lunes, 13 de julio de 2009

El artista, la obra y viceversa (Varietés artísticas y culturales XVIII)


Una de las indiscutibles utilidades (entre otras muchas) de los comentarios de un blog personal, es la de proporcionar a su “manijero” -especialmente, cuando éste atraviesa una etapa de cierta “espesura temática” (o sea, y traducido al castellano, cuando éste no tiene ni repajolera idea de qué y sobre qué escribir...)- un soporte argumental para sus divagaciones. En este caso, ha sido un comentario de la compa Noemí Pastor -a cuyo magnífico blog, Boquitas pintadas (del cual encontrarán enlace en el sitio pertinente), les remito y encomiendo- sobre la transmisión de principios y/o valores en/de una película, lo que me ha movido a una reflexión más amplia acerca de un tema que siempre ha despertado mi interés, y sobre el que he tenido ocasión de discutir extensamente, y en muchas ocasiones, pero sobre el que nunca había escrito -y si la escribí, ya no la recuerdo...- una recensión específica. Ésta es, pues, la ocasión de dedicarle unas líneas a la relación entre la persona y el artista; la vida y la obra; los principios y valores (morales) y las calidades y bondades (artísticos).

Todo artista, como personaje público que es, está sometido al escrutinio de los demás; un escrutinio -y subsiguiente enjuiciamiento- que raramente se ciñe a su creación, digamos, profesional, sino que, más allá de ese territorio, se extiende a una valoración sobre la globalidad de su persona, basada, como no podía ser de otra manera (salvo en el hipotético y poco usual caso de que se le conozca personalmente), en la imagen que del mismo obtenemos a través de fuentes externas (básicamente, medios de comunicación). Partiendo de esa premisa, nos encontraríamos con dos cuestiones, a cual más controvertida -y fascinante-(hay más cuestiones, pero es verano, hace mucho calor...): la primera, hasta qué punto esa imagen personal que nos forjamos acerca del personaje es certera, fidedigna, fiable; y la segunda, hasta qué punto la valoración que en tal imagen personal forjada sustentamos, habría de influir (o no) sobre la valoración que de la obra artística del sujeto podamos hacer.

En el caso de la primera, habrán de permitirme, amigos lectores, que exprese mis razonables sospechas de que, por lo general, y salvo casos muy extremos, pecamos de excesiva ligereza, tendemos al prejuicio acelerado y, en consecuencia, la idea que nos hacemos de los personajes públicos -no sólo de los artistas, por supuesto- suele tener bastante poca relación con su auténtica y genuina condición; condición que, como humana que es, ya es suficientemente compleja como para reducirla a los clichés y etiquetas que, en su proceso de generación de producto, tienden a generar los medios masivos -y que es con lo que, finalmente, nos quedamos-. Hacemos del episodio concreto una muestra de un itinerario vital íntegro (algo absurdo, teniendo en cuenta las vueltas y revueltas que la vida le da a todo el mundo...); tomamos el último acontecimiento como paradigma de la condición permanente del personaje (aquello del “vales lo que vale tu última acción”, trasladado al terreno personal), cuando todos (ellos, también...) cambiamos y pasamos por etapas y sucesos altamente variables (ya se sabe, nada es eterno...); y, lo que es más importante, no sabemos absolutamente nada de lo que esas personas son y hacen fuera del foco de atención de los medios, y, aún así, los enjuiciamos y valoramos tan ricamente. Y nos quedamos así de anchos. Ah, y por cierto, el que esté libre de pecado (no es mi caso, desde luego), que lance el primer misil (no tiene por qué ser, necesariamente, sobre Irán ni Corea del Norte...).

