domingo, 26 de octubre de 2008

Togados "intogables" (A salto de mata XXXV)


Más alla de lo paradójico que pueda resultar el hecho de que uno de los pilares del orden establecido -rama ley y derecho-, como es el estamento judicial, se dedique al cuestionamiento de dicho orden a través del ejercicio de acciones de protesta más o menos formales, más o menos encubiertas -algo que, en principio, tampoco debería escandalizar: todo individuo o colectivo, desde el respeto al grupo social en que se inserta, tiene derecho a ese cuestionamiento, con independencia de que la ley positiva le otorgue unas u otras herramientas para su ejercicio-, sí que llama la atención -o quizá no tanto; para algunos, ciertamente, no es ninguna sorpresa- que el motivo de esa protesta -cuando es el de la justicia un ámbito de lo público que acumula tantísimos problemas y deficiencias- sea la defensa numantina y en bloque de -valga la cita del afortunado nombre de esta sección....- “uno de los nuestros”.

El conflicto entre poderes, siempre y cuando no desborde unos cauces que puedan poner en riesgo la convivencia pacífica de la sociedad (que es, al fin y a la postre, la que otorga y legitima dichos poderes) es algo democráticamente saludable, en la medida en que, entre otras cosas, demuestra la vitalidad y dinamismo de los órganos que los ejercen. No habría, pues, que rasgarse las vestiduras ni lamentarse lo más mínimo ante la existencia de los mismos; ahora bien, también es un imperativo moral el de analizar si los fundamentos y motivos del conflicto son legítimos, o no. Y, en este caso, al menos en mi modesta opinión, tengo claro que no lo son: lo que el poder judicial está haciendo, o pretendiendo, es un puro y duro ejercicio de eso que, en mi pueblo, y antiguamente, se llamaba corporativismo. Según tengo entendido, tanto en mi pueblo como en el resto del mundo, y a día de hoy, se sigue llamando igual: corporativismo...

Puedo entender el argumento de los jueces acerca de la necesidad de que el juicio de valor político (que se atiene a lógicas y dinámicas propias de su ámbito, más condicionado por la presión social y mediática, por motivos obvios -y afortunadamente-) no se imponga en una materia sobre la que ha de imperar un juicio de valor estricta (o básicamente) jurídico: las sanciones se han de imponer conforme a derecho, y no de acuerdo al clamor social que se pueda haber generado por una concatenación de circunstancias que han hecho derivar de una circunstancia desgraciadamente muy común (como es la del retraso de una tramitación procesal), una tragedia horrenda, como la de Mariluz. Pero todo juez sabe (es su obligación, y me consta que la cumplen) que el artículo 3 del Código Civil (norma, derecho) indica muy claramente la necesidad de que la aplicación de las normas se atenga a la realidad social del tiempo en que se aplican; dado que parte de esa “realidad social” a la que alude la norma, es el “clamor social” al que antes hacía mención, es blanco y en botella que, si bien ese clamor no puede condicionar de manera absoluta y coercitiva la decisión que adopte el Consejo General del Poder Judicial respecto a la sanción al juez Tirado, sí que debe ser tenido en cuenta, so pena de que pretendamos ignorar uno de los principios básicos de nuestro ordenamiento jurídico. ¿O lo que los jueces están pidiendo, me temo, lejos de ser la aplicación estricta del derecho, es un trato sancionador más cercano a la impunidad que a la justicia?

Bueno sería aclararlo. Y otro día, si les parece bien, amigos lectores, hablamos de los auténticos problemas de la justicia: hará falta un servidor de bastante capacidad para alojar los gigabytes necesarios, ténganlo por tristemente seguro...

miércoles, 22 de octubre de 2008

Robert Guédigian: cine social "pata negra" (Grageas de cine LVII)

El mundillo de la crítica y el análisis cinematográfico no es ajeno, más bien al contrario, a esa tendencia universal al encasillamiento y el etiquetado (y sus consiguientes simplificaciones y reduccionismos) que todo lo invade. De esa manera, y a título de ejemplo, el binomio “cine social-Ken Loach”, ha cuajado con tal fuerza, que genera una especie de automatismo mental en la respuesta al planteamiento de cualquiera de sus dos polos (o sea, que basta con mencionar la etiqueta “cine social”, para que pensemos automáticamente en Ken Loach, y viceversa). ¿Problema? En principio, ninguno, salvando el hecho de que olvidamos la existencia de algunos cineastas más que también han centrado su trayectoria autoral en un cine de corte inequívocamente social (incluso, si me apuran, de raíces mas profudas y marcadas en tales territorios que las del propio cine de Loach). Como, por ejemplo, Robert Guédigian. Un director francés cuyas constantes creativas son de una constancia y una fidelidad a temas y formas, rayanas en lo pétreo, para gozo y regocijo de sus seguidores  y desesperación de sus detractores.

