lunes, 27 de julio de 2009

Doctor Obama (A salto de mata XLII)

Mucho se viene hablando y escribiendo, en estos últimos días, acerca de las dificultades del presidente estadounidense Barack Obama para poner en marcha su anhelada y trascendental reforma del sistema sanitario de su país; trabas y obstáculos de tal calado, que incluso están llegando a afectar a la popularidad, hasta ahora firmemente asentada, del primer presidente negro de los Estados Unidos.

Como de toda realidad compleja por la amplitud de sus dimensiones y la variedad y detalle de sus componentes, del sistema sanitario de ese inmenso país sabemos poco, muy poco, más allá de generalidades y vaguedades más próximas al tópico y etiquetado urgente que al resultado de un análisis y estudio profundo del mismo. Algo, por otra parte, bastante lógico, dado que, en último extremo, se trata de una cuestión que no nos atañe de manera directa y a la que, por otro lado, solemos contemplar, desde esa ignorancia, con un cierto puntito de autocomplacencia y superioridad (aquí, en esa materia, las cosas nos van bastante mejor...).

En ese sentido, resulta sorprendente comprobar, a través de las someras informaciones que los medios proporcionan, cómo, a diferencia de lo que el tópico siempre ha señalado al respecto, ese sistema sanitario, lejos de estar basado fundamentalmente en mecanismos privados, lo está en estructuras de índole pública, y que suponen para el erario de ese país un volumen extraordinario de gasto, a pesar de lo cual, paradójicamente, el número de personas a las que no da cobertura alguna es tremendamente elevado. Es evidente que, a la vista de tan flagrante contradicción, hay algo que no funciona (por no decir que huele a podrido, y no precisamente en Dinamarca...), y, desde esa perspectiva, cabría pensar que lo lógico sería que la pretensión de modificar ese status quo fuera unánimente contemplada como algo positivo. Pero, visto lo visto, y oído lo oído, parece ser que no es así.

No debe ser empeño fácil, ni muchísimo menos, y por más que sea poco objetable su necesidad, el de reformar (y no de manera cosmética, o puntual, sino de forma radical y profunda) un sistema sanitario que viene funcionando conforme a unos principios y pautas determinados desde hace muchísimo tiempo. Y no creo que las dificultades —al menos, las de mayor enjundia— radiquen en aspectos técnicos o políticos, aunque también éstos se pongan sobre el tapete: no deben de ser de poca monta los intereses económicos en liza, y con toda seguridad que serán éstos los que estarán poniendo mayormente en solfa las intenciones de un Obama que ha hecho de esta reforma, causa y bandera de todo su mandato. ¿Lógico? Probablemente, sí. ¿Deseable? Cabe pensar que no. En todo caso, el pulso será titánico, y su resultado, altamente incierto. Y habrá que seguir con atención el desarrollo de los acontecimientos: pese a lo lejano y poco influyente que nos pueda parecer, en este mundo globalizado nada es irrelevante. Nada. Y que a nadie le quepa la más mínima duda que, del resultado final de este episodio, terminarán derivando consecuencias que, de una u otra manera, nos afectarán (si no hoy, sí algún día no muy lejano). Atentos, pues, a los acontecimientos...

viernes, 17 de julio de 2009

En la Luna (Mi Buenos Aires querido XIII)

Es el signo de los tiempos: aniversario redondo, expectación mediática. Se cumplirán dentro de unos días los cuarenta años de la llegada del hombre a la Luna, y asistiremos a un despliegue monstruoso de programas especiales, suplementos de prensa y toda la parefernalia acostumbrada en este tipo de eventos. Generalmente, soy bastante inmune a la influencia de estas mecánicas de funcionamiento, pero, como toda regla suele tener su excepción, he de confesar -como así he apuntado en algún comentario hecho en territorio amigo- que aquí concurre tal circunstancia: y es que es tal la fascinación que este acontecimiento aún me provoca, que no voy a tener el más mínímo inconveniente en dejarme llevar por la corriente y sumergirme a conciencia en el aluvión que, a buen seguro, se nos va a echar encima en los próximos días.

