miércoles, 31 de diciembre de 2008

El clarinete de Woody Allen (Varietés artísticas y culturales XIV)


En estos últimos días, la prensa generalista de nuestro país se hace eco con profusión de la gira que está realizando por varias ciudades españolas, el “clarinetista” estadounidense Woody Allen, acompañado de su banda, la New Orleans Jazz Band. Un éxito rotundo y sin paliativo alguno, si nos atenemos a los llenos de “no hay billetes” con que el ilustre “instrumentista” está despachando sus actuaciones, tanto las ya realizadas como las próximamente previstas. ¿Comprensible? Eso ya es harina de otro costal.

Soy un rendido admirador del director de cine (sin comillas) Woody Allen; admiración que no se ha atemperado por el hecho, evidente y más que resaltado por la práctica totalidad de la crítica cinematográfica mundial —en una apreciación que comparto plenamente—, de que sus últimos productos están, en una apreciación global, bastante lejos de los niveles de calidad exhibidos en su filmografía precedente (algo, por otro lado, bastante lógico, si tenemos en cuenta que este judío neoyorquino es uno de los autores más prolíficos del mundo del cine actual, y no es fácil mantener el listón en un punto de excelencia cuando se manufactura tal cantidad de películas). No obstante, pienso que estos films aún siguen mostrando un talento narrativo y una vis cómica que está bastante por encima de la media y, además, tampoco cabe desdeñar la nada baladí circunstancia de que Allen sigue siendo el mejor director de películas de Woody Allen del mundo (y no se trata ni de un chiste fácil ni de un juego de palabras: si se hiciera un listado de los directores que, en estos últimos treinta años, han intentado, con desigual fortuna, hacer películas de Woody Allen, la relación ocuparía un buen puñado de megabytes de la IMDB...).

Lo que no puedo, de ninguna de las maneras, es trasladar esa admiración, y su consiguiente interés, de manera automática, a su actividad como músico; y no termino de entender —especialmente, si se tiene en cuenta que, a juicio de los entendidos en la materia, el señor Allen no es ningún virtuoso del clarinete, sino más bien un poco más que discreto intérprete del mismo— el que haya tanta gente que así la extienda, o traslade, si no es bajo la consideración de una notabilísima carga de esnobismo intelectual: tanta, como para estar dispuesto a pagar el precio de una entrada (a precios, además, astronómicos, todo hay que decirlo; da toda la impresión de que el señor Allen y su banda manejan un caché que poco que tiene que ver con sus calidades musicales, tema que, por cierto, daría para muy muchas y otras disquisiciones...) por asistir a un espectáculo que, obvio resulta, ofrece bastante más interés por su componente anecdótico que por su relevancia artística.

Supongo que seguiré yendo a ver los próximos estrenos cinematográficos de este miope septuagenario (y ojalá que sean muchos, tantos como los del bueno de Manoel de Oliveira...) con todo mi interés y entusiasmo, aun siendo consciente de que las posibilidades de decepción han crecido peligrosamente con el transcurrir de su carrera. Pero, en materia musical, prefiero a los profesionales del ramo: sus nombres son de menos relumbrón, pero, a buen seguro, ofrecen espectáculos bastante más consistentes. Eso sí, no se llaman Woody Allen...

lunes, 29 de diciembre de 2008

Flame y Citron (Flamen & Citronen; Dinamarca, 2008) (El cine que viene X)

Lars von Trier y su Dogma han alcanzado, en estas dos últimas décadas, tal fuerza expansiva como etiquetas identificativas del cine danés que han conseguido algo a mi parecer tan contraproducente como provocar que cualquier título que se nos ofrece proveniente de ese país, nos remita, a priori, a un producto cinefilo y de corte digamos que “rarito”. Y no siempre, ni necesariamente, es así; de hecho, y aun cuando sea el cine danés uno de los de origen europeo que menos volumen de estrenos alcanza en nuestro país (en un contexto global de números raquíticos, todo hay que decirlo), los que nos llegan no suelen venir dotados de ese marchamo. Y ése es el caso, por ejemplo, de esta película que gozará del honor de ser una de las siete que abrirá la cartelera española del próximo año 2009, “Flame y Citron”, una intriga a caballo entre lo criminal y lo político, con fuertes tintes dramáticos —por añadidura—, situada en un entorno histórico (el de la Dinamarca ocupada por los nazis) con una fuerte carga emocional implícita y que no cesa de constituir un referente siempre atractivo para el cine europeo de todas las latitudes (hay heridas que no cierran tan fácilmente…).