Los primeros (en cuyas huestes milito) cuentan con que nunca van a ver defraudadas sus expectativas previas, si éstas radican en el “más de lo mismo”: historias de seres humildes, perdedores —cuando no claramente marginales—, sometidos a avatares difíciles (drogas, desempleo, precariedad laboral, etc…) en un entorno social deprimido (ubicado, por lo demás, siempre en su Marsella natal), y elaboradas con la participación de un equipo técnico y artístico inamovible (encabezado por su compañera sentimental Ariane Ascaride), al que bien podríamos calificar de “comando cinematográfico”. Puede gustar, o no, claro está, pero, como decía aquel, esto es lo que hay —o, al menos, es lo que habido hasta la fecha, si fijamos nuestra mirada en la filmografía completa de este cineasta-. Y esto es lo que ofrece el cine de Guédiguian, elaborado —en un rasgo en el que sí que coincide claramente con Loach— bajo parámetros técnicos y formales de máxima sencillez y mínima sofisticación.

Por el contrario, lo segundos lo tienen fácil para acusar a este marsellés irredento de un inmovilismo y falta de evolución que anquilosan y lastran su obra hasta privarla de cualquier interés, más allá del que coyunturalmente haya podido despertar en ciertos medios más o menos “izquierdosos”: imputaciones difícilmente rebatibles, dado que el propio Guédiguian no sólo las asume, sino que las esgrime con orgullo, en la medida en que ponen de manifiesto la integridad de su vocación de combate y una concepción del cine como arte al servicio de una causa ideológica, que puede, faltaría más, no compartirse, pero que, en todo caso, se debe respetar. También es evidente que se trata de un posicionamiento poco habitual en estos tiempos que corren, en los cuales es moneda común que sobre la asociación entre arte e ideología siempre se cierna la sospechosa sombra del clientelismo, y, desde ese punto de vista, no se le puede negar esa valentía del que nada contra corriente. Que de eso, al fin y al cabo, se trata cuando hablamos de cine social, ¿no…?

lunes, 20 de octubre de 2008

¿Yo también soy islandés? (Mi Buenos Aires querido XII)


Como ya he confesado en alguna ocasión -y creo que demostrado, vista mi incapacidad para contestarme a mí mismo cuestiones no demasiado complejas- mi absoluta ignorancia en materia económica, no creo que sorprenda a nadie con la afirmación de que no entiendo lo más mínimo de lo que está sucediendo en Islandia; en este caso, no obstante, la ignorancia no está reñida con el asombro, dado que, como a la mayoría de los que están abordando desde la prensa -y con mayor conocimiento de causa (o no; llegados a este punto, el escepticismo hace estragos...)- el fenómeno, cuesta trabajo creer que un país como ése (al que todavía, desde España, se sigue asociando, como a todo país nórdico, a la modernidad, el progreso y el avance social por antonomasia -supongo que el prolongado influjo del “mito de las suecas” que subyugó a este nido de catetos del desarrollismo franquista, aún rinde frutos...-) se encuentra en la situación en la que se dice que está. Más o menos. Supongo...

Por otro lado, mi incapacidad de comprender las circunstancias económicas de la situación, no me impide, en contrapartida, entender perfectamente el lado afectivo o emocional de la misma: no me cuesta trabajo pensar en esa mezcla de rabia y angustia, teñida de los más sutiles matices (tantos como las concretas coyunturas personales de cada cual), que ha de embargar a cualquier ciudadano de un país que, hasta hace sólo unos días, vivía una existencia plácida y tranquila, sin la más mínima sombra de nubarrones en el horizonte, y que, de la noche a la mañana (y da igual cuán larga sea la noche...), se encuentra con que se le han caído, literalmente, los palos del sombrajo. Es duro, muy duro, aunque tampoco hay que dejar de ser consciente de que se trata de un país pertrechado de mecanismos y potencialidades suficientes como para hacer de esta situación, por muy complicado que resulte, un episodio coyuntural, y no un desastre estructural: Islandia no es Sudán o Sierra Leona. Más o menos. Supongo...