Así funcionan las cosas, a grandes rasgos, cuando nos enfrentamos a personajes vivos y/o en activo. Pero, contrariamente a lo que se pudiera pensar inicialmente, tampoco marchan de manera muy distinta en lo que afecta a personajes históricos, o ya retirados: la perspectiva que da el paso del tiempo y que, en pura lógica, debería contribuir a mejorar o paliar esa situación, raramente lo hace; más bien al contrario, a todas las deficiencias antes apuntadas, vienen a sumarse otras consideraciones que también redundan en la distorsión de la imagen del personaje. El olvido, tan selectivo a veces, al que la desmemoria somete aquellos puntos de la biografía del personaje que, en función de un nuevo contexto, pueden perder interés para el público general (y que también forman parte de su íter vital); la acumulación de testimonios contradictorios -y, comúnmente, interesados, desde la parcialidad- sobre algunas cuestiones que suscitan controversia y sobre las que hechos y opiniones suelen terminar mezclándose para arrojar más oscuridad sobre la poca luz ya existente; en suma, motivos más que sobrados para que, como dijera aquel, abandonemos toda esperanza. Pero no por ello nos retraemos a la hora de destripar a personajes históricos: cual si hubiéramos departido con ellos diariamente, echando la cervecita en el bar de la esquina, también a ellos los valoramos y enjuiciamos, sobre la pretendida base de un cúmulo de testimonios históricos que, en el mejor de los casos, y salvo supuestos muy excepcionales, no aguantarán los embates de la siguiente “oleada investigadora”, ésa que arrojará la “luz definitiva” sobre el ilustre en cuestión. Y así, hasta la próxima, claro...

Supongo que el cúmulo argumental de los dos párrafos precedentes ya debe orientar bastante acerca de lo que opino sobre la segunda de las cuestiones planteadas: dado lo poco fiable que me resulta cualquier juicio de valor elaborado respecto a la catadura moral y la condición personal de un artista, poco me ha de entusiasmar que dicho juicio se proyecte, con toda su carga distorsionante, sobre la valoración de su obra. Pero me consta que no es sencillo, y aquí llegaría el momento de apelar al segundo misil: quien jamás lo haya hecho, que vaya preparando la rampa de lanzamiento. ¿Cómo disfrutar pacífica y armoniosamente de las maravillosas palabras, pinceladas o notas musicales de un fulanito al que consideramos un absoluto impresentable, desde el punto de vista personal? O, a la inversa, ¿cómo no ser indulgente con el resbalón estético de un artista que nos resulta especialmente simpático por su bonhomía y buen rollito -aunque éstos sean tan presuntos como el valor aquel de la mili aquella...-? Así suele funcionar, pero, ¿es eso lógico, justo? Probablemente, no; de forma que, salvo en aquellas contadas ocasiones (y serán contadas, fundamentalmente, porque la interferencia mediática en nuestra vida actual es de dimensiones espantosas...) en que nuestra apreciación artística esté plenamente incontaminada por el más absoluto desconocimiento del autor de la obra, lo más normal será que nuestro juicio supuestamente “artístico”, esté fuertemente condicionado por algo tan impreciso y aleatorio como la simpatía o antipatía que el autor nos causa. Y así, claro, nos pintará el pelo...

Quedan en el cibertintero muchas otras cuestiones más o menos conexas con las anteriores: los prejuicios ideológicos, y su proyección sobre obra y/o persona; las intoxicaciones deliberadas, desde posiciones de interés económico, a la hora de erigir y/o derribar (y volver a erigir, y volver a derribar) mitos y figuras (y miren que me había propuesto no hablar, ni siquiera implicítamente, del ínclito Michael Jackson, pero, ya ven, no ha habido forma...); las diferencias entre soportes artísticos en cuanto a su capacidad “receptora” de los elementos idiosincráticos del autor (varía mucho lo que de sí puede proyectar un novelista en su novela respecto a lo que un pintor puede plasmar de sí en en el lienzo...). Pero, ya saben, amigos lectores, es verano. Y, además, ahora es su turno. ¿Serían tan amables...?

12 comentarios:

Josep dijo...

Ya sabes, Manuel, que yo soy muy raro.

No me atrevería a lanzar ningún misil, porque tampoco me atrevería a calificarme como impoluto, pero, desde luego, hace años que intento diferenciar entre el artista como ser humano y su producción como tal artista.

Así como me puedo cargar de prejuicios en la contemplación de una obra, o dos, o tres, hasta decir basta, nunca me ha preocupado ni importado lo más mínimo la catadura privada del artista; pero es que además, tampoco tomo en consideración sus opiniones vertidas en conceptos que no sean intrínsecamente relacionados con su arte.

