañen en el “mundo real” (suponiendo que el territorio Facebook y el mundo real son entidades diferenciadas, algo que uno ya pone en duda en algunos momentos...). Lo que sí constato claramente es que no hay asunto relevante que se precie que no termine suscitando, más pronto o más tarde, un grupo a su favor o una campaña en su contra en el invento del amigo Zuckerberg: la última de la que tengo noticia es una contraria a las nuevas normas que la RAE ha aprobado recientemente –las cuales,por cierto, aún no he tenido el gusto de conocer con detalle-.

¿Conclusión inicial –valga la contradicción-? Sobre lo que no se conoce, más prudente es no pronunciarse: ergo, no me pronuncio.Pero sobre lo que sí tengo opinión es sobre la cuestión, más general, de los cambios y evoluciones normativas, no sólo en el terreno lingüístico, sino en cualquier otro (y especialmente, en el del derecho, que es aquel en el que son más propias, frecuentes y naturales, dado que hablamos de un mundo en el que la norma es, por decirlo de alguna manera, su “materia prima”). Hablemos, pues, amigos lectores, de ello.

Los cambios normativos siempre dan origen a controversias; es algo natural, en la medida en que siempre habrá quien, estando conforme con el status quo existente en la materia de que se trate, preferible es dejarlo como está, mientras que aquellos a quienes no convence dicho status verán con agrado, en principio (y digo en principio, porque harina de otro costal es el de si esa deseada modificación está acorde con los anhelos y pretensiones de los partidarios del cambio), esos cambios. De cajón (de madera de pino).

De esa forma, podemos estar de acuerdo en que, dado que todo cambio va a generar cierto grado de polémica, es mejor abstraerse de ella –descontada por inevitable-, y ceñirse a si el cambio es necesario, útil o conveniente. Una modificación normativa siempre atenderá a tales exigencias si se adapta al entorno social en el que la norma modificada ha de operar, como elemento regulador; o, por el contrario, se podrá calificar como innecesaria, inútil o inapropiada en la medida en que no atienda a dicho entorno.

Pero, ¿qué es lo que sucede, en este mundo repleto de imperfecciones y miserias humanas? Pues que las modificaciones normativas no siempre se promueven a partir de una demanda social de las mismas, sino que se adoptan en base a intereses de otro tipo (cada cual que ponga aquí los adjetivos que más feliz le hagan). Y ahí surge ya otro problema, que va más allá de lo antes apuntado, y que implica que el cambio, lejos de solucionar un problema existente, lo que hace es crear un problema allá donde no lo había. No sé si es este último el caso que nos ocupa ahora, con las nuevas normas de la RAE; si así fuera, mal negocio. Y, sobre las normas en sí, pues ya me pronunciaré cuando las conozca, llegado el caso: ya saben cuánto me gusta desperdiciar toda buena oportunidad de guardar silencio...

* A salto de mata  XLVII.-

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Agnosia (España, 2010)

Lo desconozco, pero, teniendo en cuenta que, en estos tiempos que corren, todo se estudia, analiza, desbroza y desmenuza, es bastante probable que exista algún estudio acerca de hasta qué punto y en qué medida un título atractivo puede influir en el éxito comercial de un film. ¿Cuántas personas, sin tener información alguna acerca de una película, sacan una entrada para verla atraídos exclusivamente por la sonoridad de su título? Supongo que bastantes. Y, de ser así, no me cabe duda de que un título como “Agnosia” resulta un buen reclamo. De todos modos, sería injusto pensar que ése puede ser el único señuelo de taquilla de una cinta, la última del realizador alicantino Eugenio Mira, que, además de inscribirse en una corriente de género claramente en auge dentro de nuestro cine —el del cine de suspense/terror, del que sólo hace unos días se ha estrenado, por ejemplo, “Los ojos de Julia”—, ofrece, a priori, elementos lo suficientemente atractivos como para que no falte un buen puñado de espectadores dispuestos a acercarse a las salas a disfrutar de la propuesta.

Aunque su acogida en el pasado Festival de Sitges, donde fue presentada por primera vez, distó de ser un gozoso acontecimiento, y la crítica no ha sido muy benevolente con la valoración general del film, todos han sido parabienes en relación con su aspecto formal, que muestra un diseño de producción de auténtico lujo (algo que, en cierta manera, viene impuesto por el marco geográfico y temporal en que se sitúa la acción, la Barcelona de fines del siglo XIX), así como ha habido también coincidencia en alabar lo ambicioso del proyecto desde el punto de vista artístico, con una historia que pretende ir más allá de una temática ceñida a lo que sería material estrictamente de suspense o misterio, para adentrarse en meadros también de drama, romance y retrato social. Y, en cuanto al reparto, tampoco falta, en ese joven elenco que integran sus tres intérpretes principales (Eduardo Noriega, Bárbara Goenaga y Félix Gómez), frescura, talento y un innegable atractivo físico (algo que, querámoslo o no, también suma...). ¿Mimbres suficientes para un cesto compacto? Pues habrá que verlo, y la oportunidad llegará dentro de poco. Estaremos atentos.

* APUNTE DEL DÍA: otra notra de preestreno, la de "Caza a la espía (Fair game)", en Suite 101. El enlace, aquí.

* Apuntes sobre el cine que viene LIII.-

lunes, 1 de noviembre de 2010

Jesús Quintero: loco, pero no tonto...

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* Este artículo fue publicado originariamente en El (viejo) glob de Manuel, el 10 de enero de 2006, con este mismo título y bajo la etiqueta Medios de comunicación.-


Tras una temporada de descanso, posterior a la finalización de la emisión en Canal Sur TV de sus Ratones coloraos, vuelve, en horario estelar y en la cadena de cadenas –por más que los índices de audiencia se empeñen en marcar tendencias contrarias a tal consideración-, la primera de TVE, el inefable Jesús Quintero, más conocido antaño, y aun a día de hoy –y qué difícil que le está resultando descolgarse de la "denominación de origen"- como el loco de la colina.

