jueves, 27 de noviembre de 2008

Bienvenido a la casa de muñecas (Wellcome to the dollhouse; U.S.A., 1995) (Grageas de cine LX)

AMERICAN NO BEAUTY.-

Si hay una película que, en la última decada, ha sido saludada como el gran “fresco” acerca del “lado oscuro” del sueño americano, ésa no es otra que “American beauty”, la opera prima de Sam Mendes. No voy a negarle sus indiscutibles méritos a ese retrato ácido y mordaz que, a través del impagable personaje de Lester Burnham (encarnado —además, con la brillantez a que nos tiene acostumbrados— por Kevin Spacey), hace el autor teatral estadounidense de esa clase media encantada de haberse conocido a sí misma (y a sus innumerables miserias morales); pero si he de quedarme con un retrato probablemente mucho más corrosivo y despiadado de ese mismo objeto de referencia —sin que ello implique, por otro lado, que se trate de una película de menos calidad, que no lo es—, me quedo con “Bienvenido a la casa de muñecas”, un torpedo por cortesía de “casa Solondz” destinado (directamente, y sin pasar por la casilla de salida...) a la línea de flotación, de ese hermoso “american way of life”, tan placentero y lustroso en su capa más superficial, como corrompido y áspero a medida que se va rascando y profundizando en sus interioridades.





El vehículo con el que Todd Solondz nos da ese hermoso paseo por las esencias “usamericanas” lo conduce Dawn Wiener, una preadolescente feucha y desubicada (interpretada por una desconcertante Heather Matarazzo; qué hallazgo...) que condensa, en sus miedos, incertidumbres y embelesamientos, todo el catalogo emocional de su generación y su mundo. No es difícil de comprender , teniendo en cuenta las altas dosis de hostilidad —y de estulticia— que percibe a su alrededor, en los dos ámbitos básicos de su entorno, el familiar y el escolar, que sus reacciones siempre se muevan a caballo entre la exasperación y el desespero; ella, al fin y al cabo, con todas sus inseguridades y apajolamientos, no deja de ser una chica tierna y sensible, y así se nos muestra y se nos hace querer. En esas coordenadas, de choque y constraste permanentes, se desarrolla una de esas tramas estáticas, en las que prima el retrato sobre el movimiento, y en las que poco hay que desenlazar, dado que nada (concreto) se ha planteado. Pero, eso sí, la fotografía que, en definitiva, termina mostrando Solondz, he de confesar que asusta un poco. ¿Bienvenidos? ¿De verdad...?

miércoles, 19 de noviembre de 2008

El cine que viene: Quantum of solace (Grageas de cine LIX)

A Bond, James Bond, le cabe el nada desdeñable honor de ser el personaje de ficción sobre el que se funda la primera saga cinematográfica nacida con vocación de tal. La cuestión, llegados a estas alturas, tiene bastante mérito, si tenemos en cuenta que pocos mundos se ven más sometidos a la celeridad en el cambio y la mudanza en los gustos que el del cine, y, en este caso que nos ocupa, estamos hablando de una serie de films de acción que está a punto de alcanzar los veinticinco títulos (éste que ahora se estrena en España, “Quantum of solace”, es, si la memoria no me falla, el número veintitrés) y se halla cercana a cumplir la cincuentena (de años), a lo largo de los cuales, y con sus inevitables altibajos, siempre ha mantenido un nivel de popularidad más que notable. Casi nada. En todo caso, los films de Bond siempre son un señuelo infalible para la taquilla, y sobre el que llega este viernes a nuestras pantallas, cabe abrigar pocas dudas a ese respecto: arrasará con la misma contundencia con la que el legendario espía al servicio de su graciosa majestad acaba con sus múltiples y siniestros enemigos.