Y, a partir de ahí, las dudas, las cuestiones: ¿Islandia es una excepción o un paradigma? ¿Sus condicionantes particulares son extrapolables a otras economías del mundo occidental, aunque sólo sea parcialmente? ¿Islandia es la víctima de males externos, o puede ser el verdugo causante de males a otras economías con ella relacionadas -o ambas cosas, más bien-? ¿Islandia tiene futuro, es viable como país soberano, independiente y -más o menos- próspero? Si es usted un experto economista, amigo lector, no me conteste; o, si lo hace, no lo haga en tal condición, sino como liso y llano congénere: me resultará mucho más creíble. Y fiable. Más o menos. Supongo...

jueves, 16 de octubre de 2008

El alquimista impaciente (España, 2002) (Grageas de cine LVI)

El alquimista impaciente, adaptación de la novela homónima de Lorenzo Silva que, para la gran pantalla, realizó hace algunos años la directora argentina Patricia Ferreira, es una de esas curiosas películas que, sin estar dotada de atributo alguno de grandeza ni revestida de aura alguna de las que nimban a productos que terminan siendo catalogados como de culto, acumula una serie de elementos de interés que terminan haciéndola, pues eso, precisamente: interesante. Una de esas películas que, planteando una narración de suspense bastante convencional y en unos términos narrativos acogidos al más básico estándar, desprende, no obstante, un cierto aire sorprendente, basado, quizá, en la acumulación de detalles un tanto a contracorriente. Posiblemente se trate de algo más relacionado con sensaciones muy subjetivas que con una visión proveniente de un análisis más técnico, pero siempre hay películas así, que cautivan sin que uno acierte a explicar muy bien cómo ni por qué, y por las que, aunque uno sea consciente de que no cabe recomendarlas como las obras maestras que no son, siempre cabe pedir al respetable que les dé, al menos, una oportunidad. Siempre será más fácil que un mayor número de miradas pueda descifrar, de alguna manera, las claves del “misterio”.



¿Será su elenco, lleno de nombres jóvenes y veteranos, a partes iguales, entre los que no consta ninguna figura de relumbrón, pero que ofrece una solvencia —y homogeneidad— en sus prestaciones ciertamente poco habitual? ¿Será la extraña química de su pareja protagonista —encarnada por Roberto Enríquez e Ingrid Rubio—, compuesta por dos personajes de un sosiego rayano en la estolidez, y de cuya buena relación profesional no hay manera de colegir algo que vaya más allá —y de ahí lo insólito del planteamiento argumental—? ¿Será su cadencia narrativa, siempre tranquila, siempre en calma, pese a la sucesión de acontecimientos que, en su despliegue, se van acumulando (sin prisa, pero sin pausa, eso sí)? ¿Será lo sorprendente de algunas presencias, aunque sea en papeles pequeños (pero no por ello menos importantes e influyentes en la trama), como la de un Miguel Ángel Solá con la cabeza rapada, o la de un Nacho Vidal que lo único que marca, en contra de lo que suele ser habitual en su “género predilecto”, es acento ruso —no demasiado logrado, eso sí—? ¿Será su alternancia de escenas de día y escenas de noche? Posiblemente, sea todo ello, y sea algo más, que no puedo recoger aquí, porque ni siquiera sé lo que es.

miércoles, 15 de octubre de 2008

Disturbios futbolísticos (Pasión furgolera IX)


Hace pocos días, me estremecía viendo en la televisión las imágenes de los disturbios producidos en Senegal con motivo de la eliminación de su selección de furgol en la fase de clasificación para el próximo Mundial de Sudáfrica 2010. Algo tan humanamente lamentable (en la medida en que viene a confirmar ese viejo aserto de que a perro flaco, ya se sabe...) como merecedor de la más rotunda reprobación moral (que en un país que, como todos los de su entorno, tiene carencias básicas de tan profundo calado, haya gente dispuesta a tales destrozos con fundamento tan futil, resulta espeluznante....), y, por tanto, sin posibilidad de excusa o justificación alguna. En definitiva, una pena.