Loco, pero no tonto. O sea, que más bien diría que se lo hace. El loco, digo... Jesús Quintero se ha convertido, en la actualidad, en una especie de referente de un perfil, el suyo propio –personal, intransferible-, al que, sin embargo, traiciona en lo sustancial de manera inmisericorde, muy lejanos ya aquellos tiempos en que, desde su púlpito radiofónico, a primeros de los años ochenta del pasado siglo, creara escuela, otorgando a las hasta entonces lánguidas madrugadas de radio el rango de objeto de interés y especial seguimiento, a base de congregar a todo un pelotón de oyentes ávidos por saborear su especial manejo de los silencios, sus estentóras carcajadas, con ese puntito socarrón y maquiavélico, y su extraña, casi alquímica, capacidad para, cumpliendo el viejo sueño de Sylock, arrancar libras de carne sin derramar una sola gota de sangre de sus invitados-entrevistados.

Ese Quintero, que en su momento trasladó sus esquemas radiofónicos al formato televisivo, con evidente acierto (algunos de sus programas forman parte ya, por méritos propios, de la pequeña –o grande, quién sabe- historia de la televisión en España) y sin viaje de retorno (jamás ha vuelto a dicho medio), además de un éxito bastante notable -en consonancia con lo acertado de su trabajo-, logró cuajar una maniobra que, según nos enseña la experiencia más que reiterada, no siempre alcanza buen puerto, dado lo complicada de la misma (de cadáveres exquisitos está lleno el puente que enlaza a ambos soportes comunicativos, ahí están las hemerotecas para atestiguarlo).

Pero su última aventura televisiva, esos Ratones coloraos que tan excelentemente han funcionado en la televisión pública andaluza, nos han mostrado a un Quintero tramposo, un loco muy poco loco y con una doble faz bastante cínica: la de aquel que, pretendiendo erigirse en paladín de la lucha contra la telebasura –a base de diatribas en su línea más lisérgica y mefistofélica: abstracciones a base de mucha filosofía de barra de bar, puros fuegos de artificio-, no dudó en edificar sus magníficas ratios de público sobre la base de exprimirle el jugo (o, al menos, intentarlo: en muchos casos, ciertamente, no había zumo alguno que sacar de tales "frutas"...) a toda esa caterva de personajes que constituían (y aún constituyen, y no sabemos qué cuerda le quedará a este relojito...) el sustento de toda la bazofia que llena el espectro catódico de las grandes cadenas generalistas.

A eso, por más que se vista el muñeco con la (bastante presuntuosa, por cierto) pretensión de buscar el "lado oculto", esa faceta humana que los carroñeros (los otros, qué gracia...) no son capaces de sacar (y él sí, qué gracia...), le llamamos en mi tierra, que es también la de Jesús Quintero, echarle mucho morro. Pero, en fin, amigos lectores, como siempre cabe la posibilidad de que aquel que ha tenido (talento, y mucho, y grandes dotes para la comunicación televisiva, aunque también esos ratoncitos coloraos nos ofrecieron a un Quintero bastante aliviado –prácticamente, con el piloto automático-), algo haya retenido, habrá que esperar y ver si, para esta nueva singladura televisiva, aún dispone de algún conejo que sacar de la chistera. Ojalá, y suerte...

* APUNTE DEL DÍA: cine de fin de semana, con propuesta española: Los ojos de Julia. Mi crítica en La Butaca, en este enlace.-

* Antecedentes penales (El viejo glob de Manuel) IV.-

viernes, 29 de octubre de 2010

Vivir para siempre (España-Gran Bretaña, 2010)

¿Recuerdan “Mi vida sin mí”? La celebradísima película de Isabel Coixet, protagonizada (en un trabajo interpretativo soberbio) por la canadiense Sarah Polley, jugaba con la premisa argumental de la certeza de una muerte próxima y su “gestión emocional” por parte de la persona afectada en relación con su entorno personal más cercano. Huelga decir que un material temático de ese tenor es una auténtica bomba de relojería; pero ¿y si se encuentran con que cabe dar una vuelta de tuerca más, a nivel afectivo, a ese argumento? Por ejemplo, que ese protagonista afectado se trate de un niño que aún no ha alcanzado la adolescencia. Pues bien, tal planteamiento de inicio es el que nos ofrece una película como “Vivir para siempre”, coproducción hispano-británica (pareja poco usual, todo hay que decirlo...) y último título de Gustavo Ron, director que, tras un prometedor debú en 2006 con “Mia Sarah”, vuelve a asumir la puesta en imágenes de una historia de fuerte calado sentimental y con una clara vocación de convertirse en una auténtica campaña de apoyo a la venta de pañuelos: cabe poca duda de que el recurso a los mismos va a ser casi inevitable...


Aunque el film cuenta con un buen número de prestigiosos intérpretes en su elenco (ahí aparecen nombres como los de Ben Chaplin, Emilia Fox, Phyllida Law o Greta Scacchi), está claro que la principal baza con la que jugará es la de la capacidad de conmover a la platea que sea capaz de desplegar su protagonista, Robbie Kay, un preadolescente con escasa experiencia (por motivos naturales) pero que, a tenor de lo visto, no anda mal pertrechado de las dotes necesarias (frescura, naturalidad, desparpajo...) para que las posibles carencias técnicas queden perfectamente soslayadas. En suma, una suerte de versión masculina de la Nerea Camacho que nos deslumbrara con su luminosa presencia dando vida a “Camino” (film con el que, por cierto, éste guarda alguna que otra coincidencia en términos de trama). Por lo demás, también será interesante comprobar si las dotes de “orfebre” de Ron, que también asume el rol de guionista, dan de sí lo suficiente como para saber equilibrar, con las pertinentes pinceladas “desdramatizadoras”, una historia de tan devastador potencial entristecedor. ¿La solución a todo ello? A partir de hoy, viernes.