Las referencias que se han ido haciendo públicas acerca de “Quantum of solace”, nos hablan de una película emocionalmente más compleja, y con más claroscuros y aristas de las que hasta ahora venían siendo habituales en una saga marcada por unas señas de identidad moral muy definida, basadas en un maniqueísmo sin fisuras y poco dadas a sofisticaciones ni ambigüedades. En este señuelo “intelectualoide”, que se inauguró con la saga Matrix, y que ha sido llevado hasta lo paroxístico con un film reciente como “El caballero oscuro”, siempre me ha parecido ver más un afán de expandir el público objetivo de este tipo de productos más allá de sus “confines naturales” (seguidores del género de acción/aventuras) y de ganarse el favor de una crítica bastante prejuiciosa hacia obras de este perfil, que un fundamento real y cierto. Pero, a fin de no incurrir en aquello de la paja en el ojo ajeno y la viga en el propio, no seré yo quien albergue, en este momento, prejuicios sobre el particular: ya veremos si las nuevas andanzas de 007 nos aportan, o no, algo más que esa sobrecogedora pirotecnia visual que se ha hecho “marca de la casa”. Algunos, eso sí, tampoco le vamos a exigir nada más…

En la imagen: Fotograma de “Quantum of solace” - Copyright © 2008 EON Productions, Danjaq, Metro-Goldwyn-Mayer, United Artists Corporation y Columbia Pictures. Fotos por Karen Ballard. Distribuida en España por Sony Pictures Releasing de España. Todos los derechos reservados.

martes, 18 de noviembre de 2008

LAS HERMANAS MUNEKATA (MUNEKATA KYOUDAI; JAPÓN, 1950)


SINOPSIS ARGUMENTAL.-

Debido a la grave enfermedad de su anciano padre, Setsuko y Mariko Munekata marchan a vivir juntas a la ciudad donde éste reside. Setsuko –una mujer apegada a las tradiciones- está casada con Mimura, un hombre amargado por su incapacidad para encontrar un trabajo, y que le hace la vida imposible, pese a lo cual ella aguanta la situación resignada y calladamente. Mariko –más joven, rebelde y desprejuiciada-, mientras tanto, flirtea con Hiroshi, un antiguo novio de Setsuko, intentando con ello acercar de nuevo a éste y a su hermana. Cuando Mimura fallece en un lamentable accidente, las posibilidades de que Setsuko e Hiroshi retomen su antigua relación resurgen de manera inesperada.

RESEÑA CRÍTICA.-

No siempre resulta fácil, ni gratificante de manera inmediata, el sumergirse en cinematografías lejanas culturalmente a la nuestra, o a aquellas con las que podamos estar más familiarizados (y, en este caso, obviamente, me refiero a la estadounidense). Más allá de las identidades básicas que impone el lenguaje fílmico, son muchos los elementos de forma y contenido que dificultan su asimilación, pero si hay casos en que la satisfacción que nos puede reportar el esfuerzo hace que éste merezca realmente la pena, uno de ellos sería, sin duda alguna, el de esta subyugante –pese a no estar catalogada como una de las mejores- película de ese venerable maestro que es Yasujiro Ozu.

Son muchos los aspectos verdaderamente sorprendentes en estas película, y de los que se desprende una poética tan sutil como cautivadora, muy alejada de los usos y maneras de otras formas más habituales de hacer cine: el cuidado compositivo de los planos, dotados casi siempre de una simetría y profundidad que, lejos de cualquier rigidez, los hace graciles y atractivos; la quietud de la cámara, siempre fija (sólo hay tres planos en todo el film en los que se producen movimientos –travellings-, y son tan lentos que resultan casi imperceptibles), con la única utilización, como elemento de movilidad, de los desplazamientos de los personajes (qué gran paradoja: el cine, el arte de la imagen en movimiento, descompuesto en una sucesión de fotos fijas); los planos de transición, a base de imágenes de paisajes urbanos, que juegan el papel de los fundidos. En definitiva, todo un compendio de pequeñas delicatessen, merecedoras de una degustación muy, muy sosegada.

