viernes, 27 de noviembre de 2009

Doce hombres sin piedad (12 angry men; U.S.A., 1957) (Grageas de cine LXVII)


Aunque no fuera así en sus principios (no se puede olvidar que buena parte de los primeros films exhibidos comercialmente en salas, allá por la primera década del pasado siglo, se trataba de filmaciones, en plano fijo, de representaciones teatrales), el cine no tardó en desarrollar un lenguaje específico, desvinculado plenamente, por supuesto, del teatral. Algo lógico si tenemos en cuenta que, más allá de sus puntos de conexión (sobre todo, en materia de contenidos, tanto reales como posibles), las diferencias entre los dos ámbitos de creación y comunicación son más que ostensibles; pero que no ha significado, por otro lado —y como también resulta plenamente comprensible—, que el cine haya perdido todo vínculo con el teatro. Bien al contrario, son numerosas y frecuentes las traslaciones de obras teatrales a la gran pantalla, en un proceso que, más allá de la mayor o menor fidelidad a la estructura dramática y temática originaria, siempre cuenta con la ventaja, a priori, de que el cineasta trabaja con un material que, desde el punto de vista narrativo, ya ha sido contrastado, aunque no por ello el éxito de la pieza cinematográfica está garantizado. Al fin y al cabo, el cine siempre debe ofrecer (se supone) algo más; o, quizá para ser más precisos, algo diferente.

¿Cumple con tal premisa una película como “Doce hombres sin piedad”? No es fácil responder a la cuestión, dado que si hay un film cuya estructura formal, muy condicionada por un desarrollo dramático que se produce íntegramente en un espacio cerrado y bastante limitado, resulta claramente deudora de las formas del teatro, ése es el drama judicial de Reginald Rose que, allá por el año 1957, trasladó Sidney Lumet (que, por cierto, aún sigue dando guerra, cual incombusible exponente de un cine clásico aún empeñado en la supervivencia, pese a lo difícil de la intentona) a la gran pantalla. Claro que no cometió solo tal “fechoría”, sino que se rodeó de un cuadro de “compinches” digno de la mayor de las solvencias: un conjunto de doce intérpretes que, comandados por un Henry Fonda en estado de gracia, supo dotar al texto y a la trama de toda la tensión necesaria para trascender las limitaciones antes apuntadas y terminar esbozando un auténtico “manual en imágenes” acerca de los entresijos más elementales (y, a la vez, más complicados) de la condición humana. Una lección, en suma, de que hacer cine, además de poner imágenes en movimiento, es trasladar emociones al espectador. Cuántas veces se olvida...

lunes, 9 de noviembre de 2009

EL ESPÍA QUE SURGIÓ DEL FRÍO (THE SPY WHO CAME IN FROM THE COLD; GRAN BRETAÑA, 1965)

SINOPSIS ARGUMENTAL.-

Alec Leamas es un agente del servicio secreto británico destinado en Berlín –zona americana-, desde donde controla a los agentes infiltrados en la zona soviética. Allí asiste a la eliminación de Peters, un agente doble, bajo las balas de la policía germano-oriental, y, tras ese episodio, retorna a su país para un periodo de descanso. Durante este lapso, se hará pasar por un desempleado, que se ocupará temporalmente en una pequeña biblioteca, donde conoce a Nan, una chica afiliada al Partido Comunista que se enamora de él perdidamente y con la que emprende una relación sentimental. Pero el descanso de Leamas durará poco, y bien pronto tendrá que embarcarse en una nueva operación, en la cual, supuestamente, y haciéndose pasar por un traidor a su país, habrá de procurar la eliminación de uno de los máximos responsables de los servicios de espionaje alemanes del Este. La jugada resulta bastante más complicada de lo que parecía en un principio, y Leamas se irá viendo envuelto en diversas vicisitudes que darán a la operación un giro completamente inesperado...

RESEÑA CRÍTICA.-

Cabría suponer que la transposición a la gran pantalla de una novela de género tan cinematográficamente agradecido como el de espías, no debería ser tarea de especial dificultad: por un lado, a las alturas históricas en que esta película fue realizada, los precedentes eran más que abundantes, y las claves del género estaban más que consolidadas; y, por otro, el contar con un material argumental de consistencia más que acreditada (no en vano, estamos ante uno de los grandes clásicos de la narrativa “negra”), garantizaba un punto de arranque para el guión altamente prometedor.