Vista en el pasado Festival de Valladolid, “Flame y Citron” nos ofrecerá, a buen seguro, un producto bastante serio, bien trazado desde el punto de vista dramático, con una ambientación y un tratamiento formal de solvencia contrastada (no en balde, el hecho de que se trate de la producción más cara de la historia del cine danés debe tener un reflejo claro en ese capítulo) y unas profundidades a la hora de escarbar en los recovecos de las motivaciones humanas bastante superiores a las que el cine comercial usamericano que se suele enseñorear de nuestras pantallas, con muy contadas excepciones, no nos tiene acostumbrados. ¿Serán ésos mimbres suficientes para armar un cesto consistente? Habrá que verlo en la pantalla, pero si tenemos en cuenta precedentes recientes, hay motivos para la esperanza: en Dinamarca, hay celuloide más allá del amigo Lars y sus correligionarios (baste recordar esa excepcional película que pudimos ver en nuestro país el pasado año, “Después de la boda”, con la que comparte a uno de sus protagonistas, Mads Mikkelsen —el “gemelo danés” de Viggo Mortensen, por cierto…—), y éste debería ser un buen botón de muestra. Ojalá que así sea. Y feliz 2009…

En la imagen: Fotograma de “Flame y Citron” - Copyright © 2008 Nimbus Rights II, Sirena Film, Studio Babelsberg, Wüste Filmproduktion, OC Film, Duckling AS, Mainstream, Kameraudlejningen y 4½. Distribuida en España por Alta Classics. Todos los derechos reservados.

martes, 23 de diciembre de 2008

David Beckham, el círculo se cierra (Pasión furgolera X)


Manchester-Madrid-Los Ángeles-Milán. Un periplo más que significativo, al que la capital italiana de la moda (un lugar en el que su ínclita esposa podrá exhibir a destajo su condición de icono mundial del buen gusto y la elegancia -?-) puede poner un punto y final más que apropiado para el perfil del personaje que nos ocupa. ¿Fin de un periplo, fin de una época? Pudiera ser... Los vientos que soplan, de una gelidez asustante en lo que respecta al rubro económico, pueden terminar barriendo de los cielos furgolísticos esos cúmulos (de dólares, de euros) que furgolistas cuyo nivel de calidad apenas hubiera dado, años atrás, para ganarse la vida dignamente, han llegado a acumular, con la connivencia de cadenas de televisión cegadas por el oropel de la publicidad inagotable y la alegría desenfrenada de magnates instalados en la borrachera perpetua que les facilitaban sus estratosféricas fortunas, y poner punto final a un frenesí en el que, en más de una ocasión, ha primado lo anecdótico, lo suntuoso, lo accesorio, sobre lo esencial. Quizá no estará tan mal que vuelva el furgol al furgol...

La diestra de Beckham, ese guante de seda con el que nos ha deleitado cada vez que ha tenido a bien -y le han dejado- exhibir sus bondades, las de un toque mágico a la par que contundente, se trata, muy probablemente, de un aval con cuyo único concurso cualquier otro furgolista apenas hubiera podido alcanzar el estatus de jugador de nivel medio, destinado a jugar el papel de complemento vistoso en equipos con posibles, o de revulsivo de partidos complicados, de ésos en que sólo una jugada a balón parado puede desatascar las espesuras y trabazones a que el exceso de tensión termina llevando. Pero, en el caso de Beckham, nunca fueron sus calidades furgolísticas, tan innegables como limitadas, las que le han llevado a la posición que actualmente ocupa, sino su conversión en símbolo popstar y multimedia, en imagen retroalimentada a base de un exhibicionismo convertido en empeño profesional, en marcador y definidor de tendencias montado en un carrusel de cambio continuo: el Dios de las mil y una pantallas, poco más o menos...

¿Va a haber sitio en ese furgol necesariamente más austero que está por llegar, para figuras del corte de David Beckham? No hay icono sin glamour, y el glamour y las estrecheces económicas jamás hicieron buenas migas, ni siquiera regulares. Por otro lado, cabe esperar que el fundamento del negocio de los grandes clubes retorne a ese ámbito del que, quizá, nunca debería haber salido, y que es el de la “venta” de su producto originario y definitorio: el buen furgol, y, como corolario del mismo, las victorias y los títulos. Xavi, Iniesta, Messi o Eto'o (que, por otro lado, tampoco hacen su trabajo por “amor al arte”...) jamás venderían, ni en el más descabalado de los sueños de un director de marketing, tantas camisetas con el número 23 como, no hace tanto, vendió, en su periplo madridista, el rubio astro inglés. Pero, bajo la batuta de un Pep Guardiola que se ha destapado como un enamorado de las esencias del juego este de la pelotita de cuero -algo que se sospechaba, pero que conmueve ver confirmado sobre el tapete verde...-, hacen que en Barcelona, además de traerles sin cuidado lo del olor a ajo, disfruten del furgol entendido como deleite artístico. Y de eso es de lo que se trata, ¿no...?

miércoles, 17 de diciembre de 2008

Hugo Chávez, ¿y quién es él? (A salto de mata XLI)

Y A QUÉ DEDICA EL TIEMPO LIBRE, CLARO....-

"Yo ya no soy yo". Lo dijo, y se quedó tan tranquilo. Pero, ¿quién es él...?

Puede gustar, más o menos, tanto en sus fondos como en su formas, pero a nadie, o a casi nadie, deja indiferente un personaje político como el venezolano Hugo Chávez. Aclamado, por algunos, como el paladín -el último- de las causas izquierdistas, revolucionarias y de progreso mundiales, confrontado a los poderes del gran capital y sus demonios derivados -con olor a azufre,o similar-; vilipendiado, por otros (probablemente, bastantes más), como un bufón vanidoso e histriónico, pagado de sí mismo y carente del más mínimo tacto o sentido de la medida. Probablemente, ni lo uno ni lo otro, sino una extraña (pero altamente inflamable) mezcla de ambas “sustancias”, cuyos misterios alcanzan la misma profundidad insondable que altura cobran las muy distorsionadas (por parciales) imágenes que de él transmiten los grandes medios de comunicación del mundo occidental (y rico, claro).