Pero, ojo, que nadie se llame a engaño o consuelo, abandonándose al expediente mental fácil de querer explicar tales sucesos acudiendo a los tópicos más manidos: “claro, estos negros salvajes, no tienen cultura ninguna...”; “si entre ellos mismos no se arreglan, ¿cómo los vamos a arreglar desde fuera?”; o fórmulas similares. No hace tantos años que en dos ciudades tan poco sospechosas de “salvajismo negroide africano” como las muy españolísimas villas de Vigo y Sevilla, la población (sí, sí, esa misma a la que tanto trabajito costaba sacar de su casa para reivindicar cualquier otra causa de mayor enjundia), sus nobles y pacíficas gentes se echaban masivamente a la calle para protestar ante la posibilidad de que sus dos clubes representativos -en el caso de Sevilla, y para que nadie se me enfade, uno de ellos...- fueran descendidos de categoría por impago de deudas (ya ven, amigos lectores, que esto de la crisis financiera no se inventó anteayer, es casi tan viejo como la historia de la humanidad...). Y si la cosa no llegó a mayores, fue porque las autoridades deportivas del momento rectificaron (o, como se diría más castiza y gráficamente, se la “envainaron”...) y los dos clubes, Celta y Sevilla, conservaron su puesto en la segunda división: yo tengo el íntimo (y penoso) convencimiento de que, si así no hubiera sido, los sucesos del pasado sábado en el “salvaje” Senegal quedarían, en comparación con lo que hubiera pasado en nuestra “civilizadísima” España, al nivel de una gamberradilla infantil, una chiquillada sin mayor importancia.

¿Qué pasa, pues, con el furgol, y las pasiones que despierta? Todo parece apuntar a que su capacidad de generación de seismos emocionales es brutal (en cuanto a potencia e intensidad) e indiscriminada (igual nos mueve, como dirían Les Luthiers, hacia lo más sublime o hacia lo más perverso). Y ése es un territorio sobre el cual son los expertos en la materia -psicólogos y gentes de similar ralea (dicho sea con todos los respetos -posibles-)- pueden pronunciarse (y ya lo han hecho, mucho y bien, a buen seguro). Pero, desde otros puntos de vista, y otros territorios, los de la sociología y los de la necesidad de que todos respetemos unas normas mínimas sin las cuales la convivencia en sociedad es impracticable (y la vida fuera de ella, a día de hoy, no es opción, salvo para algún desahogado, o estrambótico, o ambas dos cosas), no puede haber cabida para las pasiones “en negativo”, sobre las que hay que trabajar con objeto de procurar su total erradicación; sin excusas y sin medias tintas.

¿Complicado? Por supuesto. Si fuera sencillo, ya encargaríamos a los banqueros y magos de las finanzas que se hicieran cargo de ello (si han hecho lo que han hecho con aquello de lo que entienden, imagínense con esto...). Pero no se puede bajar la guardia ni dejar de denunciar lo inadmisible. Hay mucho trabajo por hacer. Otro día, por ejemplo, hablaremos de los grupos ultras. Por ejemplo....

martes, 14 de octubre de 2008

King Kong (U.S.A., 2005) (Las que no he visto VII)


POR QUÉ NO LA HE VISTO (TODAVÍA...).-

- Porque me gustan muchísimo las dos versiones precedentes(la original, de 1933, y la realizada posteriormente, en 1976, por John Guillermin), y la posibilidad de que ésta raye a la misma altura, se me antoja harto complicada.

- Porque una película que, en contraposición a sus dos predecesoras (de mucha menor duración), se alarga hasta un metraje de ciento noventa minutos, siempre se hace complicada de ver. Si ya me cuesta trabajo arañar hora y media para una peli más liviana...

- Porque las declaraciones y proclamas de encendido amor e ilusión infantil a cargo de Peter Jackson acerca de la realización de este film, no me hacen olvidar que, al fin y a la postre, ésta no es ninguna obrita menor de corte artesanal: es una megaproducción, con un presupuesto tan monstruoso como el tamaño de su protagonista animal, y plagada de unos efectos especiales digitales que poco tienen que ver con una concepción más “humana” del cine. Y a mí esas pelis, en principio, me dan cierto repelús..

- Porque siempre hay alguna otra interesante que ver, y, total, ya habrá tiempo y ocasión, ¿no?

POR QUÉ QUIERO VERLA (Y LA VERÉ -UN DÍA DE ÉSTOS, SUPONGO...-).-

- Porque Jackson ha demostrado, con su “trilogía anular”, que sabe manejarse bien en un entorno “macro” como el de esta producción, y cabe esperar que, en este caso, las cosas tampoco se le hayan ido de las manos. En cualquier caso, la única manera de comprobarlo está clara cuál es...

- Porque Naomi Watts... Pasemos al punto siguiente.

