viernes, 24 de abril de 2009

Los buenos buenosos VI: Cándida Villar (Cándida; España, 2006)


Pese a la acumulación de evidencias en contra de mi falta de prejuicios, siempre fui reticente a dar por buena la afirmación genérica de que la cara es el espejo del alma. Pero he de confesar que, en ocasiones, sí que hay rostros que me dejan poco resquicio para la duda. El de Cándida Villar es uno de esos rostros, apuntalado por un lenguaje altamente personal y una actitud ante la vida que convierte al estoicismo en un juego de filósofos aburridos, que hacen de la bondad facial algo poco discutible. ¿Cómo podría una mujer con esa cara albergar en su interior el más minúsculo átomo de maldad?

Y no le faltarían motivos para cobijar, no ya un átomo, sino todo un arsenal nuclear: bien puede pensar la buena de Cándida que la vida no se trata de ningún juego placentero -la suya, desde luego, le proporciona bastantes más disgustos que alegrías-. Trabajos esclavizantes y mal pagados, en los que atisbar cualquier rasgo mínimo de dignidad se hace muy complicado; una familia que los paladines de lo políticamente correcto definirían como desestructurada, y que más bien cabría calificar de una mierda de familia (y a la cual, más allá de eso, o posiblemente por eso, adora); un cúmulo de episodios desgraciados, que marcan una sucesión en la que no parece haber cabida para algo que no tenga visos negros.

Pero, malgrè tout, Cándida afronta el envite con una entereza y un ánimo que para sí quisieran los más aguerridos luchadores: con esta mujer, lo de la inasequibilidad al desaliento pasa de ser un tópico a constituirse en una declaración de principios existencial. Y así tira y tira, aguanta y aguanta, sin perder la sonrisa ni la comprensión compasiva, con un puntito marciano, de todo aquello que se cuece a su alrededor.
Quizá no puede exhibir nuestra ajada heroína el glamour juvenil de una Amélie Poulain, a la que le une emocionalmente esa ternura apajarada que ambas comparten. Pero son grandes, muy grandes. Cándida y su corazón. Que tanto da, ¿no...?

jueves, 16 de abril de 2009

LA HORA FINAL (ON THE BEACH; U.S.A., 1959)

SINOPSIS ARGUMENTAL.-

Melbourne, Australia, 1964. Un submarino nuclear norteamericano arriba a las costas australianas como único elemento superviviente de una hecatombe nuclear que ha acabado supuestamente con toda la población mundial, excepto la de ese remoto confín del planeta. Pero ésta no se halla libre de peligro: la radiación esparcida por la atmosfera amenaza con terminar llegando a ese último reducto y acabar con cualquier resquicio de vida existente en él. Hay una última esperanza, que los científicos sobrevivientes radican en la posibilidad de que la Antártida, debido a sus bajas temperaturas, pueda neutralizar los efectos de la radiación. A fin de averiguarlo, el submarino Sawfish, al mando del comandante Towers, partirá con ese destino. Los resultados de sus estudios no tardarán en desvelar las últimas incógnitas...

RESEÑA CRÍTICA.-

Toda película busca (además del beneficio económico de su productor, faltaría más...) generar cierto efecto, o efectos, en su espectador, activando para ello los mecanismos narrativos y psicológicos más adecuados: la risa, el llanto, el miedo, la reflexión, la evasión, la sorpresa... Algunas lo consiguen, en mayor o menor medida –y ahí radica la clave de su éxito-, otras, no tanto. Ahora bien, hay películas que, al igual que las guerras actuales, también generan “efectos colaterales”, sensaciones adicionales que se extienden más allá de sus efectos directamente pretendidos. En el caso de La hora final, además de la angustia y el miedo, previsibles a tenor de sus premisas argumentales, uno siente una desazón extraña y su mente se ve ocupada por una especie de virus extraño, un cierto zumbido, una idea imprecisa que no sabes concretar y de la que, eso sí, intentas desembarazarte tan pronto como te es posible.