Porque, inevitablemente, con tales mimbres no nos podemos encontrar ante una película “rápida”, sino, más bien al contrario, con aquello que el tópico más manido suele calificar como película “lenta”. Sensación engañosa, desde luego: no se trata de lentitud, sino de modulación del ritmo narrativo a la voluntad del autor de desplegar su historia sin unas prisas de las cuales no existe necesidad alguna. ¿Por qué hemos de correr, cuando las imágenes que se nos ofrecen son de una enorme belleza plástica, y no por ello la narración pierde fluidez alguna? Una mera cuestión de fijación de un tempo muy alejado de los cánones occidentales.

También las interpretaciones se ajustan a pautas y modos completamente diferentes a los que estamos habituados a contemplar: rostros tremendamente expresivos en los primeros planos, contados y muy cortos en duración, y movimientos pausados, con desplazamientos muy ajustados, teniendo en cuenta –recuérdese la observación que se hacía dos párrafos atrás- que constituyen, habitualmente, el único elemento de movilidad en el plano. Todos los intérpretes apuntan muy alto en cuanto al nivel de su trabajo, y destacar a las dos actrices principales (las hermanas del título) sólo obedecería a que su presencia se hace más intensa, y, por tanto, sus opciones de brillo son mayores; en cualquier caso, sus prestaciones son de un magnífico nivel, y suponen un auténtico hallazgo, muy especialmente en el caso de Hideko Takamine, una Mariko que, con un descaro de corte tierno e inocente, nos ofrece una muchachita plena de frescura y encanto. Toda una lástima, por otro lado, el no poder haber disfrutado del visionado de la película en versión original: el doblaje, a buen seguro, priva de un elemento de disfrute y valoración incuestionable a la hora de enjuiciar estas interpretaciones.


Y, para finalizar, algunos pequeños apuntes sobre la historia que nos cuenta Ozu: una trama mínima, ligera, y que pivota sobre el juego de contrastes en la forma de ser y actuar de las dos hermanas, como referentes significativos de dos épocas, dos mentalidades, en un momento de fractura histórica, el de esa posguerra en que Japón vive sumida, plena de dudas e indecisiones, y debatiéndose duramente entre el respeto por una tradición asentada en principios rígidos e inamovibles desde siglos atrás (esa rigidez es la que atenaza a Setsuko, y la que la hace segura, pero profundamente infeliz) y el volcado hacia una modernidad rebelde y rompedora, ma non troppo (ese es el norte de Mariko, inconformista y deseosa de ver cambios a su alrededor). Fenomenal ejemplo de cómo se puede trascender hacia un plano de interés general lo que, en apariencia, parece ser una simple historia de connotaciones exclusivamente personales (si es que eso cabe en algún caso de manera plena).

Si hay –entre otras muchas- una circunstancia por la que cabe alegrarse enormente de la eclosión del soporte DVD como vehículo de difusión cinematográfica, es por la posibilidad que está brindando de acercarse a producciones de este corte. No pierdan la oportunidad, porque, a buen seguro, salvadas posibles reticencias iniciales, el deleite contemplativo lo tienen más que garantizado. Palabra de ecléctico, amén...

El cine que nos viene: Amateurs (Grageas de cine LVIII)

UNA HISTORIA ÍNTIMA Y MÍNIMA.-

El drama intimista de tintes sociales, ése que combina peripecias personales más o menos desgarradas con un retrato de sus referentes vitales de entorno con cierta intencionalidad crítica, no es un género que se le dé nada mal al cine español; más bien al contrario, numerosos serían los ejemplos que podríamos mencionar de films que, en años recientes, han alcanzado un reconocimiento bastante estimable tanto de público como de crítica, moviéndose en esas coordenadas creativas: baste recordar, entre los más señeros, y sin ánimo de exhaustividad —la lista podría hacerse extensísima— títulos como “Solas”, “Héctor” o “Princesas”. En esa línea parece que cabe inscribir, sin temor a equivocarse, la última película del director salmantino Gabriel Velázquez, que arriba este viernes a las pantallas de nuestros cines, “Amateurs”: una de esas “historias mínimas” que arranca en el contacto que se entabla entre dos personajes, marginales y un tanto atrabiliarios, entre los que parece haber más puntos de desencuentro que de coincidencia –los contrastes abarcan la práctica totalidad de sus señas de identidad-, pero a los que sus respectivas circunstancias vitales obligan a una confluencia no deseada pero inevitable, a partir de la cual se desarrollará una relación sobre la que se vertebrará toda la trama.