- Porque, más allá de mis apetencias, las de mi peque también cuentan. Y Kong es uno de sus ídolos. O sea, poca escapatoria...

- Porque hay que verlas todas, ¿no...?

viernes, 10 de octubre de 2008

Cine en blanco y negro (Grageas de cine LV)

En la vorágine de televisiones digitales, canales temáticos, pantallas interactivas, plataformas multimedia y cualesquiera otros inventos del maligno detinados a captar, con grado variable de machaque catódico, la atención de nuestros sentidos, no deja de llamarme la atención el hecho de que cada vez resulte más complicado encontrar, y disfrutar –si exceptuamos aquellos canales televisivos que, al menos, en teoría, deberían dedicarles una atención bastante amplia (y tampoco se la dedican en demasía)-, películas en blanco y negro. ¿Falta de material disponible en el mercado de derechos de emisión televisiva? Lo dudo: en el momento actual de crisis de los soportes físicos más recientes, no es éste bocado al que las compañías que detentan sus derechos pudieran desdeñar sin más. ¿Falta de interés del público? Lo dudo: las ediciones en DVD de films clásicos en ese formato son copiosas e incesantes, lo cual demuestra que hay un interés latente que, al igual que sustenta ese mercado, podría tener un cauce propio a través de estas emisiones. ¿Consignas políticas –la cosa está tan negra que mejor no reforzar simbólicamente el panorama con películas en tales tonos...-? Éste era el chiste malo con el que había que cerrar el párrafo...




Más allá de esos motivos que se me escapan, lo único cierto y constatable es que no hay humana forma de que un canal televisivo convencional, entre cuya oferta de programación suele haber un espacio importante para el cine, emita películas en blanco y negro. Y me parece penoso, porque se está privando de una difusión amplia a un material que, debidamente promocionado, podría captar el interés de un público posiblemente mucho más amplio del que, a priori, cabría pensar, además de constituir un patrimonio cultural de cuyo desconocimiento generalizado uno no puede más que lamentarse. ¿Soluciones? Se antoja harto difícil cambiar un estatus que no debe ser casual, pero quizá no estaría de más el plantearse la posibilidad de que, desde los poderes públicos con competencias en la materia –y, lo que es más importante, con cadenas televisivas a su disposición para poder hacer una implantación efectiva de tales promociones-, se trabajara algo en tal sentido: una de las pocas facetas positivas que presenta la actual crisis económica es la de haber roto la anatemización de lo público a la que veníamos asistiendo de unos años a esta parte. Habría que aprovecharlo, ¿no...?

jueves, 9 de octubre de 2008

Crisis económica (A salto de mata XXXIV)


Acabo de terminar la redacción de mi primer tratado de economía aplicada: un mamotreto infumable de más de mil páginas, cuyo contenido es un galimatías absolutamente imposible de desentrañar. Algo lógico, si se tiene en cuenta que no soy economista, y que no tengo más conocimiento de la materia que el adquirido en alguna aislada lectura matutina de domingo (tan poco frecuente como descuidada) del suplemento salmón de un diario de tirada nacional. Pero no se precipiten a la hora de acusarme de tener la cara muy dura: visto lo visto en estos últimos meses, la utilidad práctica de mi tratado no debe ser menor, ni sus apreciaciones más erróneas, que las de los más conspicuos y prestigiosos expertos en esto de los números aplicados al humano devenir. Su índice de aciertos no está siendo mucho mayor que el de aquel viejo dadito introducido en un botellín transparente con el que me auxiliaba para rellenar las quinielas en mis años infantiles: jamás obtuve, con su altruista colaboración, algún premio que no fuera el de la conmiserativa palmada en la espalda por parte de mi padre: “Manolito, sigue intentándolo, que en la vida es muy importante la constancia”...

En fin, no se asusten. El párrafo anterior era, en buena parte y medida, un chiste largo y malo (o viceversa). No he escrito ningún tratado de economía, ni tengo el más mínimo interés (ni intención) de hacerlo -la capacidad necesaria, tampoco, pero eso ya se debería dar por sobreentendido-. Pero sí tengo que reconocer que, como tanta y tanta gente, presto últimamente una atención a la información económica muy superior a la que, en condiciones normales, le prestaba antaño; y, partiendo de tal atención, me resultan muy llamativos -además de causarme desazón, la misma (o parecida) que a mis conciudadanos, ni más ni menos...- alguna situaciones y circunstancias, para las cuales, desde la más absoluta de las ignorancias, también se me ocurre que podría aportar alguna sugerencia -posiblemente, no sirvan para propiciar ninguna mejora, pero, dado el escaso margen que queda para el empeoramiento (si hemos de hacer caso a las voces más catastrofistas), mucho estropicio tampoco pueden causar-. Por ejemplo:

