jueves, 22 de enero de 2009

Gracias y hasta pronto

Siempre me causó bastante desazón el comprobar cómo blogs que seguía habitualmente, un buen día, sin saber muy bien ni cómo ni por qué, desaparecían, o, en el mejor de los casos, dejaban de actualizarse, hasta morir prácticamente de inanición, sin dar una mínima explicación al respecto. Eso que se da en llamar una "despedida a la francesa".

Mis lectores -es decir, los habituales, los que consciente y voluntariamente se asoman a este humilde "ciberadminículo", una brizna, nada...- son muy pocos, pero, para mí, cómo no, cómo iba a ser de otra manera, son los mejores. Y les tengo aprecio; de modo que, como el alcalde aquel que el gran Berlanga, a través de la encarnadura del no menos grande Pepe Isbert, inmortalizara en Bienvenido, Mr. Marshall, les debo una explicación, y esa explicación -o, más que explicación, esa despedida "comme il faut"- se la voy a dar.

Circunstancias familiares complicadas me impiden dedicarle a este invento, y a lo que él conlleva, el tiempo que quisiera. No tengo el tiempo necesario, ni ánimo en debidas condiciones para el no mucho más disponible, para afrontar la tarea de actualizarlo. No sé lo que durará esta situación, ojalá que no mucho. Pero, mientras tanto, este blog echa el toldo. Sólo espero que no lo haga de manera definitiva, me resultaría doloroso, de veras.

Hasta ese momento, tampoco pasearé mucha por esa (tan querida por mí) blogocosa -y, en particular, por vuestros blogs, esos que tan buenos ratos me han hecho pasar-, ni por muchos más rincones de la red. Tiempo habrá para retomar la tan cara costumbre, espero que pueda ser pronto.

Hasta entonces, pues, y de todo corazón, muchísimas gracias por vuestra comprensión. Nos leemos.

viernes, 9 de enero de 2009

Venturas y desventuras de la exhibición cinematográfica (Varietés artísticas y culturales XV)


TENGO UN PROBLEMA (Y NO ES SEXUAL).-

Nunca milité en las filas de aquellos que lamentaban amargamente la desaparición de las grandes salas de exhibición cinematográfica —más parecidas a teatros, con sus palcos, sus plateas y sus vastos patios de butacas— y, de forma correlativa y consecuente, despotricaban contra su sustitución por los actualmente omnipresentes multisalas. Aunque no voy a negar el encanto que despreden esos grandes cines —de los que aún queda algún reducto inextinguido en la Gran Vía madrileña: a saber cuántos son sus (con total seguridad) contados días...—, y lo gratificante de la experiencia de ver películas en ellos, no se puede olvidar que su existencia se remonta a una época cuyas pautas, tanto sociales, en general, como las más específicamente relacionadas con la producción, distribución y exhibición cinematográficas, nada tienen que ver con las del momento presente. Y, ya se sabe, tiempos nuevos, nuevos formatos.

Tras unos inicios en que eran frecuentes (y fruto, en muchos casos, de la forzada reconversión de una sala (única) enorme en una miríada de “minisalas”) casos sangrantes de salas de exhibición totalmente inadecuadas (por expresarlo sin cargar mucho las tintas...), tanto por su superficie (igual de patio de butacas que de pantalla) como por las carencias de sus equipos de proyección —más cercanos a aquel legendario Cinexin de nuestra infancia, que a herramientas de tipo profesional—, el panorama actual se puede calificar, en ese terreno, y en líneas generales, de bastante satisfactorio. Ya no es tan habitual (sobre todo, en los de diseño y construcción recientes) encontrarse con cubículos de poco más de diez butacas (algo más parecido al salón de casa que a una auténtica sala de cine), con una pantallita del tamaño de la de un teléfono móvil y un sonido infame; las salas suelen ser bastante amplias, con butacas cómodas y en una disposición espacial adecudada (en graderío, para evitar los “males de altura” —ése que siempre solía aquejar(nos) a los bajitos...—); las pantallas son de una superficie más que generosa y el sonido y la imagen, de excepcional calidad.

¿Dónde radica, pues, el problema? El problema no está en las formas, sino en los contenidos.

El surgimiento de los multisalas nos hizo abrigar (al menos, a algunos, entre los que me cuento) la esperanza de que un incremento muy sustancial del número de pantallas posibilitaría la proyección de un número mucho más alto de películas: a mayor capacidad, mayor volumen y más diversidad. Punto final a las viejas y eternas lamentaciones sobre aquellos estrenos de films de enorme interés cinéfilo (pero, generalmente, de muy escasa distribución) que nunca llegaban (o, si lo hacían, muy, muy tarde) a las pequeñas y medianas capitales de provincia. ¿Qué motivo podría haber, con un parque de cuarenta salas —cuarenta y una, para ser exactos, y a día de hoy, en el caso de mi ciudad, Córdoba—, para no dar puntual e íntegra salida a un volumen de ocho ó nueve estrenos semanales? Aparentemente, y a priori, ninguno. ¿No? Pues sí...

Ya ven, amigos lectores, nuestro gozo (mi gozo, al menos), en un pozo. A las cuarenta y una salas cordobesas —y me consta que es ésta una circunstancia que se reproduce en idénticos términos en cualquier ciudad de tamaño similar—, apenas llega la mitad de los films que se estrenan comercialmente en nuestro país cada semana. Obviamente, los “megalanzamientos” de turno siempre encuentran una acogida más que “cariñosa”, disponiendo de más de una sala de exhibición en todos y cada uno de los cuatro multisalas existentes; en cambio, cualquier película de perfil comercial “manifiestamente sospechoso” o con vocación “gafapástica” contrastada —y, aunque alguien pueda pensar lo contrario, son dos condiciones que no siempre concurren en un mismo producto— hace bueno el bíblico aserto aquel que hablaba del camello y el ojo de la aguja.

Estoy absolutamente convencido de que exhibidores y distribuidores me podrían dar explicaciones numerosas, amplias y más que razonables (y razonadas) sobre el particular. Esto del cine, al fin y al cabo, no deja de ser una actividad económica más (o sea, un negocio), en la que, como tal, no sólo priman, sino que se imponen, criterios de rentabilidad; y ocupar una sala con un film cuyas expectativas de taquilla son ínfimas, cuando, en esa misma sala, puedes colar una copia más del Batman, Indiana Jones o Rambo que, en ese momento, corresponda, no tiene, desde esa perspectiva, mucho sentido. Pero quizá habría que buscar fórmulas imaginativas para conjugar ambos extremos: mecanismos de colaboración entre ámbitos públicos y privados; campañas específicas en coordinación con filmotecas y similares; reservas de salas subvencionadas en el marco de programas de difusión y promoción de ese “otro” cine. En fin, doctores, algo que me cure. Que alguna cura ha de haber para mi enfermedad, ¿no les parece...?


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