Habrá que ver si el pulso narrativo de Velázquez le ha permitido, a partir de tales premisas argumentales, armar un guión solvente y llevarlo a la pantalla con agilidad y consistencia: no es difícil, en películas de tal corte, embarrancar ante obstáculos que cualquiera bien puede imaginar (tedio, abuso del lugar común o énfasis excesivo en lo escabroso, como más habituales). Pero, en principio, tanto sus antecedentes —en especial, su anterior film, codirigido con Chema de la Peña, “Sud express”—, como el contar con una pareja de protagonistas muy atractiva (tanto por el fuerte contraste que marcan sus referentes físicos como por el hecho de tratarse de dos rostros inéditos en nuestro cine), invitan al optimismo. Buena falta le hace a un cine como el nuestro, que, a estas alturas del año, y pese a acumular un importante número de títulos estrenados (como viene siendo pauta normal en temporadas precedentes), exhibe unos números de taquilla francamente pobres —crisis sobre crisis…—. Y aunque no sean títulos de este perfil los más indicados, a priori, para ese tan necesario “engorde”, tampoco están de más: nunca se sabe dónde puede saltar la sopresa. A esperar y ver…

En la imagen: Fotograma de “Amateurs” - Copyright © 2008 Escorado Producción. Distribuida en España por Karma Films. Todos los derechos reservados.

lunes, 17 de noviembre de 2008

La bella Segolène (A salto de mata XXXVII)


Que la política se ha convertido, en estos últimos años, en un ejercicio de exhibición fundamentalmente mediática, es una afirmación que debería levantar escasa (por no decir que nula) controversia; lo que sí podría dar pie a mucho mayor margen de elucubración y duda es la aplicación a tal fenómeno de ese "mecanismo de análisis" que hace alusión al huevo y a la gallina. ¿Es la política, con esa vis expansiva, de omnipresencia, que sus actores necesitan para la obtención de sus objetivos, la que se ha adueñado de los medios? ¿O son los medios los que, ávidos de un producto -uno más- con el que subyugar a un público siempre presto a fagocitar todo aquello que le echen a las fauces, exprime la ubre política, convirtiéndola en un espectáculo más -no muy diferenciable, por cierto, de otros con mucha menos enjundia-?

No lo sé. Pero sea como fuere, lo que sí parece, también, fuera de toda duda, es que esa "entente" da pie a determinadas pautas, tendencias y exigencias. Por ejemplo, la necesidad de que el político de fuste, con pretensiones, transmita una imagen físicamente atractiva; eso que comúnmente se conoce como una buena "percha". Si se cuenta con un buen envoltorio, y dado lo irrelevante del "relleno" (que, en cualquier caso, siempre puede ser proporcionado por un equipo preparado y solvente de expertos en marketing y venta), el aspirante al poder ya tiene mucho terreno ganado. Y en esas anda, como un ejemplo bastante significativo, y muy apropiado para ilustrar este aserto, la bella Segolène.

Los detractores de Segolène Royal suelen acusarla de un discurso políticamente vacuo, y de una indefinición ideológica que hace prácticamente imposible ubicarla en un punto determinado del espectro político (con independencia del que debería marcar su pertenencia formal a un partido en concreto, como es el socialista francés; otro problema sería el de si este partido tiene alguna concreción programática que lo haga ubicable en algún lugar, que parece ser que no...).Bien, ¿conocen ustedes, amigos lectores, algún líder político de cierto relieve del que no sea predicable, en mayor o menor grado, tal circunstancia? Y habrán de convenir conmigo en que, en lo que se refiere a glamour y elegancia -sin que sea fácil precisar cuánto puede haber en ello de soporte natural, y cuánto de trabajo concienzudo-, no hay color.