  • Establecer, de manera coordinada por parte de todos los organismos económicos oficiales, tanto nacionales como internacionales, una “moratoria de pronósticos”. En perspectiva de presente, no suelen servir más que de arma arrojadiza para que unos y otros se lancen, mutuamente, los trastos a la cabeza (y no están los tiempos para quedarse sin vajilla). Y, en perspectiva de futuro, nada genera más desconfianza ni desconcierto que el constatar, semana tras semana, que las previsiones que se lanzaron cuatro días antes ya son papel mojado, a la vista de la evolución de los acontecimientos. Piquito cerrado, problema resuelto.

  • Cerrar las bolsas. Y no me estoy refiriendo a esos mecanismos bastante habituales de suspensiones temporales de las cotizaciones, o similares: cerrojazo puro y duro. Si cualquier empresa cuya actividad económica genera pérdidas permanentes y sostenidas, está irremediablemente abocada al cierre, ¿por qué mantener abiertas estas “macrotiendas” que no hacen más que perder, perder y perder? Blanco y en botella.

  • Inyectar liquidez, pero no en el sistema financiero, sino en el hotelero-balneario. O eso que, según acaba de revelar la prensa, se denomina ahora la “solución anti-stress AIG”. Además de que estaremos aportando unos recursos muy necesarios a eso que ahora se ha dado en llamar “economía real” (un nombre tremendamente apropiado: por vía de antítesis, ya nos pone sobre la pista de en qué consiste la otra economía...), seguro que a más de uno le evita ulteriores visitas indeseadas a establecimientos de otro tipo (concretamente, hospitalario...). Eficacia probada y absoluta.

Suenan a disparates, ¿no es cierto...? Por supuesto que sí. Pero les puedo asegurar que si se dedican al curioso ejercicio retrospectivo de analizar las informaciones económicas aparecidas en la prensa de los últimos seis meses, encontrarán ideas bastante más “jugosas”, con la única particularidad de que provienen de gente sesuda y sobradamente preparada. ¿Truto o traco? ¿Sarcasmo o cabreo? Elijan ustedes, amigos lectores...


lunes, 6 de octubre de 2008

El cielito (Argentina, 2004) (Grageas de cine LIV)


POR LOS SENDEROS DE DOÑA LUCRECIA.-

Martel, por más señas. Y es que si algo parece haber generado el considerable éxito del film que marcó el debú en la realización de la directora argentina en cuestión —una película con un currículum festivalero ciertamente envidiable—, tal como, por lo demás, suele suceder en estos casos, es una cierta corriente de seguimiento, puesta de manifiesto en el surgimiento de títulos que, contando entre sus credenciales más ostensibles las de la puesta en juego de los elementos que constituyeron señas de identidad básicas de La ciénaga (sobre todo, desde el punto de vista tonal y ambiental: angustia, desasosiego, opresión), han terminado dotando a éste de la condición de referente artístico para una cosecha bastante fructífera. De la misma forma parte, sin ningún género de dudas, ésta que también ostenta la condición de opera prima de su realizadora, María Victoria Menis, El cielito ; un cielito, que, lejos de lo que proclamaba la legendaria canción, de lindo tiene bien poco, la verdad sea dicha, si hacemos abstracción de la profunda historia de amor que late a lo largo de todo su metraje, da sentido a su historia (armándola y articulándola) y se convierte en el máximo eje de interés de un film que, más allá de eso, nos termina dejando un poso de amargura de dimensiones, ésas sí, celestiales.

Porque en El cielito hay poco lugar para la complacencia y la felicidad, sin necesidad de cebarse en una especial sordidez, ni explícita ni sobreentendida: sus personajes habitan un mundo bastante despojado, en el que la sencillez linda con la pobreza (cuando no la abraza con franqueza), y en el que, aunque el amor –y no se trata de un amor en el sentido convencional del drama romántico: aquí estamos hablando de la relación que se entabla entre el protagonista y un bebé, un afecto que se cuaja y se fragua a lo largo de un contacto prolongado en el tiempo- germina de una manera tierna y pura, inspirando una corriente de simpatía difícilmente eludible para el espectador (cuesta no sentir cariño ante la entrega incondicionada de Félix por el pequeño Changuito), siempre late, bajo la superficie, un punto de desesperanza, un atisbo de desazón, que va cambiando de foco de materialización (en un principio, esa pareja rota, sin futuro; después, la soledad en la gran ciudad, inhóspita, difícil; finalmente, el descenso a un abismo de incierto fondo), pero que siempre, siempre está ahí. No por todo ello se convierte “El cielito” en un film de gran calidad, pero sí que se hace merecedor, creo modestamente, de una atención, callada y despaciosa (como la cadencia de sus imágenes). Dicho queda.