Es decir, por poner un ejemplo que tú ya conoces: puedo apreciar -o no- el trabajo de algún actor (no citemos por no hacer propaganda) pero desde luego sus opiniones políticas me traen al pairo; en contrapartida, apreciaré -o no- las opiniones políticas de un político, pero desecharé por narcisistas opiniones sobre el fúrgol o el cine.

No sé si me explico.

Además, siempre he sido de la opinión que el artista acaba un tanto desquiciado, sobre todo el que se dedica a la interpretación y pone en ella sus seis sentidos, porque aparte de los cinco habituales (por lo menos ese debería ser así) además le pone un sentimiento, una parte de sí que le provoca un tremendo vacío.

No comparto pero entiendo los excesos vitales de algunos, porque provienen de unas actuaciones que producen placer al respetable y a ellos merma.

Ya estoy soltando de nuevo un rollo, pero hoy no me arrepiento, por tu entrada es mucho más larga de lo acostumbrado: se nota que te preocupa el tema.

Acabo con un ejemplo diáfano: Me importa un pito que el Sr. Alfred Hitchcock fuera un déspota y un tirano con su mujer, etc. etc., porque sus maravillosaas películas no se resienten de su peor lado humano.

Un abrazo.

Isabel Romana dijo...

Para ser verano has elegido un tema de bastante enjundia. Dice josep que él es muy raro, y doy fe, porque un loro que piense y escriba es poco común. Yo también soy rara, pero no tanto por mi naturaleza como por esa manía inveterada de vivir en Roma como hace 2000 años. Y en fin, estoy segura de que todo ser humano, incluidos los artistas, tienen sus rarezas.
En general, no suelo prestar demasiada atención previa a la biografía de los artistas, salvo que sean fascistas. En ese caso, me niego en redondo a mirar sus obras. En todos los demás, las miro - o las leo - y las disfruto si me gustan y dejo de mirarlas - o leeerlas - si no me gustan.
Ahora bien, dicho esto, no hay nada que me impida opinar sobre las huellas que dejan en la obra las vivencias, el carácter y la biografía del autor. Muchas cosas no las podríamos comprender en toda su magnitud si no supiéramos nada de sus autores. Creo que el saber de ellos nos ayuda a enriquecer no la obra - que es la que es - sino nuestro punto de vista sobre la obra y quizá captar matices que de otro modo nos pásarían desapercibidos.
En fin, querido amigo, que es la hora de la siesta.... Besotes.

Josep dijo...

Por alusiones, sólo por alusiones:

Isabel: me has alegrado el día, porque hasta ahora ya era consciente que escribía -bien o mal, pero escribo- pero nadie, nadie, ha dicho nunca jamás que piense.

Lo más parecido me ocurrió hace muchos años, cuando una ¿amiga? antes de darme un bofetón, me espetó, como insulto: ¡intelectual!¡eres un intelectual! Todavía me acuerdo, porque de la impresión, ni siquiera sentí la bofetada que siguió a tal "insulto"....

:-)

Pabela dijo...

Vaya tema te has echado amigo Manuel. He de decir que como buen ser humano imperfecto muchas veces me vi en la cosa esta de prejuzgar o mejordicho nublar mi visión de un artista por alguna antipatía ajena a su arte. Creo que cierta vez comenté aquí mismo que Duftin Hoffman por ejmplo me parecemuy buen actor pero luego de escucharlo en una entrevista con un periodista argentino donde lo subestimó y maltrató a más no poder, pues qué decir me sentí tocada porque fue terriblemente discriminativo en sus comentarios. Ya ves que ahora me cuesta verlo con buenos ojos. No obstante no dejo de ver sus films y sigo reconociendo que es buen artista. Yo creo que si en ciertas cosas tenemos visión más flemática que biológica (no sé si se entiende la comparación) es imposible a veces diferenciar una cosa de la otra. Lo realmente imbécil es a pesar de ello no disfrutar o valorar lo bueno que un artista, humanamente perverso o rechazable, puede dejarle a la humanidad.

39escalones dijo...

