En estos últimos días, la prensa generalista de nuestro país se hace eco con profusión de la gira que está realizando por varias ciudades españolas, el “clarinetista” estadounidense Woody Allen, acompañado de su banda, la New Orleans Jazz Band. Un éxito rotundo y sin paliativo alguno, si nos atenemos a los llenos de “no hay billetes” con que el ilustre “instrumentista” está despachando sus actuaciones, tanto las ya realizadas como las próximamente previstas. ¿Comprensible? Eso ya es harina de otro costal.
Soy un rendido admirador del director de cine (sin comillas) Woody Allen; admiración que no se ha atemperado por el hecho, evidente y más que resaltado por la práctica totalidad de la crítica cinematográfica mundial —en una apreciación que comparto plenamente—, de que sus últimos productos están, en una apreciación global, bastante lejos de los niveles de calidad exhibidos en su filmografía precedente (algo, por otro lado, bastante lógico, si tenemos en cuenta que este judío neoyorquino es uno de los autores más prolíficos del mundo del cine actual, y no es fácil mantener el listón en un punto de excelencia cuando se manufactura tal cantidad de películas). No obstante, pienso que estos films aún siguen mostrando un talento narrativo y una vis cómica que está bastante por encima de la media y, además, tampoco cabe desdeñar la nada baladí circunstancia de que Allen sigue siendo el mejor director de películas de Woody Allen del mundo (y no se trata ni de un chiste fácil ni de un juego de palabras: si se hiciera un listado de los directores que, en estos últimos treinta años, han intentado, con desigual fortuna, hacer películas de Woody Allen, la relación ocuparía un buen puñado de megabytes de la IMDB...).
Lo que no puedo, de ninguna de las maneras, es trasladar esa admiración, y su consiguiente interés, de manera automática, a su actividad como músico; y no termino de entender —especialmente, si se tiene en cuenta que, a juicio de los entendidos en la materia, el señor Allen no es ningún virtuoso del clarinete, sino más bien un poco más que discreto intérprete del mismo— el que haya tanta gente que así la extienda, o traslade, si no es bajo la consideración de una notabilísima carga de esnobismo intelectual: tanta, como para estar dispuesto a pagar el precio de una entrada (a precios, además, astronómicos, todo hay que decirlo; da toda la impresión de que el señor Allen y su banda manejan un caché que poco que tiene que ver con sus calidades musicales, tema que, por cierto, daría para muy muchas y otras disquisiciones...) por asistir a un espectáculo que, obvio resulta, ofrece bastante más interés por su componente anecdótico que por su relevancia artística.
Supongo que seguiré yendo a ver los próximos estrenos cinematográficos de este miope septuagenario (y ojalá que sean muchos, tantos como los del bueno de Manoel de Oliveira...) con todo mi interés y entusiasmo, aun siendo consciente de que las posibilidades de decepción han crecido peligrosamente con el transcurrir de su carrera. Pero, en materia musical, prefiero a los profesionales del ramo: sus nombres son de menos relumbrón, pero, a buen seguro, ofrecen espectáculos bastante más consistentes. Eso sí, no se llaman Woody Allen...











