martes, 15 de diciembre de 2009

EL SEXTO SENTIDO (THE SIXTH SENSE; U.S.A., 1999)

Aunque no tendría, en principio, que ser necesariamente así, lo cierto y constatado es que aunar calidad y comercialidad en materia cinematográfica no parece empeño fácil; así, al menos, lo pone de manifiesto lo difícil que resulta encontrar películas que conciten la veneración cinéfila con el favor del público. Ése, el de su infrecuencia, debe ser el motivo por el cual, cuando surge un “ejemplar” de tales características, las albricias y celebraciones se expanden y generalizan. Algo así sucedió, hace diez años, cuando el director indio M. Night Shyamalan conseguía, con su primera película reseñable (de las dos anteriores poco cabe decir, dada su irrelevancia) -”El sexto sentido”-, que la crítica se rindiera a sus pies, aclamándolo como el nuevo rey del suspense aderezado con hechuras de calidad, destinado a edificar, sobre esa primera obra, un corpus a la altura del de los más grandes; y, a la par, que el público llenara las salas, expectante ante la que se anunciaba como “la” película del golpe de efecto incontestable (pocas veces como en esta ocasión, se convirtió en algo tan odioso el desvelar la almendra de la trama de una película), convertida, por obra y gracia de tales aclamaciones, en una de las más taquilleras de la historia.

El extraordinario éxito de “El sexto sentido” no fue, desde luego, ni casual ni injustificado. El film -cuyos detalles argumentales, cabe suponer, se pueden obviar a estas alturas, no con ánimo de no chafarle a nadie la sorpresa, sino, más bien al contrario, dando por hecho que son sobradamente conocidos por toda persona medianamente aficionada al cine- ofrecía una historia de suspense de tintes mistéricos, cuyo principal atractivo radicaba en la relación que se iba estableciendo (cada vez más estrecha y profunda) entre sus dos protagonistas, un psiquiatra infantil un tanto desorientado (Bruce Willis, tan comedido como talentoso, ofreciendo el mejor de sus perfiles, el de actor que no necesita explotar su vena histriónica para dotar a sus personajes de gancho) y un niño con evidentes trastornos mentales y de comportamiento (al que daba vida el sorprendente Haley Joel Osment, un descubrimiento de dimensiones espectaculares, y un inusual ejemplo de madurez interpretativa, atendiendo a su edad en el momento del rodaje -9 años-), a lo largo de un proceso en el que los apuntes paranormales iban cobrando cada vez mayor relieve, sometido, por lo demás, a una progresión narrativa de crescendo tan medido como implacable, hasta explotar en una resolución que aún, a día de hoy, sigue constituyendo un hito que ha influido en infinidad de films posteriores, tal era su grado de brillantez y contundencia.

La carrera posterior de Shyamalan -de la que cabe afirmar que, como poco, está resultando, a nivel de valoración crítica, tremendamente controvertida- ha seguido incidiendo en muchas de las constantes que ya apuntaba en “El sexto sentido”: una querencia exacerbada, en el terreno temático, por la exploración de territorios cercanos a lo sobrenatural y/o religioso; un excelente manejo del tempo narrativo, en el que la dosificación de la información y la progresión de los elementos de suspense crean atmósferas altamente inquietantes (y subyugantes); y un cuidado de los aspectos formales (fotografía, sonido...) muy alto, aunque siempre desde la premisa de que los mismos han de estar claramente subordinados a las exigencias que marca la historia. Bajo tales constantes ha firmado sus cinco films posteriores, con resultados francamente desiguales, pero sin que, en ningún caso, haya llegado a alcanzar los niveles (especialmente, en lo que al favor del público se refiere) de esta su primera entrega. Algo lógico, si se tiene en cuenta la altura a la que estaba situado el listón. Pero dado que, al igual que el toque del balón del futbolista, cabe suponer que el talento del cineasta nunca llega a perderse (a lo sumo, a despistarse transitoria y temporalmente...), es de esperar quer Shyamalan nos vuelva a sorprender cualquier día con una película grande. Tiempo al tiempo...

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