sábado, 28 de marzo de 2009

Network, un mundo implacable (Network; U.S.A., 1976) (Grageas de cine LXIII)

El envejecimiento de la obra artística es un fenómeno normalmente relacionado, de manera directa, con el grado de “inserción” en su tiempo que la misma manifiesta; es decir, en la medida en que una obra refleja, o asume, de forma más fiel y exacta su contexto temporal, tiende a envejecer más y antes (es decir, peor). Por eso resulta más paradójico el caso de una película como “Network, un mundo implacable” —un retrato preciso y despiadado del mundo de la televisión y sus aledaños, en un país (los Estados Unidos) y un periodo (mediados de los años setenta del pasado siglo) muy concretos—, dado que, ofreciéndonos, como nos ofrece, una perspectiva totalmente apegada a su entorno (en estilo visual, en tendencias formales, en mensajes de fondo; en todo), la historia que nos cuenta —sus entresijos, sus personajes, sus derivaciones— nos resulta perfectamente reconocible, hasta un extremo que podría llegar a resultar sospechoso. ¿No será éste un ejercicio de recreación digital de una historia de los albores del siglo XXI con ropajes de los finales del XX?


Las hemerotecas y los registros históricos nos dicen, inequívocamente, que no. Que “Network, un mundo implacable” es una película de 1976 que obtuvo plácemes y reconocimientos generalizados —los que merece un film más que estimable, tanto por su factura técnica como por su brío narrativo y el interés de su trama—, gracias tanto a su magistral retrato de un mundo de locura y vértigo manipulador (llevado al paroxismo), el de la televisión, como a las no menos magistrales interpretaciones de sus principales intérpretes, ese trío estelar que componen Faye Dunaway —en la plenitud de su belleza madura—, William Holden y Peter Finch —estos dos últimos, veteranos que apuraban una larga y fructífera carrera, y daban aquí toda una lección de sabiduría y temple actoral, en papeles de una muy falsa sencillez—. Y que estremece porque, recuperada más de treinta años después gracias a la pujanza de los nuevos formatos, ese mundo que con tanto rigor y verismo nos dibuja, nos puede resultar inmensamente familiar. Tan familiar como esa antigua caja reconvertida en fina loncha fosforescente desde la que recibimos nuestra (mayor o menor) dosis diaria de anestesia. Qué miedo...

viernes, 20 de marzo de 2009

El marido de la peluquera (Le mari de la coiffeuse; Francia , 1990)

Al igual que en el ámbito del cine comercial surgen, con cierta periodicidad, títulos que, contra todo pronóstico, y debido a la concurrencia de determinadas circunstancias, revientan la taquilla (y a los que la crítica más “barbarista” otorga la denominación de “sleepers”, vayan ustedes a saber por qué...), también en los territorios del cine más minoritario surgen, de vez en cuando, fenómenos que alcanzan un eco bastante más amplio del que, a priori, cabía esperar de ellos. Es este último el caso de un film francés que, a principios de los años noventa del pasado siglo, alcanzó una repercusión inesperada, dadas la modestia de su planteamiento y la sencillez de sus líneas argumentales y estilísticas, hasta llegar a convertirse en lo que es actualmente, una especie de tótem cinéfilo a cuyo conjuro todos sus seguidores entran en una suerte de trance evocatorio y/o melancólico, acunados por ritmos arábigos de bailabilidad espasmódica y contagiosa, y sumidos en el placer olfativo de lacas, lociones y champúes vaporosos. Sí, efectivamente, hablamos de la ya legendaria “El marido de la peluquera”.

Una película breve, dulce, tierna, en la que, a caballo entre la infancia y la edad adulta, sus protagonistas reivindican el amor y la sensualidad -maripososas gráciles sobre las que siempre revolotea el fantasma ominoso de la muerte; Eros y Tanatos, una vez más, en otro capítulo de su contienda permanente...- como ejes sobre los que edificar una existencia despojada de cualquier pretensión que se extienda más allá del cerrado mundo de una peluquería. Un lugar en el que ganarse el sustento, pero también un observatorio privilegiado de la condición humana y sus tan curiosos como erráticos evatares, o un territorio para un amor no por carnal de menos profundidad espiritual. Con un material dramático de máxima ligereza, Patrice Leconte elabora una historia sin mayores recovecos ni dobleces, a la que dan soporte interpretativo dos artistas estimables: un Jean Rochefort en plena madurez de su carrera, y que dota a su personaje de esa mezcla de simplicidad y convicción que, pese a su inverosimilitud, tan creíble lo hace; y una Anna Galiena que hace de esa sonrisa tenue y cristalina con que adorna todas y cada una de sus acciones, una auténtica “arma de demolición de barreras afectivas”, ante la que podría caer rendido hasta el más impávido de los corazones.