De sus dotes para el exceso verbal y la desmesura en sus modos de actuar, no debería caber la más mínima duda; no en balde, y sin necesidad de que los medios poco afines se ceben en ellas, él mismo se regodea en exhibirlas sin el más mínimo tapujo, haciendo de las mismas un identificativo de marca, con el que cabe suponer que pretende un acercamiento a esas masas populares que le apoyan y de las que él se pregona como defensor a ultranza. Y es difícil que una exteriorización tan marcada de determinados atributos de gobierno no termine convirtiendo a los mismos en elemento que identifica en su integridad al personaje: si eso es algo que afecta, por un imperativo natural, a cualquier personaje político (a quien siempre, o habitualmente, se enjuicia por su dimensión pública y por aquella parte de su gestión que se desarrolla bajo luz y taquígrafos; más raramente en base a su trabajo en la sombra, y alejado de los focos, pese a que éste constituye, en pura lógica, el grueso de su desempeño), en el caso de Chávez, el fenómeno alcanza dimensiones rotundas, y deriva en que su caracterización payasesca y, por tanto, fácilmente ridiculizable, impregne toda su figura.

Pero abrigo yo mis muy serias dudas sobre qué clase de personaje se esconde tras esa caricaturesca fachada; cuál es la línea de pensamiento político que alumbra y guía su trayectoria, más allá de un discurso político explícitamente incendiario en lo verbal, pero mucho más comedido en la línea de los hechos; cuáles son sus objetivos de fondo, de más largo alcance y a más largo plazo; bajo qué estrategias se mueve y, en función de las mismas, cuáles son sus alianzas internacionales previsibles (más allá de fotos y barquitos jugando a las maniobras navales en la costa venezolana); con qué alternativas se maneja, si es que lo hace, ante una perspectiva económica incierta, y muy complicada, en la medida en que la bajada del precio del petróleo convierta sus arcas en un hotel de lujo para telarañas con posibles. De todo eso, más allá de tópicos y lugares comunes, los medios me cuentan muy poco; y, francamente, no espero ninguna llamada telefónica del señor Chávez para contármelo. Al menos, en estos próximos días...

El cant dels ocells (España, 2008) (El cine que viene IX)

No sé hasta qué punto será bueno (o no) para un cineasta que los gurús máximos de la secta “gafapasta” (o sea, los miembros del comité encargado de seleccionar las películas que se exhiben en el festival de Cannes) te consagren como uno de los elegidos. El caso es que a Albert Serra le ha “tocado la china” y, después de que su opera prima, “Honor de caballería”, se presentara el pasado 2006 en el marco de ese festival, y, a partir de ahí, iniciara un exitoso (y entiéndase el término en el contexto que impone un cine como el de este director; o sea, que no estamos hablando de Batman, ni de Indiana Jones, ni de la última de Jim Carrey…) periplo por numerosos festivales internacionales, su nueva entrega, “El cant dels ocells”, que llega esta semana a nuestras pantallas (lo de “nuestras” hace alusión, lógicamente, a un concepto tan amplio de la “nostredad” como para hacer de Madrid y Barcelona ciudades de todos…), también viene precedida de ese “brillito” que otorga su presencia en el festival cinematográfico de mayor caché del mundo, después de la cual también ha podido ser presenciada en un buen número de eventos de este tipo, donde su acogida ha sido, a tenor de lo que hemos podido rastrear en la prensa generalista, bastante desigual.



Está claro que el cine de Serra no es apto para todo tipo de públicos, y que su propuesta visual y narrativa es bastante ardua; árida, más bien. No es un cine destinado a reventar taquillas, y cualquiera que se acerque al mismo, incluso desde una predisposición positiva, necesita ir muy mentalizado acerca de la radicalidad de lo que se va a encontrar en pantalla. Sí, ésta es la historia de los Reyes Magos, que van a adorar al niño; o sea, una historia mil veces contada y filmada. Pero lo único de lo que cabe tener completa seguridad es de que la visión que este francotirador con cámara nos va a ofrecer de la misma va a ser cualquier cosa menos convencional; más bien al contrario, lo que veamos podrá ser mejor o peor, pero, en todo caso, va a ser sorprendente. Y, quién sabe si superados esos primeros bostezos (reacción que podríamos calificar de natural ante esas imágenes morosas, casi inmóviles, en un blanco y negro profundo que nos cuentan poco, y tan poco a poco…), no podremos alcanzar una cierta especie de nirvana. No se lo aseguro, amigo lector, pero no sería la primera vez.