viernes, 3 de octubre de 2008

Sólo sé que no sé nada (Mi Buenos Aires querido XI)


A uno no le hace falta que corran tiempos de incertidumbre para que ésta le resulte una vieja compañera (más que amiga: nada más lejos de mi ánimo que el encontrarle gusto alguno a las desazones y angustias que la falta de certezas suele llevar consigo). No me jacto de ello, pero sí que tengo muy claro que la vieja fórmula del “sólo sé que no sé nada”, o la constatación de que, en la medida en que más se aprende, más profundo se hace el pozo de la ignorancia (o más consciente se hace uno de tal profundidad), tiene mucho de cierto. A la vista de la que está cayendo, más desconcertado estoy.

No es, quede claro, por falta de optimismo. Supongo que esa condición, más allá de cuán condicionada pueda estar por las circunstancias y experiencias concretas de cada cual, depende del talante y la mirada. Y este humilde escribiente, pese a ser consciente del grueso y amplio calibre de la burricie que, a lo largo de la historia, ha sido capaz de exhibir nuestra especie, nunca pierde de vista que su marcha general, desde una perspectiva global, siempre se ha desarrollado hacia delante y hacia mejor -y esa creo que es una evidencia difícilmente negable-. Pero, más allá de ese optimismo (que alguno podría calificar de antropológico: ¿...?), las dudas y las ignorancias, como a cualquier hijo de vecino, me siguen corroyendo.

¿Debería consolarme comprobar que eminentes expertos en economía, reconocidos y premiados, tampoco tienen empacho alguno en confesar públicamente que se encuentran, aproximadamente, en esa misma situación? No lo sé. ¿Debería consolarme la certeza -relativa- de que la incertidumbre, la duda, el no saber qué sucederá en el siguiente minuto de nuestra incierta y azarosa existencia, es algo consustancial a la condición humana? No lo sé. ¿Debería consolarme el constatar que, más allá de certidumbres o incertidumbres, mi capacidad de influencia, mis posibilidades reales y efectivas de transformación, sobre esa realidad que me circunda y me atolondra, son limitadísimas, por no decir casi nulas? No lo sé. ¿Debería consolarme la idea de que los lugares comunes, por más denostados que estén, nunca carecen de algo de fundamento, y, en tiempo de mudanza, bien pueden servir para guarecerse del chapuzón? No lo sé.

Demasiado desconocimiento, ¿no? ¿Cómo lo ven ustedes, amigos lectores?

miércoles, 1 de octubre de 2008

ELEGIDOS PARA LA GLORIA (THE RIGHT STUFF; U.S.A., 1983)


SINOPSIS ARGUMENTAL.-

Seleccionados entre la flor y nata de la aviación militar estadounidense, los siete integrantes del Programa Mercury serán los encargados de dar la réplica al fulgurante arranque del programa espacial soviético y, como tripulantes de las naves estadounidenses, convertirse en los primeros "hombres libres" que navegan por el espacio. Imbuidos del alto espíritu de su misión, estos hombres vivirán como una experiencia personal y familiar irrepetible su condición de símbolo del poderío norteamericano y asumirán la necesidad de desempeñar de manera irreprochable un papel que va mucho más allá de su mera experiencia profesional. Mientras tanto, sobrevolando los desiertos de Baja California, un héroe solitario, el piloto Chuck Yeager, continúa manteniendo su particular lucha, a riesgo de la propia vida, contra los límites de la barrera del sonido. Dos filosofías de la vida y dos formas, radicalmente opuestas, de afrontar la conquista de los cielos como un reto para la condición humana.

RESEÑA CRÍTICA.-

Difícil hallar un territorio más apropiado para la épica al gusto norteamericano que el de la conquista, ya sea la del lejano Oeste (semilla germinal capaz de engendrar todo un género específico, como es el western), ya sea la del espacio sideral, ésa sobre uno de cuyos primeros episodios –prácticamente, el comienzo de eso que, con la guerra fría como telón de fondo, vino a llamarse la carrera espacial- gira Elegidos para la gloria.