A sus detractores no les falta munición con la que bombardear inmisericordemente el producto: desde lo poco creíble de esa vena estrambótica que adorna al personaje de Antoine, o la estolidez que aquejan tanto a él como a su amada Mathilde, hasta lo absurdo de algunas de sus situaciones y planteamientos argumentales, o lo abrupta e inexplicablemente que se cierra el film -en contraposición a la suavidad con que se ha desplegado previamente la trama-; amén de todo ese catálogo de componentes artísticos y ambientales que sitúan a una propuesta de este corte al borde de una tinaja llena de algodón azucarado, sin que nunca se termine de tener muy claro si se cae dentro o si se queda fuera de ella. Tanto da: el regusto a ese viejo cine europeo, que incide más en el sentimiento que en la acción, en un arco que abarcaría desde Tati hasta Fellini, dota a la película de Leconte del antídoto más eficaz contra esa clase de venenos. Y si, aún así, algo de él terminara contaminando nuestra sangre, tampoco es tan grave: en estos tiempos que corren, desastrosos para la lírica, quizá valga más la pena pecar por algún exceso, que penar por su defecto. ¿No...?

sábado, 7 de marzo de 2009

Sandra Cabrera (Varietés artísticas y culturales XVI)


Abrigo la fundada sospecha de que a buena parte (si no a la práctica totalidad) de los lectores habituales de este blog, el nombre de Sandra Cabrera no les dirá absolutamente nada. ¿Actriz, escritora, científica, chica play boy...? Nada de eso. Sandra Cabrera es una chica gaditana, de La Línea de la Concepción, concursante del programa telelevisivo de Canal Sur Andalucía “Se llama copla”. O sea, que se trata de una cantante. No es la primera ni la única; hay muchas que se han dedicado y se dedican profesionalmente a esa actividad, y otras tantas que aspiran a ello, como, por ejemplo, el resto de las compañeras que con ella compiten en dicho programa (una especie de “OT temática”, centrada en ese género musical, el de la copla). ¿Qué la hace, pues, merecedora de una atención especial -al menos, por mi parte-? El convencimiento de que posee unas dotes artísticas -voz y presencia escénica- de calibre excepcional, que la deben llevar a alcanzar el mismo nivel de reconocimiento que sólo las más grandes del género han llegado a alcanzar.

Apelando al tópico, y sin tener posibilidad alguna de contrastarlo mediante la escucha de los gorgoritos de los susodichos, cabría decir que Sandra Cabrera canta como los mismísimos ángeles. Lo hace con una voz de textura sedosa, plena de armonía y suavidad, sin que ello le merme un ápice de potencia y energía cuando las exigencias del tema a interpretar así lo requieren, armonizando siempre tonos e intensidades con una elegancia poco usual en alguien que (aún) no tiene la de la canción como actividad habitual remunerada. Si a ello se le une una presencia física sobre el escenario que irradia una belleza muy por encima de la estrictamente física de la intérprete (sin que se pueda decir que ésta escasee tampoco; Sandra es una muchacha bastante guapa, aunque, fuera del escenario, no deslumbrante), tenemos todos los ingredientes para hacer de su contemplación y disfrute una experiencia de las más placenteras que puede proporcionar el actual panorama artístico-televisivo en cualquier latitud.

Ignoro si Sandra Cabrera llegará a alcanzar grandes triunfos artísticos; incluso es difícil vaticinar -tan inciertos son los tiempos que corren y tan negras las perspectivas- si podrá dedicarse profesionalmente, con un mínimo de solvencia, a cantar coplas. El mundillo de la canción, en general, es volátil y complejo, y el género en que ella se desenvuelve, el de la copla, ha vuelto a ser un reducto minoritario, confinado en esas catacumbas a las que el posfranquismo inmediato lo condenó por su excesivo apego al régimen, y una vez superada esa fugaz efervescencia vivida al hilo de su reivindicación por el sector más filo-gay de la movida madrileña. Sus capacidades le permitirían desenvolverse en cualquier otro género de corte popular sin excesivos problemas, pero sería una auténtica lástima que esa voz no diera continuidad a la estirpe iniciada por gente como Concha Piquer o Gracia Montes, con las cuales guarda un vínculo estilístico más que evidente. Sólo resta esperar, y dar tiempo al tiempo.

Desde estas líneas, abogo por su éxito, y espero, de todo corazón, que se produzca: sería una circunstancia de estricta justicia artística. Y, en caso contrario, siempre me quedaría el consuelo de pensar que yo fui uno de esos privilegiados que tuvo ocasión de disfrutar con sus interpretaciones. Si es cierto eso de que es arte toda experiencia estética que nos eleva espiritualmente y que nos hace trascender nuestra condición animal para situarnos en un plano intelectual y moral superior, lo tengo clarísimo: lo de Sandra Cabrera es arte. Mucho arte. Felicidades y suerte.
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