PRONÓSTICO; pues debe ser que no, pero nunca se sabe...

* APUNTE DEL DÍA: Feliz navidad y próspero año 2011 para todo el mundo; que más adelante, se me termina olvidando, seguro...

* Apuntes sobre el cine que viene LII.-

jueves, 28 de octubre de 2010

Los ojos de Julia (España, 2010)


Me había propuesto escribir unas notas sencillas sobre esta película sin hacer la más mínima mención a “El orfanato”; pero ya ven, amigos lectores, mis buenas intenciones no han sido capaces de ir más allá de la segunda línea... Chistes malos aparte, puedo decir, sin temor a errar, que la referencia no es exclusivamente atribuible a mi responsabilidad, sino que viene inducida por el equipo de promoción del film, que ya se encarga de recordarnos, en todo formato y soporte disponibles, que son las gentes que promovieron aquella cinta los mismos que se han encargado de levantar este proyecto. “Los ojos de Julia”, que a tal título responde la cinta de la que hablamos (y que, ya ven, después de casi ocho líneas, aún no habíamos mencionado...), se trata, pues, de un film de suspense, español por más señas, y que, bajo la dirección del joven Guillem Morales, lleva a la pantalla una historia de ese terror basado en los elementos canónicos del género: incertidumbre y amenaza bien mezcladas y dosificadas. Nada nuevo bajo el sol, pero tampoco creo que sea preciso.

Aunque Belén Rueda, protagonista omnipresente a lo largo de todo el metraje —y candidata a convertirse, a base de repetir perfil, en la reina del terror hispano—, no sea Audrey Hepburn ni Ingrid Bergman, el film desprende, en su tronco argumental, efluvios inequívocos a precedentes tales como “Sola en la oscuridad” (no en balde, es la ceguera un leit motiv temático sobre el que gira todo el despliegue de la trama), o, más atrás aún en el tiempo, “Luz de gas” (con su paulatino cierre de círculo amenazante alrededor de la figura de la protagonista), si bien se distingue de ambos en su factura visual y su ritmo narrativo, plenamente acordes con este tiempo volátil y acelerado en que nos ha tocado a todos movernos, cada cual, obviamente, en lo suyo (los cineastas, haciendo sus películas; y los espectadores, intentando no dejarnos arrollar por ellas...). En todo caso, y tras su buena acogida en el Festival de Sitges, donde tuvo su premiere, las perspectivas comerciales de la cinta pintan de un color tremendamente halagüeño. Y no hará falta esperar mucho para comprobarlo: el viernes, estreno en las pantallas comerciales.
* APUNTE DEL DÍA: disponible en Suite 101 nota de preestreno de "Ché, un hombre nuevo", un interesante documental de Tristán Bauer. El enlace, aquí.
* ACTUALIZACIÓN A 1 DE NOVIEMBRE: Finalmente, tuve ocasión de verla. Para quien esté interesado, crític en La Butaca, en este enlace.
* Apuntes sobre el cine que viene LI.-

miércoles, 20 de octubre de 2010

Elsa Pataky (o sobre físicos y talentos)

La abundante presencia en los medios de comunicación, a lo largo de la pasada semana, de Elsa Pataky —promoción obliga—, con motivo del estreno, el pasado viernes, del último film de Bigas Luna, “DiDi Hollywood”, ha vuelto a poner sobre el tapete de la actualidad, esa letanía, ya cansina, sobre los inconvenientes del atractivo físico, la dificultad que supone para el reconocimiento del talento y todas esas zarandajas que, no por mil veces repetidas, sus protagonistas dejan de esgrimir cada vez que surge la ocasión. Y ya está bien, amigos lectores, ya está bien.

El de la relación entre físico y talento siempre ha sido asunto controvertido, y que ha dado bastante juego en los territorios colindantes al artisteo, en general, y al cine, en particular: el mito, o el tópico, de la guapa tonta (del que, quizá, haya constituido Marilyn Monroe el ejemplo más señero —de su reciente reivindicación “intelectual” hablaremos más en extenso otro día...—) es tan antiguo, o casi, como este mismo invento del celuloide. Y esa queja amarga de actrices con un poderoso atractivo físico acerca de cómo dichos dones sepultaban sus facultades interpretativas (reales o presuntas), y de la que Elsa Pataky  se ha hecho tan reiterado eco en estos últimos diás pasados, también es tan vieja como el propio cine. Pero la cuestión es que se trata de una queja “tramposa”.

Porque la del atractivo físico, amigos lectores, no es una condena perpetua e insoslayable, pese a que los lamentos de sus “sufridoras” parezcan darlo así a entender. Algo tan simple y elemental como dejar de asomar la esbelta osamenta por gimnasios y centros de belleza, y una ligerísima modificación en la dieta, durante, pongamos, un mes, o un mes y medio, acaba con el “problema” de manera tan sencilla como efectiva. Y, una vez liquidado el “problema”, hala, a exhibir el talento por platós y escenarios, sin riesgo de que unas curvas deslumbrantes o unas turgencias exageradas nos impidan apreciarlo en todo su brillo y esplendor.

Pero me temo que las cosas no son tan simples; y que ese talento camuflado o sepultado, probablemente, es más presunto (y pregonado) que real (y demostrado); al menos, a tenor de lo que de él se ha podido vislumbrar todavía. Y si más de ello hubiera , no hay nada que temer: la historia demuestra que no existen atributos, por muy “fermosos” y exhuberantes que fueren, capaces de tapar talento alguno. Reparen, si tienen alguna duda al respecto, en actrices como Sofia Loren o Meryl Streep. ¿Acaso son feas, o la madre natura las privó de méritos físicos más que estimables? Pues no. Y son dos actrices como la copa de un pino.

