El envejecimiento de la obra artística es un fenómeno normalmente relacionado, de manera directa, con el grado de “inserción” en su tiempo que la misma manifiesta; es decir, en la medida en que una obra refleja, o asume, de forma más fiel y exacta su contexto temporal, tiende a envejecer más y antes (es decir, peor). Por eso resulta más paradójico el caso de una película como “Network, un mundo implacable” —un retrato preciso y despiadado del mundo de la televisión y sus aledaños, en un país (los Estados Unidos) y un periodo (mediados de los años setenta del pasado siglo) muy concretos—, dado que, ofreciéndonos, como nos ofrece, una perspectiva totalmente apegada a su entorno (en estilo visual, en tendencias formales, en mensajes de fondo; en todo), la historia que nos cuenta —sus entresijos, sus personajes, sus derivaciones— nos resulta perfectamente reconocible, hasta un extremo que podría llegar a resultar sospechoso. ¿No será éste un ejercicio de recreación digital de una historia de los albores del siglo XXI con ropajes de los finales del XX?
Las hemerotecas y los registros históricos nos dicen, inequívocamente, que no. Que “Network, un mundo implacable” es una película de 1976 que obtuvo plácemes y reconocimientos generalizados —los que merece un film más que estimable, tanto por su factura técnica como por su brío narrativo y el interés de su trama—, gracias tanto a su magistral retrato de un mundo de locura y vértigo manipulador (llevado al paroxismo), el de la televisión, como a las no menos magistrales interpretaciones de sus principales intérpretes, ese trío estelar que componen Faye Dunaway —en la plenitud de su belleza madura—, William Holden y Peter Finch —estos dos últimos, veteranos que apuraban una larga y fructífera carrera, y daban aquí toda una lección de sabiduría y temple actoral, en papeles de una muy falsa sencillez—. Y que estremece porque, recuperada más de treinta años después gracias a la pujanza de los nuevos formatos, ese mundo que con tanto rigor y verismo nos dibuja, nos puede resultar inmensamente familiar. Tan familiar como esa antigua caja reconvertida en fina loncha fosforescente desde la que recibimos nuestra (mayor o menor) dosis diaria de anestesia. Qué miedo...