Perdió unas elecciones presidenciales a lo largo de cuya campaña se subrayó, hasta la extenuación, la cuestión de hasta qué punto su condición de mujer no le había supuesto un obstáculo insalvable (aunque también hubo quien pensó, exactamente, lo contrario; que ése fue un elemento que, desde una óptica victimista, la candidata supo explotar sibilina y sabiamente); y las perdió frente a un enemigo cuya verdadera talla (y aquí también hay que incidir en que la perspectiva es básicamente mediática) no se podía, en ese momento, ni siquiera vislumbrar, como era el ciclón "Sarko-man". Pero ahí está de nuevo, dando la batalla interna en su partido, y presta, sin duda alguna, a volver a intentarlo, llegado el momento. Y ahí están, impertérritas, esa sonrisa brillante y esa presencia grácil y magnética; a mí se me aparecen en sueños agradables, pero ¿a quién podría sorprender que aparecieran en las pesadillas nocturnas de Carla Bruni? Ni al mismísimo Sarkozy, supongo.

¿De proyectos y programas? Hablamos otro día. En una cumbre de ésas...

martes, 11 de noviembre de 2008

Humphrey Bogart, todo un tipo (Grageas de cine LVIII)


La del actor “condenado” a “hacer de sí mismo” una y otra vez —bien por vocación propia, bien por exigencias de la industria; en la mayoría de los casos, por una extraña e inconsciente mescolanza de ambas circunstancias— no es una historia nueva ni reciente (no afecta, por tanto, en exclusiva a “primadonas” recientes, como Robert de Niro o Jack Nicholson). Ya desde los albores del nuevo arte, y muy especialmente a raíz de la consolidación del “star system” hollywoodiense, se convirtió en un fenómeno habitual el hecho de que un intérprete que hubiera encadenado varios éxitos comerciales representando papeles en un registro determinado, se viera en la tesitura de tener que moverse en coordenadas muy similares (cuando no exactamente iguales) en sus films sucesivos. ¿Un ejemplo claro —uno, entre tantos y tantos…—? Humphrey Bogart.

En definitiva, ¿no es su Steve Moore de “Tener y no tener”, una revisitación –bastante poco disimulada, por cierto- de su inmortal creación del Rick de “Casablanca”, llevada a la pantalla tan solo dos años antes? Nuevamente, nos encontramos —y, además, actuando sobre premisas argumentales plagadas de coincidencias— con el antihéroe maduro y desencantado, con un puntito amargo de escepticismo sardónico y de vuelta de todo (o casi todo), al que, no obstante, una bondad ineludible (imposible de sepultar bajo capa alguna de fingida dureza) le impele a obrar de una manera determinada (obviamente, al servicio de la causa moralmente justa). O sea, Bogart en estado químicamente puro: sin demasiados aditivos chulescos (como los que derrochara en sus encarnaciones marlowianas), enloquecidos (como los del Fred C. Dobbs de “El tesoro de Sierra Madre”) o reblandecidos (ésos que nos ofrece en su trabajo como Charlie Allnut en “La reina de África”). Como aquel de la cerveza, todo un tipo. Grande, muy grande, enorme.

jueves, 6 de noviembre de 2008

Nuevos tiempos (A salto de mata XXXVI)


Leía hace algunos días, en Radiocable.com, un artículo referido a un reciente estudio que informaba de la existencia de un total de dos millones de blogs en España. El número ofrece, a priori, una apariencia absolutamente desorbitada, y supongo que admite numerosos y serios matices, después de cuya aplicación la cifra realmente digna de tener en consideración, más allá del dato puramente nominal, quedaría en una dimensión bastante más baja, pero, aún así, verdaderamente elevada; lo cual, como ya formulara aquel famoso filósofo (¿o era un torero...?), no es ni bueno ni malo, sino todo lo contrario. En todo caso, sí es un dato relevador, y muy significativo, acerca de los vientos que vienen soplando en materia de comunicación y opinión públicas, no sólo en nuestro país, sino en todo el mundo desarrollado.