No creo que se trate de una cuestión evocativa: sinceramente, soy incapaz de rescatar un recuerdo personal del acontecimiento -cuando se produjo, este humilde escribiente apenas contaba con cinco añitos-, del que apenas me queda un pequeño rescoldo en algún rincón de mi muy frágil y quebradiza memoria. Ese apasionamiento surgió muchos años después, y se nutrió, fundamentalmente, del campo de las imágenes, más que del de los relatos: esas fotografías de fondos metálicamente negros, negrísimos, sobre las que se recortan las figuras de blancura impoluta de unos humanos expuestos a la más brutal de las vulnerabilidades, en un medio ya no hostil, sino casi sobrenatural, aún, y a pesar de haberlas visto en miles de ocasiones, me encogen el corazón cada vez que las contemplo.

Más allá de todo lo que se ha dicho y escrito acerca del tema, de esas frases tan rotundas como grandilocuentes, y de todos los tópicos y lugares comunes, exprimidos hasta la médula, que siempre rodearon las observaciones sobre ese momento, soy incapaz de imaginarme lo que pudo sentir Armstrong al poner su pie sobre la superficie de la vieja amiga. Pero sí tengo una certeza rotunda, absoluta: tuvo que ser algo muy intenso, muy fuerte, algo que merece la pena ser vivido y sentido. O sea, que algunos -porque me consta que es algo que muchos compartimos- seguiremos soñando. Y quién sabe si llegará ese día en que el sueño, de alguna manera, y con todas las salvedades y distancias (dicho sea sin segundas intenciones...), se haga realidad; aunque no haya conexión inalámbrica capaz de superar ese océano de años-luz, no les quepa duda de que intentaría volver por aquí para contarlo. O inventarlo. Tanto da, es un sueño, ¿no...?

lunes, 13 de julio de 2009

El artista, la obra y viceversa (Varietés artísticas y culturales XVIII)


Una de las indiscutibles utilidades (entre otras muchas) de los comentarios de un blog personal, es la de proporcionar a su “manijero” -especialmente, cuando éste atraviesa una etapa de cierta “espesura temática” (o sea, y traducido al castellano, cuando éste no tiene ni repajolera idea de qué y sobre qué escribir...)- un soporte argumental para sus divagaciones. En este caso, ha sido un comentario de la compa Noemí Pastor -a cuyo magnífico blog, Boquitas pintadas (del cual encontrarán enlace en el sitio pertinente), les remito y encomiendo- sobre la transmisión de principios y/o valores en/de una película, lo que me ha movido a una reflexión más amplia acerca de un tema que siempre ha despertado mi interés, y sobre el que he tenido ocasión de discutir extensamente, y en muchas ocasiones, pero sobre el que nunca había escrito -y si la escribí, ya no la recuerdo...- una recensión específica. Ésta es, pues, la ocasión de dedicarle unas líneas a la relación entre la persona y el artista; la vida y la obra; los principios y valores (morales) y las calidades y bondades (artísticos).

Todo artista, como personaje público que es, está sometido al escrutinio de los demás; un escrutinio -y subsiguiente enjuiciamiento- que raramente se ciñe a su creación, digamos, profesional, sino que, más allá de ese territorio, se extiende a una valoración sobre la globalidad de su persona, basada, como no podía ser de otra manera (salvo en el hipotético y poco usual caso de que se le conozca personalmente), en la imagen que del mismo obtenemos a través de fuentes externas (básicamente, medios de comunicación). Partiendo de esa premisa, nos encontraríamos con dos cuestiones, a cual más controvertida -y fascinante-(hay más cuestiones, pero es verano, hace mucho calor...): la primera, hasta qué punto esa imagen personal que nos forjamos acerca del personaje es certera, fidedigna, fiable; y la segunda, hasta qué punto la valoración que en tal imagen personal forjada sustentamos, habría de influir (o no) sobre la valoración que de la obra artística del sujeto podamos hacer.