En la imagen: Fotograma de “El cant dels ocells” - Copyright © 2008 Eddie Saeta y Andergraun Films. Distribuida en España por Sagrera. Todos los derechos reservados.

viernes, 12 de diciembre de 2008

¿Hasta cuándo juguetos y juguetas...? (A salto de mata XL)

ARMAS (PUBLICITARIAS) DE DESTRUCCIÓN MASIVA (DE LA IGUALDAD).-

Si hay un terreno de avance social en el que, aunque todavía queda mucho por hacer, creo que se han producido mejoras sustanciales en estos últimos años, es en el de la igualdad de género. Y no me refiero a aspectos cosméticos, o formales (como el del malhadado “-os” y “-as” con el que parecemos empeñarnos en hacer de la comunicación verbal un ejercicio diabólicamente engorroso), sino a aspectos sustanciales, en los que, de la mano de una política firme y decidida de impulso a cargo de buena parte de los poderes públicos, se han alcanzado posiciones y situaciones que hace algún tiempo hubieran resultado impensables: acceso a puestos de responsabilidad política, incorporación al mercado laboral, incremento de la cualificación educativa y académica; en cualquiera de estos capítulos, aun cuando se dista de haber alcanzado un status que pueda calificarse de plenamente satisfactorio, causa vértigo comparar cómo están las cosas a día de hoy respecto a cómo estaban hace sólo diez ó quince años (periodo que, en perspectiva histórica y como rezaba el viejo tango, no es nada, o casi nada...).

Profundizar y avanzar en esa dirección, que es la correcta, y por la que aún queda mucho camino que recorrer, requiere una acción decidida en muchos ámbitos; pero si hay uno especialmente importante, por lo sensible y efectivo que resulta, es el ámbito educativo. No me cabe duda alguna de que ahí, en ese terreno, se está trabajando duro, y se están consiguiendo avances significativos, poniendo picas en territorios desde los que lo conquistado, por suerte, difícilmente podrá tener marcha atrás. Pero todo ese trabajo, callado, diario, se ve torpedeado de manera inmisericorde por el demoledor efecto de la publicidad televisiva destinada al público infantil: un auténtico “territorio comanche”, ante el que cualquier observador mínimamente sensibilizado puede sentirse “teletransportado” (nunca mejor dicho...) a un mundo extinto, ubicado temporalmente veinticinco ó treinta años atrás. ¿Estamos condenados a asistir, impasibles, a un festival de juguetería sexista, en el que cualquier atisbo de ruptura de las barreras entre géneros queda laminado de manera arrolladora?

Así es, o así lo parece, sin que parezca haber muchas armas para oponerse a ello (las compañías jugueteras se dedican a vender juguetes, no a hacer pedagogía social) y sin que quepa apreciar grandes (ni pequeñas) diferencias entre medios en función de su titularidad (privada o pública). Y de esa manera, la madeja que pacientemente se teje en colegios e institutos a lo largo de la semana, queda totalmente deshilachada y hecha añicos en cualquiera de esas “sesiones de electroshock” publicitario a que las cadenas televisivas someten a ésos que, en un futuro, han de hacer efectivas esas pautas de igualdad contra cuyo más elemental respeto atenta la práctica totalidad de anuncios que son emitidos por las mismas. No sé si las administraciones públicas competentes tienen algún margen de maniobra para desfacer tal entuerto, pero, si así fuera, urge la adopción de medidas. En beneficio de todos. Y de todas.

Winx Club, el secreto del reino perdido (Winx Club, il segreto del regno perduto; Italia, 2007) (El cine que viene VIII)

Lo de las franquicias de animación que incursionan en el largo hace tiempo que dejó de ser noticia, dada la frecuencia y habitualidad con la que el fenómeno se produce. Si a eso le añadimos la concurrencia de una circunstancia tan propicia para estrenos de este corte como es la de las fechas navideñas (ya saben, vacaciones, tiempo libre, bolsillo flojo —pese a los embates de la crisis…— y demás…), tenemos todos los ingredientes para que llegue a las pantallas de nuestro país una de estas (una más; no olvidemos que el aluvión ahora es de órdago) de dibujitos televisivos, aunque, en este caso, quizá su particularidad más destacada sea la de su origen —no en balde, se trata de una producción italiana, y ya sabemos que no es mucho el cine, no sólo de animación, que nos llega con ese marchamo—. El título en cuestión es “Winx Club, el secreto del reino perdido”, un largo del cual podemos esperar, si no originalidad (ya desde el título parece claro que no será la inventiva el elemento más identificativo del mismo) aquello que un público fiel siempre espera en este tipo de productos.


¿Qué, exactamente? Pues, por encima de todo, fidelidad a su referente creativo —o sea, a la serie de televisión, y todos sus derivados (videojuegos, revistas, etc.)— y, más allá de eso, poco más; las referencias argumentales remiten a ese mundo de magia, hadas, príncipes y encantamientos que, teñido con un estética inequívocamente “barbieana” (y, dadas las exigencias del formato, alargado en el tiempo hasta poder alcanzar las poco menos de hora y media —que es la duración del film—), caracteriza a esta serie de animación. Como opción de entretenimiento, una alternativa tan respetable como cualquier otra; como producto cinematográfico, una pieza de interés bastante limitado, en la medida en que, si tenemos en cuenta que la industria de animación del país transalpino no goza de un caché comparable al de las grandes potencias cinematográficas en esa rama (por encima de todas, Estados Unidos y Japón, obviamente), no cabe esperar que sean muchos los espectadores que, sin ser seguidores de la serie, se animen a acercarse a una propuesta como ésta. Pero no se preocupen, amigos lectores; ni es la primera, insisto, ni será la última; pueden esperar tranquilamente a la suya, que todo llega…

En la imagen: Fotograma de “Winx Club, el secreto del reino perdido” - Copyright © 2007 Rainbow Spa y Rai Fiction. Distribuida en España por Filmax. Todos los derechos reservados.