La hora final juega con un tema recurrente en su época, como es el de una hecatombe nuclear generalizada. Es 1959. La guerra fría se halla en pleno apogeo y, además de nutrir a guionistas y argumentistas de un auténtico arsenal de miedos más esotéricos o estrambóticos (según los casos) que reales, también ofrece una amenaza cierta, que emana de la proliferación armamentística de naturaleza nuclear: un caramelo demasiado goloso como para desdeñarlo fácilmente. Pero las bazas, los elementos con que juega esta película para conseguir un efecto tan demoledor son la radicalidad de su planteamiento –el exterminio que dibuja es integral, absoluto y, pese a las incertidumbres que, en el tramo medio del film, parecen abrir un cierto atisbo de esperanza, termina resultando sobrecogedor- y la cercanía del momento en que se proyecta temporalmente –la acción se sitúa en un futuro tan inminente como es el de 1964: sólo 5 años después de la producción-.

Partiendo de tales premisas, que son las que delinea la novela de Nivel Shute en que está basada, Kramer no lo tiene muy complicado para hilvanar una historia en la que plasma una situación tan angustiosa como creíble (o, quizá, tan angustiosa por lo creíble, precisamente...): le basta con ofrecer unas pinceladas generales, tan sobrias como efectivas, para enmarcar la trama central y dejar después que sean las pequeñas historias personales de los protagonistas, el cómo encajan y asumen la terrible perspectiva que sobre ellos se cierne, las que vayan desgranando y entretejiendo esa misma trama.

Los personajes ofrecen un abanico suficientemente amplio de enfoques como para que el caleidoscopio resultante tenga la consistencia adecuada, y la trama adquiera la rotundidad requerida. De todos modos, no por ello encontramos reacciones o posicionamientos excesivamente diferenciados: no hay grandes salidas de tono, y prevalece una postura general de estoicismo, que es con lo que se va asumiendo el terrible (por lo corto) futuro que se avecina; incluso hay momentos para algún toque de alegría, una broma ligera, un pequeño divertimento amoroso. Lejos de aliviar la angustia, esos contrapuntos –al igual que la presencia permanente de la música, una banda sonora casi sin resquicios de silencio, y de un tono paradójicamente alegre- la sitúan en una dimensión aún más ominosa.

Y para tales personajes, actores a tono y nivel, encabezados por un extraordinario Gregory Peck, que es la perfecta encarnación del temple y la bonhomía tamizados por un fondo de tristeza insondable (la que arranca de la vana pretensión de soslayar lo insoslayable), al que da réplica una no menos sólida y deslumbrante Ava Gardner, que une a su imponente presencia física una capacidad dramática no siempre exhibida con tal brillantez. El resto del plantel se desenvuelve con una soltura más que notable, destacando, sobre todo, un Anthony Perkins que, poco antes de asombrar a medio mundo con su exhibición de Psicosis, da vida a un sencillo y jovial oficial de la Marina australiana, y un sorprendente Fred Astaire que, lejos ya de sus alardes danzarines de antaño, ofrece una muy buena interpretación de corte dramático, encarnando a ese científico desvalido y de vuelta de todo que, con un estoicismo desarmante, siempre tiene una respuesta evasiva para cada una de las andanadas que va recibiendo.

Desde un punto de vista estrictamente técnico, el trabajo de Kramer y su equipo huye de cualquier efectismo y constituye todo un ejemplo de sencillez y eficacia. Apenas hay concesiones al más mínimo golpe de efecto, sin que por ello falte algún momento especialmente brillante, bien sea desde el punto de vista de la ambientación (las imágenes de la ciudad de San Francisco desierta, o de la central eléctrica de San Diego, resultan sobrecogedoras), o desde el punto de vista narrativo (la fuerza alegórica de esa botella de Coca-Cola vacía que, movida por el tirador de la persiana, emite una letanía ininterrumpida de mensajes indescifrables, es tremenda). Detalles, en definitiva, que revelan esmero e interés más allá de lo que comúnmente suele certificarse como una realización rutinaria o endeble.