Quizá no estaría de más, por parte de todas esas actrices (no es Elsa Pataky la única que esgrime este discurso, aunque sí una de las más señaladas) un plus de consciencia de las propias limitaciones (artísticas), sin que ello suponga el cuestionar sus esfuerzos y su afán de superación (cuando lo hay, que no siempre es el caso...), y de gratitud por poder disfrutar de un estatus profesional al que acceden, precisamente, gracias a ese físico del que tanto parecen renegar. Tampoco pienso yo que tengan que pedir disculpas por ser tan hermosas, que no es culpa suya; pero, por favor, que no nos cuenten milongas pretendidamente dignificadoras de su nivel actoral. ¿Qué les parece a ustedes, amigos lectores...?

APUNTE DEL DÍA: este último fin de semana, no hubo cine, pero el anterior, sí. Y tocó una de dibujitos: "Gru: Mi villano favorito". La crítica de La Butaca, aquí, en este enlace.

* Varietés artísticas y culturales XXI.-

viernes, 15 de octubre de 2010

De Nueva York a Roma, sin escalas

- En la languidez de la tarde del día de Año Nuevo, esa tarde cansina y resacosa (aun cuando no hayas probado una gota de alcohol en las setenta y dos horas precedentes), un canal temático por cable dedicado a la música pop, con especial predilección por artistas de las últimas decadas del pasado siglo, me regala un especial dedicado a los grandes éxitos (reflejados en sus correspondientes videoclips) de Blondie.

De forma rápida, barata y nada contaminante, me siento transportado a un tiempo que conocí, el de finales de los 70" y principios de los 80", y un espacio que jamás hollé, el Nueva York frenético y espasmódico de la época (¿y en qué época pudo haber sido Nueva York de otra manera...?), y revivo la veneración por esa diosa rubia que atendía al nombre de Debbie Harry, una suerte de aparición fantasmagórica de fantasías musicales (más o menos calenturientas) de quinceañero con un punto desesperado, y la fascinación por un sonido de guitarras desenfrenadas y ritmos acelerados, tamizados y personalizados por el órgano Farfisa con el que Chris Stein supo personalizar y dotar de una identidad inequívoca a la troupe de la superdiva, que, transcurridos veinticinco años desde su surgimiento, suena con una intensidad y una vigencia que la inmensa mayoría de grupos de pop anglosajón que la prensa especializada intenta vender como la reencarnación agiornada de los Beatles, no llega siquiera a atisbar.

También descubro, para mi pasmo, y a través de su página web oficial, que el grupo sigue vivo y coleando, aunque con una formación bastante retocada: es más, actualmente se encuentra embarcado en una gira por Europa. Una lástima: los experimentos de resurrección de glorias pasadas, si no cuentan con la garantía de la absoluta imposibilidad del retorno del muerto (como sucederá, por ejemplo, y afortunadamente, con el aluvión mozartiano que nos espera al hilo del 200º aniversario de la muerte del genio de genios), suelen deparar escenas en las que prima el patetismo por encima de cualesquiera otros elementos.

o-o-o-o-o-o-o

- Continúa la emisión, en Cuatro, las noches de los martes, y en entregas dobles, de la serie Roma. Un producto televisivo a disfrutar, capaz de aglutinar bajo su manto (más bien, túnica, dado el contexto) un catálogo exhaustivo de las líneas bajo las que se desarrollan las nuevas tendencias televisivas, especialmente en lo que se refiere al rubro de series de ficción.
Series que se acercan, cada vez más, a los cánones cinematográficos: un cuidadísimo diseño de producción, seguidor (de manera evidente) de los cánones marcados por el Gladiator de Ridley Scott (atención especial, en ese aspecto, a la fotografía, cuyos tonos terrosos impregnan la imagen de una calidad rayana en lo mágico); un armazón dramático centrado y consistente, en el cual se ha buscado (y, francamente, creo que encontrado) un punto de equilibrio entre el elemento histórico y el elemento personal, entre lo público y lo privado, que no siempre es fácil de concretar; y un elenco intepretativo de gran nivel: solvencia sin fisuras en el cuadro artístico británico que encarna a unos personajes que reconocemos y asumimos como propios desde los primeros compases de la trama.

Y series que asumen que hoy día es difícil fijar la atención del telespectador si no se añade algún picante morboso: uno de los señuelos de Roma es su generosa profusión de escenas de violencia y sexo, escenas con un grado de explicitud bastante amplio y que, desde luego, hubieran resultado impensables en producciones de este corte (y pretensiones) no muy alejadas en el tiempo pasado. Potencial innovador que no se extiende al dibujo moral de los personajes: el maniqueísmo sigue imperando, y redunda en una caracterización ética poco acorde con un escenario complejo y difuso. Los tiempos cambian, ma non troppo...
En cualquier caso, no dejen de verla, si tienen ocasión...

* Este artículo fue publicado originariamente en El (viejo) glob de Manuel, el 3 de enero de 2006, bajo el título "Varietés artísticas I".-

* APUNTE DEL DÍA: Mi último descubrimiento en la galaxia blogueril: Letraceluloide, un blog dedicado a la conexión cine-literatura. Ahí andamos, destripándolo poquito a poco...

