jueves, 22 de octubre de 2009

Periodistas (Mi Buenos Aires querido XIV)


Me resulta curioso -teniendo en cuenta que yo no lo soy, y que la mayor parte de los temas a los que dedico mis reseñas poco o nada tienen que ver con esa profesión- que buena parte de los autores de los blogs que sigo habitualmente, y de mis contactos de redes sociales, sean periodistas. Pero eso, como buena parte de las circunstancias de la vida de cada cual, no es algo inexplicable ni casual; es más, el niño que algún día fui, debe sentirse, en alguna medida, reconfortado con la situación, y hasta es probable que, de vez en cuando, esboce una sonrisilla sardónica ante la constatación de que, al fin y a la postre y de alguna manera, su voluntad terminó marcando la mía.

Porque este humilde escribiente, cuando era pequeño, ante la típica y tópica pregunta de qué quería ser de mayor, siempre respondía, contundente e inequívocamente, que, de mayor, sería periodista. Y no era una respuesta que emanara de una idea difusa o poco consciente de mi real voluntad, o que hubiera llegado a convertirse, con el paso del tiempo y su repetición, en una especie de mantra mecanizado y rutinario. No, no, nada de eso. Era la respuesta consecuente con mi firme determinación de dedicarme a una profesión que para mí simbolizaba la suma de lo más sublime a que el ser humano podía dedicarse profesionalmente: observar lo que pasaba en el mundo y transmitírselo a sus semejantes con rigor, objetividad y amenidad. ¿Qué podían suponer, al lado de eso, las memeces y naderías a que se dedicaban médicos, albañiles, ingenieros, electricistas, abogados o maestros...?

Como suele pasar en la mayoría de estas historias, el paso de los años y los avatares de la vida terminaron dando al traste con tan férrea determinación (ergo, tan férrea no sería, que me podrá objetar el lector malicioso....), y uno, al final, terminó estudiando algo distinto y dedicándose profesionalmente a algo diferente. Ya sé, ya sé: ni fui el primero, ni seré el último, y, además, qué quieren que les diga, francamente, no me puedo quejar, la vida no me trató mal en lo que a su faceta laboral se refiere, y, a ese respecto, mentiría si dijera que tengo alguna espina clavada, o una secreta frustración de esas que te hacen enfrascarte en dimes y diretes todas las noches con tu amiga almohada (sobre lo que pudo ser y no fue, o vainas similares...).

Pero está claro que esa fascinación infantil por el periodismo tuvo que dejar algún rescoldo que es el que intento ahora apagar, supongo, acercándome, en cierto modo, a ese mundo, a través del contacto con sus esforzados “facedores”; gente a la que, desde la desmitificación que impone el devenir del tiempo y el conocimiento de las miserias y debilidades humanas -que, por supuesto, también les atañen y alcanzan-, no dejo de admirar, en la medida en que aún puedo apreciar en una buena parte de ellos, ese mismo impulso, esa idéntica ilusión, que tanto magnetismo despertó en un niño cuyos referentes cercanos (familiares, sociales, etc.) eran totalmente ajenos a la profesión periodística.

Tema distinto es el de la opinión que me pueden merecer los grandes gurús, que, normalmente, y como corresponde a su condición, se instalan en un territorio desde el que marcan el status quo dominante, y en el que aspectos como imparcialidad o objetividad no son más que un mero señuelo, cuya inexistencia se desvela tan pronto como se rasca mínimamente su superficie; pero, claro está, en las alturas del “olimpo mediático”, las exigencias son otras, y las consideraciones en base a las que se trabaja, también. Ya saben, poderoso caballero, y disquisiciones de tal jaez. Pero no son esos los periodistas de los que hablo y a los que admiro.

Me encanta escribir, y escribo: posiblemente, y en gran parte, movido por el influjo de tantos y tantos periodistas a los que, desde edades muy tempranas, fui y he ido siguiendo. Pero no soy un periodista, y no creo que vaya a llegar a serlo nunca. No me importa. Lo que me importa, y lo que me gustaría, es que aquellos que, ilusionada y esforzadamente, intentan hacerse un hueco en la profesión a base de derrochar profesionalidad, honestidad y trabajo, lo consigan, y se asienten en un mundo en el que valores que escasean horrorosamente son la seguridad o la estabilidad. No es fácil, pero el empeño merece la pena. Otros lo leeremos, y lo contaremos. Y aquel niño que un día quiso ser periodista y jamás llegó a serlo volverá a esbozar una sonrisa, de satisfacción, respeto y admiración. Mucho ánimo, amigos, y adelante.