Una película con un arranque más que interesante, ya que busca un punto de conexión y de precedencia al cuerpo central de su trama, en un episodio anterior en el tiempo y en el proceso evolutivo de la técnica aeroespacial que habría de desembocar en los vuelos astronaúticos: el de la búsqueda (y superación) de la barrera del sonido, el mítico Match 1, en pos del cual dejó salud y vida más de un piloto probador, víctima del sometimiento a unas condiciones físicas extremas para los cuales ni la preparación corporal ni los elementos técnicos estaban debidamente acondicionados. En este tramo inicial de la película, cuyo protagonismo recae básicamente sobre el personaje de Chuck Yeager, una especie de "llanero" (valga la contradicción) solitario –al que da vida magistralmente un hierático y contenido Sam Shepard-, se sientan unas premisas bastante prometedoras, que nos hacen abrigar esperanzas de encontrarnos ante una historia tan intensa emocionalmente –a base de escarbar bajo los acontecimientos- como bien construida desde un punto de vista fílmico.

Nuestro gozo en un pozo: una vez finiquitada la parte introductoria, cuando entramos en el meollo central de la historia (la selección y preparación de los integrantes del Programa Mercury, así como los avatares que van surgiendo al hilo de sus vuelos sucesivos), a Philip Kaufman se le va la mano de forma tan espectacular como inexplicable, y, aunque desde un punto de vista técnico (como ejemplo significativo, la espectacularidad de las secuencias de los vuelos sigue siendo impresionante) y rítmico (no se debe ignorar, en el haber de la película, que sus más de 150 minutos de duración no se hacen lentos ni pesados), el film no pierde un ápice de sus méritos, en lo que se refiere al enfoque y planteamiento se convierte en un ejemplar del más zafio y ramplón cine patriotero-palomitero que la factoría hollywoodiense es capaz de pergeñar.

Esos soviéticos, convertidos en una extraña y paradójica mezcla de diabólicos satanases y peleles de baba caída (algo bastante contradictoria, la verdad sea dicha...); y esos norteamericanos, tan sanos, tan fuertes, tan honrados, tan listos, tan... todo, todo, no falta una sola virtud en ese puñado de generosos y abnegados héroes, y sus no menos entregadas y sufrientes esposas. Y barras y estrellas, y sonrisas de suficiencia (machacaremos a esos rusos...); y más barras y estrellas, y rostros tensos y crispados (llegaremos antes, y más alto, y más lejos...); y más barras y estrellas, aún, si cabe. Efectivamente, se le fue la mano.

No obstante, tampoco hay que descargar toda la responsabilidad del desaguisado en el debe del director –aunque, como responsable último, así haya de hacerse constar-: papel destacado en la debacle juega también el elenco actoral, con especial mención para los tres "mosqueteros", protagonistas principales: un Dennis Quaid que ofrece un repertorio desatado de sus más inoportunas muecas y risotadas (y pocos recursos más son los que tiene para ofrecernos el buen señor...), y, tristemente (en especial, a la vista de los muchos y muy buenos trabajos con que ambos nos han regalado a lo largo de sus prolíficas y fructíferas carreras; aquí sí que había, supongo, bastante margen de mejora), una pareja de buenos actores como son Ed Harris y Scott Glenn, que se disipan entre excesos gestuales y un histrionismo en los diálogos que los acerca más a una caricatura de sí mismos que a cualquier otro referente interpretativo más decente.

Una auténtica lástima, tanto por el talento desperdiciado como por la penosa constatación de que una tirada métrica realmente fastuosa de celuloide magníficamente filmado se convierte en algo vacuo e inane, al servicio de un relato fallido y distorsionado "gracias" a una intencionalidad lastrada por un exceso de parcialidad: y no se trata de plantear, aquí y ahora, un discurso ya bastante manido de antiyanquismo de progresía trasnochada, sino de afirmar que esas parcialidades casi nunca son buenas, ni en el cine, ni en la vida misma, y el patriotismo, que tanto y tan bien viste en desfiles y paradas militares, no es el aditamento más adecuado ni siquiera en territorios de conquista, porque, en última instancia, la conquista, la que avanza y trasciende, siempre es la del hombre y su especie, sin fronteras ni banderas (aunque tengan barras y estrellas...). Otra vez será...
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