* Antecedentes penales (El viejo glob de Manuel) III.-

miércoles, 6 de octubre de 2010

EL DÍA DE LA BESTIA (ESPAÑA, 1995)

Desconozco si los importantes premios que ha conquistado en el reciente Festival de Venecia suponen para la carrera cinematográfica de Álex de la Iglesia una consagración, un colofón o un espaldarazo; una carrera abierta siempre plantea incógnitas a ese respecto. Pero sí parece estar bastante claro que comportan un reconocimiento a una trayectoria que, a estas alturas, muestra ya una cierta amplitud de arco, un buen puñado de films y una diversidad y nivel de calidad que la hacen merecedora de atención. Esa carrera, en lo que a largos se refiere —tras un par de cortos de gran calado y veneración entre la troupe cinéfila—, se había iniciado, en 1993, con una “marcianada” —pocas veces mejor dicho...— titulada “Acción mutante”, recibida por público y crítica con una mezcla de estupor y alborozo, pero se vio catapultada a otra dimensión con su segundo film, “El día de la bestia”.

“El día de la bestia” se presentaba como una especie de pastiche satánico-quijotesco, una propuesta descacharrante en la que un gamberro Álex de la Iglesia laminaba las fronteras entre géneros y ponía en marcha una historia con cabida para el drama y la denuncia sociales, la comedia costumbrista y el terror demoniaco, un tour de force concentrado en un solo día que transcurre a ritmo de vértigo, sin tiempo para el más mínimo respiro, y que cuenta, como telón de fondo, con una ciudad sobrecogedora, oscura, sucia e inhóspita, el reverso de esa   urbe luminosa que suele predominar en el imaginario colectivo, y desde la que, según reza el veterano slogan, se va en línea directa hasta el cielo; en este caso, no, más bien de Madrid al infierno —si es que este mismo no está situado en los territorios del oso y el madroño...—.

Con esas premisas, el joven director venía a contarnos en su película el estrambótico empeño de Ángel Berriartúa, un catedrático de teología convencido de la llegada del anticristo a Madrid el 24 de diciembre de 1994, y determinado a acabar con él. Quijotesca empresa, imposible de abordar sin la necesaria cooperación de un fiel escudero, un colega encontrado circunstacialmente y que se convierte en el Sancho Panza ideal (y no sólo por su apariencia física, tan cercana a la del célebre personaje cervantino) para guiar al despistado sacerdote por los veriecuetos de una ciudad en la que el mal aparece detrás de cada esquina, pero casi siempre difuso en su encarnación (al menos, hasta el final). De esa forma, ambos trazarán un recorrido enloquecido, preñado de episodios a cual más estrafalario y absurdo, y en el que juegan un papel de peso elementos tan dispares como las drogas, los cálculos esotéricos, la telebasura y los conjuros luciferinos, en una suerte de batiburrillo que, pese a todo, se plasma coherentemente en la narración fílmica, y, además, resulta furiosamente entretenido. ¿Hay quien dé más...?

En todo caso, atribuir el exclusivo mérito de las bondades de “El día de la bestia” a su firmante como director, sería una injusticia manifiesta con su dupla protagonista, esa “extraña pareja” que conformaron Álex Ángulo y Santiago Segura. El primero ya había trabajado con De la Iglesia en sus proyectos anteriores, y ofrece en éste una excelente muestra de sus capacidades, trasladando a su personaje ese hálito de perplejidad que despierta entre todos aquellos con quienes se cruza, incapaces de asimilar cómo ese curita de aspecto apocado, tímido y bondadoso puede moverse con tal grado de determinación supuestamente maligna. Pero el que se erigió como auténtica revelación y se proyectó hacia cotas de estrellato a partir de este trabajo, fue su partenaire, Santiago Segura. Ese Josemari, satánico y de Carabanchel, al que mueve una mezcla de pulsión psicotrópica y compasión infantil en su ánimo de convertirse en guardián protector de su frágil y vulnerable compañero de andanzas, ofreció el perfil más histriónico y desaforado de un Segura que, aun con sus limitaciones, se convirtió a partir de aquí en una estrella mediática destinada a proyectarse en otros ámbitos de actividad.
  
Que “El día de la bestia” (además de ser una de mis películas predilectas, como habrán podido advertir a lo largo de los párrafos previos...), terminara constituyendo, además de todo lo ya apuntado, uno de los films con mejor funcionamiento comercial de la historia reciente del cine español, no hace más que confirmar algunas tesis —que algunos, o muchos, sustentamos (no siempre con fortuna)—:  que, con talento y valentía, calidad y éxito no son elementos incompatibles por definición; que se pueden transmitir mensajes de calado y compromiso (las andanadas contra los movimientos racistas y xenófobos, o la denuncia de la —por entonces incipiente— proliferación de la basura televisiva, son muy, muy explícitas) a través de vehículos narrativamente ligeros;  y que el cine español, ni ahora ni antes (y cabe esperar que tampoco en el futuro), es mejor ni peor que otros cines. Les puedo asegurar, amigos lectores, que ni el mismísimo Satanás podría convencerme de lo contrario.

* APUNTE DEL DÍA; mi crítica de estreno semanal en La Butaca, destinada esta semana a "Buried (Enterrado)". Poco recomendable para claustrofóbicos convictos y confesos...

viernes, 1 de octubre de 2010

El Ajax de Cruyff

Hace unos días, veía el partido de vuelta, correspondiente a la última ronda previa de la Liga de Campeones, disputado entre el Ajax de Amsterdam y el Dynamo de Kiev. Dos antiguos “grandes” —con un historial de éxitos amplísimo— bastante venidos a menos. Me fijé especialmente en el Ajax de Amsterdam: un equipo aseadito, de nivel medio, aunque con un hombre, el uruguayo Suárez, capaz de desbaratar un partido en un par de arreones —que es, a falta de más “combustible”, de lo que el equipo holandés suele vivir últimamente—. Pero no es de este Ajax del que quería hablarles hoy, amigos lectores. Al conjuro de esa mágica camiseta rojiblanca (¿de qué otro color podría ser...?), siempre es inevitable pensar en el gran Ajax de los setenta; o para ser más exactos, de la primera mitad de esa década.

