miércoles, 3 de junio de 2009

NUNCA ES TARDE PARA ENAMORARSE (LAST CHANCE HARVEY; U.S.A., 2008)

Es un aserto de lógica cajoniana que cuando uno ha visto ya una cierta cantidad de películas -y, además, variadas en cuanto a géneros, épocas y nacionalidades-, la capacidad de sorpresa, tanto en lo atinente a lo estilístico, o visual, como en materia argumental, se ve considerablemente mermada. Es así, y no tiene vuelta de hoja. En tal tesitura, y ante determinados films, uno sueña con lo fantástico que resultaría disponer de una suerte de pócima o brebaje mágico que permitiera borrar de nuestro particular disco duro ese bagaje fílmico acumulado, de manera que uno afrontara su visionado sin referencia previa alguna. “Nunca es tarde para enamorarse” entraría, sin ningún género de dudas, en el capítulo de films especialmente adecuados para la aplicación del experimento.

¿Por qué? Muy sencillo. “Nunca es tarde para enamorarse” es una película de factura correcta, ritmo pausado, desarrollo argumental consistente y urdimbre dramática agradable -siempre, eso sí, dentro (todo ello) de los márgenes del más canónico cine comercial expedido por la gran factoría hollywodiense, y dejando a un lado, por el momento (ya habrá ocasión, más adelante, de ocuparse de ellos), a sus dos protagonistas-. Un producto que juega con un despliegue de secuencias donde el humor suave y contenido contrapesa la amargura de fondo de su arranque argumental, y que explota a fondo el hermoso marco geográfico en el que se desenvuelve una buena parte de su metraje -aunque abusa manifiestamente de la presencia casi continua de un fondo musical con el que se podría haber sido más moderado-. En suma, una película a todas luces apetecible, ¿no?. ¿Dónde radica, pues, su problema, si es que lo tiene?

Pues sí que lo tiene. Uno solo, pero demasiado evidente y de calibre demasiado grueso. Ese único problema es el de su previsibilidad por partida doble; previsible, por lo fácil que resulta predecir todos y cada uno de sus giros argumentales; y previsible, porque se trata de un film que ya hemos visto, con ligerísimas variantes, en numerosas ocasiones -eso sí, tenía otro título, todo hay que decirlo...-. Y es por ese descosido, el de su (excesiva) previsibilidad, por donde se deshilacha un producto que no exhibe mayores pecados, pero que tampoco acredita otras virtudes, con lo cual el lastre del dejà vu termina resultando demasiado pesado como para permitirle alzar un vuelo de más alcance.

El vuelo que, sin ir más lejos, le podría proporcionar el hecho de contar con dos protagonistas de la talla de Dustin Hoffmann y Emma Thompson. Dos valores más que contrastados y dos intérpretes de tan tremendo potencial que ni siquiera necesitan dar lo mejor de sí mismos para hacer de sus personajes, tan sobrecargados de clichés y lugares comunes en su concepción -que bebe de la fuente de todos esos precedentes sobre los que se asienta el film: desde “Breve encuentro” hasta “Los puentes de Madison”, pasando por “Tú y yo”...- como la trama en la que se mueven, dos seres de los que no es complicado enamorarse: les basta con un despliegue medido de su potencial teórico para impactar, sorprender y atrapar. No es poco, pero, hay que insistir, no es suficiente, salvo que uno pueda prescindir -y no es factible- de todo referente previo.

Y así se escribe -valga la redundancia- la historia de esta historia, tan tierna como gastada, tan dulce como intrascendente. A aquellos que van al cine a dejarse sorprender por los avatares de lo novedoso, una recomendación clara: ésta, amigos, no es su película. Si, por el contrario, son ustedes miembros de esa tribu a la que nada reconforta más que el encontrarse en la pantalla con aquello que siempre quieren ver (y que es siempre más de lo mismo), pasen sin miedo: doña Enma y don Dustin se lo ofrecen en un exquisito envoltorio interpretativo. Que les aproveche...

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