jueves, 11 de diciembre de 2008

Los peces rojos (España, 1955) (Grageas de cine LXII)

CINE ESPAÑOL DE MUCHOS QUILATES.-

Resulta increíble comprobar, cómo, a veces (desgraciadamente, sólo a veces), hay flores capaces de germinar en las más áridas parameras, en terrenos que cualquiera podría calificar de absolutamente imposibles. Pocos territorios más desoladores que el del cine españoL (la cultura española, en general, para ser más exactos) de los años cincuenta del pasado siglo, por obvios motivos que a nadie se escapan y de los que, por una cuestión de simple economía expositiva (y no de falta de ganas, que conste…), omitiré detalles. Y aún así, qué maravilloso resulta comprobar que, entre tanta patochada infame y tanto subproducto folklorizante, es posible capturar un destello luminoso, una pieza de enjundia, una obra de Cine, con mayúsculas. Como, por ejemplo, “Los peces rojos”, de José Antonio Nieves Conde. Una película a contracorriente, un film que no guarda relación alguna, ni temática ni tonal, con el cine imperante en su tiempo y su lugar. Una pequeña joya, sin la más mínima duda, y que, en justicia, debería tener un mayor reconocimiento de aquel de que goza actualmente —derivado del hecho de tratarse de un pieza poco conocida, y que no ha tenido la difusión que merecería, en los foros adecuados—. Valgan estas líneas como una especie de “comienzo de la tarea de reparación”.


Porque, al fin y al cabo, estamos ante una película en la que se mezclan sabia y equilibradamente drama y suspense, en el marco de una trama compleja e inteligente, que, además, está tratada, desde el punto de vista formal, bajo un esquema narrativo bastante audaz, con saltos espacio-temporales continuos (en una evidente demostración de que tales modos no fueron una invención, ni muchísimo menos, del celebradísimo director mexicano Alejandro González Iñárritu) y una vivacidad que queda también refrendada por lo ajustado del metraje —que apenas alcanza los noventa minutos—. Si a eso añadimos las más que aceptables interpretaciones de sus dos protagonistas (Arturo de Córdova, en un papel de atormentado y desorientado hombre que, en el otoño de su vida, intenta aferrarse al último carro de la pasión —personaje en el que cabe ver alguna resonancia de ese deslumbrante celoso patológico que hiciera para Buñuel en “Él”—; y Emma Penella, una actriz de tres al cuarto que tiene muy claro que su futura solvencia no le vendrá dada por sus logros en las tablas teatrales), hemos de concluir en que estamos ante un film admirable, y que habría de contribuir, en buena suma, a una valoración más justa, en perspectiva histórica, de nuestro cine.

Como en casa en ningún sitio (Four Christmases; U.S.A., 2008) (El cine que viene VII)

¿Tiene la Navidad alguna utilidad conocida? No lo sé, pero tengo la completa seguridad de que si le trasladan esta pregunta a los pergeñadores de las típicas comedias navideñas hollywoodienses, les van a contestar, amigos lectores, que sí: hay que dar salida al género… Dentro de esa “política comercial”, llegará pronto a nuestras pantallas la enésima muestra de la modalidad, “Como en casa en ningún sitio”, una de enredos familiares que, aun sin contar con un reparto tan campanillero como los de las celebérrimas “Los padres de él” y “Los padres de ella”que podrían ser dos referentes argumentales bastante cercanos, si prescindimos del aditamento navideño—, sí que exhibe un elenco más que estimable, encabezado por dos primeras figuras del establishment cómico más reciente de la talla de Vince Vaughn y Reese Witherspoon, a los que secundan un conjunto de secundarios de auténtico lujo (ver en el cartel nombres como John Voight, Sissy Spaceck, Jon Favreau, Mary Steenburgen o Robert Duvall produce una extraña sensación —y dejémoslo ahí, en extraña, no me pidan más precisiones…—).





Lo que quepa esperar de un producto como éste, dirigido por Seth Gordon —realizador del que no contamos con referencias mayormente destacables, más allá de sus precedentes como director de fotografía y algunos films de corte menor dirigidos con anterioridad a éste—, puede entrar en cualquier terreno menos en el de lo sorprendente. Y es que ni siquiera la constancia en los créditos de un total de ¡¡¡hasta cuatro guionistas!!! garantiza que nos vayamos a encontrar con una serie de gags y diálogos especialmente afortunados o que vayan a aportar algo novedoso a lo mil veces visto y oído en pantalla cuando de un producto de este corte se trata. ¿Y si estoy equivocado? Pues mejor para el espectador, en cuyo beneficio irá mi error de “cálculo estimatorio”. El que, a buen seguro, no se va a equivocar, será el cajero del cine: bastará con que su marcha en taquilla sea similar a la experimentada en su estreno estadounidense —que se remonta a hace varias semanas— para que sus desvelos se ven más que compensados. Algunas cosas, evidentemente, sí que no fallan nunca, o casi nunca…

En la imagen: Fotograma de “Como en casa en ningún sitio” - Copyright © 2008 New Line Cinema, Spyglass Entertainment, Birnbaum/Barber Productions, Wild West Picture Show y Type A Films. Distribuida en España por TriPictures. Todos los derechos reservados.

jueves, 4 de diciembre de 2008

Dos polis en apuros (Bon cop, bad cop; Canadá, 2006) (El cine que viene VI)

