sábado, 26 de septiembre de 2009

SOLO ANTE EL PELIGRO (HIGH NOON; U.S.A., 1952)


Considerar una de las cumbres de un género como el del western, un título como “Solo ante el peligro”, no supone, vaya por delante, ninguna exactitud técnica: el legendario film de Fred Zinneman se encuadra plenamente, tanto por su ubicación temporal y geográfica como por el armazón de su desarrollo argumental, en tal categoría. Pero también queda fuera de toda duda que se trata de una película que va más allá, mucho más allá, de tal adscripción genérica, a la que trasciende largamente gracias a un potencial alegórico que es el que le ha convertido en un film de culto indiscutible.

Ese potencial alegórico se proyecta sobre una estampa bastante amarga y descorazonadora de la condición humana: frente a la catadura moral del héroe, erigido en excepción a la fuerza, la dignidad del colectivo social queda puesta en evidencia, con una condena moral sin paliativo alguno, a medida que el desarrollo de la historia nos hace constatar que su protagonista, el sherif Kane, terminará en esas condiciones que el título en español de la película ya nos hacen presagiar, debido a la cobardía —explicable, en mayor o menor medida, según los casos, pero en ningún caso justificable (ni justificada)— de todos aquellos que lo rodean y que, desde una postura ética, deberían haber estado a su lado en una situación de necesidad extrema, con la única excepción (y, además, surgida en un arrebato de último momento) de su recién casada esposa —punto argumental, por otro lado, de gran relevancia, dado que implica una valoración del papel femenino muy poco usual en esos años cincuenta del pasado siglo, y más aún en el contexto de este género—.

No es ése, en todo caso, el único —aunque sí, quizá, el más significativo— elemento de interés de un film que también juega de manera extraordinaria la baza del tempo narrativo como elemento más material que formal (el ritmo con el que se desarrolla la trama se termina convirtiendo en un aspecto dramático de primera magnitud, una especie de personaje opresivo y ominoso que impregna la acción y dota al relato de una componente de inquietud constante que no abandona al espectador en ningún momento) o la utilización de una fotografía en blanco y negro de acusados contrastes (que incide en la creación de esa misma atmósfera desasosegante, y que proporciona al film un tono narrativo más cercano al típico del thriller que al del film convencional del oeste).

En suma, no creo que resulte nada exagerado afirmar que “Solo ante el peligro” es, además de un magnífico western, una de las grandes obras maestras de la historia del cine. Ah, por cierto —y es que se me olvidaba—, la protagoniza un tal Gary Cooper: no creo que resulte un dato baladí (y no sólo para esa Pilar Miró que al cielo le envió su rendida declaración de amor en celuloide...); así que dicho queda...

lunes, 14 de septiembre de 2009

HOMBRES INTRÉPIDOS (THE LONG VOYAGE HOME; U.S.A., 1940)


SINOPSIS ARGUMENTAL.-
A través de diversos episodios, basados en piezas teatrales de John Irving, asistimos a las peripecias de la tripulación del Malcairn: sus ocupaciones y preocupaciones, sus anhelos, sus pequeñeces y miserias... Un juego de relaciones marcado por la disparidad de las personalidades de los integrantes del grupo, y por las pautas de comportamiento que impone la vida a bordo (en contraposición a las que rigen en su vida en tierra, totalmente diferentes), retratado con pinceladas breves y vigorosas.
RESEÑA CRÍTICA.-
En una filmografía tan ingente en volumen como lo fue la del maestro John Ford, hubo cabida para todo tipo de temáticas y enfoques, no obstante lo cual cabe apreciar ciertas líneas predominantes, que son las que marcan su impronta y las que la hacen perfectamente etiquetable y reconocible. En ese sentido, Hombres intrépidos no encaja plenamente en el marco más tipico del universo fordiano, pero tampoco se aleja excesivamente de las coordenadas en las que el sabio Jack se movía con mayor comodidad.
Aquí nos encontramos con un grupo de marinos, marcado por su identidad colectiva (rudeza, misoginia, simplicidad, tosquedad, desarraigo) y sus disparidades individuales, que permiten abarcar un abanico amplio de tipos, cada cual con sus particulares connotaciones; y su peripecia viajera, en la que hay cabida para los episodios más diversos, desde los de talante más festivo y relajado (esa fiesta inicial: ron y putas para conjurar los negros augurios previos a la partida), hasta los de carácter más grave, bien a nivel general (el bombardeo que sufre el “Malcairn” por la aviación alemana, y que cuesta la vida a uno de los tripulantes) o bien a nivel personal (la muerte de Jan a causa de las heridas que sufre en una trifulca a bordo).
Todo ello, narrado con una sobriedad y una eficacia no exentas de una enorme calidad técnica: la maestría de Ford en la composición de los planos, sean del tipo que sean; el dominio de los recursos acessorios y de los detalles de dirección artística –bajo una apariencia de simpleza tremendamente engañosa, refulgen pinceladas de auténtico genio-; y el manejo del tempo narrativo, conforman un bloque de recursos cinematográficos más que sobrados para alumbrar una película cuajada y sólida, y a la que sólo su pretendido perfil de contención le impide alcanzar picos de mayor brillantez.
Quizá si hay un aspecto en el que, desde el punto de vista formal, Ford sí efectúa un auténtico alarde, es el en el de la iluminación y la fotografía, de una potente vena expresionista, que nos recuerda, de forma casi automática, a los maestros alemanes de la década de los 20 (Murnau, Lang); en cualquier caso, son elementos que se adecuan enormemente a la generación de ese clima ambiental entre claustrofóbico y fantasmagórico que impregna todo el film, y que hace emanar de sus secuencias, siempre saturadas de claroscuros, un halo de tristeza que llega a resultar casi opresiva.
No todo en este film de Ford es motivo de plácemes y parabienes. También hay ciertos “puntos negros”, más allá de esa inmensa oscuridad que desprenden sus imágenes, como el de la inmensa misoginia que deriva de la distribución de papeles por sexos (no hay mujeres protagonistas, y las únicas que aparecen son, cómo no, prostitutas), sin que para ello quepa hallar disculpa en la naturaleza de la historia narrada; o el esquematismo que, en ocasiones, aqueja a su diálogos (en ese aspecto, tampoco ayuda lo más mínimo el hecho de que la versión vista sea doblada, y no en su inglés original); o la presencia de la versión más envarada del ya bastante envarado John Wayne, algo que para aquellos que no le profesamos una especial devoción puede dar al traste con el más equilibrado de los repartos. En definitiva, se trata de aspectos puntuales, que no empañan la consideración global de la obra, pero sí ensombrecen un tanto su apreciación.
Buena muestra de la filmografía fordiana, Hombres intrépidos no se encuentra, obviamente, en el elenco de las obras maestras de John Ford, ni siquiera en la nómina de sus mejores películas, pero ofrece momentos de buen cine y se erige como un film consistente, interesante y de visión siempre estimulante y enriquecedera, lo cual no es escaso bagaje si consideramos sus pretensiones de partida.
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