Pero, al igual que sucede con la trama de este
Espía que surgió del frío, las cosas no siempre son tan sencillas como parecen, y es preciso eludir ciertas trampas, esquivar ciertas dificultades, para que el empeño llegue a buen puerto: básicamente, se trata de desarrollar el hilo argumental con claridad suficiente –no hay que enrevesar lo ya enrevesado, sino, mas bien al contrario, clarificar al máximo los puntos más oscuros-, y de elegir la encarnadura actoral más adecuada para dar vida a personajes sobre los cuales el imaginario colectivo lector –el juez más riguroso de este pleito...- ya tiene un prejuicio profundamente arraigado.

Tanto en un aspecto como en otro, el equipo de producción de este film realiza una tarea de absoluta solvencia, y salva con total elegancia ambos escollos sin despeinarse lo más mínimo, consiguiendo un resultado final, si no excepcional, sí bastante notable: nos encontramos ante una película seria y sólida, cuya trama nos engancha de un modo natural e imperceptible y que desarrolla su historia sin sobresaltos ni alharacas, de manera tremendamente efectiva.

El director, Martin Ritt, un hombre que había sido perseguido por las hordas mccarthystas, y cuyos orígenes se sitúan en el mundo de la televisión, desarrolla un trabajo sobrio, sin la más míníma concesión al deslumbramiento visual –planificación totalmente estandarizada, en un blanco y negro muy bien conseguido, que traslada muy gráficamente el clima de frialdad y sordidez en que se desarrolla la historia-, conforme a su línea de trabajo habitual: despliega con eficacia un guión muy bien trabajado por Paul Dehn –autor británico con alguna experiencia en el género del suspense, y que posteriormente desarrollaría la práctica totalidad de los guiones de las secuelas de la saga simiesca, iniciada con
El planeta de los simios-, que no se despega en lo más mínimo de su referente literario, y desarrolla en una narración perfectamente lineal toda la trama contenida en el mismo, marcando con precisión un ritmo que ayuda a seguir sin mayores dificultades los constantes retruécanos argumentales a que la historia se ve sometida. El primer escollo quedaba, pues, perfectamente salvado.

Para el segundo, Ritt tuvo la inmensa fortuna de contar con un hombre que, en aquel momento –muy poco antes de que iniciara su desbocada huida hacia el precipicio de alcohol y desequilibrios emocionales permanentes en que su vida se habría de convertir-, se hallaba en auténtico estado de gracia interpretativo: Richard Burton. Su trabajo como Alec Leamas, ese espía frío e hiératico, tan eficaz y entregado a su trabajo, como torpe e inexpresivo a la hora de afrontar sus relaciones personales –paradójicamente, con serios problemas también con el alcohol: ¿una relación premonitoria...?-, es de un nivel excelente, y le valió, con toda justicia, una nominación al Oscar como mejor actor principal (aunque el gato al agua se lo terminara llevando Lee Marvin, por su trabajo en el western cómico
Cat Ballou). Particularmente destacable es el punto de distanciamiento y frialdad que Burton sabe establecer con sus miradas, una herramienta interpretativa que el británico utiliza de manera absolutamente magistral, convirtiéndose en su principal arma expresiva. En cualquier caso, también cabe reseñar que estuvo perfectamente secundado por el resto de intérpretes, entre los que habría que destacar a los dos alemanes confrontados (Peter Van Eyck, como Mundt, y Oskar Werner, como Fiedler) y a su partenaire femenina, Claire Bloom, cuya candidez pone el contrapunto tierno y amable a ese mundo plagado de violencia soterrada y sordidez extrema en que se mueven todos los personajes vinculados a los servicios de espionaje.

No nos encontramos ante una película brillante, es cierto; pero El espía que surgió del frío constituye un ejemplo más que digno de buena película de género, con valores más que apreciables y que garantiza un buen ratito de cine, para todo amante de las historias de suspense, sin el más mínimo margen para el aburrimiento. Avales más que suficientes para calificarla positivamente, y recomendarla sin ningún género de dudas a los fieles seguidores del género.

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