La existencia de una herramienta tecnológica que posibilita algo que, hasta hace bien poco, era impensable, marca, ineludiblemente, un nuevo tablero de juego: el hecho de que una persona, con una mínima infraestructura material (un ordenador personal y una línea de conexión a Internet) y conocimientos básicos de informática (los justos y necesarios para poder seguir los tutoriales que cualquier servidor proporciona para dar de alta un blog), disponga de una plataforma desde la cual dar a conocer a todo el mundo el fruto escrito de sus reflexiones, es, probablemente, la más impresionante de las revoluciones que jamás pudieran haberse planteado en el ámbito de la comunicación humana. Un banco (además, solvente; algo raro en los tiempos que corren...) con muchas patas, sobre algunas de las cuales merece especialmente la pena detenerse.

Los medios convencionales, y quienes los sostienen, se sienten amenazados. Es lógico y razonable: han perdido el “monopolio de la autopista”; han dejado de ser la única vía para que alguien pueda hacer oír su voz, dar a conocer sus ideas y opiniones. Y ésa es una pérdida muy, muy sustanciosa. Conservan aún, ciertamente, el remanente del prestigio, y la percepción generalizada de que, por disponibilidad de recursos materiales y experiencia profesional acumulada, su posición objetiva, y su capacidad para transmitir información (hechos), aún no puede ser alcanzada por otros mecanismos. Pero también sufren fuertes rémoras en su credibilidad, ancladas en la idea (que siempre existió, pero que, ante la existencia de alternativas, se extiende cada vez más) de que los condicionantes empresariales e ideológicos a que se ven sometidos son un lastre difícil de soslayar. Ecuación contradictoria, incógnitas difíciles de despejar. Y una pata del banco.

Surgen constantemente entre el “bloguerío” más voces autorizadas y merecedoras de interés. Y no me refiero solamente a los “gurús de la blogosfera”, a esos nombres de referencia cuyas reseñas son leídas a diario por miles y miles de seguidores, y que están destinados, por una dinámica lógica de mercado, a terminar desembarcando -cuando no lo están ya- en proyectos más o menos formales y/o profesionalizados. Me refiero a los cada día más numerosos blogueros que, sin antecedentes ni referencias públicas de ningún tipo, con un mínimo de constancia y continuidad, y sin otra pretensión que la de hacer saber, negro sobre blanco, lo que en su magín pergeñan y trajinan sobre los más variados temas y asuntos, se lanzan a esa plaza pública a ofertar su “producto”; producto que , en numerosas ocasiones, resulta altamente atractivo: tanto, como para suscitar la atención de (eso que ahora se suele denominar) un “nicho” de volumen interesante. Y ya se sabe que la suma de muchos nichos pequeños termina generando un nicho voluminoso -además de mermar, por una regla de pura lógica física, el volumen de otros con los que concurre-. Otra pata del banco.

Tendencias y movimientos difícilmente reversibles: circunstancias como las que derivan de la actual crisis económica, pueden generar cierta ralentización, ante la mayor complejidad del escenario, pero no otra cosa. Los que, por querencia natural, tendemos a ver la botella medio llena, estamos convencidos de que el néctar que ha de llenar el resto de la misma, será de sabor y aroma agradables. Intentaremos andar por aquí para contarlo...

martes, 4 de noviembre de 2008

EL PRECIO DEL PODER (SCARFACE; U.S.A., 1983)


AVISO PREVIO: La sinopsis argumental contiene elementos que revelan aspectos trascendentales de la trama (estoy más que harto de que a esto se le llame, en montones de blogs que están escritos EN ESPAÑOL o CASTELLANO, spoilers; ya está bien, ya...).-