Aunque se puede afirmar categóricamente que no inventó el subgénero, a nadie se escapa que la serie de entregas de “Arma letal” fue la que dio plena carta de naturaleza a las de “parejas de polis”, dotándolas de un perfil caracterizado, fundamentalmente, por una combinación de acción y comedia, en diferentes dosis (a gusto de promotor y público potencial, como no podía ser de otra manera…), y una influencia decisiva para la bondad de la “mezcla” de la química desplegada por los dos intérpretes protagonistas (la falta de ésta suele degenerar, de manera fatal, en fiasco garantizado). Partiendo de tales bases y premisas, no han dejado de llegar con regularidad absoluta a las pantallas de todo el mundo más y más propuestas en esa línea, con tan desigual calidad como fortuna. Esta semana, llega, y con bastante retraso respecto a su fecha de estreno en su país de origen, Canadá (un país del que tampoco, todo hay que decirlo, nos llegan demasiados films…), el enésimo ejemplar: “Dos polis en apuros” (su título original tampoco era una dechado de originalidad —Poli bueno, poli malo—, pero el adjudicado para su distribución en España roza, una vez más, las previsiones de las leyes penales vigentes…).





Como mandan los cánones del (sub)género, aquí se han llevado hasta lo paroxístico los contrastes de personalidad y carácter —elemento fundamental sobre el que basar las líneas cómicas de la trama— entre los dos compañeros de andanzas, llegando, incluso, hasta la utilización del factor idiomático como una pieza más de contraposición; o sea, nada nuevo bajo el sol, si nos atenemos a los mil y un precedentes a los que ya se aludía arriba. En este caso, al menos, nos quedará el “consuelo de originalidad” de que los dos actores protagonistas, aun cuando no se pueda decir, tampoco, que se trate de dos perfectos desconocidos (Colm Feore y Patrick Huard), sí que están bastante poco desgastados por presencias previas en nuestra cartelera. ¿Suficiente para reeditar un éxito del calibre del obtenido en su país de origen? Complicado, si tenemos en cuenta que el film batió todos los records habidos y por haber en tierras canadienses. Eso sí, cabe esperar que no le falte el apoyo de un público siempre expectante y presto a dar buena acogida a ofertas de este tenor. Del viernes en adelante, eso sí…

En la imagen: Fotograma de “Dos polis en apuros” - Copyright © 2006 Park Ex Pictures. Distribuida en España por Eurocine Films. Todos los derechos reservados.

miércoles, 3 de diciembre de 2008

Casa de juegos (House of games; U.S.A., 1987) (Grageas de cine LXI)

Antes de su debú tras la cámara, David Mamet ya era un prestigioso autor teatral -uno de los más celebrados del firmamento estadounidense-, así como firmante de numerosos guiones puestos en imágenes por otros directores (El cartero siempre llama dos veces, o Veredicto final, entre otros) que le habían ayudado a labrarse una más que sólida reputación el mundillo del cine. Debido a ello, su debú, con “Casa de juegos”, en el ya algo lejano 1987, no resultó tan sorprendente como hubiera sido el caso de cualquier otro debutante carente de tales credenciales, de cuya opera prima hubiera cabido esperar un resultado menos cuajado y consistente: Mamet demostró en este su primer film que su capacidad, ya acreditada, para urdir tramas no por densas, menos fluidas, y, además, dotadas de un sentido de la progresión narrativa muy acusado, era también trasladable a unos modos en la realización que se movían en esas mismas coordenadas, y, por otro lado, se ajustaban como un guante a la mano a una historia cuyo perfil de género y tema pedían un tratamiento de ese tipo para dar sus mejores resultados.



”Casa de juegos” es un thriller de suspense que se desarrolla con la misma suavidad con la que una media de seda se puede deslizar muslo abajo, cuando tanto la media como el muslo están bien preparados para ello. En este caso, tanto el guión, brillante tanto en diálogos como en situaciones de trama, como su puesta en imágenes, llevada a cabo con un ritmo pausado, casi hasta moroso por momentos, y un tratamiento fotográfico de exquisita elegancia (tanto en día como en noche), consiguen ese ajuste, lo cual, unido a un magnífico trabajo de un elenco de intérpretes que, no por poco conocidos para el gran público, dejan de alcanzar un nivel excelente en su desempeño (con mención especial para la protagonista, Lindsay Crouse, así como para un deslumbrante Joe Mantegna), termina ofreciendo, como resultado definitivo, un película redonda, impropia de un debú, como ya arriba se apuntaba. A lo largo de su carrera, extensa aunque no demasiado prolífica, Mamet ha vuelto a incidir en estas mismas pautas en numerosos títulos; pero siempre restará, como hito señero, el de este film elegante y magnético. Altamente disfrutable, se lo aseguro.

