martes, 7 de abril de 2009

Javier Marías (Varietés artísticas y culturales XVII)


Paradojas de la vida: uno acumula referencia -y, además, en breve plazo de tiempo- de decenas de libros que le apetece, o le interesa, o le gustaría, leer, y, llegado el momento concreto en que ha de echar mano de uno para abordar su lectura, no tiene claro cuál elegir. ¿Solución para salir del impasse? Recurrir, por ejemplo, a un valor seguro; a uno de esos autores que, sin querer apelar a esa etiqueta (de cabecera) con que se les suele catalogar, sí que sabemos que difícilmente nos van a defraudar (y menos aún si de lo que se trata es de abordar la relectura de alguna obra suya que ya hemos leído con anterioridad -aunque, a veces, salta la liebre de la decepción; depende, entre otras cosas, del tiempo y las lecturas transcurridas entre una y otra-). Hace unos días, puesto en tal tesitura, recurría, una vez más, a este viejo mecanismo. ¿Qué leer? Mañana en la batalla piensa en mí, de mi muy admirado Javier Marías.

Me gusta, y mucho, el Marías novelista. Soy un seguidor atento de su obra narrativa, de la que he leído su práctica totalidad, y disfruto enormemente con esa especial habilidad con la que el autor es capaz de combinar, de forma tan eficaz como fluida, el desarrollo de tenues líneas argumentales (eso sí, no por livianas, menos interesantes) con las disgresiones cotidianas más peregrinas (ésas que te sitúan negro sobre blanco reflexiones que todos nos podemos hacer de manera ordinaria, pero que no seríamos capaces de formular de manera articulada con tanta brillantez). Siempre me ha parecido el suyo un estilo endiabladamente complicado, desde la sospecha de que su apariencia de sencillez (la carencia de palabras grandilocuentes y de construcciones sintácticas complejas así lo configuran) responde a un trabajo meticuloso y difícil de elaboración, del que sólo son capaces de obtener un resultado literariamente valioso escritores de gran talla. Y a mí Javier Marías, desde la percepción del lego en la materia, cuyas únicas credenciales exhibibles son las del admirador voluntarioso, así me lo parece.

No me gusta tanto, en cambio, el Marías articulista. Y no tanto por una cuestión de formas -al fin y al cabo, exhibe éste en sus artículos la misma brillantez formal con que nos obsequia en sus novelas (algo lógico, lo extraño hubiera sido lo contrario), a lo que suma, para mayor regocijo, una profunda capacidad analítica y conceptual (la que cabría esperar, también, de alguien de su nivel intelectual, muy alto)-, sino más bien a causa del carácter que en tales terrenos me parece -no sé si con mayor o menor fundamento: estas cuestiones suelen obedecer a percepciones bastante intuitivas- vislumbrarle. O sea, que no es una cuestión de talento, sino de talante. Ya no me refiero a las opiniones que, sobre los asuntos de índole política y social -que son los que predominantemente aborda en tal género- que trata, expone Javier Marías, con las cuales puedo estar, o no, de acuerdo (y, de hecho, son más las ocasiones en que coincido que aquellas en las que discrepo), pero que, en cualquier caso, siempre me resultan merecedoras del mayor de los respetos; lo que me desagrada, en cierta manera, es esa hosquedad, o mal genio, o desabrimiento (o, para que se me entienda mejor, al menos en mi tierra, esa “mala follá”), con que (a veces, no siempre, desde luego) las expresa (y que él, en un rasgo de honestidad personal que creo que le honra, no me atrevería a asegurar que cultiva, pero sí que me parece evidente que no tiene el más mínimo interés en ocultar o, al menos, maquillar).

Volvemos a la formulación inicial: paradojas de la vida. O no. Al fin y al cabo, las novelas de Marías, aunque siempre muestran a un personaje protagonista en el que es difícil no ver un trasunto más o menos definido, o cercano, de sí mismo, cuyo perfil de carácter tiende a lo amable (educado, tranquilo), y sus situaciones, más allá de ese punto siempre presente de imprevisión y sorpresa, no suelen ser, en principio, extraordinarias, tampoco son eso que podríamos calificar como la alegría de la huerta. O sea, que quizá no se alejan tanto ficciones y realidades. Como en la vida real. O como en las novelas de Marías. Mismamente.

10 comentarios:

Josep dijo...

Curiosamente, durante varios años fui seguidor dominical de las críticas de cine que el padre del ínclito publicaba en G.I.

Sin embargo, del chico no he leído más que algún artículo suelto y me declaro desconocedor de su obra novelística.

Claro que son tantos los que desconozco, que ello no viene a significar nada.

Falta de tiempo y vagancia extrema se aúnan para ayudarme a decidir releer mis libros favoritos, dejando las novedades que ocasionalmente compro en un rincón. Sí: ya sé que soy un poco raro... :-)

Un abrazo.

Manuel Márquez dijo...

¿G.I., compa Josep? No caigo ahora, ni se me ocurre a qué publicación puede pertenecer. En todo caso, supongo que el crítico en cuestión sería Miguel Marías, el tío del escritor -y al que recuerdo como comentarista habitual en el programa de Garci-, y no su padre Javier, filósofo y académico, del que no me consta tal cinefilia (aunque tampoco me conste lo contrario, claro...).