SINOPSIS ARGUMENTAL.-


Puerto de Mariel, Cuba, setiembre de 1980. El gobierno de Fidel Castro promulga una amnistía general que vacía las cárceles del país y origina un aluvión de exiliados que se lanzan ansiosos de alcanzar la costa estadounidense y, con ello, su pasaporte a la prosperidad. Bajo el manto de una dudosa condición de refugiados políticos, se cuelan infinidad de delincuentes comunes, y entre ellos está nuestro hombre, Antonio Montana, un ladrón de poca monta que pretende esgrimir su condición de represaliado del régimen para conseguir ese estatus. Cuando está a punto de ser deportado de vuelta a Cuba, a Montana le surge su gran oportunidad: un capo de la disidencia de Miami le encarga un “trabajito” –eliminar a Luis Rebenga, un “traidor a la causa”, que se encuentra en su mismo campo de reclusión-, a cambio del cual le proporcionará los deseados papeles con los cuales poder establecer su residencia allí. Solventada la tarea, Montana comienza a trabajar, junto a su inseparable amigo Many Ray, en un puesto de hamburguesas de baja estofa, pero no es ése su sueño dorado; sus horizontes van mucho más allá, y, para alcanzarlos, no dudará en ir asumiendo trabajos de mayor calado y, naturalmente, mucho más arriesgados. A través de uno de sus matones, es captado por Frank Fernández, un capo menor de la droga, que le encomienda una operación con un grupo de colombianos, de la cual Montana escapará con vida de puro milagro. A partir de ahí, se gana la confianza de Frank, cuyo tren de vida le resulta deslumbrante, y cuya compañera sentimental, Elvira Hancock, una rubia fría y sensual, se convierte en su objetivo inmediato. Éste termina encomendándole los contactos con Alex Sosa, un capo colombiano, y Montana, mucho más ambicioso que su patrón, empieza a montar operaciones a sus espaldas. La reacción no tarda en llegar, y Fernández intenta eliminar a Toni, que vuelve a escapar de manera increíble de una encerrona mortal. Ése es el punto de no retorno: Toni, ciego de odio vengativo, mata a Frank Fernández y se queda con su negocio y con su gatita, todo en el mismo lote. A partir de ahí, su carrera se dispara y Toni Montana se convierte en el capo más poderoso de Florida; pero, mientras que sus negocios marchan viento en popa, su vida personal se desmorona por momentos: su madre le repudia, dolida e indignada por su forma de ganarse la vida; su hermana, Gina, a la que adora de manera enfermiza (y con un ansia de control obsesivo), se mueve entre la fascinación por sus fastos y riquezas y las dudas sobre su moralidad; su mujer, Elvira, es incapaz de darle un hijo (el gran deseo de Montana) y se sumerge en una turbiedad de oropeles y rayas de cocaína cada día más profunda; y él mismo va perdiendo el control de la situación, consumiendo droga de manera compulsiva y abusando de la confianza de todos cuantos le rodean. En ese deslizarse por una pendiente cada vez más acusada, la quiebra no tarda en llegar: Montana es pillado en una “cacería” fiscal, y su posición se tambalea, ante lo cual no tiene otro remedio que recurrir a la ayuda de su amigo Sosa. Pero éste le va a pedir un precio demasiado elevado: tendrá que ayudar a uno de sus sicarios a eliminar a un alto funcionario de Naciones Unidas que está promoviendo una intensa campaña para acorralar a los grandes mercaderes de la droga en su país. La operación se pone en marcha, pero cuando Montana descubre que en el coche que van a hacer explotar a distancia viajan los hijos pequeños del funcionario, se niega en redondo, y no se le ocurre otra salida que la de matar al sicario de Sosa. Es el principio del fin: Sosa no puede consentir un desaire a su autoridad de tal calibre, y Montana tendrá que afrontar unas represalias que no admiten ningún punto intermedio.