Corazones rebeldes (Young@heart; Gran Bretaña, 2007) (El cine que viene V)


Parece que un elemento que ayuda decisivamente a que una película consiga su estreno comercial en nuestro país, aunque sea con una difusión limitada, es su presencia en los festivales patrios. De esa forma, nos encontramos esta semana con varios estrenos que se atienen a esta pauta, y, entre ellos, el de una propuesta curiosa y llamativa: “Corazones rebeldes”, un documental británico, firmado por un director ducho en las lides del género, aunque en su vertiente televisiva, y que se centra en la experiencia de un colectivo bastante sorprendente, como es el de un grupo de abueletes -y lo de abueletes no se trata de ninguna metáfora: estamos hablando de gente cuya edad oscila entre los 75 y los 92 años- dedicado al rock potente. ¿Enternecedor, verdad...? Pues sí, tanto como infrecuente, incluso en estos tiempos en que cierta tendencia a la sacralización del “ocio juvenil” de los mayores -con permiso de la crisis económica- ha tomado plena carta de naturaleza en las sociedades occidentales. Pero todo tiene un límite, y no es lo mismo ver a un grupo de abuelos dedicado a la noble y sana práctica del baile de salón, que a versionar en plan cañero temas legendarios de los Ramones, los Clash o los Rolling Stones. Palabras mayores (dicho sea sin segundas intenciones...).



Los riesgos de que una propuesta de este cariz termine degenerando en una conmiserativa y ternurista mirada sobre el fenómeno (si la mano encargada de dosificar la melaza no anda con pulso muy firme) ya son bien, y desgraciadamente, conocidos: habrá que ver, pues, qué tal se ha manejado al respecto el señor Stephen Walker, y si ha sido capaz de conjurar con habilidad y eficacia tales peligros, para ubicar la propuesta en su justo punto medio. No crean, amigos lectores, que resulta tan fácil: es muy tenue la línea que separa lo simpático de lo ñoño, lo sensible de lo sensiblero, y cuando uno se mueve por territorios fronterizos, no es complicado cruzar la línea, incluso sin pretenderlo. En cualquier caso, y más allá de tales consideraciones, la película no deja de tener su atractivo, a priori, y, a buen seguro, despertará el interés de un público relativamente numeroso y de espectro bastante amplio, presto a disfrutar con las evoluciones de tan marchosa “troupe” y, muy especialmente, proyectando sobre ella esa especie de”envidia de futuro”, a caballo entre lo admirativo y lo mezquino, que solemos desplegar sobre los ancianos cuando éstos gozan de buena salud (aquello del “ya firmaba yo estar así con esos años”...). Ya saben: el rock'n'roll, medicina santa...

En la imagen: Fotograma de "Corazones rebeldes" - Copyright © 2007 Walker George Films. Distribuida en España por Alta Classics. Todos los derechos reservados.

martes, 2 de diciembre de 2008

Buscando un beso a medianoche (In search of a midnight kiss; U.S.A., 2007) (El cine que viene IV)

AINS, EL AMOR...

El cine indie “usamericano” —que alcanzó, posiblemente, su punto de apogeo máximo recientemente, con el considerable éxito de “Juno”— sigue destilando, sin prisa, pero sin pausa, títulos que, de vez en cuando, aparecen por nuestras pantallas y se hacen un hueco, aunque sea limitado (bajo número de copias). Esta semana llega, bajo tal etiqueta, un film como “Buscando un beso a medianoche”, carente de la más mínima credencial identificativa en lo que respecta a sus referentes de cartel (ni los nombres de su director, Alex Holdridge, y sus protagonistas, Scoot McNairy, Sara Simmonds y Brian McGuire, creo que le suenen ni al más conspicuo “gafapasta”), y con el único aval de haber podido ser vista recientemente en nuestro país, con carácter previo a su estreno en salas comerciales, al haber sido la cinta que clausuró el Festival de Cine de Gijón. ¿Suficiente para atraer la atención de un volumen de público significativo, aun bajo la premisa de que éste no es, ni muchísimo menos, un blockbuster? Habrá que verlo sobre el “terreno”, pero, salvo sorpresa de grueso calibre, no cabe abrigar grandes esperanzas sobre el particular.





Y puede que se trate de una lástima. Porque, más allá de cuán cuesta arriba se pueda hacer para un amplio sector de aficionados al cine el afrontar el visionado de un film en blanco y negro (un detalle nada baladí, en tanto en cuanto ya marca claramente por dónde van las intenciones estilísticas del autor) y de corte inequívocamente intimista (sus líneas argumentales básicas, de quien el propio Holdridge ha confesado claramente sus tintes autobiográficos, nos remiten de manera inmediata a títulos como los de esa dupla de culto —“Antes del amanecer” y “Antes del atardecer”— firmada por Richard Linklater), no sería la primera ocasión en que, detrás de una apariencia más o menos flojita, se esconde una auténtica joya, uno de esos films menores que, con el paso del tiempo, van cobrando cuerpo y entidad, especialmente en la memoria sentimental de sus seguidores, hasta hacerse un hueco ahí, al lado de “Casablanca” y similares. ¿Exagerado? Pues sí, pero, ¿quién sabe…?

En la imagen: Fotograma de “Buscando un beso a medianoche” - Copyright © 2007 Midnight Kiss Productions. Distribuida en España por Sherlock Films. Todos los derechos reservados.

lunes, 1 de diciembre de 2008

Obama C.F. (A salto de mata XXXIX)


¿Un equipo de Champions...?