La fotografía que ilustra el artículo es obra de Carlos Olivares, y se publica conforme a los términos de su licencia Creative Commons. 

miércoles, 7 de octubre de 2009

Jara (Gigante; Uruguay-Alemania, 2009) (Los buenos buenosos VII)


Jara, Jarita, es un gigante. Sí, efectivamente, un tipo grandullón, con una presencia física imponente, condición que le hace especialmente apto para su desempeño profesional. Jara, Jarita, es vigilante jurado en turno de noche permanente en la sala de control de monitores de un hipermercado; un cubículo de reducidas dimensiones, en el que mata las horas (inacabables), intentando no sucumbir al sueño a base de palabras cruzadas, juegos permanentes de cámara y generosas raciones de esa música “jevi” que acompasa y puntea su vida, desde que se levanta hasta que se acuesta.

Jara, Jarita no se complica la existencia: vive solo, no tiene amigos ni (apenas) familia. Trabaja, duerme, ve la televisión y, los fines de semana, complementa sus emolumentos ejerciendo de matón de discoteca en un tugurio bastante siniestro. Es un tipo simple, y es un tipo bueno; sus compañeros de trabajo le respetan, y, a su manera (y en la medida en que él se deja), le aprecian. Jara, Jarita tiene buen corazón: aunque él es fuerte, muy fuerte, está al lado de los débiles, de los oprimidos, y no le gustan los explotadores, los poderosos, sin necesidad de ninguna formulación teórica sobre el particular para posicionarse. Es así, y punto.

Pero un día llega ella, y al bueno de Jara se le caen los palos del sombrajo. Los relucientes pasillos del hipermercado se convierten en el majestuoso escenario donde desenvuelve su torpe danza del mocho y la escoba una nueva limpiadora. Ella. Julia Ramírez Cuello, una muchacha de aspecto sencillo, dulce y afable. No es muy guapa, pero tampoco es fea. No tiene un físico escultural, pero, bajo una vestimenta tan poco propicia al lucimiento, se adivina una figura esbelta y agradable. En cualquier caso, todo eso es accesorio; lo verdaderamente importante es que Jara, Jarita, cae fulminado por un rayo, un rayo imposible de esquivar con una finta o de parar con un puñetazo, un rayo de magnitud y naturaleza desconocidas para él. Debe ser amor, pero ésa es una formulación teórica que a Jara, a Jarita, le trae bastante al fresco.

Y su vida se convierte en una fijación monotemática y exclusiva. Ella. Julia.

Ella no lo sabe, pero Jara, Jarita, ha dejado de jugar a cineasta imaginativo para centrar sus alardes de cámara (ahora, la 1; ahora, la 7; ahora, la 3; zoom aquí, zoom allá; sigue aplicándote cacao en los labios, así, así, despacito...) en un único punto de atención. Ella. Julia.

Y ella tampoco lo sabe, pero Jara, Jarita, la sigue día y noche, todos los días, de manera distante y callada, como una especie de ángel de la guarda llamado a protegerla y librarla de todo mal y toda amenaza, mirándola con arrobo, sufriendo, interrogándose sobre lo que hace y no hace, penando, preguntándose qué es eso que le pasa, y que no le deja comer ni dormir en paz, llorando en silencio, sin palabras, sin lágrimas. Jodido, ¿eh, Jarita? Pero feliz, vaya que si, feliz como una perdiz, porque siempre, diez, doce metros por delante de sus pasos, está su señuelo, su guía. Ella. Julia.

Uno siempre quiere que a la gente buena le pasen buenas cosas. No siempre pasa en la vida real, pero, ¿para qué hacen películas los peliculeros? Jara, Jarita, deja de hacer flexiones y deja de atormentarte con Metallica y Biohazard. Ella, Julia, ha sonreído, y eso es lo que cuenta. Te la mereces, amigo, te la mereces...

En las imágenes: Fotogramas de “Gigante” – Copyright © 2009 Control Z Films, Rizoma Films y Pandora Films. Distribuida en España por Golem. Todos los derechos reservados.

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