La hora final nos remonta a unos miedos que no son los del sobresalto o el espanto irracionales, de una índole emocional muy elemental: éstos son unos miedos que arrancan de la reflexión, del macerar mental lento e inexorable de cómo no es tan descabellada la materialización real de esa ficción. Y, desgraciadamente, hemos de admitir que, aún siendo tan fiel hija de su tiempo, no deja de resultar, a día de hoy, y en este momento que vivimos, totalmente estremecedora. Y no deja de provocar esa misma desazón, esa misma inquietud. ¿Por qué será...?

martes, 7 de abril de 2009

Javier Marías (Varietés artísticas y culturales XVII)


Paradojas de la vida: uno acumula referencia -y, además, en breve plazo de tiempo- de decenas de libros que le apetece, o le interesa, o le gustaría, leer, y, llegado el momento concreto en que ha de echar mano de uno para abordar su lectura, no tiene claro cuál elegir. ¿Solución para salir del impasse? Recurrir, por ejemplo, a un valor seguro; a uno de esos autores que, sin querer apelar a esa etiqueta (de cabecera) con que se les suele catalogar, sí que sabemos que difícilmente nos van a defraudar (y menos aún si de lo que se trata es de abordar la relectura de alguna obra suya que ya hemos leído con anterioridad -aunque, a veces, salta la liebre de la decepción; depende, entre otras cosas, del tiempo y las lecturas transcurridas entre una y otra-). Hace unos días, puesto en tal tesitura, recurría, una vez más, a este viejo mecanismo. ¿Qué leer? Mañana en la batalla piensa en mí, de mi muy admirado Javier Marías.

Me gusta, y mucho, el Marías novelista. Soy un seguidor atento de su obra narrativa, de la que he leído su práctica totalidad, y disfruto enormemente con esa especial habilidad con la que el autor es capaz de combinar, de forma tan eficaz como fluida, el desarrollo de tenues líneas argumentales (eso sí, no por livianas, menos interesantes) con las disgresiones cotidianas más peregrinas (ésas que te sitúan negro sobre blanco reflexiones que todos nos podemos hacer de manera ordinaria, pero que no seríamos capaces de formular de manera articulada con tanta brillantez). Siempre me ha parecido el suyo un estilo endiabladamente complicado, desde la sospecha de que su apariencia de sencillez (la carencia de palabras grandilocuentes y de construcciones sintácticas complejas así lo configuran) responde a un trabajo meticuloso y difícil de elaboración, del que sólo son capaces de obtener un resultado literariamente valioso escritores de gran talla. Y a mí Javier Marías, desde la percepción del lego en la materia, cuyas únicas credenciales exhibibles son las del admirador voluntarioso, así me lo parece.

No me gusta tanto, en cambio, el Marías articulista. Y no tanto por una cuestión de formas -al fin y al cabo, exhibe éste en sus artículos la misma brillantez formal con que nos obsequia en sus novelas (algo lógico, lo extraño hubiera sido lo contrario), a lo que suma, para mayor regocijo, una profunda capacidad analítica y conceptual (la que cabría esperar, también, de alguien de su nivel intelectual, muy alto)-, sino más bien a causa del carácter que en tales terrenos me parece -no sé si con mayor o menor fundamento: estas cuestiones suelen obedecer a percepciones bastante intuitivas- vislumbrarle. O sea, que no es una cuestión de talento, sino de talante. Ya no me refiero a las opiniones que, sobre los asuntos de índole política y social -que son los que predominantemente aborda en tal género- que trata, expone Javier Marías, con las cuales puedo estar, o no, de acuerdo (y, de hecho, son más las ocasiones en que coincido que aquellas en las que discrepo), pero que, en cualquier caso, siempre me resultan merecedoras del mayor de los respetos; lo que me desagrada, en cierta manera, es esa hosquedad, o mal genio, o desabrimiento (o, para que se me entienda mejor, al menos en mi tierra, esa “mala follá”), con que (a veces, no siempre, desde luego) las expresa (y que él, en un rasgo de honestidad personal que creo que le honra, no me atrevería a asegurar que cultiva, pero sí que me parece evidente que no tiene el más mínimo interés en ocultar o, al menos, maquillar).

Volvemos a la formulación inicial: paradojas de la vida. O no. Al fin y al cabo, las novelas de Marías, aunque siempre muestran a un personaje protagonista en el que es difícil no ver un trasunto más o menos definido, o cercano, de sí mismo, cuyo perfil de carácter tiende a lo amable (educado, tranquilo), y sus situaciones, más allá de ese punto siempre presente de imprevisión y sorpresa, no suelen ser, en principio, extraordinarias, tampoco son eso que podríamos calificar como la alegría de la huerta. O sea, que quizá no se alejan tanto ficciones y realidades. Como en la vida real. O como en las novelas de Marías. Mismamente.

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