Más que un equipo, un kit de supervivencia, dada la entidad y gravedad de los problemas que ha de abordar de forma urgente e inmediata. Los medios nacionales e internacionales van dando cuenta, de manera pausada pero continua, de la incorporación de nuevos efectivos a las distintas áreas de gestión de la futura administración estadounidense, ésos que van a constituir el equipo del nuevo presidente. Nombres sobre los cuales, más allá de un reducidísimo círculo de especialistas, doctos en la materia, no tenemos en nuestro país la más mínima referencia (algo sobre lo cual tampoco habría que asustarse ni preocuparse: ¿alguno de ustedes, amigos lectores, sabía hace sólo un año y medio, de la existencia de un joven, apuesto y prometedor senador por Ilinois que atendía al nombre de Barack Obama?), pero sobre los cuales los medios de su país de origen proporcionan amplia y nutrida información (cabe suponer que más o menos fiable), ofreciéndonos, en general y hasta ahora, una perspectiva bastante positiva en cuanto a las bondades que de sus capacidades de gestión cabe esperar. Magnífica noticia, creánme.

No voy a criticar a Barack Obama: no creo, en conciencia, que pudiera hacerlo con el más mínimo fundamento, aunque, eso sí, mantengo la convicción de que, políticamente, se trata de un “melón por abrir” (dicho sea lo de melón sin el más ánimo peyorativo, pese a que me constan las connotaciones de burricie y estulticia que han solido ir asociadas a esa metáfora del melón en nuestra habla común). El problema, probablemente, es que ha despertado tales expectativas sobre una base conceptual tan intangible, que el listón se ha situado en un nivel muy difícil de alcanzar. Y, evidentemente, por una cuestión de mera lógica del ejercicio de la actividad política, es absolutamente imposible conseguirlo en base a las meras cualidades personales del “protagonista de la peli”. Barack Obama -aunque no lo parezca oyendo las desaforadas alabanzas (rayanas en el papanatismo) de numerosos actores de la vida pública (y no sólo políticos, que conste), en nuestro país y fuera de él- es sólo un ser humano; revestido, eso sí, de grandes cualidades y dotado, no lo dudo, de valiosos méritos, pero un ser humano. Ni más, ni menos.

En tiempos difíciles -y éstos, francamente, creo que lo son-, siempre tranquiliza la existencia de un liderazgo personal fuerte, un faro que guíe e ilumine el mejor camino a seguir (o, en el peor de los casos, el menos malo...). Barack Obama, dado su carisma y su brillo personal, puede aportar eso, sin ningún género de dudas. Pero él solo, bajando a la arena de los problemas tangibles y concretos, no podrá arreglar nada. Él y su equipo, aun con todas las dificultades y obstáculos previsibles, sí que podrán. ¿Obvio? Si, quizá. Pero ya saben, amigos lectores, cuán necesario resulta muchas veces -parece mentira...- insistir en lo obvio. Que la fuerza y el talento les acompañen: buena falta les van a hacer.

Bolt (U.S.A., 2008) (El cine que viene III)

Como el turrón del anuncio —ése que, todos los años, vuelve a casa por Navidad…—, también la factoría de animación Disney, ajena a cualquier viento de crisis, contratiempo o dificultad, nos trae su imprescindible estreno destinado a la cartelera navideña (o prenavideña, que nunca está muy claro dónde encuadrar, en materia de temporada cinematográfica, un film de este corte en este tiempo). En este caso, se trata de “Bolt”, una cinta de aspecto tan simpático como intrascendente, destinada, obviamente, a un público infantil y, por extensión “logística”, familiar, y que, aparte de una más que generosa taquilla (muchos “guolestrises” tendrían que hundirse antes de que un film de Disney se estrellara comercialmente, y más en estas fechas), nos ofrecerá un ratito (poco más de hora y media) de entretenimiento y diversión de la más absoluta blancura y sin el más mínimo doblez, a cargo de un perrito resalado y pinturero (cuyo nombre da título a la película), que viene a resultar una especie de Buzz Lightyear —las coincidencias argumentales con las líneas maestras del personaje son más que evidentes— “animalizado” y trasladado a un Nueva York frenético y de alto riesgo, en el que tendrá que desplegar sus inevitables calvario (intermedio) y triunfo (final). Como debe ser, claro…



La película, cuya versión original cuenta con el importante señuelo de John Travolta como voz de su protagonista —en España, por esta vez, parece que nos libraremos de esta reciente y funesta moda del “doblaje del famoso”, que se ha enseñoreado del cine de animación cual plaga bíblica…—, no tiene nada que ver, al menos en lo que de ella hemos podido apreciar, vía trailers e informaciones varias, con propuestas bastante más arriesgadas, tanto en lo formal como en lo temático, provenientes de la cada vez más numerosa y exigente competencia que a la franquicia del tío Walt le ha salido en los últimos años, y que ha entendido, a las mil maravillas, que no tiene mucho sentido hacer films de animación exclusivamente para críos, cuando, con un pelín más de enjundia en los argumentos, también puedes enganchar a sus padres. Pero parece bastante claro que, a ese respecto, en Disney tienen las ideas muy claras, y ya hace tiempo que adjudicaron a su socios de Píxar todos los “negociados” que guardan relación con conceptos tales como creatividad y reflexión. Eso que un tal Alan Smith ya formulara hace algunos siglos como “división del trabajo”. ¿Les suena…?

En la imagen: Fotograma de “Bolt” - Copyright © 2008 Walt Disney Pictures. Distribuida en España por Walt Disney Studios Motion Pictures Spain. Todos los derechos reservados.
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