En el caso de la primera, habrán de permitirme, amigos lectores, que exprese mis razonables sospechas de que, por lo general, y salvo casos muy extremos, pecamos de excesiva ligereza, tendemos al prejuicio acelerado y, en consecuencia, la idea que nos hacemos de los personajes públicos -no sólo de los artistas, por supuesto- suele tener bastante poca relación con su auténtica y genuina condición; condición que, como humana que es, ya es suficientemente compleja como para reducirla a los clichés y etiquetas que, en su proceso de generación de producto, tienden a generar los medios masivos -y que es con lo que, finalmente, nos quedamos-. Hacemos del episodio concreto una muestra de un itinerario vital íntegro (algo absurdo, teniendo en cuenta las vueltas y revueltas que la vida le da a todo el mundo...); tomamos el último acontecimiento como paradigma de la condición permanente del personaje (aquello del “vales lo que vale tu última acción”, trasladado al terreno personal), cuando todos (ellos, también...) cambiamos y pasamos por etapas y sucesos altamente variables (ya se sabe, nada es eterno...); y, lo que es más importante, no sabemos absolutamente nada de lo que esas personas son y hacen fuera del foco de atención de los medios, y, aún así, los enjuiciamos y valoramos tan ricamente. Y nos quedamos así de anchos. Ah, y por cierto, el que esté libre de pecado (no es mi caso, desde luego), que lance el primer misil (no tiene por qué ser, necesariamente, sobre Irán ni Corea del Norte...).

Así funcionan las cosas, a grandes rasgos, cuando nos enfrentamos a personajes vivos y/o en activo. Pero, contrariamente a lo que se pudiera pensar inicialmente, tampoco marchan de manera muy distinta en lo que afecta a personajes históricos, o ya retirados: la perspectiva que da el paso del tiempo y que, en pura lógica, debería contribuir a mejorar o paliar esa situación, raramente lo hace; más bien al contrario, a todas las deficiencias antes apuntadas, vienen a sumarse otras consideraciones que también redundan en la distorsión de la imagen del personaje. El olvido, tan selectivo a veces, al que la desmemoria somete aquellos puntos de la biografía del personaje que, en función de un nuevo contexto, pueden perder interés para el público general (y que también forman parte de su íter vital); la acumulación de testimonios contradictorios -y, comúnmente, interesados, desde la parcialidad- sobre algunas cuestiones que suscitan controversia y sobre las que hechos y opiniones suelen terminar mezclándose para arrojar más oscuridad sobre la poca luz ya existente; en suma, motivos más que sobrados para que, como dijera aquel, abandonemos toda esperanza. Pero no por ello nos retraemos a la hora de destripar a personajes históricos: cual si hubiéramos departido con ellos diariamente, echando la cervecita en el bar de la esquina, también a ellos los valoramos y enjuiciamos, sobre la pretendida base de un cúmulo de testimonios históricos que, en el mejor de los casos, y salvo supuestos muy excepcionales, no aguantarán los embates de la siguiente “oleada investigadora”, ésa que arrojará la “luz definitiva” sobre el ilustre en cuestión. Y así, hasta la próxima, claro...