Un Ajax de Amsterdam —al que, por cierto, veíamos en blanco y negro; el color de su equipación había que averiguarlo vía “As Color”...— que contaba con una pléyade de jugadores (Krol, Haan, Mühren, Rep, Keizer, Neeskens...) increíble. Cualquiera de ellos tenía calidad más que suficiente para haber sido piedra angular sobre la que edificar un buen equipo, serio y competitivo. Pero en el Ajax, al fin y la postre, no pasaban de ser los ilustrísimos “escuderos” de uno los más grandes “caballeros” que la “Orden del balón redondo” haya alumbrado jamás: Johann Cruyff.

Como sus dos grandes predecesores (Di Stéfano y Pelé) y sus dos ilustres sucesores (Maradona y Messi), Cruyff aglutinaba los dos dones más preciados que un furgolista pueda atesorar: juego y gol. Cruyff no era el más alto, ni el más fuerte, ni el más rápido; pero su sentido estratégico del juego, unido a un toque exquisito y a una habilidad inmensa con el balón, lo hicieron grande entre los grandes. Si a ello se le une la facilidad con que “hacía barraca” —por lo demás, casi nunca con goles “patateros”, algo que hubiera chirriado con la plástica furgolera que solía desplegar—, no es de extrañar que este maestro sinfónico llevara a su Ajax a conquistar tres Copas de Europa consecutivas (1971, 1972 y 1973), asombrando a todo el mundo con un juego que, hasta entonces, parecía reservado sólo a los “fantasistas” brasileiros y demostrando que también desde el frío norte europeo se podía hacer arte con el balón.

El sueño acabó con el traspaso de Johann Cruyff al F.C. Barcelona en el verano de 1973. Tras muchos años de cierre, el furgol español volvía a abrir sus fronteras, permitiendo la contratación de dos jugadores extranjeros por club. Y el Barça —martirizado por una sequía tan pertinaz como las que pregonaba ese que todos sabemos, y durante la cual su acérrimo enemigo blanco se dedicó a acumular, de manera inclemente, cuánto título cabía en vitrina— lo tuvo muy claro. Se ficha al mejor, cueste lo que cueste. Y vaya si costó: ciento veinte millones de pesetas de las de la época; unos 720.000 euros, que hoy suenan a ridiculez, pero que constituyeron, hasta el fichaje de Zidane por el Real Madrid casi treinta años después, el récord absoluto en ese terreno. Eso sí, plenamente rentabilizados: el Barcelona, tras un comienzo dubitativo, arrasó en la Liga 1973-74, y Cruyff nos deslumbró a todos con su juego de ensueño.

De todos modos, la historia de ese Ajax triunfal aún tuvo un colofón casi esplendoroso (eso sí, a través de equipo interpuesto). Tras su magnífica temporada con el Barcelona, Cruyff volvió a su país para capitanear a la selección holandesa que se aprestaba a disputar el Mundial que ese año se iba a celebrar en la República Federal de Alemania (el muro aún tardaría en caer...). Y esa selección demostró ser un digno y rendido tributo a ese Ajax, del que, de hecho, venía a constituir una especie de “trasunto reforzado”, dado que su columna vertebral estaba constituida por las grandes estrellas del equipo de Amsterdam, complementadas con otra buena plétora de excelentes jugadores del Feyenoord. Y, como guinda del pastel, don Johann. Nacía una leyenda. Nacía “La naranja mecánica”.

Lo de la selección holandesa en el mundial alemán fue de auténtica traca. La apoteosis del furgol colectivo que el Ajax había abanderado, y mostrado por los campos europeos, durante los años precedentes, se convirtió en un aluvión de juego que cristalizó durante ese Mundial, dando lugar a un recital de exhibiciones en las que, como en el circo y su “más difícil todavía”, la de cada partido parecía dejar en pañales a la del partido anterior. Así fue Holanda sumando victorias incontestables hasta alcanzar la final, en la que una más pragmática y correosa Alemania (además de, todo hay que decirlo, con un equipo extraordinario) le hizo morder el polvo, y le birló un título que, en justicia (algo que en el furgol se puede encontrar en igual proporción que en la vida misma; o sea, muy poquita...), le hubiera correspondido, y hubiera puesto el merecido broche de oro a un capítulo de la historia de este invento memorable.

Holanda volvió a jugar la final del Mundial, cuatro años después, y sin Cruyff, pero ya no fue lo mismo —de ese mal sueño, ese hatajo de quebrantahuesos, que disputó hace un par de meses la final con España, mejor olvidarse, y pronto; qué espanto, qué forma de mancillar una camiseta...—. Y el Ajax de Amsterdam, tras unos años de “travesía del desierto”, también volvió a tener un momento brillante a primeros de los años noventa del pasado siglo, en los que volvió a conquistar el máximo título europeo, pero tampoco fue ya lo mismo. Y es que, en la retina de ese niño que aún no tenía diez años, y que ahora, con bastantes años más, les escribe estas torpes líneas, lo que permanece es el imborrable recuerdo (aunque fuera en blanco y negro) de una máquina armoniosa de hacer el furgol más bello que jamás haya podido ver (y al que sólo el Barcelona, por motivos obvios, se ha llegado a acercar en los últimos años). A su frente, un paladín espigado de melena lacia y movimientos de ballet al que no podría darle otra cosa que no fuera un rendido agradecimiento. En mi nombre, y en el de todos los que aman este deporte, don Johann, muchísimas gracias.



APUNTE DEL DÍA; mala semana para la escritura. Poco, poco, poco. Ay, el tiempo...