Es un tema interesante, desde luego. Pensemos en la cantidad de obras maestras de arte de todo tipo que desdeñaríamos si nos detuviéramos en los episodios desagradables que de sus autores nos han llegado. ¿Rechazaríamos el Guernica por ser Picasso un cretino? Creo que la separación total entre persona y artista es la única forma de poder apreciar a ambos, persona y obra, con cierta equidad. El ejemplo de Josep sobre Hitchcock es excelente para demostrarlo. Ahora bien, si de lo que se trata es de dar rienda suelta a los prejuicios y a los reproches gratuitos, en ese caso no se salva ni dios, el arte entonces no existe: de igual manera que toda obra encuentra alguien al que le guste, toda obra encuentra a alguien a quien no le guste.
Buena forma de darle al tarro...
Un abrazo.

Manuel Márquez dijo...

Bien que podría yo, parafraseando al mesonero aquel que, en el frontispicio de su tasca, puso un cartel que rezaba "Lo mejor de esta casa, la clientela": "Lo mejor de este blog, los comentaristas". Qué lujo, compas, qué lujo. No puedo más que agradeceros de corazón lo profuso y enjundioso de los comentarios que dejais, que no enriquecen el texto previo, sino que, más bien, lo justifican. Muchas gracias.

Y como creo que ya me extendí bastante en el texto inicial, no voy a abusar más ahora en la respuesta. Así que sólo algún apunte breve...

Compa Josep, sí que me preocupa el tema, a qué negarlo, y creo que estoy bastante de acuerdo con los elementos básicos de tu postura, aunque quizá no comparta -por falta de capacidad, no de convicción- tu aptitud para (y actitud de) abstraerte de consideraciones personales acerca del artista. Por lo demás, totalmente de acuerdo con Alfredo; el ejemplo que pones, el del mago Hitch, es más que significativo.

Compa Isabel, ese matiz que apuntas, sobre lo que de la persona se vuelca en la obra, es muy interesante, y bien cierto es que a mí, en mis disgresiones, se me había escapado totalmente. En cuanto a tus "objeciones fascistas", las comparto totalmente, pero supongo que no se te escapa que no todo artista hace profesión pública y expresa de su ideología, y seguro que más de uno habrá que por ahí se pueda escapar. ¿E importa? En fin...

Compa Pabela, no recuerdo ahora si te había leído en alguna ocasión ese apunte que haces respecto a Dustin Hoffmann, pero creo que es bastante esclarecedor (y significativo, en cuanto indicativo de cómo suelen funcionar las cosas en este terreno). Muy buena reflexión la tuya, también.

Compa Alfredo, también la tuya es excelente argumentación. Eso sí, veo que vienes a coincidir, básicamente, con las tesis de todos -aun con todos los matices que se quieran considerar-, que se mueve en el primar la apreciación "limpia" de la obra artística.

Muchísimas gracias, insisto, a los cuatro, un fuerte abrazo y buena semana.

guitarras preston dijo...

o a la imagen que tenemos de los artistas por ejemplo yo creo que pasa por que solo vemos lo que queremos ver o la parte en que nos identificamos.

talleres literarios dijo...

Hola, Comparto la misma opion solo vemos lo que queremos ver , esta filosofia es aplicada no solo por artistas, sino tambien por los dueños de compañias muy grandes como GOOGLE, cuya filosofia es: hay que hacerles ver y creer sólo lo que ellos quieren ver y creer.

Nuestros Viajes Baratos dijo...

respuesta escala 39:
La pregunta entonces es si el arte se es lo que al autor quiere comunicar o lo que el receptor creee percibir??, es necesario en el primer caso conocer la biografia y las inclinaciones del autor, mientrAS que en el segundo, solo es necesaria una espontanea reflexion interna.!

Noemí Pastor dijo...

Jo, tío, qué vergüenza me haces pasar.
Cuando se me quite el rubor reflexionaré sobre el asunto.

Manuel Márquez dijo...

Bueno, bueno, compa Noe, no era esa la intención, ni muchísimo menos. Pero al César, lo que es del César (o, para ser más propios, a la "Césara", lo que es de la "Césara"...). Eso sí, ya puestos, aprovecho la coyuntura, y esperando me quedo a tu reflexión: me interesa, y mucho.

Un fuerte abrazo.

programas dijo...

Estoy de acuerdo, estamos en un universo de percepciones y muchas veces estas están guiadas por nuestros deseos y pensamientos.

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