Supongo que el cúmulo argumental de los dos párrafos precedentes ya debe orientar bastante acerca de lo que opino sobre la segunda de las cuestiones planteadas: dado lo poco fiable que me resulta cualquier juicio de valor elaborado respecto a la catadura moral y la condición personal de un artista, poco me ha de entusiasmar que dicho juicio se proyecte, con toda su carga distorsionante, sobre la valoración de su obra. Pero me consta que no es sencillo, y aquí llegaría el momento de apelar al segundo misil: quien jamás lo haya hecho, que vaya preparando la rampa de lanzamiento. ¿Cómo disfrutar pacífica y armoniosamente de las maravillosas palabras, pinceladas o notas musicales de un fulanito al que consideramos un absoluto impresentable, desde el punto de vista personal? O, a la inversa, ¿cómo no ser indulgente con el resbalón estético de un artista que nos resulta especialmente simpático por su bonhomía y buen rollito -aunque éstos sean tan presuntos como el valor aquel de la mili aquella...-? Así suele funcionar, pero, ¿es eso lógico, justo? Probablemente, no; de forma que, salvo en aquellas contadas ocasiones (y serán contadas, fundamentalmente, porque la interferencia mediática en nuestra vida actual es de dimensiones espantosas...) en que nuestra apreciación artística esté plenamente incontaminada por el más absoluto desconocimiento del autor de la obra, lo más normal será que nuestro juicio supuestamente “artístico”, esté fuertemente condicionado por algo tan impreciso y aleatorio como la simpatía o antipatía que el autor nos causa. Y así, claro, nos pintará el pelo...

Quedan en el cibertintero muchas otras cuestiones más o menos conexas con las anteriores: los prejuicios ideológicos, y su proyección sobre obra y/o persona; las intoxicaciones deliberadas, desde posiciones de interés económico, a la hora de erigir y/o derribar (y volver a erigir, y volver a derribar) mitos y figuras (y miren que me había propuesto no hablar, ni siquiera implicítamente, del ínclito Michael Jackson, pero, ya ven, no ha habido forma...); las diferencias entre soportes artísticos en cuanto a su capacidad “receptora” de los elementos idiosincráticos del autor (varía mucho lo que de sí puede proyectar un novelista en su novela respecto a lo que un pintor puede plasmar de sí en en el lienzo...). Pero, ya saben, amigos lectores, es verano. Y, además, ahora es su turno. ¿Serían tan amables...?

miércoles, 1 de julio de 2009

Centauros del desierto (The searchers; U.S.A., 1956) (Grageas de cine LXVI)

UN ACTOR EN CRECIMIENTO.-

Que a un actor como John Wayne le persiguiera, a lo largo de toda su carrera, el sambenito de actor inexpresivo, puede encontrar cierta explicación en una serie de circunstancias bastante lógicas: la influencia de su físico –ese corpachón desgarbado y de movimientos más bien lentos y torpes-, o lo limitado de su registro –que le llevaría a un encasillamiento prácticamente integral en géneros como el bélico y el western-. Pero esa explicación, que puede reconfortar en su creencia a todo aquel que no se haya fijado excesivamente en la evolución de Wayne a lo largo de su carrera, no resulta demasido convincente para los que, sin ser grandes seguidores de este hombretón de Winterset, Iowa, U.S.A., sí que podemos detectar, sin excesivo esfuerzo, cómo fue depurando, poco a poco, sus modos y maneras, hasta alcanzar (bajo las premisas, eso sí, de un carácter muy marcado, y poco dado a alharacas exhibicionistas) un nivel de prestaciones actorales verdaderamente encomiable.

¿Un ejemplo palmario? Su creación de Ethan Edwards en la magistral “Centauros del desierto”, una de las cumbres (de las muchas que llegó a alcanzar a lo largo de su extensa carrera) de la filmografía de John Ford -el hombre que, sin ningún género de dudas, lo fue esculpiendo como actor en un sinfín de trabajos conjuntos-. Corría el año de gracia de 1956 y Wayne ya contaba con más de cien interpretaciones a sus espaldas –esas big shoulders a las que alude el jefe comanche Scar…-, desde que iniciara su carrera unos treinta años atrás. Desde esa experiencia acumulada, John Wayne fue capaz de aunar hieratismo con desesperación, desencanto con ímpetu, y furia con escepticismo, sin que sus vaivenes emocionales, que sólo se reflejaban en expresiones medio escupidas o rictus casi imperceptibles, chirriaran lo más mínimo. Eso no es algo al alcance de actores mediocres. Y Wayne, indiscutiblemente, no lo era.
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