* Pasión furgolera XIV.-

martes, 28 de septiembre de 2010

Hazlas tú, que yo las veo


A diferencia de lo que es sagrada pauta en esta mi cibercasa, donde todos los comentarios (excepto los anónimos y los meramente propagandísticos -que, además, son borrados-) son siempre respondidos (tarde y mal, eso sí), no tengo la costumbre de hacer lo mismo con los comentarios que llegan a los artículos que publico en los blogs de La Butaca; es más, en muchas ocasiones, y en contra de lo que comúnmente se suele aconsejar al respecto, ni siquiera tengo la curiosidad de leerlos. Pero, en estos últimos día, me dio la “ventolera” de hacerlo, y, creanme, amigos lectores, la experiencia no tiene nada que ver con la que se vive por aquí. Hay comentarios amables y respetuosos, en los que el lector comentarista expresa, con más o menos detalle, su acuerdo o discrepancia con las tesis del autor de la reseña; pero son franca minoría. Abunda más “lo otro”.

¿Y qué es “lo otro”? Pues sí, efectivamente, “lo otro” es aquello que yo pensaba confinado a las secciones de comentarios de las versiones digitales de los medios, y que es esa algarabía agria y cargada de mala baba, que perpreta gente que no parece tener ocupación que más gustito le dé, que la de escupir su bilis y su “mala follá” contra todo lo que se menea (eso sí, convenientemente parapetados, en la mayoría de los casos, tras el anonimato o, a lo sumo, en algún alias despistante...). Como soy de natural optimista, procuro ver el lado positivo de la cuestión: cabe presumir que si esa gente descarga en tan inocua actividad todo su potencial “maligno”, nada les ha de quedar para despachar en su vida ordinaria. Mejor para todos...

Entre las últimas lindezas que en ese maremagnum de dislates he podido “pescar”, había una en la que se nos acusaba a todos los críticos de La Butaca (así, a saco, en plan fusilamiento colectivo; supongo que con la sana intención de ahorrar munición, que aprieta la crisis...) de ser un hatajo de frustrados que, incapaces de hacer esas películas a las que dedicamos nuestras torpes letras, nos dedicamos a destriparlas con envidia y resentimiento. Más allá del tópico (que, parece ser, compartimos con los árbitros de “furgol”...), y de aquello de la viga en el ojo propio y la paja en el ajeno (que desconozco si es ése, o no, el caso...), el comentario me incitó a pensar. Algo es algo...

¿Que ha habido cineastas frustrados que se han dedicado a la crítica? Supongo que sí, cómo negarlo; tema diferente es que los afectados vayan a reconocerlo, no es fácil —de ser ese mi caso, les puedo asegurar que a mí me costaría...—. Por lo demás, directores hay (Daniel Monzón, por ejemplo) y ha habido (Truffautt, entre lo más celebrados) que ejercieron la crítica cinematográfica antes de ponerse detrás de las cámaras; al fin y a la postre, estamos ante dos actividades (la crítica y la dirección) que, aun siendo sustancialmente tan diferentes, trabajan con el mismo material, las pelis. Pero les puedo asegurar que no todo el que escribe sobre cine tiene la intención o la aspiración de hacer películas; y no les hablo por referencias ajenas, es mi propio caso.

No tengo ni el conocimiento, ni el talento, ni el ímpetu que se requieren para hacer una pelicula. La primera de las carencias es solucionable a través de algo tan elemental como la formación; pero las dos siguientes ya son harina de otra costal. Y sin esos dos elementos, ímpetu y talento, es difícil que se puede hacer una película no ya buena, sino mínimamente potable. Además, y esto es lo más importante, no me apetece hacerla. No quiero hacerla. ¿Conclusión? Blanco y en botella. Aun cuando, como bien apunta el refrán, jamás se debe decir “de este agua, no beberé” (que nunca se sabe...), no me veo yo haciendo una película. Además, ¿quién dijo que por gustarte el vino tengas que querer ser el dueño de una bodega? Pues eso...

* APUNTE DEL DÍA: este fin de semana, y ya que no pudieron ser ni "Carancho" ni "Elisa K.", que eran las opciones de cartelera que más me llamaban la atención, tocó "Astro Boy". Y no me arrepiento; un entretenimiento linfantil y ligero. La crítica para La Butaca, en este enlace.

* Metablog XXXIII.-


miércoles, 22 de septiembre de 2010

Carancho (Argentina, Francia y Chile; 2010)

La “cosecha donostiarra” empieza a dar sus primeros frutos, y cuando aún no se han cerrado sus diferentes secciones, ya hay películas proyectadas en las mismas que empiezan a llegar a las pantallas comerciales. Es el caso de “Carancho”, último film del director argentino Pablo Trapero, que, como miembro del jurado de la Sección Oficial, no ha podido presentar (por obvios motivos) su film en dicho apartado, pero sí en la no menos prestigiosa e interesante Zabaltegi-Perlas de otros festivales. Y que, además, se trata de una cinta que, habiéndose estrenado en su país de origen hace ya algunos meses, viene acompañada de referencias críticas más que estimables. Si a todo ello le sumamos la presencia, al frente de su reparto, de un hombre que se ha ganado, a lo largo de los últimos años, un prestigio y una popularidad más que estimables en nuestro país, como es Ricardo Darín, ya deberíamos tener ingredientes más que sobrados para augurar una buena marcha a este film argentino. Pero (y es que siempre hay un pero —e incluso más de uno...—) no todo son perspectivas bondadosas en la carrera comercial que ahora emprende esta película.

