lunes, 31 de agosto de 2009

Pink Floyd-The wall (Varietés artísticas y culturales XIX)

Que no cunda el pánico, nadie se alarme. No ha fallecido ningún ex miembro de Pink Floyd. Tampoco se cumple hoy el aniversario de la creación, ni de la defunción, del grupo; no sé qué tiempo hace que se publicó este álbum, ni si dicha fecha coincide con la de hoy, ni me importa. Tan sólo concurren dos circunstancias, muy elementales: primera, que estoy harto de que nunca se evoque una obra artística si no hay un acontecimiento o efeméride por medio; y segunda, que hoy, una vez más, y por enésima vez, sus sonidos me han venido a la mente sin que hubiera ningún motivo aparente por ello. No debe ser casual. Hablamos de Pink Floyd. Hablamos de El muro (The wall).

Recuerdo que, en el momento de su publicación, El muro constituyó una auténtica piedra de escándalo en lo que, por aquel entonces, era un mundillo del pop-rock bastante estabilizado (dentro de lo que un mundillo como ése puede llegarlo a estar, por supuesto). Tras haberse convertido en el buque insignia del rock sinfónico en la primera mitad de los setenta, merced al alumbramiento de varios álbumes que permanecerán en la memoria histórica del género como hitos difícilmente superables (aún suena a legendaria la apelación a títulos como Animals, Wish you were here o The dark side of the moon, en cuyo interior se encuentran temas que ya alcanzaron hace muchos años la condición de icónicos, absolutamente intemporales), Pink Floyd atravesó una etapa de convulsiones, bastante típicas como manifestación de la “muerte de éxito” que con tanta frecuencia se daba en la galaxia pop. Espantadas, salidas, entradas y mosqueos varios (con muchísima pasta en el alero a cada movimiento, faltaría...) conllevaron un periodo de silencio que se rompió con este doble álbum.

Y, desde luego, si el objetivo era liarla, la liaron, y bien. El disco no dejó indiferente a nadie: a la inmensa mayoría de los seguidores “históricos” del grupo, les pareció una herejía imperdonable, una bajada del listón de exigencia musical difícil de justificar y una entrega, sin armas y bagajes, al becerro de oro de la comercialidad pop, basado en un limado absoluto de aristas sinfónicas y una simplificación brutal de ritmos, duraciones y estructuras; pero a los que no lo eran, les descubrió que Pink Floyd eran capaces de manufacturar temas que, ateniéndose bastante a los cánones del pop más convencional , no dejaban de destilar un enorme talento compositivo, y, además, eran degustables cual píldoras de música comercial al uso, hasta el punto de que algunos de ellos —y, muy especialmente (aunque no fue el único), el que constituyó primer single, Another brick in the wall— se llegó a convertir en un auténtico bombazo en las listas de éxito.

En ese contexto, el carácter conceptual del álbum, que vino a ser reforzado por la trasposición a la pantalla que de él hizo el por entonces afamadísimo director de cine británico Alan Parker, en un ejercicio tan alquitarado como brillante (que, además de cubrir de imágenes de muchísimo impacto las de ya por sí bastantes impactantes piezas sonoras del disco, convirtió al luego benefactor universal Bob Geldof en una megaestrella pop), o la indiscutible calidad individual de muchos de sus cortes, quedaron convertidos en notas prácticamente intrascendentes. Más allá del fragor de la polémica, de El muro se vendieron millones y millones de copias, que reencumbraron a los Pink Floyd y dieron nuevo aire a una carrera que languidecía entre dimes y diretes, pero, en cierta manera, El muro fue también el aldabonazo que determinó un cambio muy drástico en la catalogación —al menos, por parte de sus fieles— de un grupo que descendió de la hornacina en la que, como mito y leyenda, era venerado, para ocupar un lugar junto al común de los vulgares (y, eso sí, multimillonarios) mortales del pop-rock anglosajón.

¿Mi opinión personal? No estoy en condiciones, amigos lectores, de emitir un juicio de valor sensato. A esos dieciseis años que yo tenía cuando se publicó el doble album —un doble vinilo que, por cierto, jamás tuve: lo escuché cientos de veces en una vieja cinta de cassette (virgen grabada, naturalmente; la SGAE, por aquel entonces, no ingresaba un colín de canon, pero aún podía dormir tranquila...) y ahora lo tengo en un doble CD (ése cuya fotografía ilustra esta reseña) que sigo escuchando con asiduidad, pero que, claro está, no es lo mismo...—, me pareció una entrega pop deslumbrante y arrasadora; impresión que aún se vio reforzada y acrecentada cuando tuve la ocasión de ver, en aquel mítico cine de arte y ensayo llamado San Vicente (los veteranos cinéfilos sevillanos sabrán bien de qué hablo; por aquel entonces, eso sí, yo distaba mucho de ser algo parecido a un cinéfilo...), la peli de Alan Parker: aquel derroche de puñetazos visuales y sonoros me terminó de inocular la fiebre del converso, alguien plenamente convencido de que estaba ante la obra maestra más grande del rock de todos los tiempos.