Sus novelas, según me consta, generan pasiones muy controvertidas; igual que hay gente a las que les encantan (es mi caso), también me consta que mucha otra gente abomina de ellas de una forma brutal. Está claro que, sin ser tampoco de corte experimental -que no lo son-, tampoco tienen un corte demasiado convencional narrativamente hablando, y eso siempre hay quien lo ve como una genialidad y quien lo ve como una boutade intelectualoide (como con el cine de Iñárritu, poco más o menos, y salvando las distancias).

Que reserves tu nunca suficiente tiempo de dedicación a la lectura a revisar textos que ya disfrutaste, tampoco me parece mala opción; y, no te creas, bastante más extendida de lo que podamos pensar, según se puede leer en muchos sitios. Supongo que en un punto medio entre novedades y relecturas debe andar aquello de la virtud.

Gracias, como siempre, amigo, por comentar y un fuerte abrazo.

Josep dijo...

Perdóname, Manuel, por haber olvidado que eres todavía un jovencito... :-)

Al escribir G.I. me refiero a la revista La Gaceta Ilustrada, que se editó durante unos cuantos años en los mismos talleres que La Vanguardia.

Hablo ahora de memoria, pero tengo unos cuantos ejemplares de finales de los sesenta empaquetados en alguna parte.

Hace mucho tiempo que nos los reviso, pero diría que deben ser los últimos siete años de la edición, completos.

(Como ves, mi afición a coleccionar me viene de antiguo)

Y Julián Marías escribió no pocas críticas de cine; soberbias, para mi gusto.

Recuerdo especialmente la de Cabaret (estrenada en 1972, o sea, te haces la idea de la epoca) y, cualquier día que venza mi vagancia, le pego un escaneo y la cuelgo en el bloc como homenaje a Marías, para mí, en el recuerdo, el mejor crítico de cine que he tenido ocasión de leer.

Un abrazo.

Manuel Márquez dijo...

Pues muchas gracias, compa Josep, por las aclaraciones, necesarias por mor de mi ignorancia, que no de mi juventud (ya quisiera, ya quisiera...). Emplazado quedas -yo, al menos, me quedo esperándola- a colgar esa crítica, que, a buen seguro, será buen motivo de disfrute.

Un fuerte abrazo.

Superwoman dijo...

Como Josep, en lo que es la literatura española contemporánea, me declaro más perdida que un pez en el desierto... En fin, poco a poco le iremos poniendo remedio...
Eso sí, creo que cualquiera con una fina capacidad analítica que escriba artículos de opinión se le tiene que poner "mala folla" tal y como está el patio...
Un supersaludo

Manuel Márquez dijo...

Es complicado, compa Superwoman, seguir la actualidad de la narrativa, no ya española, sino de cualquier país; se escribe (y publica) tanto, tanto, tanto... Incluso desbrozando y siendo muy selectivo, es complicado estar al día. En cuanto a lo de la "mala follá" de Marías, mucho me temo que no se trata de algo coyuntural, motivado por los males y cuitas de este mundo, sino de algo más bien idiosincrático. Creo, vaya...

Un fuerte abrazo y buena semana.

Corpi dijo...

No he leído nunca ningún libro de Marías. Es de esos autores de los que no sé por qué cojones no me atrevo nunca a comprar un libro suyo. Sin embargo, cuando leía dominicales, me gustaban mucho sus artículos. En fin, paradojas.
Un saludo

Viola Tricolor dijo...

El año pasado me lei su ultima trilogia Tu rostro mañana, y me gusto mucho, sobre todo el primer y tercer volumenes. El segundo no me gustó excepto la parte final que ya solo por esas páginas merece la pena.
Y mañana en la batalla y corazon blanco los lei hace muchos años, me gustaron pero no recuerdo que me emocionaran como otros libros asi que ultimamente pensaba en releerlos para ver que me parecen ahora.
Y me pasa como a ti Manuel con los artículos, los he vuelto a retomar pero una buena temporada estuve sin leerlos porque me ponia de mal humor, siempre quejandose.
Besos.

Manuel Márquez dijo...

Compa Corpi, una alegría verte por aquí; anímate, hombre, que creo que no te vas a arrepentir. Marías tiene un estilo muy personal, pero, si te atrapa lo suficiente, lo disfrutas mucho.

Compa Viola, también me alegra un montón verte por estos ciberpagos. Y me sorprende agradablemente que seas seguidora firme de este novelista; creo que su relectura no te va a sentar mal, aunque eso siempre es un arma de doble filo. Tu apunte sobre su queja permanente me parece muy acertado; así es...

Un fuerte abrazo a los dos y gracias por comentar.

Tha dijo...

¡Ay, compa Manuel!, aquí no coincidimos. Me aburren soberanamente sus novelas, y no estoy de acuerdo cuando dices que su argumento es fluído, es más... hay una novela suya ("Todas las almas") que se me hizo insoportable y que solo terminé porque tengo la extraña manía de darles una oportunidad a todos los escritos, aunque vea que no puedo con ellos.
En fin... que no podemos estar de acuerdo en todo jejeje

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