La trayectoria de Pablo Trapero nos muestra que su cine, centrado más en la denuncia social y en la inducción a la reflexión sobre temas de calado colectivo que en las historias de corte dramático más convencional, siempre ha tenido una excelente acogida en festivales y entre la crítica, pero tales “bondades receptivas” no han venido acompañadas de resultados de taquilla en consonancia. No es el primero, ni es el único: casos como el suyo también son constatables en nombres como Ken Loach, Aki Kaurismäki o Emir Kusturica (por nombrar a otros cineastas bastante significativos). En el caso de “Carancho”, su componente argumental (un cruce entre el drama romántico que se plantea con la relación entre sus protagonistas, y la denuncia de un fenómeno que, al parecer, está bastante extendido en Argentina —el de las corruptelas que se tejen alrededor del aseguramiento de accidentes—) no apunta, al menos en principio, a un público de corte muy minoritario; pero está claro, eso sí, que no es la última de Judd Apatow... ¿Resultados? A comprobar. Ojalá el carancho (que, al fin y al cabo, y aun siendo un ave carroñera, es bastante más hermoso que el buitre —Trapero dixit—) alcance un vuelo alto.

* APUNTE DEL DÍA: volvemos de nuevo con la panorámica de los estrenos para la próxima semana; el enlace, aquí.

* Apuntes sobre el cine que viene L.-

martes, 21 de septiembre de 2010

TODO LO QUE TÚ QUIERAS (ESPAÑA, 2010)


Cuando, en el año 2000, Achero Mañas presentaba en el Festival de Cine de Donostia su primer largo, “El Bola”, el cine español pudo esbozar una sonrisa de satisfacción y congratularse por el surgimiento de un cineasta con una mirada propia y poderosa, capaz de aunar en su opera prima lo personal (una historia de un dramatismo inusitado, cuyo material argumental era nitroglicerina en estado puro) y lo social (la cinta constituía una denuncia en toda regla de un fenómeno, como el de los malos tratos a la infancia, raramente tratados en la pantalla grande). Los méritos (extraordinarios) de la película le valieron el reconocimiento de público y crítica, además de un aluvión de premios de diversa índole, que convirtieron a Mañas en el “chico de oro”, el hombre a seguir.

No resultaba extraño, desde esa perspectiva, que la expectación ante su siguiente película fuera muy elevada. Y “Noviembre”, el siguiente título de Mañas, se vio aquejado del “síndrome del despeñamiento de la segunda”, consistente en que, tras una opera prima deslumbrante, el listón se sitúa tan alto que es tremendamente difícil superarlo: “Noviembre” era un proyecto arriesgado, en lo formal y en lo temático, y aunque, en mi humilde opinión, no resultó en absoluto un fiasco, sí que careció de la acogida de su predecesora. Y, a partir de ahí, el silencio: denso y prolongado.

Nada menos que siete años son los que Achero Mañas ha tardado en dar a luz su siguiente proyecto cinematográfico como director. Era lógico, pues, que hubiera bastante expectación ante lo que pudiera ofrecer un film como “Todo lo que tú quieras”, precedido, por lo demás, de informaciones acerca de su enfoque dramático indudablemente “apetitosas”, en la medida en que retomaba esa combinación de elementos personales y sociales con los que “El Bola” había cuajado en un film magnífico. Pero, ay, nuestro gozo en un pozo; el último film del director madrileño, más allá de algún destello puntual (por lo demás, altamente frustrante, en tanto en cuanto nos muestra lo que pudo haber sido y no fue), queda lejos, muy lejos, del nivel de sus precedentes.

Y no es un problema de falta de valentía el que aqueja a la nueva cinta de Mañas, no, nada más lejos de ello; la historia que aborda “Todo lo que tú quieras” plantea un amplio abanico de conflictos morales, personales y sociales (desde la asunción de la pérdida de un ser querido por parte de los protagonistas -es la muerte de la esposa y madre de ambos la que da pie al arranque argumental del film- hasta la conciliación de vida laboral y familiar, pasando por la desorientación en materia de educación infantil o la falta de superación de clichés en el tratamiento de las rupturas matrimoniales), todos ellos interesantes, de plena vigencia y perfectamente válidos para dotar de consistencia dramática a una trama fílmica.  Pero siempre que se haga, claro está, con un guión bien construido; y es ahí, en el guión, donde la película se “descose” irremediablemente, y pierde la posibilidad de enganchar al espectador e introducirlo en sus redes.

Son demasiadas las líneas abiertas, demasiados los meandros por los que la historia se introduce, sin que ninguno de ellos quede convenientemente abrochado; todo, a la postre, se diluye en una serie de líneas argumentales no cerradas, con la consiguiente insatisfacción. Y, finalmente, “Todo lo que tú quieras”, pasado un arranque acertado, incluso brillante, se dispara en múltiples direcciones sin llegar a concretarse en ninguna y termina generando una sensación de frustración demasiado fuerte, demasiado evidente. Una pena, porque, más allá de ese arranque, hay un acertado trabajo de ambientación, unos diálogos, en general, bien construidos, y unos trabajos interpretativos a cargo tanto de Juan Diego Botto como de la niña Lucía Fernández realmente notables, mesurados y bien dirigidos, en un ejercicio de contención que se adapta de manera excelente al tono de la pelicula. Pero falla lo esencial; falla la historia.

El cine español no anda sobrado de directores valientes y talentosos, y tengo a Achero Mañas por director dotado de ambas cualidades, valentía y talento. Reza el viejo tópico que hasta el mejor escribano echa un borrón, y por tal deberíamos tener lo sucedido con este su último film. Pero no podemos olvidar que, como toda industria, la del cine no se caracteriza, precisamente, por su piedad, y los créditos ilimitados no existen ni siquiera para las “primadonnas”: ojalá no sea esa impiedad la que ponga fin a una prometedora carrera, y tengamos oportunidad de comprobar pronto que esto fue sólo un inesperado tropezón. El autor, creo, la merece... 
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