A día de hoy, y pasados bastantes años —casi treinta, uf...—, tales fiebres han remitido bastante, y, lógicamente, esa percepción ya no llega a tales extremos. Pero, eso sí, cada vez que oigo la suite pinkfloydiana, sigo teniendo la misma impresión —que ya tenía por aquel entonces, desajustes hormonales aparte—, y que a tan contadísimas piezas alcanza, de estar escuchando un fluido pop que, posiblemente, no alcanza la categoría sublime de su obra precedente, pero cuya sonoridad (en contraposición a cuán de su tiempo suenan muchas de esas propuestas anteriores), es absolutamente intemporal. O a mí me lo parece...

miércoles, 5 de agosto de 2009

LA ISLA DE NIM (NIM'S ISLAND; U.S.A., 2008)


Fue un famoso filósofo (¿o quizá un torero, más bien…?), cuyo nombre no recuerdo, el que, preguntado por un periodista acerca de los riesgos y sinsabores de su profesión, contestó con aquella frase tan lapidaria como difícilmente rebatible: “Más ‘cornás’ da el hambre”. Hablar de hambre cuando nos referimos a las estrellas del firmamento hollywoodiense quizá puede resultar un tanto exagerado, pero resulta obvio que todas ellas tienen facturas que pagar a final de mes. Sólo una acumulación desmedida de dichas facturas me daría una explicación razonable para entender que una actriz de la clase y el talento de Jodie Foster sea uno de los tres pilares interrpetativos de una producción tan flojita como “La isla de Nim”.

Y no es que se trate de una producción flojita por falta de recursos (sin tratarse de una megaproducción al uso, sí que estamos ante un film generosamente costeado, con un reparto potente y en el que no se han escatimado medios para rodar en escenarios naturales verdaderamente impresionantes) o por no haber sido debidamente enfocada en tono y temática respecto al público objetivo hacia el que va básicamente dirigida (el infantil, naturalmente). El problema de “La isla de Nim”, si es que cabe hablar en tales términos, radica en su incapacidad para ofrecer algún apunte de originalidad -o sí, quizá sí que haya uno, aunque mejor no desvelarlo, para no eliminar el posible “efecto sorpresa”…-, algo que no nos remita a los mil y un precedentes de un género que, como el de aventuras (aunque quizá esto cabría predicarlo de cualquier otro), tiende a encastillarse en el cliché cuando, huyendo del más mínimo riesgo comercial, renuncia a meterse en camisas de once varas (desde las que podría ofrecer algo más interesante).

El espectador asistirá, plácida y tranquilamente (no espere el más mínimo sobresalto basado en algún contrapunto “maligno”), al desarrollo de una historia con su planteamiento (festivo y aventurero), nudo (incierto y peligroso) y desenlace (feliz cual perdiz) ceñidos a los más estrictos cánones narrativos. Y asistirá, también, cómo no, al (no muy estimulante) espectáculo de contemplar el monumental despliegue de sonrisitas beatíficas y llantos desesperados a cargo de Abigail Breslin (complicado que una estrella infantil pueda evadirse, a lo largo de una carrera ineludiblemente corta, de un “embolado” de este tipo) y la estrella emergente Gerard Butler (ni fu ni fa…). También puede extasiarse con la contemplación de un despampanante catálogo de postales tropicales correspondientes a parajes oceánicos de hermosura sin par. Hasta aquí, nada deslumbra, pero tampoco molesta.

Lo que sí duele, sobre todo a aquellos que la admiramos y respetamos como a lo que consideramos que es (una de las mejores actrices de su generación), es ver a Jodie Foster encarnando a ese personaje de Alexandra Rover, una especie de batiburrillo formado a base de mezclar ingredientes de los más afamados personajes de escritores ficticios que el cine comercial ha dado en los últimos años (las rarezas del Melvin Udall —Jack Nicholson— de “Mejor… imposible”; la agorofabia de Helen Hudson —Sigourney Weaver— en “Copycat”; o las correrías aventureras de la Joan Wilder —Kathleen Turner— de “Tras el corazón verde” y “La joya del Nilo”), y que —se supone— está destinado a aportar, entre otras cosas, el punto humorístico de la trama, cuando lo único que consigue, a base de gags tan ñoños como gastados, y de poses a caballo entre lo histérico y lo histriónico, es dotarla de un punto patético. Francamente, creo que flaco favor se hace a sí misma y a sus seguidores con su participación —en esas condiciones— en productos de este tipo. Ahora bien, nadie debería extrañarse de que la persona que se encarga de gestionar sus finanzas tenga una opinión bastante diferente a la mía. Supongo…

En suma, que no pasará a la historia “La isla de Nim” como uno de los referentes punteros del cine de aventuras; cabe suponer que no era ésa tampoco la intención de los implicados en su producción. Pero nunca deja de asaltarle a uno la misma pregunta cuando afronta el visionado de una película como ésta: ¿por qué? ¿para qué? ¿Caja? Reestrenen películas ya rodadas y ahorren gastos, que está la cosa muy mal. Un consejo de amigo, créanme…

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