RESEÑA CRÍTICA.-

Si hay un personaje cinematográfico que, con toda propiedad, podría haber hecho suya esa legendaria frase de Groucho Marx que afirmaba que, viniendo de la nada, había conseguido alcanzar las más altas cotas de la miseria, ése es Tony Montana, un marielito que, esgrimiendo como únicos avales “su palabra y sus cojones” (Montana dixit...), llegó a convertirse en el rey de la droga de Florida, para terminar masacrado en una orgía de sangre y fuego. Efectivamente, el mundo fue suyo, pero le duró tan, tan poquito...

Eso, no más, es el armazón y sustento de esta libérrima adaptación del mítico film hawksiano de los años 30 pergeñada por el ínclito Brian de Palma: la historia de la ascensión y caída del no menos ínclito Tony Montana, un cúmulo de codicia y testiculina que hace realidad su sueño (me merezco el mundo y todo lo que contiene...), pero que termina arruinándolo, víctima de sus propias paranoias –y, curiosamente, en última instancia, por culpa de su único momento de debilidad-.

Una historia contada con el estilo, y sus muy particulares señas de identidad, que caracteriza, para bien o para mal (quizá, para ambos dos), el cine de De Palma, tan denostado por sus (muchos) fieros detractores como ensalzado por sus (no menos) fieles seguidores. Aquí están, quintaesenciados, su histrionismo, su tremendismo, su efectismo, y quién sabe cuántos “ismos” más...; pero también está el virtuosismo de sus movimientos de cámara, su audacia formal, su sentido del ritmo –un prodigio de agilidad y eficacia: contemplar el reloj al final de la proyección de la película y comprobar que han transcurrido casi tres horas deja verdaderamente estupefacto-.

Y para sustentar esta peripecia atiborrada de violencia –mostrada sin el más mínimo recato visual: y aquí se podrá hablar de excesos, de impudicia o de truculencia, pero jamás de gratuidad; la trama da para eso y mucho más-, se sirve De Palma, básicamente, de dos piezas de inmensa valía: la una en tareas de guionista, y la otra encarnando al protagonista principal del film.

Poco antes de empezar a volcarse a fondo en trabajos de dirección, Oliver Stone firma un guión soberbio: plagado de todo el barroquismo y desmesura que el argumento y el personaje admiten, y desarrollado con una progresión y sentido del ritmo espectaculares. No hay un momento para el respiro, y, salvo esa inmensa elipsis con la cual, en una secuencia de poco más de dos minutos que sigue plenamente los cánones habituales, Montana pasa de su particular “toma de la Bastilla” a su ubicación en la cúspide del negocio (algo a lo que un hombre con tan escasos escrúpulos como él parece destinado de manera casi natural), el resto de la trama se desgrana con todo lujo de detalles y profusión de situaciones. Acierto pleno, pues, en este rubro, y excelente punto de partida.

El segundo bastión del film (no en importancia, sino meramente en orden de enumeración) tiene también nombre y apellido: Al Pacino. Su composición de ese monstruo de ambición y chulería que es el cubanito Montana, es simplemente magistral. Plagada de tics verbales y gestuales, llena de desparpajo pero, a la vez, medida hasta en sus momentos de histrionismo más desatado (y el personaje, en ese aspecto, da de sí una enormidad), la interpretación que tenemos ocasión de contemplar es impresionante, y no deja un solo cabo suelto. A su lado, todo se empequeñece, y el resto de personajes se limitan a orbitar a su alrededor, rindiendo pleitesía al amo absoluto de la función, dueño de todos los planos y epicentro de todas las secuencias.

Puede que, para sus detractores, éste no sea más que un tremendo delirio, imperdonable pecado de soberbia, de ese aprendiz de Hitch que responde al nombre de Brian de Palma; una mera exhibición atropellada e hiperbólica de hemoglobina y tiros con pedigrí. Para los que no lo consideramos como tal, se trata, lisa y llanamente, de una muestra antológica de talento cinematográfico y un tour de force sobre los entresijos de la violencia y la ambición (si es que ambas caben por separado, que igual no...), con la que disfrutar tan intensa como desprejuiciadamente. Que, al fin y al cabo, todos tenemos nuestras debilidades.

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